Capítulo 5
Logan
Estaba en mi rancho y, como hacía siempre, nada más levantarme, me dirigía a echarles de comer a los animales, antes de empezar con mi rutina diaria.
Pero para que entendáis eso, tendré que contaros algo de mí o terminaréis completamente perdidos.
Mi nombre es Logan Miller; tengo treinta y dos años y soy padre de un niño de cuatro, Noah, que se quedó sin madre desde bien pequeño.
No, no soy viudo, entre otras cosas porque jamás me casé con ella y tampoco había muerto, o al menos eso pensábamos.
Una mañana, cuando Noah tenía ocho meses, al volver del trabajo, me encontré a mi hijo llorando y una nota junto a la cuna, una que me aprendí de memoria, de la cantidad de veces que la leí.
«No puedo con esto; la maternidad me ha venido grande. Sé que Noah estará mejor contigo que conmigo. He conocido a alguien y me marcho con él. Te adjunto toda la documentación de la renuncia a tu favor de la custodia del niño. No me busques y sé feliz.»
Esa fue la despedida de Britany, como el que dice que no se te olvide de subir el pan cuando vengas de vuelta.
¿A ella le había venido grande la maternidad? Lo entendía porque nadie nace con un manual sobre cómo ser padre o madre, pero si lo hubiera hablado conmigo, hubiéramos buscado la manera de solucionarlo.
Pero no, ella tomó la salida fácil y me dejó ahí, con veintiocho años, un rancho que sacar adelante y un niño pequeño que demandaba mucha atención que yo no podía darle.
En cuanto pude reaccionar, cogí a mi hijo en brazos y lo saqué de la cuna, donde su madre lo había dejado.
No sabía a la hora a la que se había marchado, ni siquiera si le había dado de comer, por lo que no tuve más remedio que dejar mis lamentos para después y dedicar mis esfuerzos a mi hijo.
Lo llevé conmigo a la cocina y, sin saber qué hacer o darle, preferí llamar a mi madre.
—Mamá, es Britany. Te necesito.
—¿Qué ha pasado, hijo?
—No lo sé; se ha marchado; Noah no para de llorar y yo no sé qué hacer con él ni qué darle de comer.
—Voy para allá.
Por suerte, mi madre vivía a pocos minutos de mi rancho, en el centro del pueblo, así que en quince minutos ya estaba allí, junto a Paul, mi hermano pequeño.
Nada más ver al niño, lo cogió en brazos y le cambió el pañal. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Joder, estaba tan bloqueado que ni cuenta me di de mirar eso. A continuación, lo sentó en la trona y se puso a prepararle un plato de puré de verduras, que mi niño se comió sin rechistar.
Cuando lo volvió a dormir, se sentó a mi lado, me cogió las manos y me preguntó lo que había sucedido.
—No lo sé, mamá, te juro que ni siquiera habíamos discutido.
—¿No la notaste rara en estos últimos días? —Me preguntó Paul.
—No, tan solo la vi algo más cansada que de costumbre, pero lo achaqué al cuidado del niño.
—Hijo, yo he criado a dos, prácticamente sola, porque tu padre, al igual que tú, se pasaba todo el día trabajando, y eso no es excusa —me dijo mi madre.
—Tan solo me dejó esto, junto a la cuna del niño, en la que lo dejó metido, sin avisarme ni nada. Tan solo él sabe el tiempo que se llevó solito.
Le entregué la nota a mi madre, que cambió su cara de momento, como si hubiera conectado algo de lo que yo no tenía ni idea.
—No ha sido la maternidad, hermano. Ha sido que se ha liado con otro y el niño, al igual que tú, le molestabais para continuar con sus planes y su vida.
—Eso mismo he pensado yo. Aunque la pregunta es: ¿cuándo y dónde lo conoció? Porque de aquí no salía.
—Pues no lo sé, mamá, pero tampoco me importa, si te soy sincero. Ahora, lo más importante es mi hijo. De momento, mi corazón se quedará blindado para los restos.
—No hables así, Logan, que todavía eres muy joven.
—Lo siento, pero no me pienso enamorar nunca más. Con una experiencia así, tengo suficiente.
Desde ese día, tanto mi madre como mi hermano, cuando su trabajo se lo permitía, me ayudaban con el cuidado de Noah.
Contraté más personal para que me ayudara en el rancho; de ese modo, aunque me marchaba muy temprano, podía volver a desayunar con mi hijo.
Normalmente también hacía la comida y, a la hora de la cena, también estaba en casa, y me podía encargar de su baño y de acostarlo, leyéndole un cuento que tanto le gustaba.
Alguna que otra vez me había preguntado por su madre y, aunque quise inventarme alguna historia, mi madre no me dejó y me exigió que le dijera al niño la verdad, suavizándolo todo, por supuesto.
Su argumento era claro: los niños iban creciendo y no medían sus palabras, por lo que alguno podía decirle lo que había oído en casa, porque la gente murmuró durante mucho tiempo y seguían haciéndolo.
Cuando reuní las fuerzas suficientes, le conté que su mamá se había marchado porque se había enamorado de otra persona, pero que eso no significaba que no lo quisiera, todo lo contrario, porque hizo lo mejor para él, que era seguir conmigo y que no tuviera que andar de arriba para abajo.
Mi hijo lo entendió a medias, pero no volvió a preguntar por ella nunca más. Esa mañana tenía que ir al pueblo a por materiales y pienso para los animales, que ya me estaba quedando bajo mínimos.
Solía ir una vez al mes, hacer la compra y, por la tarde, uno de los chicos me lo llevaba hasta el rancho y me ayudaba a descargarlo.
Me subí a mi camioneta y me encaminé hacia allí. Mi hijo estaba en casa de mi madre, pues se fue con ella la tarde anterior, y hoy comeríamos todos en su casa.
