Diez razones para (no) volver a enamorarme Capítulo 1
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Diez razones para (no) volver a enamorarme

Diez razones para (no) volver a enamorarme

Por Jenny Del

© inepub.com

Capítulo 1

Audrey

¡Hola, hola! Sé que no me conocéis y que estaréis preguntándoos qué hace una loca desconocida saludando.

Sí, os tengo que dar la razón porque un poquito loca sí estoy. Bueno, lo cierto es que no nací así, pero la vida y lo que he tenido que ver a mi corta edad me han convertido en la loca más adorable del mundo.

Todo me lo digo yo; no hace falta que me digáis nada, pero bueno, a lo que iba: me distraigo.

Estoy aquí para contaros mi historia, para que viváis conmigo todo lo que me ha sucedido y os pongáis en mi piel, pero será mejor que empiece por presentarme.

Mi nombre es Audrey y nací hace veinticinco años en el seno de una familia acomodada de Florida.

No es que nadáramos en dinero, ni mucho menos, pero mis padres tenían una solvencia económica por encima de la media de la ciudad en la que vivíamos.

Esa mañana, cuando me levanté, tenía una sensación bastante incómoda, de esas que te advierten de que algo iba a suceder.

Llevaba dos años saliendo con Jacob, un ejecutivo que trabajaba en inversiones, al igual que mi padre, y que conocí en una de esas cenas aburridas a las que tienes que asistir, aunque no quieras.

Mis padres, como no podía ser de otro modo, estaban encantados con él, y su discurso siempre era el mismo, uno que ya me sabía de memoria.

—Audrey, cariño, los hombres con Jacob son muy difíciles de encontrar; no hagas nada para perderlo.

—Mamá, será mejor que quien no haga nada para perderme sea él.

—No digas tonterías, niña: los hombres son hombres y tienen necesidades que nosotras no, y por eso muchas veces buscan eso fuera de la pareja.

—Lo siento, mamá, pero no te compro eso. Si hay suficiente confianza en la pareja, no hay necesidad de buscar nada que ella no te pueda dar.

—Eres muy joven y no sabes nada de la vida; cuando madures, lo verás todo de otra manera.

Y sí, era joven y quizás no supiera nada de la vida, pero no iba a consentir lo que mi madre le permitía a mi padre.

Para mí, el simple hecho de que besara a otra ya era una infidelidad, y eso era traicionarme; no podría volver a confiar en él.

Mi madre, la señora Miley Sullivan, era de esas mujeres para las que la apariencia era todo, y mientras siguiera casada con ella y le proporcionara todas las comodidades a las que estaba acostumbrada, lo que hiciera por fuera le daba igual.

Bueno, a lo que iba: que me voy por donde no debo; esa mañana tenía una sensación incómoda, como ya os he dicho.

Seguía viviendo con mis padres porque, para ellos, una mujer tan solo debía salir de su casa si iba a convivir con su marido.

Bajé a la cocina, donde la chica que venía todos los días a limpiar y a cocinar ya estaba preparando el desayuno para mi madre, pues mi padre se había marchado muy temprano.

A él le daba igual que fuera sábado, como en este caso, o cualquier otro día de la semana; era adicto al trabajo.

Yo había estudiado magisterio en educación infantil, pero no había llegado a ejercer. Bueno, en realidad, no me lo permitieron, pues mis padres decían que una señorita de mi nivel no necesitaba trabajar, sino buscar un marido, y yo ya estaba en el camino de conseguirlo.

—Hola, María, ¿me pones un café, por favor?

—Ahora mismo, señorita Audrey.

—¿Cómo te va todo? ¿El niño está bien?

—Todo perfecto, señorita. Mucho trabajo, pero no me quejo, pues eso es lo que nos da de comer a mi hijo y a mí.

Me daba una pena horrible por esta mujer, puesto que mi madre, como sabía que necesitaba el trabajo, se aprovechaba de ella.

No es que no le pagara bien, que lo hacía, pero también le daba mucho más trabajo del que le correspondía.

Ella estaba allí para recoger en casa y preparar la comida, y su horario era de ocho de la mañana a tres de la tarde, pero nunca lo cumplía, pues era raro el día que lo hacía.

Siempre que llegaba su hora de salida, a mi madre se le ocurría que necesitaba un vestido o una camisa, que estaba sin planchar, o que le apetecía algo específico para cenar, algo completamente diferente a lo que había preparado, y así, le solían dar las cinco de la tarde.

