Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 18
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Capítulo 18

Logan

La vi marcharse con mi hijo en el coche y me gustó esa sensación que tuve, una de familia, de unidad, que era lo que necesitábamos, tanto mi hijo como yo.

Peter y John me miraban desde la puerta del establo, con una sonrisa en los labios, y supe que me iban a dar una caña que sería épica, pero, en estos momentos, me daba exactamente lo mismo.

—Uy, jefe, que te veo hablando con el padre George y cogiendo cita para una boda.

—Déjate de tonterías, chaval, que para que eso ocurra tendrá que pasar mucho tiempo.

—¡Ajá! Pero no has dicho que no, has dicho que es cuestión de tiempo.

—Venga, vamos a trabajar ya, que quiero dejarlo todo listo para la hora de la comida, que vienen mi hermano y su pareja y quiero comer con ellos.

—Entonces, si hoy hay comida familiar, nosotros iremos al bar —sentenció Peter.

—De eso nada, y menos ustedes, que, para mí y para mi hermano, sois familia.

Nos pusimos con nuestros quehaceres y no hacía más que mirar el reloj, pues ya tendría que haber vuelto de llevar al niño al colegio, y empezaba a preocuparme.

—Logan, ¿por qué no la llamas al móvil?

—No tiene, pero te prometo que, esta misma tarde, voy a ir a buscarle uno, como Logan Miller, que me llamo.

—Tranquilízate, si hubiera habido un accidente o algo, ya nos hubiéramos enterado.

Os prometo que no era en eso en lo que estaba pensando, sino en que su padre o su exnovio la hubieran encontrado y se la hubieran llevado a la fuerza.

Los nervios se apoderaron de mí y, producto de eso, no daba pie con bola en el trabajo y me equivoqué, limpiando dos veces uno de los cubículos de los caballos, mientras que en otro ni siquiera le había cambiado el agua.

—Jefe, será mejor que te salgas a que te dé el aire, porque terminarás por poner la alpaca de paja en la mesa de la cocina y el guiso de carne a los caballos —me dijo John.

—Sí, será mejor porque no descarto que lo que dices pueda ser cierto.

—Y tranquilízate, por favor. Ve a por una cerveza y te pones en el porche a esperarla. Eso, seguro es que se ha encontrado con alguien del pueblo y está charlando.

—Lo dudo porque no conoce a nadie más que a mi madre y a nosotros.

—Pues, lo mismo y está con tu madre.

—No, me hubiera avisado de que se iba a retrasar.

Estaba fuera del establo, apoyado en la pared, cuando escuché el sonido de un coche que entraba en el rancho y supe que era ella, por lo que me moví hasta donde dejaría el coche aparcado y esperé a que se bajara de él.

—Desde ya te digo que no vuelves a salir sin un móvil, que vaya susto el que me has dado.

—¿Qué te ha pasado?

—¿A mí? No, la pregunta es qué te ha pasado a ti que has tardado tanto.

—Joder, no sabía yo que tenía toque de queda ni nada.

—No seas irónica y ponte en mi lugar. Has tardado más de dos horas en llevar al niño al colegio y volver, cuando se hace en treinta minutos.

—Hijo, porque he pasado por el supermercado, pero aquí estoy, vivita y coleando.

Os prometo que me entró tal tranquilidad por el cuerpo, que me importó un carajo que estuvieran los demás delante, y la cogí por la cintura y le di un beso que, si hubiéramos estado solos, hubiésemos terminado en mi cama, retozando hasta que tuviéramos que ir a buscar a Noah al colegio.

Mi hermano decía algo de fondo, pero no llegué a entender lo que decía, ni me importaba, siendo sincero, porque lo único que tenía en mi mente era que Audrey estaba de vuelta y se encontraba bien.

Pasamos dentro de la casa, donde mi hermano y mi cuñado, al que me presentó cuando me separé de mi chica, porque así la sentía y así se lo iba a demostrar en cuanto a que nos quedáramos a solas.

—Chicos, voy a darme una ducha, que, del susto, no he podido ni trabajar en condiciones y los peones han tenido que hacer todo mi trabajo.

—Vamos, que no vas a dar un palo al agua en el día de hoy —me dijo mi hermano.

—Anoche llegué de trabajar más de las dos de la madrugada; he empezado a trabajar a las cinco; si eso no es dar un palo al agua…

—Y entre las dos y las cinco, has hecho otro tipo de trabajos, que lo sé yo —dijo Paul, riendo.

Los dejé allí, guardando la compra, y subí a mi habitación, donde ya estaba la cama hecha y todo recogido. Tendría que hablar con Audrey porque ella no estaba aquí para eso y no quería cargarla con más trabajo.

Me metí en la ducha, donde dejé caer el agua por encima de mis hombros, que estaban demasiado cargados, y no solo del trabajo, sino de lo que estaba sintiendo y que me asustaba muchísimo.

Salí de la habitación, vestido con un pantalón vaquero y una camiseta blanca que me quedaba demasiado ajustada. En otros tiempos me la hubiera quitado y dejado para tirar o para cualquiera de los peones, por si le hacía falta en algún momento, pero esa tarde no lo hice.

¿El motivo? Pues quería poner cardíaca a Audrey, en la que me había fijado en que le encantaba verme con este tipo de camisetas, aunque sin ella también le gustaba mucho.

Cuando llegué a la cocina, la encontré cocinando, mientras que mi hermano y mi cuñado estaban en la mesa, tomándose una cerveza. No sabía a qué olía, pero era de esos olores que te hacían sentir en un hogar.

—¿Qué es lo que estás cocinando que huele tan bien?

—Pues no sé si te va a gustar, aunque espero que sí que lo haga.

