Capítulo 11
Logan
Le expliqué a Audrey los horarios del niño, que los tenía bien inculcados, al menos mientras tuviera clases. Después, en vacaciones, era un poco más flexible con él, pero tampoco demasiado.
Me gustaba que mi hijo, a pesar de ser tan pequeño, tuviera las cosas claras sobre lo que se podía permitir y lo que no, así como una rutina que lo enseñara, el día de mañana, a conciliar su vida con sus responsabilidades.
—Bueno, según me dices, es la hora del baño de Noah, así que, si me disculpas, voy a prepararlo.
—Si quieres y como hoy estoy en casa, lo puedo hacer yo.
—No, no te preocupes, déjame a mí; así tu hijo se va a estar acostumbrando a mi presencia.
—Uy, eso lo tiene ya más que asumido y te puedo asegurar que está encantado con ella.
Y yo pensé para mis adentros, porque no quise decirlo en alto para no asustarla, sobre todo por lo que me había dicho en casa de mi madre, que tenía su corazón cerrado al amor.
La vi subir las escaleras y ese vaivén de sus caderas iba a ser una auténtica tortura para mí, lo sabía, pero no podía apartar la vista de ella; era como si ese movimiento me tuviera hipnotizado.
Negué con la cabeza y me llamé idiota mentalmente, porque yo tampoco quería caer de nuevo en las garras del amor, y era mucho mejor que cada uno de nosotros guardáramos las distancias.
Mientras que ella bañaba a mi hijo, yo entré en la cocina para ver lo que hacía para cenar. En condiciones normales, prepararía un sándwich para cada uno, pero no quería darle la impresión de ser un vago a Audrey, así que tendría que buscar algo más elaborado.
Tenía tiempo porque entre que mi hijo entraba al baño, se desnudaba y salía, podía pasar una hora fácilmente. Eso era lo que más trabajo me costaba que hiciera, y no porque no le gustara, que luego no quería salir, sino porque no quería dejar lo que estaba haciendo.
Para mi sorpresa, me encontraba todavía delante de la nevera, con la puerta abierta, cuando lo escuché bajar y no me lo podía creer.
—¿Ya te has bañado? No me lo puedo creer si no han pasado ni quince minutos desde que Audrey ha subido.
—No me he bañado, papá…
—Ya me extrañaba a mí que tardaras tan poco tiempo; anda arriba, que Audrey estará esperándote para que lo hagas.
—No me entiendes, papi. ¿No ves que traigo el pelo mojado? No me he bañado porque me he duchado. Audrey me ha dicho que los niños que son grandes tan solo se bañan en algunas ocasiones, que la ducha es mejor.
—¿Perdona? ¿Y tú has accedido?
—Por probar no perdía nada y he descubierto que era cierto. Tardo menos y puedo estar un ratito más con vosotros antes de cenar.
No me lo podía creer. En un solo día había conseguido que mi hijo hiciera lo que yo llevaba intentando más de un año que hiciera. Le tenía que preguntar cuál había sido su estrategia, porque algo le había tenido que prometer para que Noah lo hiciera sin rechistar.
Estaba pensando en ello cuando la escuché entrar en la cocina, con una sonrisa en los labios, que mostraba lo contenta que se encontraba de haber conseguido su objetivo.
—Ahora subo yo a recoger el baño. tú, siéntate, estoy mirando lo que hacer de cenar.
—No tienes que recoger nada; entre Noah y yo lo hemos dejado todo listo, ¿verdad, campeón?
—Claro, porque uno no se puede duchar y dejar todo tirado, que entonces, en vez de un baño, parecería un estercolero, y eso huele muy mal. Así que, la ropa sucia a la canasta y, con un paño, se limpia la mampara para que no queden gotas —dijo mi hijo, como el que lava y no enjuaga.
