Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 16
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Capítulo 16

Audrey

Ver a Logan montado en ese caballo fue una de las cosas más sexis que había visto en mi vida y no pude apartar la mirada de él hasta que ya no me alcanzaba la vista.

Intenté borrar esa imagen de mi cabeza y para eso, me centré en el niño, que me estaba esperando en la cocina para que le diera un vaso de leche con cacao y galletas.

No sabía dónde encontraba cabida tanta comida en un cuerpecito tan pequeño, porque comía como una lima sorda. Me serví yo también uno para mí y me senté a tomarlo junto a él.

—Audrey, ¿juegas conmigo ahora a pintar?

—Claro, mi vida, en cuanto que nos tomemos esto, nos vamos al salón y pintamos.

—¿Dónde está mi padre?

—Ha ido a resolver un problema del rancho, pero en cuanto que termine, te prometo que volverá.

—Espero que no sea como otras veces, que no vuelvae hasta por la mañana, pero no porque esté en el rancho.

—¿A qué te refieres, Noah?

—A que, cuando viene a buscarlo Peter o John, o esa mujer que dice que será mi madre algún día, pero que a mí no me gusta, no vuelve hasta que amanece.

—¿De qué mujer hablas, cariño?

—Se llama Sandy y es profesora en mi colegio. Dice que ella es la novia de papá y que me tengo que acostumbrar a ella.

Os prometo que una oleada de celos y de rabia se apoderó de mí, y que, aunque intenté aplacarla, no lo logré por completo. Sí es cierto que el rato que pasé dibujando me relajé un poco, pero no lo suficiente como para calmarme por completo.

Llegó la hora de la ducha y de la cena, por eso, en cuanto que Noah estuvo vestido con su pijama, bajamos a la cocina, donde ya tenía la cena casi lista, tan solo para calentarla un poco.

Había preparado un puré de verduras y unos filetes en salsa que estaban para chuparse los dedos, por lo que, en cuanto que estuvo caliente, nos serví a los dos; no iba a esperar a que Logan llegara.

Cenamos y nos fuimos arriba, donde acosté a Noah y le leí un cuento para que se quedara dormido. Las palabras del niño me habían calado hondo, y por eso, en cuanto se quedó dormido, me metí en la ducha, dispuesta a esperar a que viniera Logan.

Sabía que no iba a poder dormir porque la rabia que sentía no me lo permitiría. No era porque estuviera celosa, bueno, al menos no era el motivo exacto de eso, sino porque me sentía idiota por haber permitido que me mintiera de esa manera.

¿Sería cierto que tenía una relación con esa mujer? Si era así, ¿por qué me ha mentido de esa manera? ¿Por qué me había dicho que no quería tener una relación seria con ninguna otra mujer?

Me iba a volver loca porque todas estas cosas daban vueltas en mi cabeza sin descanso, y necesitaba hablarlo con él, que me dijera qué había de verdad y cuánto de mentira en todo lo que me había contado el niño.

Eran casi las dos de la madrugada cuando escuché la llave de la puerta y esperé a que entrara, porque estaba clarísimo que había visto la luz de la cocina encendida desde la parte exterior de la casa.

—Pensaba que estarías dormida.

—No podía dormir; tenemos que hablar.

—Lo sé, pero ¿podríamos esperar a mañana, por favor? Estoy agotado y el despertador sonará en menos de cuatro horas.

—No, no podemos esperar a mañana porque Noah me ha contado algo que me está comiendo por dentro.

—Está bien, pero deja que me dé una ducha, que vengo, que no me aguanto del sudor y la tierra que llevo encima.

—Perfecto, mientras tanto, yo te caliento la cena. No tardes mucho, por favor.

—No, en diez minutos estoy de vuelta.

Logan me dejó un breve beso en los labios, que me tomó por sorpresa, porque no entendía que, si lo que Noah había dicho de esa profesora era cierto, tuviera la poquísima vergüenza de besarme a mí.

¿Acaso se pensaba que no me iba a enterar? O es que… ¿lo que creía era llevar una doble vida? Porque si era esto último, por ahí no iba a pasar. Precisamente venía huyendo de todas las mentiras, como para convertir mi nueva vida en un embuste de tamaño épico.

Casi sin darme cuenta, había servido la comida en la mesa y yo me había preparado una infusión relajante, porque los nervios me estaban comiendo por dentro.

—Ya estoy listo. Dime qué es lo que te ha contado mi hijo que te tiene de tan mal humor.

