Capítulo 3
Audrey
María se marchó de mi habitación, prometiendo que volvería antes de irse, pero que no le pidiera que dejara la puerta abierta, porque no estaba dispuesta a poner a su hijo en peligro y la entendía perfectamente.
Me asomé por la ventana de mi habitación y pude ver que, si me agarraba bien a la celosía que había junto a ella, podría bajar perfectamente; el problema era cómo bajar con la maleta.
Casi sin darme cuenta, se había pasado la tarde y María entraba de nuevo por la puerta, con su sonrisa característica.
—¿Cómo sigues, mi niña?
—Intentando ver cómo salir de aquí.
—Ten muchísimo cuidado, mi amor, no te lo van a poner fácil.
—Ya lo tengo todo controlado y sé cómo bajar y cómo salir de aquí sin que me vean. El problema es cómo voy a sacar la maleta.
—En eso sí que puedo ayudarte.
—¿Me lo dices en serio?
—Completamente. Voy a hacer una cosa. Voy a bajar con la maleta y le diré a tu madre que tú me has dado esa ropa porque no te gusta y no la vas a volver a usar.
—La van a registrar; estoy segura de eso.
—Y yo también; por eso, vas a sacar de ahí cualquier cosa de valor que lleves y la guardarás en una mochila, que te la llevarás contigo cuando te marches de aquí.
—Gracias, María, de verdad, eso significa mucho para mí.
—No he terminado de contarte.
—Sigue, por favor, y perdona por cortarte.
—No pasa nada, mi niña. De toda esa ropa que llevas, tendré que elegir un conjunto que me pondré mañana, para que no sospechen de mí.
—Como si tienes que coger dos o tres, me da lo mismo.
—Eso es buena idea, sí. Mete dos o tres de los que están colgados en el armario, y así sí que no sospechan.
—¿Dónde me dejarías la maleta?
—Como puedo suponer, saldrás de aquí por la ventana. Si es así, cogerás por el punto ciego hasta salir por la puerta del jardín. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas; ese es mi plan.
—Bueno, pues te la dejaré escondida detrás de la puerta por la que saldrás, entre los arbustos, para que no te la quite nadie.
—Gracias, gracias, María, te voy a echar mucho de menos.
—Y yo, mi niña. Ahora, vamos a hacer lo que hemos dicho: que están tus padres abajo y no quiero que piensen que tramamos algo.
Abrí la puerta de mi armario y metí tres conjuntos para que María se quedara con ellos.
Lo cierto es que no me los había puesto mucho, entre otras cosas porque Jacob me decía que llamaba mucho la atención con ellos y que los hombres me miraban mucho.
Ahora me daba cuenta de que me estaba anulando poco a poco y de la manera más sutil.
Saqué de la mochila la cámara de fotos, que era mi seguro de vida, así como mi cartera, y se las di para que las bajara.
—No me puedo llevar esta maleta nueva. ¿No tienes otra más vieja que no te sirva?
—Claro, pero a ver si se me va a romper por el camino.
—No, no se te rompe y será más creíble para todos.
—Tienes razón; voy a bajarla del altillo.
—Quita, que ya la bajo yo.
María se subió a la silla de mi escritorio y bajó la maleta vieja que llevaba allí arriba ni se sabe cuánto tiempo.
Me ayudó a cambiar la ropa de la maleta, dejando lo que ella llevaría encima de todo, para que le fuera más rápido abrirla y cogerla.
Después de eso, se despidió de mí con un abrazo y deseándome la mejor de las suertes.
Volvió a cerrar la puerta con llave y bajó las escaleras con esa maleta. No quise ni asomarme a la ventana, pues sabía que todos estarían pendientes de mí y de mi manera de actuar.
Quise fingir que me había resignado, por lo que me senté en el sillón y volví a coger el libro. Sabía que mi padre subiría de nuevo a comprobar que la puerta estuviera cerrada, y así pasó.
La puerta se abrió y yo estaba ahí, en la misma posición, con mi mochila escondida debajo de la almohada, por si les daba por registrar algo y no la encontraran.
—Me alegro de que hayas entrado en razón y te hayas deshecho de esa ropa que tan mal te sentaba.
—Vaya, gracias por tus palabras.