Si seguían así, sorprendiéndome de esa manera, se me iban a salir los ojos de las cuencas, de todo lo que los estaba abriendo con estos dos. Audrey, al ver mi cara, soltó una carcajada.
—No te rías, porque a mí no me hace ninguna gracia que tú, en un rato que llevas con mi hijo, lo consigas todo a la primera —le dije, fingiendo un enfado que no sentía.
—Seguro que tú se lo has ordenado; no le has explicado el motivo por el que hay que hacerlo.
—Tienes razón, yo le decía: «Noah, te tienes que duchar o recoger el baño», pero no le he dicho nunca nada más.
—Anda, quita de ahí, que yo me encargo de preparar la cena; ve a darte una ducha, si quieres.
—Está bien, me ducho y bajo enseguida.
—Espero que no tardes mucho más tiempo de lo que ha tardado tu hijo, o serás un mal ejemplo para él.
Nos miramos y soltamos una carcajada. ¿Cuánto tiempo hacía que no me reía así, de esa manera, con otra persona que no fuera mi hermano? Ni lo recordaba porque ni siquiera con Britany me había reído así alguna vez.
Subí las escaleras, con la imagen de Audrey en mi cabeza, su risa, su manera de hacer fáciles las cosas difíciles, y no podía quitar la sonrisa de la boca, por mucho que lo intentara.
Entré en mi habitación, que era la única que tenía el baño integrado. Noah y Audrey tendrían que compartir el del pasillo, al menos de momento, porque tenía pensamientos de hacer una pequeña reforma e integrar también un baño en la habitación de mi hijo, pero todavía no tenía nada en firme.
Una vez que estuve debajo de la ducha, cayéndome el agua por la cabeza, me vino de nuevo la imagen de Audrey, pero esta vez de otra manera. En esta ocasión fue su trasero de lo que me acordé, de su manera de moverlo al andar, y me puse duro de inmediato.
Me la imaginé en mi cama, desnuda, apoyada sobre sus rodillas y sus codos, mientras que yo la penetraba por detrás. Jamás en la vida me había ocurrido nada de eso con ninguna mujer y supe que sería una constante a partir de este momento.
No pude evitar que me entraran ganas de acabar con ese estado que me estaba consumiendo, por eso, agarré mi miembro con una mano y, apoyando la otra en los azulejos de la pared, empecé a acariciarme.
Lo hice con movimientos cíclicos, moviendo mi mano de arriba abajo, cada vez más rápido, mientras que dejaba volar mi imaginación, hasta que un orgasmo devastador me arrastró.
Si eso era tan solo pensando en ella, no me quería ni imaginar cómo sería si la tuviera delante de mí en estos momentos, saciando todo aquel deseo que me estaba consumiendo.
Decidí apartar eso de mi mente, o no saldría de esa ducha en la vida. Me terminé de duchar y salí a mi habitación, donde me vestí para bajar a cenar.
Cuando llegué a la cocina, la imagen que tenía delante de mis ojos me volvió a sorprender, de grata manera, por supuesto. Mi hijo tenía un plato de verdura delante y comía como si le fuera la vida en ello, cuando a mí me costaba media vida que lo hiciera.
—No me lo puedo creer, te lo juro. Este no es mi hijo, seguro que lo han abducido los extraterrestres —dije, negando con la cabeza.
—¿Qué hablas de extraterrestres, papá? Si soy yo, Noah, el de siempre —dijo mi hijo, sacándonos una sonrisa.
—Eso ya lo veo, pero lo que no termino de comprender es cómo te estás comiendo la verdura como si fueran patatas fritas.
—Uy, muy fácil, porque Audrey las ha cocinado riquísimas, además de que me ha dicho que, si quiero crecer y hacerme fuerte, tengo que comer de esto. Me ha dicho algo de un tal Popeye, pero no sé quién es ese.
—Popeye era un marino tan fuerte que nadie podía vencerlo —le explicaba Audrey, con toda la paciencia del mundo.
