Capítulo 13
Logan
Dios, había sentido más en esa vez que lo había hecho con ella que en todas las veces que me había acostado con otras mujeres, incluida Britany, y eso me desconcertó muchísimo.
Tenía que dejarle las cosas claras, y por eso, no dudé en hablar con ella, aunque no en los mejores términos, por lo que vi en su reacción, aunque no lo hice con esa intención, os lo prometo.
Me quedé parado en el pasillo, sin saber si entrar e intentar hablar con ella o, por el contrario, irme a mi habitación y dejar todo tal y como estaba, y opté mejor por esta segunda opción, entre otras cosas porque no sabía si iba a ser capaz de contenerme.
No pegué un ojo en toda la noche, al igual que ella, a la que escuché moverse por la habitación hasta bien entrada la madrugada, que fue cuando yo miré el teléfono por última vez.
Me levanté a la misma hora, pero no me hizo falta que sonara el despertador, me di una ducha y bajé a hacer mis quehaceres diarios, como dar de comer a los animales y cambiarles el agua, además de limpiar las estancias en las que estaban.
Cuando calculé que Audrey, al igual que mi hijo, estarían ya despiertos y a punto de desayunar, llamé a dos de mis peones para que bajaran los muebles de la buhardilla, tal y como le prometí la noche anterior.
Pero lo que no me esperaba encontrar era a una Audrey vestida con la ropa que le había regalado a Britany en su momento, y no se podía estar más guapa que ella en estos momentos.
Lo mismo que pensé yo, lo pensaron también los peones, que la miraron como queriéndoselas comer allí mismo y sin importarle nadie de los que estuviéramos delante.
De mi cuerpo se apoderó una sensación que no me gustó nada, porque era como si me hubieran entrado ganas de cogerlos a los dos y dejarles claro que no quería que ni la miraran.
Intenté disimular el ataque de celos que me había entrado, pero dejé clara mi postura con respecto a ella, y así lo entendieron mis peones, que cambiaron de actitud al instante.
Todavía me quedaba lo peor: ir montado con ella en un coche para indicarle el camino hasta el colegio, pero antes tenía que recomponerme; por eso le dije que nos veíamos en media hora.
Salí de la casa y me fui hasta donde estaban los caballos. Ya había terminado de ponerle el agua y la comida, pero era el lugar de donde venía para tranquilizarme. Siempre me había ocurrido que los caballos eran los animales que más me gustaban.
Verla con esos pantalones vaqueros cortos, esa camisa sin mangas en rosa pastel, con las botas a juego, me había dejado impactado. Britany era mucho más bajita que ella, por lo que a Audrey le quedaba más corto, haciendo que el atuendo luciera más sexy en su cuerpo.
Mi miembro dio una sacudida dentro de los pantalones, porque a mi cabeza vinieron los recuerdos de la noche anterior, y no pude evitar imaginarla quitándose esa ropa que llevaba.
—No puedes seguir así, Logan, o terminarás volviéndote loco —murmuré para mí, pero sin darme cuenta de que los peones que me habían acompañado estaban allí.
—Jefe, ¿te ocurre algo?
—Me ocurre todo, John.
—¿Me dejas darte un consejo? —Me preguntó Peter.
—Siempre sabes que, antes que jefe y empleado, os considero amigos. Así que dime lo que estás pensando.
—No pierdas a esa mujer, porque nos ha quedado claro que te gusta, al igual que tú a ella.
—Sabéis que no me pienso enamorar de nuevo; el cupo de eso ya lo tengo cubierto.
—Puedes decir lo que quieras, pero esa mujer se está colando en tu corazón poquito a poco, pero también te digo que, como sigas con esa actitud, la vas a perder.
—Y habrá cola para ir a por ella; yo, el primero —me dijo John, sonriente.
—Atrévete y pierdes los dientes.
Os prometo que esas palabras salieron de mi boca sin pensarlas, como si tuvieran vida propia, y eso provocó la risa de los otros dos, que no pudieron evitar decirme que me había traicionado el subconsciente.
Salí de allí para buscar a Audrey y a mi hijo, que ya estaban esperándome junto al coche. Si antes estaba preciosa, ahora lo estaba todavía más, pues se había puesto el sombrero que iba a conjunto con las botas.
