Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 10
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Capítulo 10

Logan

No sabía si era buena idea eso de meterme en la boca del lobo, porque así veía el tema de que Audrey viviera en mi casa, con nosotros, pero es que no lo había podido evitar.

Conocer su historia y cómo tanto sus padres como su pareja la habían menospreciado de esa manera, llegando incluso a ser víctima de maltrato, tanto físico como mental, hizo que mi corazón diera un vuelco.

No me podía imaginar cómo habría actuado yo en su situación, si hubiera preferido enfrentarme a todos o si, por el contrario, hubiera hecho como ella, huyendo y dejando todo atrás.

Por un lado, no me veía capaz de vivir lejos de mi familia, pero, claro, yo siempre me había sentido arropado por ellos; no era la misma situación, ni mucho menos.

Estábamos ya cerca del fin de curso, pero todavía quedaba una semana en la que Audrey tendría que llevarlo y recogerlo a diario. No le había preguntado si sabía conducir y, por eso, en cuanto nos montamos en mi coche, se lo pregunté.

—Audrey, ¿sabes conducir?

—Claro, ¿qué pasa? ¿Te encuentras mal y necesitas que conduzca yo?

—No, no, para nada, no te preocupes. Es solo que quería saberlo porque te tendrás que encargar de llevar a Noah al colegio a diario y de recogerlo.

—Ah, vale, me habías asustado. No hay problema por eso; lo único es que tendrás que indicarme el camino, porque no tengo ni la más remota idea.

—Pierde cuidado, el lunes yo te acompañaré, para que sepas el trayecto a seguir, aunque ya te digo que no tiene pérdida ninguna.

—Si te viene mejor, podemos ir mañana cuando termines tu trabajo y así, el lunes, no tienes que interrumpir tu jornada laboral.

—¿No te importa?

—¿Por qué debía de hacerlo?

—No sé, porque es domingo y lo mismo te apetecía ir a tomar algo con alguien o quedarte tranquila.

—En primer lugar, no conozco a nadie ni me gusta salir con desconocidos, y en segundo, pero no menos importante, aunque sea domingo, el niño no tiene un interruptor para apagarlo hasta el lunes.

—¿Pretendéis apagarme durante el domingo? Porque no me parece justo, mejor hacerlo el lunes, que hay colegio y no me tengo que levantar temprano —nos dijo Noah, y ambos soltamos una carcajada, porque lo dijo como si eso se pudiera hacer.

—Si pudiera haberlo hecho en alguna que otra ocasión, no dudes de que lo hubiera hecho, pero, por suerte o por desgracia, eso no se puede hacer, cariño —le dijo su padre, sin parar de reír.

—¡Vaya susto que me habéis dado! Ya me veía durmiendo hoy y despertándome el lunes para ir al cole, y sin poder disfrutar del domingo, que es el día que más me gusta.

Entre risas y comentarios de ese tipo, llegamos al rancho. No había mucha distancia desde aquí al pueblo, y eso era bueno; así no tendría que despertar a Noah demasiado temprano.

Aquello era una maravilla, y así se lo demostró mi cara, porque no paraba de mirar hacia todas partes. Logan se mostró un poquito extrañado, como si no estuviera acostumbrado a esa reacción por parte de ninguna mujer a la que hubiera llevado.

—¿Te gusta el rancho, Audrey?

—¿Estás de broma? Esto es una pasada de bonito. No es que me guste, es que me encanta.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto, y me gustaría ayudarte con los animales, aunque desde ya te digo que no he tenido uno cerca en mi vida.

—Bueno, eso lo iremos viendo. Ven, que te voy a enseñar la casa y a decirte dónde está todo.

Por suerte, y a escondidas de mi madre, María se había encargado de enseñarme a cocinar cuando nos quedábamos las dos a solas en casa. Tener quince años y no poder salir a ninguna parte sin escolta era un agobio, y encontré ahí la manera de entretenerme, a la vez que aprendía.

Si por fuera era bonito, no os podéis imaginar cómo era ese rancho por dentro. Parecía que me había sumergido en una película de vaqueros, y eso me encantaba. No dudé en preguntarle a Logan dónde podría comprarme ropa acorde.

Lo vi respirar, agachar la cabeza y buscar la mejor manera de decirme algo. No sabía si lo había molestado con mis palabras o si es que le recordé a alguien, así que le pedí disculpas.

