Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 4
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Capítulo 4

Audrey

Con mucho esfuerzo y el miedo acuciando en la misma medida, llegué abajo, pero no podía respirar todavía con tranquilidad, porque no había salido de allí.

Me fui pegando a la pared, buscando los puntos ciegos de las cámaras, y lo conseguí porque no se encendió ninguna luz.

Sí, mi padre tenía un sistema de seguridad que, en cuanto se activaba, si detectaba una presencia en el jardín, se encendían todas las luces.

No sería la primera vez que, por un gato, se pusieran todos a revisar todos y cada uno de los rincones, porque se hubieran encendido las luces.

Salí por la puerta trasera y, tal y como me había dicho María, allí encontré la maleta, esa que cogí, y salí de la urbanización lo más pronto posible.

En mi mochila llevaba una gorra y unas gafas de sol, para ponérmelas en cuanto que llegara a la estación de autobuses.

Había trazado un plan. Lo primero que haría sería ir a un cajero y vaciar mi cuenta. En cuanto lo hiciera, partiría y tiraría la tarjeta.

Una vez que tuviera efectivo, compraría un billete de autobús hacia Carolina del Norte, pero, realmente, mi intención era marcharme a Texas, donde ya había visto un pueblo a dos horas de Austin que me llamó muchísimo la atención.

El trayecto sería largo, lo sabía, pero me llevaría hasta la libertad y eso sería lo mejor que me pudiera pasar en la vida.

Pude sacar mi dinero sin ningún problema; eran tan imbéciles y estaban tan seguros de que no me atrevería a marcharme que ni siquiera habían pensado en bloquear la cuenta.

De ahí, directamente me fui hasta la ventanilla de la estación de autobuses, en la que compré mi billete, que era nominativo, y me senté delante de la cámara, para que me vieran bien.

Cuando llegó la hora en la que salía el autobús, me levanté de ahí y me dirigí a la puerta por la que teníamos que subir y que, por suerte, estaba en el lado contrario de la cámara.

Una vez allí, me cambié de chaqueta, me recogí el pelo y me puse la gorra y las gafas de sol.

No pensaba comprar otro billete en la misma estación; no era tan gilipollas, pero en el último momento me di cuenta de que, si tomaba un taxi para la siguiente, tal y como pretendía hacer, el taxista podría hablar.

Tenía que buscar un nuevo plan para adquirir el billete hasta que el destino me lo puso por delante.

En la ventanilla había una señora mayor comprando un billete para Fredericksburg y me planté a su lado, a ver si me hacía el favor.

—Señora, ¿me podría hacer usted un favor?

—Dime, bonita. ¿Qué necesitas?

—Me he dejado la documentación en mi casa y tengo que viajar ahora mismo para Texas.

—¿Quiere que te compre yo el billete?

—Si lo hace, se lo agradecería eternamente, porque así no perdería el día, ya que no sale otro hacia allí hasta mañana.

—Dame el dinero, que ahora mismo te lo compro.

La señora tomó mi dinero y compró otro billete a su nombre y pude respirar tranquila.

Siempre me había quedado fuera de la cámara, además de estar disfrazada, por decirlo de alguna manera.

Media hora después, pudimos tomar ese autobús y, en cuanto se puso en marcha, respiré tranquila.

Por ahora, lo había conseguido y me parecía mentira.

Haríamos varias paradas, ya que el trayecto nos llevaría unas catorce horas, como mínimo, y no pensaba dejar que esa mujer pagara absolutamente nada.

La primera parada la hicimos sobre las doce del mediodía, cuando llevábamos unas seis horas en carretera, ya que el autobús salió de nuestra ciudad a las seis de la mañana.

—Amy, vamos a comer algo, anda, que nos queda mucho viaje todavía por delante.

—Audrey, cariño, no hace falta. Yo he cogido algo de casa de mi hijo…

—De eso nada. No te puedes imaginar el favor que me has hecho. Además, me tienes que contar qué vas a hacer en Texas, que no me has dicho nada.

—Uy, vivo allí, querida. Vengo de ver a mis nietos; lo hago una vez al año, si no, no los vería nunca.

—¿Tu hijo o hija no te los lleva a tu casa?

—Mi hijo y mi nuera están muy ocupados con el trabajo y no pueden. Pero bueno, aquí estoy yo, que paso una semana con ellos todos los años en esta época, que es el cumpleaños de mi hijo.