María había emigrado de su Cuba natal hacía ya muchos años; se vino siendo prácticamente una niña, pues no es que fuera demasiado mayor, que poco pasaba de los cuarenta años.

Era madre de un hijo que, en la actualidad, tenía diez años y que era un niño de lo más estudioso y educado, que había aprendido a sobrevivir casi sin la presencia de su madre.

Por favor, qué manera de desviarme de la historia. Si es que, cada vez que empiezo algo, termino contando otra cosa diferente.

Vuelvo a coger el hilo y os sigo contando. Me tomé el café y salí a dar un paseo, pues me apetecía ir a visitar a mi novio a su casa, que no me cogía demasiado lejos.

—Ahora vuelvo; voy a dar un paseo —le dije a mi madre.

—Está bien, pero no tardes, que no me gusta que salgas sola.

—Mamá, tengo veinticinco años, no cinco. Hasta el hijo de María tiene más libertad que yo.

—Las clases sociales son diferentes, y eso también se ve en la manera de educar, Audrey, que no se te olvide.

—Lo que tú digas…

Cuando mi madre decía esas cosas, os prometo que me hervía la sangre, por lo que, para no discutir, como la mayoría de las veces, y siguiendo los consejos de María, opté por ignorarla.

Cogí mi bolso y salí de mi casa. Tal y como dije, me iría dando un paseo, pues mi chico vivía en la misma urbanización y no tenía necesidad de ir en coche, además de que me apetecía caminar un rato.

Me extrañó que la verja de la entrada estuviera abierta, pero lo que verdaderamente me sorprendió fue lo que me encontré dentro al decidirme a atravesar la puerta.

Allí, en el salón de la casa de Jacob, había un chico de unos veinte años, completamente golpeado, mientras que mi padre y mi novio se tomaban una cerveza, como si la cosa no fuera con ellos.

Me salió un grito ahogado, y ese fue el momento en el que ambos se dieron cuenta de mi presencia.

—Audrey, ¿se puede saber qué coño estás haciendo aquí? —Dijo mi padre.

—Te tengo dicho que no vengas sin llamar —me dijo Jacob.

Me cogió del brazo de una manera muy violenta y me sacó de la casa, como si yo no fuera su novia, como si fuera alguien que molestaba y a quien luego le leería la cartilla.

—¿Qué está pasando aquí, Jacob?

—Nada que sea de tu incumbencia.

—Por supuesto que me incumbe; no pienso estar con una persona violenta…

—Tú vas a estar conmigo por dos razones, primero, porque lo digo yo, y segundo, porque tu padre no te va a permitir que me dejes tirado como un perro.

—No me amenaces, Jacob…

—Ahora, vas a coger el caminito a tu casa, te vas a meter en ella y te quedarás allí hasta que nosotros vayamos a buscarte, que será cuando decidamos que castigo te mereces por desobedecer.

—¿Acaso tengo yo ahora cinco años para que tengáis que castigarme?

—Audrey, ya mismo estás haciendo lo que Jacob te ha dicho. Después, decidiremos qué hacer contigo —me dijo mi padre, con una mirada que daba miedo.

No pensaba dejar que me trataran así y esperaba que mi madre se pusiera de mi parte, porque, de lo contrario, no sabía qué podía hacer.

Llegué corriendo a mi casa, donde me encontré a mi madre sentada en el salón, leyendo una revista de moda, como era su costumbre.

Al verme llegar en ese estado, supo que algo había sucedido, pero, lejos de preocuparse, lo que hizo fue culparme a mí.

—¿Se puede saber qué has hecho para venir en ese estado?

—Mamá, al entrar en casa de Jacob, me he encontrado con un chico…

Le conté a mi madre todo, esperando comprensión y cariño, pero nada más lejos de la realidad con la que me encontré.

—Si me hubieras dicho que ibas hacia allá, te hubieras ahorrado el disgusto de lo que has visto y el consiguiente castigo que te impondrán.

—¿Perdona? ¿Tú lo sabías?

—Hija mía, son muchos años al lado de tu padre y sé lo que tengo que hacer en cada momento. Algo que tú tendrás que aprender.

—No voy a aprender una mierda, tengo la edad suficiente como para vivir sola y eso pienso hacer.

—No lo harás si tu padre viene antes; te lo aseguro y lo pienso llamar ahora mismo.