Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 14
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Capítulo 14

Audrey

Cuando entramos al bar, esos dos imbéciles me trataron como si fuera una prostituta. No os podéis imaginar lo que me entró por el cuerpo. Os lo prometo. Era como si la furia se hubiera apoderado de mí y tuve que contar hasta diez para no partirles la cara.

No me gustaban los conflictos, mucho menos cuando había gente que no tenía nada que ver implicadas. Por eso, acepté de buen grado marcharme a casa de Mary, a la que no sabía cómo le iba a sentar cuando nos viera llegar a los cuatro.

En caso de que no tuviera comida suficiente, pues nos marcharíamos al rancho e improvisaría algo con lo que había en la nevera.

De repente, recordé que tenía que comprar un móvil porque no quería ponerme en la carretera, con un niño pequeño, sin estar localizable, ya que podían pasar muchas cosas, desde una avería hasta que alguno de los dos se sintiera indispuesto.

—¿Dónde puedo hacerme con un teléfono móvil de prepago? —pregunté, de pronto, mientras que íbamos caminando hasta la casa de Mary.

—¿De prepago? Hija, que no creo que mi hermano te pague tan poco como para no poder tener un contrato —respondió Paul.

—No es por eso, es que si saco un contrato a mi nombre, mi padre podría localizarme.

—No puedes estar escondiéndote toda la vida, Audrey —me contestó Paul.

—Lo sé, pero necesito que pase un tiempo prudencial antes de dar señales de vida. No os podéis imaginar de lo que son capaces esos dos…

A mi mente acudió la imagen de ese chico completamente apaleado y ensangrentado y un escalofrío me recorrió la espalda, como si fuera ahora mismo el momento en el que lo vi, y Logan se dio cuenta de eso.

—Audrey, me parece que nos estás ocultando datos y no me gustaría encontrármelos de repente y no saber qué hacer —me dijo, bastante serio.

—Logan, yo…

—Habla, por favor, y que yo valore si puedes seguir al lado de mi hijo o no; no puedes poner su vida en peligro.

—Por supuesto que no lo haría nunca y no tiene nada que ver con él, te lo aseguro. Si mi padre y mi ex me encontraran, tan solo se cebarían conmigo; no tocarían a nadie más.

Dije eso convenciéndome a mí misma, porque no lo tenía tan claro. Lo que sí sabía era que a Noah no le harían daño, pero no estaba yo tan segura de que no le hicieran nada a él o a Paul.

De todos modos, supe que tenía que contarles aquello que me había callado, entre otras cosas, porque Logan tenía derecho a saber el riesgo que corría y si estaba dispuesto a asumirlo.

—¿Podemos sentarnos en algún lugar tranquilo, donde el niño pueda jugar y nosotros hablar a solas? —pregunté.

—Ven, vamos al parque; todavía es pronto para ir a comer —dijo Paul.

Logan no abrió la boca, se limitó a seguirnos en completo silencio, como si estuviera analizando los posibles escenarios que se podía encontrar y buscando las diferentes salidas para cada uno de ellos.

Llegamos al parque, que estaba cerca, y, mientras que el niño se ponía a jugar en los columpios, nosotros nos sentamos en un banquito. Al principio, guardé silencio, sin saber cómo contarles lo que estaba sucediendo en realidad.

Me armé de valor y les conté lo que había descubierto el día que me encerraron y cómo mi padre, para que me viera obligada a guardar silencio, había decidido encerrarme y preparar mi boda.

—¿Qué tipo de negocios ilegales son los que llevan a cabo? —Me preguntó Logan.

—Estafa de dinero; no cometen otros delitos, al menos de los que yo tenga constancia —respondí.

—Si mi hermano decide que no te quedes en su casa, te vienes a la mía. Ya encontraré algo que puedas hacer y por lo que recibas un sueldo. En la calle no te vas a quedar —me dijo Paul, y lo agradecí, la verdad.

—Paul, te agradezco el gesto, pero yo todavía no he dicho nada.

—Logan, estás en tu derecho de mandarme a la mierda. Primero, por no contarte todo desde el principio, pero, sobre todo, quiero decirte que la única que corre peligro en toda esta historia soy yo.

—Tú, y todos los que te hemos ayudado.

