Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 6
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Capítulo 6

Audrey

Llegamos a Fredericksburg bien entrada la tarde y, por mucho que insistí en que me buscaría algún tipo de alojamiento, la señora Amy no me lo permitió y no tuve más remedio que claudicar a sus deseos.

—He dicho que no, que te vienes a mi casa, al menos, hasta que encuentres trabajo.

—No quiero molestarte, de verdad. Ya has hecho suficiente por mí y no tendré vida para agradecértelo.

—No me vas a molestar; más bien, todo lo contrario, cariño. Así no me sentiré tan sola.

—Bueno, si lo que dices es cierto y te sentirás mejor estando yo acompañándote, no puedo decir que no.

El pueblo, al ser un día entre semana y la hora a la que llegamos, parecía desierto, aunque, al pasar por el bar, dentro se escuchaba el bullicio de las charlas de las personas que estaban en el interior, disfrutando de una cerveza con amigos.

La casa de Amy estaba justo en el centro de la calle principal y era una divinidad de bonita. Tenía un jardín precioso, a la entrada de la casa, que tenía una fachada blanca con una puerta de color verde con un llamador dorado.

Cuando entramos dentro, pude comprobar de primera mano lo que significaba la palabra hogar. El olor a pan recién hecho, a canela, en definitiva, a amor, estaba presente en cada rincón de esa casa.

—Ven, cariño, que te enseñaré la casa y te llevaré a tu habitación, donde podrás descansar de un viaje tan largo.

—¿Podría darme una ducha? Estoy pegajosa del calor que hemos pasado, a pesar de llevar el aire acondicionado puesto en el bus.

—No tienes que pedir permiso para nada, Audrey. Siéntete como si estuvieras en tu casa.

—Si me tengo que sentir así, entonces, tendré que pedir permiso hasta para poder respirar.

—Ay, mi niña, cuánto has tenido que sufrir en esa casa. Cada segundo que pasa, tengo más claro que no podías haber hecho algo mejor que salir de allí. Aquí estarás a salvo de todo eso.

—Bueno, quiero dejar todo eso atrás, que ahora soy una Audrey nueva y voy a ser feliz.

—Eso, por supuesto. Además, que, seguro que aquí encuentras de nuevo el amor, que hay hombres muy guapos e interesantes.

—¡Quita, quita! Que yo no quiero saber nada de eso. Es más, me he hecho una lista con diez motivos para no volver a enamorarme.

—Cariño, no todos los hombres son iguales; te lo aseguro.

—Chica, pues con todos los que me he encontrado yo han resultado serlo.

—Date la oportunidad de ser feliz. Iba a decirte que, de nuevo, pero entiendo que no es así, que sería la primera vez que lo fueras.

—Ciertamente, este momento es el que más se asemeja a la felicidad que he sentido nunca. Me siento libre, como nunca antes me había sentido, y eso no está pagado con nada.

—Y te entiendo perfectamente, Audrey, pero eso no está reñido con que puedas volver a amar.

—Para mí, amor es sinónimo de cadenas, de sometimiento y no pienso sentirme así nunca más.

—Ya, pero es que esta percepción que tú tienes del amor no es la realidad, y te darás cuenta tarde o temprano, ya lo verás.

Dejamos esa conversación y nos fuimos a la planta de arriba de la casa, donde se encontraban los dormitorios y el baño. Amy me indicó que, mientras que yo me daba esa ducha que tanto necesitaba, ella prepararía algo de cenar para las dos.

Amy no era una mujer demasiado mayor, pues podía tener unos setenta años, aproximadamente, y contaba con una vitalidad que ya quisiéramos tener muchas que no habíamos cumplido los treinta.

Era completamente autónoma y no necesitaba a nadie para hacer sus gestiones y llevar a cabo sus cuidados del día a día, y eso me parecía maravilloso.

Sin poder evitarlo, me vino a la cabeza mi madre, que, con muchísimos menos años que ella, no sabía hacer nada sin ayuda, ni siquiera una cena en condiciones, que lo único que hacía era calentar en el microondas lo que María dejaba preparado.

Me pregunté si parte de la culpa no la tenía mi padre, que la había ido anulando como persona, que la había moldeado a su antojo para que tan solo fuera un mero adorno que llevar junto a su brazo.

Porque eso sí, tenía que ir perfecta las veinticuatro horas del día, y recibía la visita de la peluquera y la estilista una vez a la semana, que era cuando le daban el tinte y le arreglaban las uñas.

Entré en mi habitación, bueno, en la que ella me dijo que me podía instalar y que era una maravilla, tanto por las vistas que tenía a la parte trasera de la calle, desde la que se veía el campo y un rancho a lo lejos.

Contaba con una cama doble, cuyo cabecero era de esos de forja, en color blanco, que le daba un toque rústico y precioso. El resto de los muebles eran del mismo color, que contrastaba con un suelo de madera oscura.

Toda ropa de la habitación era de un color rosa talco que quedaba ideal, y que había confeccionado Amy con sus propias manos, para su nieta, pero que su madre había dicho que ella no usaba estas cosas tan rústicas, y se lo tuvo que traer de vuelta.

Entré en el baño y sentir el agua calentita caer por mi cabeza hizo que me relajara muchísimo, hasta el punto de que casi me quedo dormida allí. Me encantaba la sensación de seguridad que me daba el saberme a salvo y querida, y supe que no me quería mover de allí nunca más.

—Venga, que tengo la cena en la mesa, cariño.

—¿Qué has cocinado que huele tan bien?

—Pues no te creas que he hecho nada del otro mundo. Un poco de puré de patatas, filetes a la plancha y algo de verdura salteada.

—Amy, pues si esto no es un manjar, que venga Dios y lo vea.

—Anda ya, esa es la percepción que te ha dado, provocada por el hambre que tienes.

