Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 17
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Capítulo 17

Audrey

Salí del rancho con una idea clara: dejar a Noah en el colegio y pasar por el supermercado a comprar los productos para preparar la comida, pues hoy quería hacer algo especial.

El trayecto se me hizo cortísimo; además, pude comprobar que el supermercado estaba cerquísimo del colegio, por lo que busqué un aparcamiento a mitad de camino entre ambos.

Nos bajamos del coche y el niño me dio la mano, mirándome de reojo, como si quisiera preguntarme algo, así que lo animé a ello, dejándole clara mi postura sobre lo que le estuviera rondando la cabeza.

—Noah, quiero que sepas que a mí me puedes contar y preguntar lo que quieras.

—¿De verdad, Audrey?

—Por supuesto, yo veré si puedo responderte o darte el consejo que necesites.

—Entonces, ¿te puedo preguntar si eres la novia de mi padre?

—Ya lo has hecho, cariño.

Ambos nos miramos y soltamos una carcajada porque lo había hecho sin pensarlo, de manera completamente inocente, y eso me hizo mucha gracia.

—Bueno, tanto como novia… podemos decir que nos estamos conociendo y que algo hay entre nosotros, aunque no podemos ponerle nombre todavía.

—Es que los novios son los que se besan y vosotros os habéis besado.

—También se besan los amigos…

—Sí, pero no en la boca, como mucho, en la mejilla. Eso es lo que yo le decía a Sandy, que no era su novia porque no le daba besos en la boca.

—Bueno, a lo mejor no se los daba delante de ti.

—Eso puede ser, pero a ti sí que te los ha dado delante de mí.

—Noah, no quiero que sufras si lo nuestro no sale bien. De verdad que no quiero que me veas como la mujer que ha llegado a tu casa a sustituir a nadie.

—Ojalá y lo hicieras, me encantaría que fueras mi madre.

El niño me dejó sin palabras cuando eso salió de su boca, con esa vocecita tan inocente y con tanto anhelo. No supe qué contestarle y él lo notó, por lo que agachó la cabeza, como si fuera algo que yo no quisiera.

—Noah, mírame —le dije, y el niño levantó su mirada a mí—. No es que no quiera ser tu mamá, para mí sería un orgullo el serlo, pero la situación es un tanto complicada y no quiero prometerte algo que no sé si voy a poder cumplir.

—Con saber que a ti también te gustaría, me conformo. Aunque sea de momento.

El niño me jaló de la camisa para que me agachara y me pusiera a su altura. Cuando lo hice, él se lanzó a mi cuello, a darme un abrazo y me llenó la cara de besos, al igual que yo a él, viéndolo entrar en el colegio.

Justo cuando estaba a punto de marcharme, escuché a alguien que se dirigía a mí, y no de la manera más idónea, dicho sea de paso. Pensé en no pararme, en continuar con mi camino, pero yo tenía más educación que la persona que me llamaba, que suponía de quién se trataba.

—Oye, eh, tú, la de la camisa de cuadros.

—¿Es a mí?

—Por supuesto que es a ti; no veo yo a nadie más con ese atuendo.

Me miró de arriba abajo, con una cara de asco impresionante, pero yo no le demostré absolutamente nada, sino que le puse la mejor de mis sonrisas. Si algo había aprendido de mis padres, era eso, a demostrar que podía ser la más falsa del mundo y sin que se dieran cuenta.

—¿En qué puedo ayudarle?

—No me hables de usted, que no soy mucho más mayor que tú.

—Es que yo no hablo de usted por edad, sino por educación. Entre otras cosas, porque no hemos comido juntas como para tutearnos, pero si es lo que quieres…

—Bueno, seguro que eso de comer juntas se soluciona pronto, aunque no sé si Logan te dejará sentarte en la misma mesa que nosotros o tendrás que hacerlo en la cocina, con los peones.

—Se nota que nunca has comido en ese rancho.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si lo hubieras hecho, sabrías que todos comemos juntos en la misma mesa, sin distinciones de ningún tipo.

—Sí, pero eso será hasta que mi chico y yo formalicemos la relación. Anoche mismo estuvimos hablando de ello cuando vino a verme después del trabajo. Por suerte, tengo el teléfono de Peter y lo aviso a través de él, porque ese hombre nunca lleva el móvil encima.

Os prometo que me hizo dudar de lo que me había dicho Logan la noche anterior sobre lo que había estado haciendo y, si no lo hubiera llegado a esperar despierta y verlo venir a caballo y desde la parte trasera del rancho, me la hubiera creído.

—¿No me digas? Pues a mí me coge el teléfono a la primera, será que tiene más interés en lo que yo le tenga que decir.

—Mira, niñata, voy a ser muy sincera. Logan necesita a su lado a una mujer como yo, no a una niña que no sabe ni dónde está de pie, sin oficio ni beneficio.

—Una mujer, no te digo yo que no, pero lo que estoy segura de que no necesita es a una arpía que utiliza a un niño de cuatro años para conseguir sus metas.

—Y lo dice la que lo trata como si fuera de oro, cuando es un mocoso que no quiere más que la atención de su padre, pero eso se va a terminar en cuanto yo entre en esa casa.

—Por suerte, no entrarás nunca. Y ahora, si me disculpas…

—No, no te disculpo porque no he terminado de decirte lo que venía a hablar contigo.

—Entonces, me da igual que me disculpes o no, porque me pienso marchar igual.

—Si te piensas que vas a quedarte con mi hombre, sigue soñando, porque formará una familia conmigo, te guste o no.

—Sigue soñando, guapa.

