Capítulo 7
Audrey
No le dije nada de eso a Amy, pues consideraba que tendría que hacer un esfuerzo como agradecimiento a lo que había hecho y continuaba haciendo por mí.
Esperé a que se terminara de vestir, mientras que yo recogía la cocina, y salimos de su casa, rumbo a la casa de esa señora de la que me había hablado. Mary, creo que me dijo que se llamaba.
Vivía a dos casas de donde vivíamos nosotros, por lo que no tardamos mucho en llegar. Me parecía demasiado temprano para ir de visiteo, pero como no conocía las costumbres de este pueblo, decidí callarme y seguir a Amy.
Minutos después, habíamos parado en una pastelería cercana a la casa y habíamos comprado pasteles de nata y chocolate, que, según decía Amy, eran los preferidos de su nieto.
Según me contó, Mary tenía dos hijos, Logan y Paul. Este último era el médico del pueblo y era un chico excepcionalmente inteligente que estaba buscando el amor en otro hombre, aunque en el pueblo no fuera fácil encontrarlo; él no se rendía.
Logan, por el contrario, se había llevado mucho tiempo viviendo con Britany en su rancho, y habían tenido un hijo, Noah, que ahora tenía cuatro añitos, pero al que su madre abandonó cuando no había cumplido ni siquiera un año.
—Ese niño es una preciosidad, tan educado y cariñoso que se ganará tu corazón en el mismo momento en el que lo veas.
—No lo dudo. Todo eso será fruto del esfuerzo de todas las personas que se encargan de su educación.
—Pues sí, el primero, su padre. Mira que es guapo ese hombre, tiene a todas las mujeres locas, pero, desde que la madre de su hijo se marchó, no se le ha vuelto a conocer pareja.
—Será que continúa enamorado de ella, que no ha podido olvidarla. Le suele pasar a mucha gente.
—Para nada, ese no es el motivo. Creo que sufrió tanto cuando se quedó solo con el niño que se ha cerrado al amor.
—Uy, cómo lo entiendo, te lo aseguro.
Con esa conversación y con el paquete de pasteles en la mano, llegamos hasta la casa de la señora Mary, que nos abrió la puerta con una sonrisa en la boca.
—Pero bueno, Amy, qué bien acompañada te veo. ¿Quién es esta muchacha tan bonita?
—Hola, Mary, he pensado en que la primera persona que tenía que conocer mi niña eras tú.
—Pues te lo agradezco, pero no os quedéis en la puerta; pasad al salón, por favor.
Pasamos con ella al salón, donde había un niño precioso dibujando mientras que tenía los dibujos animados de fondo. Tenía el pelo rubio y rizado y unos ojos verdes enmarcados por unas pestañas largas que le daban una mirada de lo más viva.
—Mary, te presento a Audrey, una chica que he conocido en el trayecto desde la casa de mi hijo hasta aquí, y que me ha hecho la vida más agradable desde que está conmigo.
La señora Mary me miró a mí y después miró a Amy, sin saber si reñirle por haber sido una inconsciente o si aplaudirle por lo que había hecho por mí. Por eso, decidí contarle mi historia, para que no pensara mal de mí.
—Señora Mary…
—Mary, a secas, por favor. Y no me tomes a mal la manera de miraros, pero es que, tal y como está el mundo, me da un poco de miedo todo.
—Por supuesto que lo entiendo; por eso, le voy a contar mi historia y la manera en la que el destino puso a Amy por delante.
Cogí una bocanada de aire y empecé a hablar, a contarle todo lo que había sufrido y el motivo por el que había escapado de allí. Por supuesto, el tema de los negocios ilegales de mi padre y mi novio no se lo conté; eso lo guardaría para mí.
—Entonces, querida amiga, no has hecho nada más que lo que tenías que hacer.
—Eso mismo he pensado yo. No podía dejarla en la calle, sufriendo y sola. Como tú misma has dicho, el mundo no está en las condiciones idóneas para que una niña esté sola en él.
—Ven aquí, bonita, que tengo que darte un abrazo por lo valiente y fuerte que eres.
—No podía consentir que me convirtieran en un cero a la izquierda, en un mero trofeo para pasear por las fiestas; yo no soy así.
—Y eso dice mucho de ti, porque podrías haberte quedado allí, con todas las comodidades del mundo y sin mover un dedo. Dejar que te lo pusieran todo por delante.