—Bueno, ahí no te voy a quitar la razón, pero, sinceramente, creo que, si me encuentran, no tomarán represalias con nadie, mucho menos con un niño.

—¿Estás segura de eso que estás diciendo?

—No, porque seguro está muerto, como decía mi María, la chica que trabajaba en mi casa.

—Logan, no podemos dejarla desamparada. Ya has visto a los gañanes esos del bar, si la dejamos sola, pueden hacer cualquier cosa —dijo Paul.

—No tienen tan mal corazón, la fuerza se les suele ir por la boca, pero tienes razón en una cosa, ya estamos metidos en esto, por lo que, no pienso permitir que se marche, se quedará en mi casa, tal y como estábamos hasta ahora.

No sé lo que me pasó, pero me levanté y le planté un beso en la boca de manera inconsciente. Al principio, se tensó, pero luego puso sus manos en mi cintura y profundizó el beso, como si no hubiera nadie más alrededor nuestro.

—Creo que me he perdido algo. ¿Me lo vais a contar? —Dijo Paul, sacándonos de ese trance en el que habíamos entrado.

—Perdón, ha sido un impulso, no debería de haberlo hecho —le dije a Logan, medio avergonzada por lo que había pasado.

—Pues no, no deberías de haberlo hecho, creía que las cosas habían quedado claras anoche —me respondió, muy serio.

—Y quedó, no volverá a pasar.

Agaché la cabeza, muriéndome de vergüenza, pero también de satisfacción, porque, por mucho que él dijera, respondiendo a ese beso, había dejado claro que, para él, tampoco había sido un polvo de un calentón.

—¿Podéis dejar de ignorarme y contarme lo que ha pasado? —preguntó Paul, de nuevo.

—No ha pasado nada —dijimos los dos, casi al unísono.

—Y una mierda para ustedes. No queréis contármelo, perfecto, pero no me toméis por tonto. Ese beso venía cargado de intenciones y, si no hubiera sido aquí, sino en el rancho, no estaríais hablando en este momento.

—Pues mira, sí, no queremos contarlo, al menos yo, porque no tuvo importancia —le dijo Logan, que se había levantado para ir a buscar a Noah.

El resto del trayecto lo hicimos en completo silencio, como si no quisiéramos tocar más el tema y que pudiéramos volver a caer en ese error, que era la manera que Logan tenía de denominar lo que había pasado entre nosotros.

María nos abrió la puerta con una sonrisa, como si ya nos estuviera esperando, y es que era así, pues Paul le envió un mensaje en el que decía que comeríamos en su casa.

—Audrey, si vestida de turista estás guapa, con este atuendo estás arrebatadora —me dijo Mary, nada más verme llegar.

—Gracias, Mary, pero no creo que me vista más así, porque ya he tenido problemas —le respondí, algo avergonzada.

—Quítale esa idea de la cabeza, mamá. Han sido dos tipos en el bar…

Paul le contó a su madre lo que había sucedido, mientras que yo me mantenía en silencio, porque no quería intervenir y decir algo de lo que me pudiera arrepentir más tarde.

Mi mirada iba, sin remedio, hasta donde se encontraba Logan con Noah, que reía con lo que le decía su padre y, por un momento, me hubiera gustado ser yo la madre de ese niño.

No porque fuera hijo de Logan, que también, no lo voy a negar, sino porque ellos representaban la familia que siempre había querido tener, con la que soñaba cuando era pequeña, y eso me dolía.

Mary me animó a que me siguiera vistiendo así y, en caso de sentirme incómoda con alguna prenda porque fuera demasiado corta, que la dejara para estar en casa y la sustituyera por otra.

Nos sentamos a la mesa y Mary nos puso por delante un exquisito estofado de carne que estaba para chuparse los dedos y varios platos con verdura, para que cada uno se sirviera lo que quisiera de ensalada.

Se quedó maravillada cuando vio que Noah me hizo un gesto para que le sirviera lechuga, tomate y varias verduras más.

—¿A qué se debe este milagro? Porque yo las he pasado canutas para que se tomara, aunque solo fuera un trocito de tomate —me dijo, asombrada.

—Abuela, es que si quiero ser fuerte, grande y que nada ni nadie pueda conmigo, tengo que comer mucha verdura, me lo ha dicho Audrey —le contestó el niño, comiendo como si no hubiera un mañana.