—No es mal humor, es decepción, desilusión.

—¿Perdona? No entiendo nada de lo que me estás diciendo.

—Te haré una sola pregunta. ¿Quién es Sandy?

Lo vi como cogía aire e intentaba ordenar sus ideas antes de hablar. No sabía si lo que pretendía era mentirme o si tan solo estaba buscando las palabras exactas o adecuadas para explicármelo.

—Sandi es una profesora del colegio de Noah…

—Eso ya lo sé, lo que pretendo que me expliques es lo que pinta ella en tu vida.

—No pinta nada, te lo prometo. No voy a negar que me he acostado con ella en varias ocasiones, porque no pienso mentirte, pero no tenía ni tengo nada con ella más que eso, un polvo de vez en cuando.

—¿Un polvo como el nuestro?

—No tiene nada que ver lo que siento por ti con lo que he tenido con ella, por mucho que te dijera lo mismo en su momento.

—Entonces, explícame la diferencia y hazlo como si fuera tontita, por favor, que yo me entere.

Lo vi sonreír por lo que había dicho, pero no por ello tardó en explicarme todo, tal y como yo le había pedido.

—Audrey, ya te lo he dicho, cuando ambos teníamos ganas, cuando nos apetecía, o bien venía a buscarme aquí o bien nos veíamos en el bar y pasábamos la noche juntos.

—Pues hay algo que no entiendo.

—¿Y eso es…?

—Si dices que no teníais nada serio, ¿por qué le has dicho a Noah que era tu novia y que pronto sería su madre?

—Es la primera noticia que tengo de eso que me estás contando, y te prometo por mi vida que no es así. Si lo necesitas, mañana mismo te acompaño y le pongo las cosas claras.

Lo dijo tan convencido que supe que todo lo que le había dicho al niño era mentira y que lo hacía para que Noah ejerciera presión sobre su padre, cuando, en realidad, sería todo lo contrario, porque no podía con ella.

—¿He aclarado ya todas tus dudas?

—Pues sí que lo has hecho y espero no tener que lidiar nunca más con cosas como estas.

—Entonces, ven aquí y dame un beso en condiciones, que lo necesito más que nunca.

Logan me cogió de la mano y me sentó sobre su regazo, besándome como si le fuera la vida en ello, como si quisiera demostrarme que todo lo que me había dicho era cierto, y yo le creí.

Sobra decir que durmió más bien poco, aunque yo tampoco es que lo hiciera durante demasiado tiempo, tan solo el tiempo que transcurrió entre que él se levantaba para ir al veterinario y el tiempo que tardó Noah en despertarse.

Esa noche no pisé mi habitación, sino que la pasamos en su cama y, al despertar, su olor seguía impregnado en las sábanas; por eso mismo me costó mucho más abandonarla, pero, cuando lo hice, fue con una sonrisa en los labios.

Me levanté, me duché y me vestí para llevar a Noah al colegio. En esta ocasión, rescaté uno de mis pantalones de la maleta, que combiné con una camisa a cuadros de colores azul pastel, mis botas y mi sombrero, que se habían convertido en algo habitual.

Preparé a Noah, le metí el desayuno en la mochila y nos subimos al coche, para coger el camino al colegio, uno que me había aprendido de memoria el día anterior.

Cuando estábamos a punto de salir, apareció Logan a caballo, y no os podéis ni imaginar la maravilla que era verlo de esa manera, sin camiseta y con el sombrero, mientras que el torso estaba completamente sudado.

Se bajó de un salto y vino hasta nosotros, con una sonrisa en la boca, y directamente hasta donde estaba su hijo, que lo recibió con muchísima alegría.

—¿Os pensabais marchar sin darme un beso y un abrazo?

—Papi, es que anoche llegaste muy tarde y esta mañana te has ido muy temprano.

—Lo sé, mi vida, pero te lo pienso compensar este fin de semana, en el que intentaré pasar más tiempo contigo en la piscina, que ya tendremos lista para usarla.

—¿De verdad? Pues estoy deseando que ya llegue el viernes a la salida del colegio.

Después de darle un beso a su hijo, Logan dio la vuelta al coche, llegando hasta la ventanilla del conductor, esa que bajé para ver qué me tenía que decir, pero no dijo nada, metió la cabeza y me besó, sin importarle que estuviera el niño delante, que empezó a reír como si la idea le gustara muchísimo.