Capítulo 21
Audrey
Había dejado al niño en el colegio, desayunado con Logan y los chicos y dejado la comida preparada. Hoy, como era uno de los últimos días de colegio, los niños ya no tenían comedor, por lo que tuve que ir a recogerlo antes.
Llegué a la puerta del colegio a la vez que el resto de los padres, que me recibieron con una sonrisa. No es que hubiera mil niños en el centro, que eran unos diez o doce por clase, y por eso, todos se conocían.
Vi llegar a Noah cabizbajo, con la cabeza gacha y muy triste, y supe que algo le había pasado, pues lo habitual es que, mientras salía, corría hacia mis brazos, riendo y siempre contento. Algo no me cuadraba.
—Mi amor, ¿qué te sucede?
—Nada, vámonos ya.
—No, no nos vamos a marchar. Espera. ¿Recuerdas lo que te dije sobre nosotros?
—¿Eso de que podía hablar contigo de todo lo que quisiera?
—Eso mismo.
—Sí, claro que lo recuerdo.
—¿Entonces? ¿Por qué no me dices lo que te ocurre?
—Porque no quiero que te pelees con la seño.
—¿Te ha dicho o hecho algo, Noah? Me lo tienes que contar porque si te ha hecho sentir mal, eso no se puede consentir.
Noah me miró, con los ojos cuajados de lágrimas y, para que tuviera más confianza y se sintiera más relajado, lo aparté de la puerta del colegio, llevándomelo a un lado.
El niño me contó que hoy habían tenido una actividad en la que tenían que dibujar a su madre ejerciendo su profesión, y que esa mujer le dijo que, como él no tenía madre, que hiciera un dibujo libre.
—Audrey, y me lo dijo desde su mesa, para que se enteraran todos mis compañeros.
—Ven, cariño, vamos de nuevo al colegio, que voy a hablar con esa mujer.
—No, Audrey, por favor, que mañana lo hará peor, y no quiero que los niños se rían más de mí.
—Te aseguro que no se atreverá.
Noah empezó a llorar y supe que, si lo hacía en ese momento, se llevaría un gran disgusto, y demasiado había tenido ya el pobre como para seguir sufriendo por culpa de los adultos.
—Está bien, vamos al coche y volvamos a casa, mañana será otro día.
—Gracias, Audrey.
—No tienes que dármelas, mi vida, estoy aquí para ayudarte en todo lo que pueda, te lo prometo.
El niño se colgó de mi cuello en un abrazo que me llegó al alma, y que se me quedaría grabado para siempre. En cuanto que llegáramos al rancho, tenía claro que hablaría con su padre, para que, entre los dos, le dijéramos unas cuantas cositas a esa mujer.
Nos subimos en el coche y, tras asegurarlo en su sillita de seguridad, puse rumbo al rancho, donde Logan nos estaba esperando en la puerta de la casa, a modo de recibimiento, pero su sonrisa se esfumó en cuanto que nos vio la cara que traíamos los dos.
—¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué traéis esas caras?
—Vamos dentro, por favor. Noah, ve arriba a cambiarte y a lavarte las manos para comer, cariño.
—Sí, ahora mismo voy.
El niño se acercó a mí y me dejó un beso y un abrazo, al igual que a su padre, para subir las escaleras en dirección a su habitación, donde haría todo lo que le había pedido, mientras que yo aprovecharía para hablar con su padre.
Le conté todo lo que el niño me había dicho, y Logan pasó del asombro al más genuino de los enfados, por todo lo que había sucedido y en lo que se había visto envuelto el niño, sin tener culpa.
—Mañana voy con vosotros al colegio y le diremos unas cuantas palabritas a esa pseudoeducadora, porque de educadora nada más que tiene el título.
—Sí, yo había pensado lo mismo y si no lo he hecho hoy mismo ha sido por dos razones. La primera, que no sabía cómo te iba a sentar si lo hacía, y la segunda, que no menos importante, porque Noah me pidió que no lo hiciera.
—En primer lugar, todo lo que hagas en bien de mi hijo, no tienes ni que consultármelo. Audrey, eres mi pareja y lo más cercano que ese niño tiene a una madre…
—Pero no lo soy, aunque lo quiero como si hubiera salido de mis propias entrañas. Aunque, Logan, no quiero que luego me reproches nada.
—Te juro por mi vida que no te diré nunca nada, tienes plena libertad de actuar con el niño como te nazca.
