Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 9
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Capítulo 9

Audrey

Cuando lo vi allí, en la puerta, junto a su hermano, no me lo podía creer. Y yo que le había hablado de esa manera para alejarlo de mí, y resulta que lo tenía sentado delante de mí.

Durante el transcurso de la comida, Noah me pidió ayuda varias veces para cortar la carne y para que le rellenara de nuevo el vaso de agua, ante la atenta mirada de su padre, que lo hacía con una sonrisa que no me decía nada bueno, al menos para mí.

Ayudé a Mary a recoger todo, aunque no me permitió ayudarla con el café, ya que me envió al salón, donde estaban Paul y Logan sentados en el sofá, después de llevar a Noah a dormir una pequeña siesta.

—¿Cómo has llegado hasta aquí, Audrey? —Me preguntó Paul, una vez que ya estábamos todos sentados y con una taza de café por delante.

Mary me miró y yo, a su vez, miré a Amy, que asintió con la cabeza. Con ese gesto me dijo que podía confiar en ellos, que, lo que yo hablara, al igual que había sucedido con Mary antes, no iba a salir de ahí.

—No tengas miedo, hija, que mis hijos serán una tumba.

—¿Tan complicado es de explicar? —preguntó Logan.

En sus ojos vi cómo por su cabeza pasaba todo tipo de situaciones, aunque raramente podría dar con la tecla de lo que me sucedía. No sabía si hablar o no, pues no quería que me juzgaran.

Una cosa es hablarlo con dos mujeres, que podrían llegar a entenderme, y otra muy diferente que lo hiciera con dos hombres, que podrían tener otra manera de pensar. Aun así, lo hice.

Cogí una bocanada fuerte de aire para encontrar las fuerzas que a mí me faltaban, y empecé a contarles lo mismo que le había contado a Mary, horas antes, y a Amy en su momento.

Si la cara de Paul era un poema, no os podéis imaginar la que estaba poniendo Logan. Ambos me dejaron hablar, sin interrumpirme en ningún momento, hasta que terminé.

En ese momento, en el que Logan ya se había levantado y se pasaba las manos por la cabeza, como si no terminara de entenderlo, tuve miedo de que pensaran que era una loca y que no debería estar allí, con ninguno de ellos, pero me equivoqué, de todas, todas.

—No me lo puedo creer que en el siglo XXI todavía haya gente que piense de esa manera —me dijo Paul.

—Tú, más que nadie, deberías de saber que los y las hay con la mente más retrógrada del mundo, Paul.

—Y por eso lo digo, porque no es ni medio normal, te lo prometo.

A todo esto, Logan seguía sin abrir la boca, tan solo me miraba y negaba con la cabeza. En un determinado momento, se volvió a sentar, esta vez a mi lado, y se dirigió a mí.

—Audrey, te he visto interactuando con mi hijo y quisiera proponerte algo.

—Si es matrimonio, desde ya te digo que te lo ahorres; no vuelvo a confiar en un hombre en lo que me queda de vida —le dije, intentando destensar el ambiente.

—Entonces, pensamos lo mismo, y no, no te pienso decir eso que tantas veces he oído: que no todo el mundo es igual, porque creo que estarás tan harta como yo de escucharlo.

—Desde que he llegado a este pueblo, y contando el trayecto hasta aquí, puedo haberlo escuchado entre mil y mil quinientas veces.

—Por eso mismo, lo que quiero proponerte es que te vengas conmigo al rancho y que te ocupes de mi hijo. Mi madre cada vez está más mayor y tiene que vivir su vida, no cargar con una responsabilidad que es mía.

—Gracias, hijo, qué manera más sutil de llamarme vieja —decía Mary, mientras que Paul reía y Logan negaba con la cabeza.

—No es eso, mamá, es que quiero contratar a alguien para que me ayude y tú puedas seguir con tu vida, sin estar pendiente de si mi hijo tiene quien lo recoja del colegio o no.

—Logan, no quiero compasión, de verdad que no. Eso es lo que menos necesito ahora; ya encontraré algo…

—No es compasión, es un favor mutuo. Tú no tienes trabajo y yo necesito a alguien que se ocupe de Noah. ¿Estamos de acuerdo?

—Hermano, creo que primero le tendrás que explicar las condiciones, a ver si a la chica le interesa —dijo Paul, con una sonrisa.