Cuando me di la vuelta para marcharme, os prometo que me temblaban hasta las pestañas. Como he dicho en infinidad de veces, no me gustaban los conflictos, pero mucho menos con gente así, que era capaz de hacer cualquier cosa por conseguir lo que quería.

Entré en el supermercado y compré filetes de pescado, que iba a hacer al horno, tal y como María me había enseñado. También me hice con patatas, tomates y algunas verduras más que iba a utilizar.

No sabía si a Logan le gustaba el pescado, porque aquí lo más normal era comer carne, que era lo que tenían más a mano, pero me iba a arriesgar. Como sabía que también comerían los dos peones de confianza con nosotros, compré lo suficiente.

Me hice también con una buena reserva de cerveza y refrescos, porque a mí no me gustaba beber alcohol, y de beber agua ya estaba harta, que no me había asustado yo como para eso.

Pasé por la caja y volví al coche cuando, de repente, me encontré con Paul y su chico, y menos mal que había comprado de sobra, porque no me acordaba de que venían a comer a casa.

—Aquí está mi cuñada favorita.

—¿Qué dices de cuñada, loco?

—No me lo podéis negar; entre vosotros saltan chispas cuando estáis cerca. Y luego está ese beso en el parque…

—No me lo recuerdes, por favor, que me muero de vergüenza.

—Mira, este es Fred, mi chico —me dijo, presentándome a su pareja.

—Encantada, Fred, yo soy Audrey, la niñera de Noah.

—Y la futura novia de mi hermano, te lo aseguro.

—Y sigue con lo mismo, el colega.

—Me encanta tu manera de ser, Audrey, y eso que todavía no te conozco lo suficiente —me dijo Fred, sonriendo.

—¿Has traído el coche? —me preguntó Paul, que me había quitado las bolsas de las manos.

—Claro, no pretenderás que me lleve todo esto andando.

—Entonces, vamos, cuando vuelvas a recoger a Noah del colegio, nos venimos contigo de vuelta, y así no tengo que conducir.

—Pues no creo que a tu hermano le haga mucha gracia eso de que os volváis tan pronto.

—Ya hablaré con él, y el sábado hacemos una barbacoa en la piscina, porque tengo claro que la estará preparando ya para cuando el niño termine el colegio.

—Por supuesto, ya le dijo a Noah que quería hacer algo este fin de semana.

—Pues nada, todo listo. Anda, vamos al rancho o perderemos toda la mañana.

Nos montamos en el coche, dejando las bolsas atrás, en el maletero, y pusimos rumbo al rancho, pero antes de llegar, quise que me aclarara el tema de Sandy.

—Paul, tengo que preguntarte algo.

—Dale, soy todo oídos y estoy a tu entera disposición.

—¿Qué sabes de Sandy?

—¿La profesora del colegio de mi sobrino?

—La misma, esa maleducada que me ha dicho un montón de cosas en la puerta del colegio.

—¿Qué me estás contando? Dime, ahora mismo, lo que te ha dicho la arpía esa.

—No, eso te lo contaré más tarde, cuando lleguemos, lo que quiero ahora es que me respondas tú y que lo hagas antes de llegar al rancho.

—Entiendo lo que te ocurre y te lo diré claramente, mi hermano pasa olímpicamente de ella.

—Pero… han tenido algo, ¿no?

—Sí, se han acostado varias veces, pero supongo que eso ya te lo habrá dicho ella.

—No, me lo contó tu hermano anoche, cuando hablamos y aclaramos todo.

—No me digas que estáis juntos, porque me caigo de culo —dijo Fred, desde el asiento trasero.

—Dudo mucho que te puedas caer de culo, entre otras cosas porque estás sentado.

—Pero ¿estáis juntos o no? —preguntó Paul.

—No lo sé, de momento, nos estamos conociendo.

—Y supongo que muy a fondo, como tiene que ser.

—No seas cerdo, Paul, por favor —le reprendió su novio.

—¿Cerdo? Claro, como que ella piensa que tú y yo jugamos al parchís, y lo más cerca que estamos de eso es cuando digo me voy a comer una…

—Ya, ya, no hace falta que seas tan explícito —le contestó Fred, haciéndome soltar una carcajada.

Entramos en el rancho y aparcamos el coche en la zona en la que lo hacía Logan, que vino corriendo en cuanto que me vio aparecer.

—Desde ya te digo que no vuelves a salir sin un móvil, que vaya susto el que me has dado.

—¿Qué te ha pasado?

—¿A mí? No, la pregunta es qué te ha pasado a ti que has tardado tanto.

—Joder, no sabía yo que tenía toque de queda ni nada.

—No seas irónica y ponte en mi lugar. Has tardado más de dos horas en llevar al niño al colegio y volver, cuando se hace en treinta minutos.

—Hijo, porque he pasado por el supermercado, pero aquí estoy, vivita y coleando.

Logan se acercó a mí, me cogió por la cintura y me dio un beso de esos que te dejan con las piernas temblando, y que no sabía si era producto del miedo, de que me extrañaba o una mezcla de las dos cosas, pero que no me iba a quejar, eso lo sabían hasta los hebreos.

—Y dice la capulla que no están juntos —dijo Paul.

—Pues, si viene mi jefe y me da semejante morreo, te juro que no sabría cómo actuar —contestó Fred.

—Pues si tu jefe viene y te da un morreo así, uno de los dos pierde los dientes, pero no de la intensidad del beso, sino del puñetazo que os meto al que me coja más cerca.

Soltamos una carcajada y entramos en la casa, donde me iba a poner a preparar la comida, mientras que no me tocaba ir a por Noah al colegio. Hoy la cosa en el rancho estaba tranquila, por lo que Logan entró y subió a darse una ducha antes de sentarse a comer con nosotros.