—Pues no te diré que no tengo hambre, porque me comería ahora mismo a una vaca. Los nervios no me dejaban comer…

—Y el miedo, cariño, que también te ha hecho mucho.

—Pues sí, y espero que no me encuentren nunca. Si tengo que volver, me muero.

—Aquí nadie va a dejar que te hagan daño de nuevo. En cuanto que la gente del pueblo te conozca, te protegerán con su propia vida, te lo aseguro.

Me encantaba esa unidad que decía Amy que había entre sus habitantes, esa protección que se ofrecían unos a otros, y quería encajar allí; necesitaba hacerlo para vivir en completa tranquilidad.

Nos sentamos a cenar y, mientras que lo hacíamos, Amy me contó que al día siguiente saldríamos a pasear por el pueblo y que me llevaría para que conociera a Mary Miller, una de las mejores personas que podía conocer.

—Mary es una mujer excepcional, ya lo verás.

—Me encantaría conocer a todos, hacerme hueco aquí, en este pueblo, en el que poder ser una más.

—Lo harás, cariño. No tengo ninguna duda de que será así y que encontrarás tu lugar entre nosotros.

—No echaré de menos a nadie, te lo aseguro.

—Me imagino que no, pero una duda ha asaltado mi cabeza. ¿No tenías amigos en tu ciudad?

—No me lo permitían. Al principio, cuando era pequeña, sí que tenía una, con la que me llevaba muy bien y jugaba a menudo, pero en cuanto que crecí, mi padre me dijo que no me convenía, que tenía que ir con gente de mi nivel.

—Y supongo que ninguna amistad llegó a cuajar, ¿no?

—Efectivamente, ninguna me agradó. Todas eran unas arpías que, por delante, te ponían buena cara y, después, en cuanto que te dabas la vuelta, te ponían verde e intentaban pisotearte.

—E imagino que, en ese contexto que me cuentas, la aparición de ese chico fue crucial para que pudieras dejar a esas mujeres atrás. ¿Verdad?

—Una verdad como un templo. Al principio se mostró como un hombre encantador, atento, vamos, el chico que toda mujer quiere como pareja, hasta que dio su verdadera cara.

—Y esa no era tan bonita.

—Pues no, al principio fueron cosas sutiles, como «No te pongas esa falda, que te marca mucho el trasero y no quisiera tener que partirle la cara a más de uno» y cosas así.

—Déjame decirte que esa manera de dirigirse a ti, de sutil no tenía nada.

—De eso me he dado cuenta ahora, cuando lo he visto de verdad, pero antes, lo único que me provocaba era una sonrisa, pues, para mí, era una manera de demostrarme lo mucho que me quería.

—Todo lo contrario, el hombre que te quiere de verdad lo hace dejándote libre, no cortando tus alas.

—Lo sé, pero ponte en mi lugar. Una cría de menos de veinte años, que no sabía nada de la vida y que tenía ante ella a un hombre triunfador, que contaba con la admiración de todos.

—Me lo puedo imaginar; si encima era guapo, te cegó por completo.

—Así es, porque no puedo negar que guapo no, era guapísimo…

—Hija, hablas de él en pasado y todavía debe estar vivo. Vamos, digo yo.

—¿Sabes por qué hago eso? Pues muy sencillo, porque, para mí, todo lo que he dejado atrás pertenece al pasado y me niego a hablar de cualquiera de ellos en presente.

Estuvimos hablando un ratito más, hasta que a ambas se nos caían los ojos del sueño y el cansancio. Por eso, le dije que se fuera a dormir, que todo lo demás lo recogía yo, que me tocaba, porque ella había sido la encargada de preparar la cena.

Cuando lo tuve todo fregado y recogido, me fui a mi cuarto con una lista en la cabeza de todas las cosas que me gustaría hacer aquí, empezando por buscar una tienda en la que comprarme un teléfono, pero sería de prepago.

Os preguntaréis el motivo de que pensara de esa forma, pero la cosa estaba muy clara y os lo explico ahora mismo. Si lo hacía por contrato, mis datos quedarían reflejados en la base de la operadora y mi padre podría localizarlos si contratara a un buen hacker.

También tenía que comprarme algo de ropa acorde con la ciudad, pues no quería parecer la eterna turista. Quería integrarme y parecer una más de ellos, entre otras cosas, para no llamar la atención y camuflarme entre la población.

Con eso en la cabeza me quedé dormida y descansé como nunca lo había hecho, aunque no sabía si todo era fruto del cansancio, de las dos noches que llevaba sin dormir, o de la tranquilidad de que nadie pudiera hacerme daño.

Me desperté cuando la luz de la mañana entró por mi ventana y me cambié de ropa antes de bajar a preparar el desayuno. Quería que, cuando Amy se levantara, lo encontrara todo listo, pero nada más lejos de la realidad.

Al bajar las escaleras, la encontré en la cocina, cantando y con la mesa ya preparada, y no pude evitar soltar una carcajada. Jamás me hubiera imaginado a mi madre de esa guisa, porque a mi abuela ni siquiera la conocía, así que poco podía imaginarme de ella.

—¿Te he despertado, bonita?

—Para nada, ya bajaba cuando te he escuchado cantar.

—Anda, corre, siéntate, que el café está caliente y el zumo recién exprimido.

—Venga, pero yo me encargo de las tostadas.

—De eso nada, que ya están en la tostadora, y ahí tienes mermelada casera que hace la señora Garvin; ya la conocerás en la iglesia.

Esa era la parte que menos me gustaba de los pueblos, que tenía como obligación acudir los domingos a la iglesia. No es que fuera atea, ni mucho menos, pero habían sido tantas las misas a las que había acudido con mis padres que yo quería pasar ni por la puerta.