—Yo le he dicho que eso no lo hemos comido en la vida, que habrá que probar —me dijo Paul, encogiéndose de hombros.

—Son filetes de pescado al horno, con patatas y verduras.

—Pues mi hermano tiene razón, pero si sabe igual que huele, me parece que voy a repetir.

Cogí otra cerveza para mí y me senté junto a ellos, sobre todo cuando vi que Audrey también lo hacía, pues ya había metido la bandeja en el horno, con toda la verdura que había sofrito antes.

—Bueno, ¿me vas a contar ahora lo que te ha dicho la arpía de Sandy? —Le preguntó mi hermano a mi chica.

—No me lo puedo creer. ¿Se ha atrevido a decirte algo? —Le dije.

—Algo, no, me lo ha dicho todo, pero yo tampoco me he quedado corta al contestarle.

—Me da igual lo que le hayas contestado, pero quiero saber hasta la última palabra de lo que te ha dicho ella.

Audrey me contó todo lo que le había dicho, y os prometo que la furia se apoderó de mí, como si estuviera poseído, porque no entendía qué pretendía esa mujer con esos comentarios.

Bueno, en realidad sí que lo sabía, lo que había pretendido siempre, desde la primera vez que me acosté con ella, pero que ya le había dicho, por activa y por pasiva, que eso no iba a suceder nunca.

—Yo voy contigo a recoger a Noah —dije, en un momento determinado.

—Vale, pero no le digas nada, por favor.

—Eso no te lo puedo prometer. Lo mismo y no le digo nada, pero hago algo que le deje clara mi postura.

—Por favor, que la que la tendré que aguantar a diario seré yo.

—Pues por eso mismo lo dice mi hermano, Audrey, para que no te vuelva a molestar nunca más.

Seguimos hablando de todo y de nada en particular, hasta que Audrey me dijo que avisara a los chicos, que la comida ya estaba lista y que, si se enfriaba, el pescado se pondría seco, como la suela de un zapato.

Me hacía muchísima gracia la manera que tenía de hablar y los dichos que utilizaba y que no eran propios de su región, hasta que nos aclaró que eran cosas que decía María, la chica que limpiaba en su casa, a menudo, y que era cubana.

Cuando los chicos llegaron y vieron lo que había encima de la mesa, pusieron una cara rara porque ninguno estaba acostumbrado a comer estas cosas. Carne sí, toda la del mundo, y entendíamos si era fresca o no, además de que decir de que animal procedía tan solo con ver el color.

Pero eso fue hasta que nos atrevimos a probarlo. El primero en hacerlo fue mi hermano, que, tras paladear el primer trozo, puso cara de asombro y ya nos atrevimos todos los demás.

—Cuñada, no puede estar más bueno. Quiero la receta —le dijo Paul.

—Ni que lo digas, está buenísimo. Si le digo a mi madre que he comido esto, seguro que viene a hablar contigo para que le cuentes el secreto —dijo John.

—Al parecer, mi chica tiene ese poder, el de que todos coman cosas que no habían probado antes, como ha hecho con Noah —le respondí.

Esa bandeja quedó completamente vacía y supe que, si se lo poníamos al niño, se relamería de gusto. Tenía un sabor exquisito y la carne del pescado estaba buenísima, con una textura que no había probado en mi vida.

—Bueno, y ahora, el postre —dijo Audrey, levantándose de la mesa para ir hasta la nevera.

—Voy sacando los platos y las cucharillas —le dije, pero lo que realmente quería era estar cerca de ella.

—Toma, coge también este cuchillo para cortar la tarta.

Me puse detrás de ella y no cogí el cuchillo, sino que lo cogí fue su trasero, y lo amasé como a mí me gustaba hacerlo, con disimulo para que no se diera cuenta nadie.

—Estate quieto, que están ahí los demás —me dijo, completamente sonrojada.

—No me importa. Te prometo que, si por mí fuera, te cogería en mi hombro y te llevaría hasta mi cama, de donde no te dejaría salir en tres días, por lo menos.

—Eso sería si no tuvieras que trabajar.

—Te prometo que, en cuanto pase lo peor, me cogeré unos días libres para estar con vosotros.

—Con comer y cenar todos los días juntos, me conformo.

—¡¿Viene ya ese postre u os lo estáis comiendo vosotros?! —exclamó mi hermano desde la mesa de la cocina.

—Ya vamos, impaciente —contestó Audrey, con una sonrisa.

Salimos con una tarta de chocolate que había hecho ella y que tenía una pinta estupenda. Al final, iba a terminar cogiendo peso por su culpa, y así se lo dije, pero no me esperaba lo que me contestó.

—No te preocupes, que yo conozco una forma muy placentera de perder calorías.

—Joder, Audrey, no me puedes decir estas cosas habiendo gente en la casa.

—Luego te lo demuestro, que, además, tenemos que ir a por el niño al colegio.

Llegamos a la mesa y Audrey se encargó de servir un pedazo de tarta para todos. Cuando John la probó, se levantó de la mesa y se arrodilló delante de mi chica, dejándonos a todos desconcertados, pues no sabíamos qué estaba haciendo.

—Audrey, ¿te quieres casar conmigo? —Le preguntó y todos estallamos en risas.

—Sigue soñando, chaval —le respondió ella, riendo.

—Te juro que no te pongo un dedo encima y que no me importa que te acuestes con este, mientras que me prepares la comida todos los días.

—Serás capullo… entonces, tú no quieres una esposa, tú quieres una cocinera —le dijo Peter.

—Y, en lo que no ha caído, es en que, sin matrimonio, le seguiré poniendo la comida, mientras que trabaje en este rancho.

—Entonces, será mejor que le pida matrimonio al jefe —contestó, y ahí sí que nos reímos todos.