Aparqué delante de la tienda de suministros y entré, quitándome el sombrero, pues así me había enseñado mi padre que hiciera, en señal de respeto.
—Buenos días. ¿Vienes a por lo de siempre, Logan?
—Buenos días, sí, pero, además, necesito alambrada para reparar el gallinero y pintura blanca, que ya toca darle un repasito a la vaya.
—No te preocupes, que te lo llevamos todo esta tarde. Pero para la próxima vez, no hace falta que vengas hasta aquí; con que me llames por teléfono, es suficiente.
—Ya, pero si no vengo a comprar, no saldría del rancho y, de vez en cuando, me viene bien desconectar y poder tomarme una cerveza con mi hermano.
—Entonces, si ese es el motivo, está bien hecho.
Pagué mi cuenta y salí de allí directamente hasta el bar que estaba en la acera de enfrente, donde había quedado con mi hermano para tomarme una cerveza, antes de ir a comer a casa de mi madre.
Mi hermano Paul había estudiado medicina y trabajaba como médico en la consulta del pueblo.
No es que el pueblo donde vivíamos fuera pequeño, pero tampoco era demasiado grande. Además, siempre estaba lleno de turistas, pues era uno de los pueblos más típicos de Texas.
Pero, antes de poder entrar en el bar, al doblar una esquina, me tropecé con una chica, haciendo que cayera de culo sobre la acera.
—Joder, vaya golpe que me has dado.
—Lo siento, pero la culpa no ha sido solo mía; ambos íbamos distraídos.
—No, eso sí que no te lo voy a consentir, porque, precisamente, siempre voy alerta.
—Pues yo también; no te vayas a pensar que voy golpeando y tirando al suelo a todo el que me cruzo.
—Yo no he dicho eso, pero bueno… ¿Me vas a ayudar a levantarme o me piensas dejar aquí toda la tarde?
—Sí, perdona, pero no me había dado cuenta.
—No, si al final el único que va a estar distraído vas a ser tú. No te preocupes, que ya me levanto yo sola, no vaya a ser que me sueltes y pegue otro batacazo más grande que el primero.
Me aguanté la risa porque esta mujer tenía un descaro que me gustaba, además de que era preciosa; eso no se podía negar.
Tendría que ser una turista, por su manera de vestir, pero, sobre todo, por el bronceado de su piel, que no era el mismo que tenían las mujeres de esta parte del país.
Me quedé mirándola cuando seguía adelante, y sí, su trasero con ese pantalón vaquero corto era para mirarlo; hasta mi hermano, que era gay, lo hizo.
—Eso es un culo y lo demás un cuento.
—¿Perdona? ¿De qué hablas?
—Ah, claro que tú estabas mirando la matrícula del coche que ha pasado. Perdona, se me había olvidado de que a ti no te gustan las mujeres.
—Yo no he dicho que no me gusten las mujeres; por supuesto que me gustan; lo que no me gusta es tener que vivir con ellas.
—Sí, sí, un polvo rapidito y para casa.
—Tan poco pongo el cronómetro, chico.
Mi hermano me miró y ambos soltamos una carcajada antes de entrar en el bar, en el que nos sentamos a un lado de la barra.
Mi familia insistía en que debería buscar a una buena mujer que se implicara conmigo y con mi hijo, pero no era eso lo que yo quería. Mi cupo de sufrimiento por amor ya lo tenía cubierto con mi relación con Britany.
Aparte de eso, otra cosa en la que ellos seguían insistiendo era en que me mudara a la ciudad y dejara mi casa en el rancho tan solo para determinadas temporadas, arguyendo que mi hijo tenía que relacionarse con otros niños.
Ya lo hacía; iba al colegio a diario y yo me encargaba de llevarlo hasta allí. Después de que terminaba el horario escolar, era mi madre o mi hermano quien lo recogía y lo acercaban hasta el rancho.
Tampoco es que estuviéramos a una hora del centro del pueblo; en quince o veinte minutos ya estábamos en la puerta del colegio, donde pasaba el día con sus amiguitos.
Nos tomamos esa cerveza que teníamos prevista en el bar y pusimos rumbo a casa de mi madre, pero Paul seguía insistiendo en que esa mujer me había gustado mucho.
—No digo que no me haya gustado, porque está tremenda, pero para una noche, nada más.
—Desde luego, hijo, eres de lo que no hay. Si no me gustaran los hombres, te prometo que me iba de cabeza a por ella, para que vieras que, si te despistas, la pierdes para siempre.
—¿Quién ha dicho que yo quiero conservarla? Además, está claro que es una turista que, como mucho, pasará aquí una temporada.
—Eso no lo sabes, Logan. Lo mismo y viene a quedarse. Siendo sincero, te vendría bien una mujer así que te ayudara con Noah.
—He dicho que no y ya estoy cansado de siempre lo mismo, Paul.
—Imbécil, no te estoy hablando de manera sentimental. Te digo que, si pretende quedarse aquí, deberías hablar con ella y contratarla para que te ayude en la casa y con el niño.
—Mira, a eso no te voy a decir que no, porque mamá cada vez está más mayor y le cuesta más seguirle el ritmo a Noah. Ya había pensado en contratar a alguien.
—¡Gracias, Dios mío; mis plegarias han sido escuchadas!
—¿Qué haces, loco?
—Agradecer a la vida que eso que tanto he pedido me lo haya dado por fin. Mis ojos han podido ver cómo, por primera vez en todos estos años, tú y yo estamos de acuerdo en algo.
Nos miramos y empezamos a reír a carcajadas porque mi hermano tenía esa habilidad, la de hacer de los peores momentos un chiste.