—Entonces, quiero ser como el Popeye ese, para que nadie pueda conmigo —dijo mi hijo, levantando los brazos como si estuviera haciendo pesas.
—Y yo, hijo, y yo también quiero comer verdura para hacerme más fuerte.
—¿Tú? Pero si estás más fuerte que el vinagre, hijo mío —me dijo Audrey, sacándome una carcajada.
—Me habían comparado con muchas cosas, pero nunca con el vinagre, que, por cierto, está asqueroso, y no me considero tan feo.
—Como si tú no supieras que estás más bueno que el chocolate, chico.
—Vaya, como sigas así, voy a terminar cogiendo complejo de supermercado. Primero el vinagre, luego el chocolate, ya tan solo te falta decirme que mi cartera es como la caja registradora.
—Lo llena o vacía que esté tu cartera es lo que menos me importa, te lo aseguro. Si me hubiera importado el tema material, me hubiera quedado en mi casa.
—No he querido ofenderte, perdona.
—No, no, si te he entendido a la primera, sé que estabas bromeando, no te preocupes.
—Será mejor que nos sentemos a cenar, antes de que se enfríen tan exquisitos manjares.
No quería estropear con ningún comentario más todo lo que se había formado entre nosotros, ese buen ambiente que nos rodeaba y, por eso, decidí que sería mejor que habláramos de otra cosa.
Esas palabras se habían quedado grabadas en mi mente, como si lo hubiera hecho a fuego, le parecía fuerte y que estaba bueno.
No es que fuera un narcisista, ni mucho menos, ni que ella hubiera sido la primera mujer en decirme eso, pero me impactó mucho más que todas las veces que lo había escuchado anteriormente.
La cena transcurrió entre bromas y risas por las ocurrencias de mi hijo y de ella, que tampoco se quedaba atrás.
Así estuvimos hasta que nos dimos cuenta de que Noah se había quedado dormido encima de la mesa, con su cabeza apoyada encima de sus manitas, que las utilizaba a modo de almohada.
—Yo lo llevo a su habitación, pero ni se te ocurra quitar nada de la mesa, que eso me toca a mí.
—Claro, claro, lo que tú digas.
—Audrey…
—Logan…
Pensé que captaría esa advertencia en mi tono de voz, pero también sabía que haría lo que le diera la gana, porque si por algo se caracterizaba Audrey era por no dejar que le dirigieran la vida.
Cogí a mi hijo en brazos y lo llevé hasta su habitación, dejándolo en la cama y tapándolo con su sabanita. No se había lavado los dientes, pero me parecía una crueldad despertarlo para eso; ya lo haría a la mañana siguiente.
Le dejé el mismo beso que le dejaba todas las noches, así como pronuncié las mismas palabras de siempre, que lo quería mucho y que era mi razón de vivir.
Sé que se lo debería decir también cuando estuviera despierto, pero era tan pequeño que no quería cargarlo con la responsabilidad de que pensara y actuara de una manera que no me decepcionara.
Noah tenía que vivir su vida, no la que yo hubiera querido para mí, sino la que el destino o el futuro le tenía preparada, y pensaba que, si le decía algo, podría condicionarlo.
No es que no le mostrara cariño a mi hijo, que me lo comía a besos en cuanto que podía, y me dejaba, porque decía que lo agobiaba mucho, y a mí eso me hacía reír.
Bajé las escaleras en dirección a la cocina y allí estaba Audrey, con la cocina completamente recogida y preparando un té con miel. No sabía quién le había dicho que eso era lo que me tomaba todas las noches para poder descansar.
—¿Quién te lo ha chivado?
—¿El qué? No sé a qué te refieres.
—Al té con miel, es lo que tomo todas las noches.
—Te prometo que no tenía ni idea, pero sí que es lo que María, la chica que limpia en casa de mis padres, me daba de pequeña para dormir, y yo, he seguido tomándolo después.