—Siempre se debería sacar un huequito para una madre que se lo merezca.

—Eso mismo digo yo, pero, al parecer, no me lo merezco.

—Amy, no voy a entrar en eso porque no la conozco tanto, pero bueno, vamos a desayunar y hablamos un poquito de lo que está pasando en el mundo.

Paramos en una especie de gasolinera que había en medio de la carretera y en la que había una tienda y un restaurante.

Antes de entrar, y desde el mismo autobús, me fijé hacia dónde enfocaba la cámara y, si me bajaba, me enfocaría de lleno; por eso, preferí quedarme en el interior.

—Amy… yo…

—No me tienes que contar nada, Audrey. Se nota a leguas que estás huyendo de algo o de alguien.

—De alguien, pero no he hecho nada malo, te lo prometo.

—Eso se ve en la cara, cariño, no temas. Voy a bajar por algo de comer para las dos, y ahora, cuando suba, si te apetece hablarlo, lo haces, y si no, no pasa nada.

—Gracias, pero no te voy a permitir que pagues nada. Toma, compra dos buenos bocadillos y dos botellas de agua, y ahora te cuento todo cuando comamos.

Me volví a sentar en mi sitio, esperando a que subiera Amy de nuevo. Era una señora encantadora, en la que sabía que podía confiar, y por eso, decidí contarle todo en cuanto que llegara.

No tardó ni quince minutos en hacerlo y me dijo que había una parte en la que la cámara no me captaría y que podía ir al baño si tenía la necesidad.

—No hace falta, Amy. Fui antes de salir, ya en la próxima parada, si lo necesito, bajaré.

—Yo ya he ido, pero claro, la edad y el haber dado a luz dos veces es lo que tiene: que el aguante ya no es el mismo.

Empezamos a reír las dos, sentándonos en nuestros asientos, y nos dispusimos a comernos ese gran bocadillo.

Tenía claro que no me lo iba a comer entero, por eso, lo partí por la mitad y lo envolví en una servilleta, además del papel de aluminio que ya llevaba, y lo guardé en la mochila.

En quince minutos, el autobús se volvió a poner en marcha y volví a respirar, pues nada podía demostrar que yo había estado allí.

En cuanto que estuvimos a unos kilómetros de nuestra última parada, empecé a contarle a mi compañera de asiento el motivo por el que había escapado de mi casa, sin entrar en detalles, la verdad.

—Has hecho bien, cariño. Si no querías casarte con ese hombre, por el motivo que sea, lo mejor es poner tierra de por medio.

—Sabía que, si me quedaba, tendría que someterme a sus caprichos, y soy demasiado joven para eso, además de que tengo claro que las palizas me iban a llover de tres en tres.

—¿Te pegaba?

—Si hoy no tengo el ojo como si hubiera salido de un combate de boxeo, es porque María, la chica del servicio, se ocupó de ponerme hielo y crema antiinflamatoria.

—Mi niña, ¿has pensado en denunciarlo?

—No puedo, Amy, porque si hago eso, tendría que volver y no estoy dispuesta. Además, no cuento con el apoyo ni de mi padre ni de mi madre.

—Eso sí que no me lo puedo creer.

—Pues hazlo, porque es la pura verdad.

—¿Tu madre sabía que te pegaban?

—Por supuesto, además de que ella misma lo ha sufrido en sus propias carnes, porque mi padre, hasta hacerla entrar en razón, como dice él en su discurso, lo ha hecho.

—Con cada palabra que sale de tu boca, entiendo mejor que hayas decidido huir, cariño. Y ahora, ¿qué vas a hacer?

—Pues, con sinceridad, no tengo ni idea. He vaciado mi cuenta bancaria, con lo que contaré con algún dinero hasta que encuentre trabajo; eso sí, espero que allí haya un hostal o algo en el que poder quedarme de momento.

—Por supuesto que vas a tener dónde quedarte, porque lo harás en mi casa. Además, ¿tienes estudios?

—Sí que tengo; soy profesora de educación infantil, pero será muy difícil trabajar en eso, porque mi padre podría rastrearme. Necesito encontrar un trabajo con alguien de manera privada.

—Y yo te ayudaré a conseguirlo; te lo aseguro.

—Gracias, Amy, me has facilitado muchísimo la vida; te lo prometo.

—Más fácil me has hecho tú el viaje, que siempre hago llorando. Ahora sé que no me volveré a sentir sola, jamás, mientras que tú estés a mi lado.