Entré a la casa a por las llaves del coche, que, con el ansia de salir de allí, no había cogido anteriormente, y salí automáticamente, para dirigirme al coche lo antes posible.
—Papi, hijo, que tienes la cabeza a las tres de la tarde, como dice la yaya.
—Y tiene toda la razón, cariño, me olvidé de cogerlas antes de salir.
—Venga, dámelas, que conduzco yo —me dijo Audrey.
—¿Cómo vas a conducir tú si no sabes dónde está el colegio?
—Porque tú me vas a dar las indicaciones necesarias.
—Pero creo que será mejor que conduzca yo, por ser la primera vez…
—Por eso de que es la primera vez, así me voy quedando con las calles y con el manejo del coche, que no quiero tener que ir dando frenazos o tirones mañana y que la gente piense que soy gilipollas.
—Está bien, toma las llaves.
Abrí la puerta trasera del coche y senté a mi hijo en la sillita de seguridad. Mi primera intención fue sentarme junto a él, pero entendí que, desde allí, sería más difícil darle las indicaciones.
Sabía que el trayecto hasta el colegio sería un suplicio para mí; por eso, antes de salir le envié a mi hermano un mensaje para que me esperara en el bar, donde me tomaría una cerveza con él.
Tal y como había pensado, al montarme en el coche y sentarme en el asiento del copiloto, no pude evitar que mi mirada fuera directa a sus piernas, que lucían casi por completo al descubierto, ya que su pantalón se había subido un poquito más.
Le fui diciendo por donde tenía que coger para llegar al pueblo y, una vez allí, tan solo tenía que ir por una calle para llegar hasta el colegio, y así se lo indiqué.
Tenía pensado decirle a Audrey que se marchara con el coche de nuevo a casa, pero no me dio tiempo cuando ella sugirió algo que me dejó completamente fuera de juego, pues no me atrevía a decirle que no.
—Ya que estamos aquí, en el pueblo, y no tengo nada preparado para comer, podríamos hacerlo en el bar.
—Había quedado allí con mi hermano, pero no me importa que te unas a nosotros.
—No te preocupes, yo me siento en una de las mesas con el niño, y tú actúa como si nosotros no estuviéramos.
—¿Cómo pretendes que haga eso?
—Pues como lo ibas a hacer, porque está claro que no contabas con ninguno de los dos. Te prometo que si hubiera otro bar, no dudaría en irme allí y no molestarte.
El tono en el que lo dijo me dejó claro que pensaba que había quedado con otra persona, y eso me hizo mucha gracia, aunque no lo demostré, pues decía que ella había sentido celos, al igual que yo esta mañana.
Pero si pensaba que lo de por la mañana eran celos, lo que pasé en el bar no sabría ni cómo describirlo, pues nada más que abrir la puerta y dejarle paso, todos los hombres que había en la barra giraron la cara para mirarla de arriba abajo.
—Vaya, Logan, buena niñera que te has buscado —dijo uno de ellos, e intenté ignorarlo.
—Eso, a ver si nos pasas su teléfono y así la contratamos cualquiera de nosotros.
Os prometo que iba a ir para coger a ese tipo por el cuello, porque no me gustó lo que insinuó de ella, pero no me hizo falta, porque Audrey se giró y le contestó como tan solo ella sabía hacerlo.
—Sigue soñando, guapo. No se ha hecho la miel para la boca del burro. Además, si no quieres que tu mujer se entere, será mejor que me ignores o alguien se lo dirá en la iglesia.
—Hostias, se me ha olvidado por completo que hoy era el día de la iglesia y no había faltado desde que era un chaval —me dijo Logan.
—No te preocupes, hermano, que ya le he dicho yo al padre que estabas liado con los animales, pero lo que no sabía era que los animales eran de dos patas —dijo Paul, dirigiéndose a esos dos hombres.
Como sabía que si seguíamos allí íbamos a tener problemas y las broncas no me gustaban, lo que hice fue decirles a mi hermano y a Audrey que nos marchábamos a casa de mi madre.
Al levantarse Audrey de la mesa, mi hermano la miró de arriba abajo y se deshizo en elogios hacia ella. Si no tuviera claro que era gay, habría tenido unas cuantas palabras con él, os lo aseguro.