Capítulo 2
Audrey
Subí a mi habitación y me puse a preparar una pequeña maleta con lo más importante, que sería lo que me llevaría.
Estaba en ello cuando escuché a mi padre llegar, junto al que había sido mi novio, Jacob.
Sí, lo digo en pasado porque desde ese mismo momento en que descubrí que la pasta estaba hecha, decidí que se terminaba, por mucho que ellos dijeran.
Los pasos de mi padre se escuchaban por las escaleras, y por ello me apresuré a meter la maleta debajo de la cama y a sentarme en el sillón que allí tenía, con un libro en las manos, haciéndole ver que estaba leyendo.
La puerta se abrió de par en par, de manera violenta y sin que nadie pidiera permiso. Levanté la mirada y me encontré con la de mi padre, en la que se podía ver cómo la furia era evidente.
—El sábado se celebrará tu boda con Jacob; será algo íntimo que haremos en el jardín; yo me ocuparé de todo.
—¿De qué estás hablando, papá?
—De tu futuro, ya va siendo hora de que te cases. Así, también nos aseguraremos de que no te vayas de la lengua sobre lo que has visto.
—No me pienso casar con Jacob; es que ni siquiera pienso seguir con él.
Mi padre levantó la mano y me dio tal bofetada que me giró la cara. Estaba segura de que me saldría un buen moratón en cuanto que eso se enfriara.
Me quedé sin palabras; no sabía qué decir, pero sí que tenía claro lo que iba a hacer, porque no pensaba ser una sierva, como mi madre.
No me refiero a que me trataran como a una esclava, porque a la vista estaba que con mi madre no ocurría eso, pero sí que tenía que ser una mujer servil, que aguantaba infidelidades y desplantes agachando la cabeza.
—Veo que vas entrando en razón, pero, por si acaso, será mejor que te mantengas encerrada en esta habitación hasta que llegue el día.
Por un momento, estuve tentada a contestarle, pero pensé que sería mejor quedarme callada y no rebelarme más y así intentar salir de allí lo más pronto posible.
—Le diré a María que te suba la comida aquí, así no tendrás ni que moverte.
—Claro, como tengo el baño aquí, no necesitaré la campanita —mascullé.
—¿Qué estás diciendo?
—Que me voy a dar un baño, a ver si así me relajo.
—Ya me parecía a mí que había escuchado mal.
Mi padre salió de mi habitación, echando la llave desde fuera. Nunca había entendido el motivo de que hubiera cerraduras en las habitaciones hasta este momento.
Saqué la maleta de donde la había escondido y seguí guardando cosas. Porque me iba a escapar, aunque me fuera la vida en ello.
Y no, no estaba huyendo, como podéis estar pensando ahora mismo; estaba escapando, que no es lo mismo.
Sabía que mi padre no pararía hasta encontrarme, por lo cual tendría que irme lo más lejos posible, buscar un lugar antagónico al que me encontraba ahora mismo.
Pero de eso me ocuparía más tarde, porque, en estos momentos, mi principal objetivo es salir de aquí y que nadie se dé cuenta.
Podría llevarme mi coche, pero no las tenía yo todas conmigo de que mi padre no me hubiera instalado un localizador o algo.
También tenía que intentar averiguar lo que mi padre y mi exnovio se traían entre manos y, para ello, tendría que exponerme un poquito más.
De pronto, recordé una carpeta que me había dado Jacob hacía meses y que me dijo que le guardara en mi habitación, porque él no la podía tener en su casa.
Ni siquiera me pregunté, en aquel momento, si sería algo legal o no; simplemente lo guardé.
Ahora me daba cuenta de lo idiota que había sido, de lo ingenua que podía llegar a ser una mujer cuando estaba enamorada, o cuando creía estarlo, porque ahora me daba cuenta de que no lo había estado nunca.
Me levanté corriendo porque sabía que en cuanto Jacob se acordara de que yo tenía esa carpeta, subiría corriendo a buscarla.
La saqué del cajón en el que la había guardado y, nada más abrirla, la realidad me dio de lleno.
Mi padre y mi exnovio no solo se dedicaban a invertir el dinero de sus clientes, sino que también los estafaban.