—Entonces, si hacía eso, no sería consecuente con mi manera de pensar. No podría hacer lo que siempre había criticado.
Estuvimos hablando un buen rato más; a esa mujer me encantaba hasta que llegó el momento en el que se acercó aquel pequeño, que continuaba dibujando y coloreando sin prestarnos atención.
—Hola, soy Noah y te he hecho un dibujo. ¿Quieres verlo?
—Por supuesto que sí, ¿me lo traes o quieres que vaya yo a verlo?
—Bueno, si no te importa venir, podríamos dibujar juntos.
—Por supuesto que sí, venga, vamos. Aunque yo no dibujo muy bien, que digamos.
—No te preocupes, que yo te enseño a hacerlo.
Noah me cogió de la mano y me acompañó hasta la mesa donde estaba sentado él anteriormente y en la que se encontraban todos sus lápices esparcidos, pero de manera ordenada; no sé si me explico.
Ese niño era un encanto y la conexión que sentimos desde ese primer momento fue espectacular. Juntos, reímos al ver mi dibujo de un caballo, en el que, más que eso, parecía un burro con trastornos alimenticios.
—Audrey, ¿te gustaría quedarte a comer? Así, también, podría presentarte a mis hijos —me dijo Mary.
—Si Amy está conforme, por mí no hay problema.
—Mi niña, a mí me encanta la idea. Eso sí, tendremos que ir a la pastelería a por el postre, que no me gusta quedarme en ningún lugar si no puedo aportar algo, aunque sea el postre —me dijo Amy.
—Está bien, pero voy yo sola; tú te quedas aquí, charlando.
Me giré para hablarle al niño. Todavía no tenía la suficiente confianza como para pedirle a Mary que lo dejara acompañarme. Al fin y al cabo, me acababa de conocer y era un sentimiento lógico, el del miedo a que pudiera pasarle algo bajo su responsabilidad.
—Vuelvo enseguida y continuamos dibujando. ¿Te parece?
—Me parece una idea fantástica.
Me despedí de todos y salí por la puerta. En mi cabeza comparaba las dos familias, la mía y la que me había encontrado al llegar aquí, y era inevitable que lo hiciera, pues eran tan diferentes y me sentía tan distinta que no podía entender cómo había podido vivir sin esto que estaba viviendo ahora.
Iba sumida en mis pensamientos, cuando choqué con alguien, y caí de culo en la acera. Al levantar mi mirada para reprocharle, me encontré con el hombre más guapo que había visto en mi vida.
El miedo se apoderó de mí por un momento, y por eso me mostré un poquito borde con él, y lo vi como si fuera una defensa de mi propio corazón, ante la posibilidad de que pudiera gustarme demasiado.
—Joder, vaya golpe que me has dado.
—Lo siento, pero la culpa no ha sido solo mía; ambos íbamos distraídos.
—No, eso sí que no te lo voy a consentir, porque, precisamente, siempre voy alerta.
Me jodió muchísimo que me dijera eso, porque me demostraba que había descuidado mi objetivo y que, si en vez de haber sido él, hubiera sido mi padre o mi exnovio, me habrían capturado sin el menor problema.
Al final, me ayudó a levantarme del suelo y a sentir su mano con la mía; me provocó un escalofrío por la espalda que no había sentido nunca y que me asustó demasiado.
Seguí con mi camino, no sin notar cómo alguien me miraba, y supe que había sido él, pero no quise darme la vuelta para comprobarlo, porque, según lo que viera en su mirada, me provocaría una cosa y otra.
Entré en la pastelería en la que habíamos estado antes y compré una tarta de chocolate con cerezas que tenía una pinta estupenda, además de una tarrina de helado de pistacho, que estaba segura de que le encantaría a Noah.
Salí de allí con una sonrisa, pensando en la cara que pondría el niño cuando me viera llegar con eso y, al pasar por delante del bar, no pude evitar mirar dentro, por si llegaba a volver a ver a ese hombre, pero no tuve suerte.
—Ya estoy aquí —dije con una sonrisa.
—Uy, a ti te ha pasado algo bueno por tu sonrisa.
—Me da miedo que me leas tan bien, Amy.
Las tres soltamos una carcajada ante la mirada asombrada del niño, que no sabía de qué nos reíamos.