Capítulo 8
Logan
Metí la llave en casa de mi madre y lo hice riendo por las ocurrencias de mi hermano Paul, que no paraba de decir tonterías. Me estaba contando que había conocido a un chico, que era de Austin, pero que estaba dispuesto, si todo iba bien entre ellos, a mudarse a nuestro pueblo.
—¿No te has planteado nunca salir de aquí, Paul?
—Ni muerto, aquí tengo mi vida y no pienso cambiarla por nada del mundo.
—Pero eso es muy injusto por tu parte, porque esa persona también tiene su vida allí y la tiene que dejar atrás por tu culpa.
—No es mi culpa; esa es una de las condiciones que yo pongo. No me niego a pasar un fin de semana o unas vacaciones en Austin, pero de ahí a que piense en establecer mi vida en la ciudad, va un abismo.
—No te entiendo; allí podrías vivir sin los murmullos de los demás; eso sin contar los sermones del señor cura los domingos.
—A mí eso me da igual; hace mucho que dejo de importarme las opiniones de los demás; tan solo me importan las vuestras, que sois mi familia, y como me apoyáis, no tengo la necesidad de marcharme.
Con esa conversación entramos en la casa, donde escuché la risa de mi hijo, además de otra que no conocía, y me puse en tensión, pues no sabía de quién se trataba ni lo que había venido a hacer a la casa de mi madre.
—Relájate, hermano, mamá no dejaría pasar a nadie que pudiera hacerle daño al niño.
—Y lo sé, pero es inevitable que lo haga, Paul.
Sabía a lo que se refería mi hermano y lo entendía. Mi madre jamás hubiera permitido que Britany, o alguien de su entorno, se acercara al niño sin mi presencia o mi consentimiento, pero el no saber dónde estaba me descolocaba muchísimo.
Lo cierto es que la familia de Britany tampoco hacía mucho por ver al niño. Desde que nació, si acaso lo habían visitado en un par de ocasiones y, desde que su madre desapareció, ni siquiera lo habían llamado por teléfono.
Entré un poco más tranquilo, pero no relajado del todo, como se podía esperar. Mi hijo, que se dio cuenta de mi presencia, salió corriendo a mi encuentro.
—¡Papá! Qué bueno que hayas venido; ya te echaba de menos.
—Lo sé, campeón, pero sabes que papá tiene que trabajar o los animales se morirían, y seguro que tú no quieres eso.
—Claro que no, pero eso no impide que quiera pasar más tiempo contigo. ¿Tú no coges vacaciones nunca?
Mi hermano soltó una carcajada por la manera en la que mi hijo lo había preguntado, como si aquello que pedía fuera una utopía que, en cierto modo, lo era, pues el rancho no descansaba nunca.
—¿Sabes cuándo se cogerá tu padre una semana de vacaciones? —Le preguntó mi hermano.
—¿Cuándo, tito Paul? Me muero por saberlo —le dijo el niño.
—Pues cuando las ranas aprendan a bailar flamenco.
Esta vez el que soltó una carcajada fue el niño, al que le corrían las lágrimas mejilla abajo de la risa. Ver a mi hijo así era lo mejor que me podía pasar en la vida, aunque el motivo de esas risas fuera un intento por ridiculizarme.
—Papá, tito Paul, venid conmigo que os voy a presentar a mi amiga; se llama Audrey.
—¿Era la niña con la que te estabas riendo, mi vida?
—No es una niña, papi, es una mujer, y un montón de guapa, pero no se lo digas que me da vergüenza —me dijo mi hijo, hablando bajito.
¿Una mujer? ¿En casa de mi madre? Tan solo esperaba que no fuera una de esas encerronas para que conociera a alguien, porque la última vez se lo dejé bastante claro: no quería que lo volviera a hacer.
Justo cuando estaba a punto de entrar en el salón, mi madre salió de la cocina, junto a la señora Amy, que venía sonriendo y con una fuente de patatas fritas en la mano.
—Pero bueno, ¿cuándo habéis llegado ustedes? —preguntó mi madre.
—Hace un par de minutos, mamá, pero estábamos hablando con el niño; por eso no hemos entrado a saludar —dijo mi hermano.
—Señora Amy, mamá, buenas tardes —les dije, pero en mi voz no se notaba la relajación que lucía en otras ocasiones.