—Sean las que sean, acepto.

—Eso está muy bien, pero mi hermano tiene razón. Tendré que explicarte las condiciones primero, que no son otras que ocuparte de mi hijo, llevarlo al colegio, al parque y demás.

—Lo que yo he dicho, que acepto. Eso no me costará ningún problema, entre otras cosas, porque he estudiado para eso; soy profesora de educación infantil.

—Entonces, mucho mejor. Si quieres, puedes venirte con nosotros y así te explico dónde está todo y las costumbres de Noah.

—Me parece una idea fantástica, pero antes tendrá que ir a mi casa a por sus cosas —dijo Amy, con una sonrisa.

Aquí todos sonreían demasiado, todos menos Logan y yo, que no entendíamos esas miradas y esas sonrisas entre ellos.

—Amy, ya te he dicho que si necesitas estar sola, porque llevas mucho tiempo viviendo de ese modo, yo me busco un alojamiento, de verdad.

—Ay, mi niña, si alguien te va a echar de menos, soy yo, y eso que llevas poco tiempo conmigo, pero entiendo que allí estarás mejor que conmigo.

—Además, que Logan en ningún momento me ha hablado de vivir allí.

—Perdón por no expresarme bien; era una cosa que daba por hecho que entenderías. Yo me levanto antes del amanecer y me marcho al campo; mi hijo no se puede quedar solo.

—No, si no me importa; era que no quería ponerte en un compromiso.

No sé de dónde coño salieron esas palabras. ¿Qué no me importaba? Por favor, estaba encantada de la vida, aun sabiendo que eso era como ponerle una tarta a un diabético, que la tentación existiría siempre, aunque supieras que te podría hacer daño.

Esperamos a que Noah se despertara y comiera un trozo de tarta, porque antes de dormirse nos dejó claro a todos que no se marcharía sin probarla, hablando incluso con el dedo levantado, a modo de advertencia.

No sabía si al niño le iba a sentar bien que yo viviera con ellos; era como entrometerme en su rutina y eso; no todos los niños lo llevaban bien, aunque la actitud de Noah daba a entender que no lo llevaría nada mal.

—Ea, ya podemos marcharnos, papá. La tarta estaba buenísima, yaya…

—No hace falta que me digas nada, mi amor, ya os he preparado un táper con un buen trozo para que os lo llevéis —le dijo su abuela, y él lo recibió encantado.

—Amigo, pero nada de más chocolate hasta mañana, que no te quiero tener dando saltos hasta las tantas, que yo madrugo —le dijo su padre, y eso no le hizo tanta gracia.

—Audrey, cuando quieras, nos marchamos a recoger tus cosas —dijo Amy.

—Eso, vámonos ya, antes de que se nos haga de noche, que no me gusta conducir —dijo Logan, y el niño lo miró extrañado.

No quería hacer nada sin contar antes con la aprobación del niño, porque si de normal era difícil lidiar con un niño, si lo tenías en contra, era como misión imposible. Por eso, no dudé en hablarlo con él.

—Noah, ¿te gustaría que yo me fuera a vivir con vosotros al rancho? —pregunté, con un temblor en la voz, por la respuesta que me pudiera dar.

—¿Vas a ser la novia de mi padre? —preguntó el niño.

Logan, que estaba bebiendo un vaso de agua en ese momento, casi se atraganta, pues el líquido se le fue por otro lado al escuchar a su hijo. Paul se doblaba de la risa y yo no sabía qué contestar ni a dónde mirar.

Cuando se hubo recuperado, fue su padre el que se dirigió a él y le explicó todo: la relación que tendríamos y mi papel en esa casa, y el niño lo aceptó de buen grado.

Amy me entregó las llaves para que fuera a recoger mis cosas, pues ella decía que se quedaría un rato más charlando con Mary, al igual que Paul, que se comprometió a acompañarla más tarde a su casa.

No me había dado tiempo de sacar nada de mi vieja maleta, por lo que tan solo tuve que cogerla y meter mis artículos de aseo en el neceser y salir de aquella casa.

Volví a la de Mary para devolverle las llaves a Amy. No es que desconfiara de mí, sino que no tenía otro juego de llaves, ya que no le había dado tiempo a hacerme unas, por las horas en las que llegamos el día anterior.