Tuvimos que cortar la conversación porque el niño ya bajaba las escaleras y nos sentamos a la mesa los tres. En esta ocasión, no estarían ni Peter ni John, que estaban con las reses en la otra punta del rancho.
Pero no os vayáis a pensar que los había dejado sin comer, que antes de que se marcharan les había preparado un táper con dos raciones, bastante generosas, porque comían una barbaridad, de lo mismo que comeríamos nosotros.
Vimos cómo Noah iba mareando la comida, dándole con un tenedor de un lado a otro, y eso que era su comida favorita, macarrones con queso, y supimos que estaba preocupado.
—¿Qué te ocurre, mi vida?
—Es por la seño que, cuando me vio llorar, me dijo que me dejara de tonterías, que la vida era así y que a cada uno nos tocaba una cosa.
—¿Se puede ser más cabrona que esa mujer? —pregunté en voz alta, y Logan me lanzó una mirada reprobatoria, no por lo que había dicho, sino por utilizar una palabra malsonante.
—No, no se puede tener más mal corazón que ella, pero no utilices esas palabras delante del niño, por favor —me pidió.
—Lo siento, ha sido un arrebato que no se volverá a repetir, lo prometo.
—Papi, déjala que lo diga, así se desahoga. Yo sé que esas palabras tan solo las pueden decir los mayores; no las voy a repetir.
En cuanto que terminamos de comer, Logan volvió al trabajo, no sin antes despedirse de nosotros con un beso, y el niño y yo nos fuimos al salón, con el aire acondicionado, a ver una película.
Tenía claro que ninguno de los dos íbamos a ver más que el principio, porque siempre nos pasaba lo mismo. Una hora para elegir una película, para quedarnos dormidos a los cinco minutos de empezar.
—¿Cuál quieres ver, cariño?
—Me da igual, la que tú quieras.
—Noah, no puedes seguir así, mi vida. Mañana, papá y yo hablaremos con tu seño para que entienda que eres un niño y que no te puede decir esas cosas, mucho menos cuando haya otros niños delante.
—Quiero que termine ya el colegio, a lo mejor, cuando empiece el nuevo curso, ya has decidido que puedes ser mi madre.
Esas palabras me llegaron al alma, porque no es que yo no quisiera ser su madre, es que me parecía algo precipitado, pero me anoté mentalmente que le preguntaría a su padre si a él le importaba que el niño me llamara mamá.
—Anda, vamos a ver esta película, que sé que te encanta.
—Vale, pero ¿me dejas que recueste mi cabeza en tu regazo?
—Por supuesto, cariño, hazlo.
Y así nos encontró su padre cuando entró a por un café, con la televisión encendida, la cabecita de Noah sobre mi regazo y ambos dormidos, como me demostró al mostrarme la foto que nos hizo cuando volvió por la noche.
—Logan, me gustaría hablarte de algo.
—Dime, cariño.
—Ven conmigo a la cocina, por favor.
—Noah, cariño, vamos a ir preparando la cena. ¿Te quedas aquí dibujando? —Le preguntó su padre.
—Sí, papá, me avisáis cuando esté lista, que ya me he duchado y todo.
Fuimos hasta la cocina, dejando al niño en el salón, y no me pude aguantar más y le conté todo lo que el pequeño había hablado conmigo esa misma tarde, esperando a que me diera su punto de vista.
—¿Tú qué es lo que quieres?
—Verlo feliz, como me llame, me da exactamente igual.
—Entonces, llámalo para que venga, por favor.
Fui hasta el salón y le dije al niño que me acompañara a la cocina, que su padre y yo queríamos hablar con él. Al principio, se puso nervioso, como si pensara que le íbamos a reñir o algo, pero lo tranquilicé.
—Cariño, no es nada malo, tan solo queremos preguntarte algo.
—Noah, ven, mi amor. Siéntate a mi lado —le dijo su padre.
—¿Qué pasa, papá?
—No pasa nada, cariño. Te quiero hacer una pregunta. ¿Te gustaría llamar a Audrey, mamá?
—¿Me lo preguntas en serio? Pues claro que me gustaría, así los niños no me dirían nada referido a eso —contestó al niño.
—Pero ese no es un motivo válido, Noah. Los niños siempre encontrarán la manera de que te sientas mal por eso.
—Claro, mi amor, te podrían decir que yo no soy tu madre de verdad —le dije.
—Me da igual lo que piensen; tú me cuidas y me quieres; por eso, ya te considero mi madre.