—Hijo, quita esa cara que parece que, en vez de estar oliendo a comida, estás oliendo una boñiga de alguna de tus vacas —me dijo la señora Amy, que tenía suficiente confianza como para hablarnos así.
—Señora Amy, créame que, después de lo que me ha dicho mi hijo, hasta eso olería mejor de lo que yo me estoy imaginando.
—¿Qué le has dicho a tu padre, Noah? Si es que se puede saber —le preguntó mi madre al niño.
—Nada, yaya, tan solo le he dicho que viniera, que le iba a presentar a mi amiga, que era muy guapa —respondió mi hijo, como si fuera algo obvio.
—Ah, no me digas más, y ya tu padre se ha imaginado que era una cita a ciegas —dijo mi madre, negando con la cabeza.
—¿Acaso no lo es?
—No, papá, porque mi amiga no es ciega, además de que tampoco ha dicho nada de una cita, te lo prometo.
Me encantaba la inocencia de mi hijo, esa manera de ver la vida que ninguno debería perder, pero que, con los años, tan solo queda en un recuerdo. Miré a mi madre, esperando una respuesta que no tardó en llegar.
—Pues no, hijo, no es una cita a ciegas, puedes sacarte el palo del culo. Es la inquilina de Amy y las he invitado a comer. Pero si no te apetece comer con nosotros, puedes servirte e irte a la cocina tú solo.
—Perdona, mamá, pero es que…
—Logan, ya me quedó claro la última vez y no volveré a intentarlo. Puedes tener claro que no volveré a meter las narices en tus asuntos amorosos.
—Y yo que te lo agradezco. Ahora, vayamos al salón y me presentas a esa mujer que tiene encandilado a mi hijo.
—No es para menos, hijo; es una mujer preciosa, además de un encanto con el niño.
De pronto me vino a la cabeza lo que habíamos hablado antes, mi hermano y yo, y si veía que era cierto lo que me decía mi madre, no dudaría en ofrecerle un trabajo.
Entramos en el salón, donde ella ya había puesto la mesa, a juzgar por lo que tenía entre sus manos, que no era otra cosa que un montón de servilletas que estaba poniendo al lado de cada cubierto.
Cuando levantó la cabeza y vi de quién se trataba, el que casi se cae de culo esta vez era yo. No me lo podía creer, pues se trataba de esa misma mujer con la que había tropezado.
A ella pareció ocurrirle lo mismo, porque abría y cerraba los ojos como si quisiera asegurarse de que no era una alucinación lo que tenía delante, y eso provocó que en mis labios apareciera una sonrisa.
Mi hermano, que también se había dado cuenta, no dudó en dar un paso hacia delante para llegar a donde se encontraba ella, que ayudaba a mi hijo a sentarse en la silla alta, para presentarse.
—Hola, ya nos ha dicho mi sobrino que te llamas Audrey. Encantado, yo soy Paul —le dijo mi hermano, sonriendo.
—Hola Paul, entonces tú debes ser el…
—El gay de la familia, sí —respondió él riendo.
—Iba a decir el médico de la familia porque tu condición sexual, sinceramente, mientras que seas buena persona y tengas buen corazón, ni me va ni me viene, la verdad.
—Y a mí me encanta que seas así, porque dice mucho de ti.
Los dejé continuar hablando durante todo este tiempo, hasta que me pareció absurda mi postura. Me había quedado ahí, en la puerta, mirando a los dos como si fuera medio lelo, así que di un paso adelante y seguí los pasos de mi hermano.
—Hola, Audrey, yo soy Logan, el padre de Noah y hermano de éste.
—Hombre, el arrollador de personas.
—¿Perdona? ¿Os conocéis? —preguntó mi madre.
—Bueno, tanto como conocernos, no. Pero sí que nos hemos visto hace un buen rato —le respondí.
—Claro, cuando Audrey fue a buscar el postre a la pastelería —le dijo Amy a mi madre.
—Vernos, vernos… más bien no nos vimos y por eso terminamos en el suelo. Y quiero aprovechar para pedirte disculpas por mi manera de hablarte.
—No te preocupes, creo que ambos nos vimos sobrepasados por la situación…
—¿Podéis dejar la charla de mayores para después de comer? Es que tengo mucha hambre y eso podéis hacerlo mientras duermo la siesta.
—Muy inteligente, cariño, voy a servirte las patatas —le dijo mi madre, sin parar de reír.