No sabía lo que tenía que ver aquel chico al que le habían dado tremenda paliza, pero, con lo que tenía delante, tan solo había dos opciones.
O había intentado hacer lo mismo que ellos y robarles, o se había ido de la lengua.
Cogí una vieja cámara de fotos digital porque no me pensaba llevar el teléfono y capturé todo lo que tenía delante, metiendo la cámara en mi maleta y guardando todo en el mismo lugar en el que lo tenía.
Tal y como había pensado, minutos después escuché la cerradura de nuevo, pero el que entró no fue mi padre, sino Jacob.
Se acercó a mí muy lentamente y me agarró del brazo; me iba a dejar marca por la manera en que apretaba y, sin darme opción a nada, me pegó a él.
Sentí una mezcla de rabia y asco, pero lo disimulé lo mejor que pude, sobre todo cuando posó sus labios en los míos.
Por supuesto, no respondí a ese beso que me estaba dando, y eso lo enfureció, dándome una bofetada que me dolió el doble, porque lo hizo en el mismo lugar en el que lo había hecho mi padre horas antes.
—Podríamos haber sido tan felices si no te hubieras metido donde no te llaman…
—Contigo, jamás hubiera sido feliz.
—Le diré a María que te traiga hielo para la cara, o parecerás un monstruo el día de la boda.
—Como si a ti te importara algo.
—Claro que me importa, pequeña. ¿Qué dirá la gente cuando te vea con la cara amoratada?
—Que me estoy casando con un salvaje, como mínimo.
Me cogió del pelo, jalando de él hasta el punto de que se me saltaron las lágrimas, y no solo por el dolor.
—Ahora te lo voy a dejar pasar, pero ten clara una cosa: a partir de que estemos casados, no seré tan permisivo y tendrás que hacer todas y cada una de las cosas que yo te diga.
—Eso lo veremos…
—No me repliques más o tendrás que ir a la boda con una careta.
Me revoleó de mala manera encima de la cama, haciendo que rebotara y cayera al suelo, dándome con la mesilla de noche en la cabeza, pero a él le dio igual.
Empezó a revolver todos los cajones hasta que encontró la carpeta. Con lo fácil que hubiera sido preguntarme dónde la tenía guardada, pero no solo era eso lo que buscaba, y lo supe en cuanto que lo vi coger mi pasaporte.
—Ahora sí que no podrás huir y, si lo haces, no irás demasiado lejos; te lo aseguro.
—¿Cómo pretendéis que me marche si me tenéis encerrada?
—Y así estarás hasta que entres en razón, incluido después de la boda. Bueno, no, pensándolo mejor, hablaré con tu padre y continuarás encerrada hasta que me des un hijo.
—Estáis completamente locos, de verdad os lo digo.
—La culpa nada más ha sido tuya, de nadie más.
No quise seguir discutiendo; no merecía la pena. Tenía que guardar mis fuerzas para salir de aquí y lo tenía que hacer esta misma noche.
Después de que Jacob me pegara y mi madre no subiera a ver cómo estaba, decidí que ya no tenía familia.
Si ellos, que serían los que me deberían de proteger, no lo hacían, tendría que ser yo la que tendría que aprender a hacerlo por mí misma.
María entró un buen rato después, con una placa de esas que se usan en fisioterapia y que no había visto en mi vida.
—Toma, mi niña, póntelo en el golpe, que te aliviará bastante.
—Parece que entiendes mucho de esto, María.
—Ay, mi niña, no sabes la cantidad de veces que se lo tuve que aplicar a tu madre.
—¿Perdona? No sabía nada de eso…
—Claro que no, porque tu madre nunca permitió que lo vieras para que no te enfrentaras a tu padre ni quisieras huir.
—Ahora entiendo todas esas veces que, cuando llegaba del colegio, no la encontraba y me decías que estaba en su habitación porque tenía migraña…
—Exacto, pero espero, de corazón, que tú no seas igual que ella, que abras los ojos y no lo permitas.
—No pienso hacerlo, pero para eso, tengo que salir de aquí y necesitaré ayuda.
—Aquí me tienes para lo que necesites, mi niña.
—No me gustaría meterte en esto; tienes un hijo pequeño y no quiero que pierda a su madre.
—Lo sé, pero de alguna manera podremos hacerlo.