—Tú eres una mujer con clase y esa ropa te hacía parecer vulgar, además de poner a tu prometido en un compromiso por la mirada lasciva de otros hombres.
—Sí, a María le sentarán mejor.
Mi padre no se daba cuenta de la ironía con la que le estaba hablando, y por eso me miraba como si estuviera orgulloso de mí, cuando en realidad lo único de lo que estaba orgulloso era que no estaba rebelándome.
—Tu madre, Jacob y yo nos vamos a cenar. Antes de irnos, te subiré algo para ti, para que no pases hambre.
—No tengo ganas de cenar; prefiero darme una ducha e irme a la cama.
—Me da igual que tengas o no ganas, comerás o caerás enferma y, aunque tengas que ir arrastrando un gotero, la boda se celebra el sábado, sí o sí.
—Entonces, haz lo que te salga del alma.
Mi padre salió de la habitación, no sin antes lanzarme una de sus famosas miradas asesinas, que, en otros tiempos, me hubiera intimidado, pero hoy, y después de lo que había visto, era como si me hiciera cosquillas.
Tal y como había dicho, un buen rato después entró en mi habitación con una ensalada y una tortilla que María había dejado preparada, y de la que me prepararía un bocadillo con el pan que habían traído.
—Espero que no hagas ninguna tontería mientras que estamos fuera, porque no te serviría de nada. He puesto seguridad hasta que volvamos.
—No sé qué podría hacer, como no me dedique a hacerme un tatuaje con el tenedor y el cuchillo de plástico…
—Está bien, no tardaremos mucho. Cuando volvamos, entraré a retirar todo esto y a ver cómo estás.
Me daba igual lo de la seguridad, porque no me iba a marchar mientras que ellos estuvieran cenando, o me cogerían enseguida.
Iba a esperar a que volvieran y, una vez que estuvieran completamente dormidos, intentaría llevar a cabo mi plan.
Si todo salía como pensaba, contaría con un margen de unas cuatro o cinco horas hasta que se dieran cuenta de mi marcha. Sí, me negaba a decir huida porque era mayor de edad y podía hacer con mi vida lo que me diera la gana.
Me acosté con la ropa con la que pensaba marcharme, e hice como que me había quedado dormida leyendo, por lo que dejaría el libro abierto sobre mi pecho.
De esa manera, no les extrañaría que lo hiciera con la ropa de calle y no con el pijama, y esperaba que mi estrategia diera resultado.
Os prometo que, por mucho que quise dormir un poquito para tener fuerzas para más tarde, no pude.
Los nervios me comían por dentro y, cuando escuché el coche de mis padres entrando en la propiedad, por fin respiré tranquila.
Me recosté encima de la cama y puse el libro tal y como había planeado, cerrando los ojos y relajando la respiración, para algo me habían servido las clases de yoga.
—Veo que ha recapacitado; es lo mejor para ella —dijo mi padre, abriendo mi puerta.
—Tan solo os voy a pedir una cosa: que Jacob no la vuelva a golpear —pidió mi madre.
—Eso será cosa de él; yo, una vez que salga de aquí, no quiero saber nada. Si se porta bien, no tendrá necesidad de pegarle; todo dependerá de ella.
Mi madre, lejos de rebatirle nada, se mantuvo en silencio, y eso me dolió más que todos los golpes que pudiera darme Jacob o mi padre.
Salieron de allí y volvieron a cerrar la puerta con llave. Sabía que el encargado había sido mi padre, pues no osaría dejar mi encierro en manos de nadie para que pudiera escaparme.
Me había fijado, en la vez anterior en la que entró, en que llevaba esa llave al cuello, en una cadena, asegurándose, así, de que mi madre no se la pusiera a quitar y me diera la libertad.
Esperé como un par de horas, que era lo que, normalmente, tardaban en dormirse y, cuando escuché los ronquidos de mi padre, me levanté de la cama.
Saqué mi mochila, dejé mi móvil encima de la mesilla de noche y me asomé a mi ventana.
No había nadie en la calle, por lo que me colgué la mochila a mi espalda e hice lo que tenía pensado.
No era mucha la altura, pero la suficiente como para pensar que, si caía mal, podría joderme bien la vida, aunque no tanto como si me quedara aquí encerrada.