—Lo siento, Logan, no quería incomodarte.

—No me has incomodado, Audrey, es tan solo que me cuesta creer que a una mujer le guste este mundo, mi mundo.

—Habría que ser gilipollas para que no te guste.

—Eso mismo digo yo… perdona, que se me fue el santo al cielo.

—No pasa nada, es normal si no has visto nunca a nadie a quien le pueda gustar esto tanto como a ti.

—Exactamente eso. Con respecto a la ropa, ahí arriba, en la buhardilla, hay un montón que dejó Britany; si no te importa utilizarla, no tendrás que comprarte nada.

—¿Crees que me quedará bien?

—Pienso que tenéis la misma talla, más o menos. Además, está toda sin estrenar. Fueron regalos que le hice a ella para que intentara integrarse aquí, pero no fueron de su agrado y por eso las subió allí.

—¿Te importa si subimos y la veo? Siempre que a ti no te haga daño, por supuesto.

—Hace mucho tiempo que la superé, Audrey. Si me duele, es únicamente por mi hijo, que, por la inconciencia de ambos, se ha visto abocado a crecer sin tener a su madre cerca.

—Pero tú sigues aquí, a su lado, haciéndolo todo lo feliz que puedes, así que, no creo que hayas sido tú el inconsciente. Madre no es la que pare a un hijo, es la que lo protege y lo acompaña, y de eso, aunque no te lo creas, sé mucho.

—Pues sí, tú más que nadie lo sabes, que la tenías cerca y no la sentías así. Anda, vamos a subir, que verás como te gusta esa ropa.

Logan avisó a Noah, que se había marchado a su habitación a jugar en cuanto que llegamos, de que estaríamos en la buhardilla, dejando la escalera abierta, por si tenía miedo, que nos pudiera llamar.

Logan pegó un salto para agarrar una cuerda que había en el techo y que no se notaba nada. Me dijo que lo tenía así para que Noah no pudiera abrir la escalera y subir, por si acaso se le cerraba y su padre no se diera cuenta.

Sacó una escalera que nos llevó hasta allí. Os prometo que cuando entré allí, parecía un anticuario en vez de una buhardilla. Había cada joya en forma de mueble o de decoración que no entendía por qué se encontraba allí y no abajo, en la casa.

—A Britany no le gustaba nada de esto y mandó a un peón para que lo subiera.

—Me encanta la restauración de muebles y estos se podrían aprovechar. ¿Sería muy osada si te pidiera que lo bajaran y lo dejaran en el porche trasero?

—Si eso te gusta, yo no tengo ningún inconveniente. Es más, me encantaría poder darle una segunda vida a todo esto. El lunes le diré a algunos de los peones que te bajen lo que quieras.

—Gracias, Logan, de verdad. Por todo lo que estás haciendo por mí.

—Recuerda que nos estamos haciendo un favor mutuo, así que no tienes que agradecerme absolutamente nada. Mira, aquellas son las cajas; las bajamos y las dejamos en tu habitación.

—Sí, me lo probaré todo a ver lo que me sirve, aunque aquí hay ropa para vestir a seis personas, por lo menos.

Su cercanía cada vez me gustaba más, y eso era peligroso, muy peligroso, sobre todo para mi salud mental, porque ese hombre no estaba dispuesto a abrir su corazón.

Siendo sincera, todo lo que había dicho, ese decálogo que me había apuntado en mi libreta con las razones para no volver a enamorarme, empezaba a parecerme una tontería.

Bajamos de allí y dejamos todas las cajas en la que sería mi habitación, que no podía ser más bonita, por otro lado.

—Siento que en esta habitación los muebles sean los mismos de cuando compré el rancho. Britany dijo que, como no la íbamos a utilizar, no hacía falta renovarlos.

—¿Estás de broma? Es una habitación preciosa, con carácter y personalidad, y eso me encanta.

—Me parece que la que tiene personalidad eres tú, y no los muebles, y me lo estás demostrando en cada gesto que tienes.

Cuando Logan dijo eso, él mismo se reprendió por decir lo que pensaba en voz alta, como si me fuera a molestar, pero la sonrisa que se pintó en mis labios le demostró que nada de lo que dijera me podría molestar.

—Pues sí, si no la tuviera, quizás a esta hora ya estaría casada con un manipulador que me anularía como persona, al igual que le ocurrió a mi madre.