Diez años de tinieblas Capítulo 12 Cuentas pendientes #2
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Capítulo 12 Cuentas pendientes #2

—La mujer y el menor se encuentran sanos y salvos, recibiendo atención médica y psicológica.

Como ya es de conocimiento público, su marido lamentablemente falleció durante los acontecimientos en la aldea.

Ella es una testigo clave y fundamental para este proceso judicial, por lo que actualmente se encuentra bajo un estricto protocolo de protección de testigos y no podemos revelar su paradero ni aportar más datos sobre su identidad.

El mando policial hizo una pausa, mirando fijamente a las cámaras antes de dar por finalizada la comparecencia:

—No sabemos con certeza si las raíces de esta organización trascienden los límites de esa aldea o si se extienden más allá de nuestro condado, por lo que su vida podría correr peligro.

Como ha quedado demostrado por los trágicos hechos ocurridos y los horrores que estamos descubriendo bajo tierra, estamos ante una secta extremadamente peligrosa. Muchas gracias.

A pie de calle, bajo un cielo gris que amenazaba lluvia, una mujer madura se ajustó el abrigo antes de responder a la periodista.

—En general, eran buena gente —explicó, mirando a la cámara con una mezcla de nostalgia y extrañeza—.

Nadie habría sospechado nada. Parecían personas completamente normales.

Es más... cuando yo era pequeña e iba al colegio, una de mis mejores amigas vivía allí.

Nos llevábamos de maravilla; éramos inseparables.

Pero todo cambió de la noche a la mañana el año que cumplimos los doce o trece años no recuerdo bien exactamente la edad..

La periodista guardó silencio, dejando que el murmullo del viento llenara la pausa.

—¿Qué ocurrió a esa edad? —preguntó suavemente.

La mujer soltó un suspiro amargo y negó despacio con la cabeza.

—Se apagó. Mi amiga era una niña luminosa, extrovertida, de las que contagiaban la risa a todo el mundo.

Y de repente, se volvió extremadamente introvertida.

Pasó a ser una sombra de sí misma. Se limitaba a llegar al colegio, se sentaba en su pupitre, estudiaba en absoluto silencio y evitaba cualquier contacto.

En cuanto sonaba el timbre de la última clase, recogía sus cosas sin mirar a nadie y se volvia en el autobus escolar de regreso a la aldea.

—¿Llegaste a preguntarle qué le ocurría?

—Decenas de veces —asintió con amargura—.

Pero cada vez que intentaba acercarme o sacarle el tema, se cerraba en banda.

Ponía una pared. Se limitaba a decirme que estaba todo bien, que no le pasaba nada, y jamás me dio una sola explicación.

Al final, después de tanto chocar contra ese muro, acabé por desistir.

La distancia se volvió insalvable. En cuanto terminó los estudios obligatorios, abandonó el colegio y no volví a saber de ella.

La mujer hizo una pausa, pasando la vista por la calle como si buscase el rostro de aquella niña en el aire frío de la tarde.

—Mi madre intentaba tranquilizarme. Me decía que no le diera importancia, que eran cosas de la edad, un cambio hormonal o simplemente que la gente cambia de forma de ser al crecer.

Pero a mí siempre se me quedó una espina clavada...

Había algo muy raro en sus ojos, una especie de espanto apagado que no encajaba con nada.

Claro que mi madre también zanjaba la conversación diciendo que en la aldea tenían sus propias costumbres, sus cosas de siempre, y al final lo dejamos pasar.

Quién nos iba a decir entonces la clase de infierno que estaban viviendo al otro lado de la costa...

El alcance de la noticia cruzó rápidamente las fronteras americanas.

Las atrocidades descubiertas en la pequeña aldea de Machias se convirtieron en el foco de atención de la prensa internacional, acaparando portadas y generando un alud de debates en canales de televisión, vídeos de análisis en internet y programas de investigación.

En uno de los pódcasts más escuchados sobre historia y arqueología, el presentador invitó a un reconocido especialista en la materia para arrojar luz sobre las raíces históricas de la secta.

—Doctor —comenzó el presentador, inclinándose sobre el micrófono—, la pregunta que todo el mundo se hace ahora mismo es si realmente es científicamente posible que un asentamiento de vikingos nórdicos se hubiera establecido allí, en esa zona de Maine, hace tantos siglos.

El arqueólogo asintió con ademán pausado antes de responder:

—No solo es posible, sino que es plenamente coherente con lo que ya sabemos.

Durante décadas se pensó que era un mito, pero la arqueología ya ha demostrado que los nórdicos llegaron a América del Norte mucho antes que Colón.

El caso más célebre y documentado es el yacimiento de L'Anse aux Meadows, en el extremo norte de Terranova, donde se hallaron restos intactos de una aldea nórdica del siglo XI.

Pero además, en la propia zona costera de Maine se descubrió el famoso "penique de Maine" (Maine Penny), una moneda de plata escandinava del reinado de Olaf Kyrre (1067-1093) hallada en un yacimiento indígena en Brooklin, Maine.

Eso prueba que hubo presencia, contactos y rutas de navegación nórdicas en toda esa vertiente del Atlántico Norte.

El presentador escuchaba fascinado antes de formular la siguiente duda:

—Y respecto a los hallazgos en Machias... ¿qué se va a hacer con la pila bautismal de piedra nórdica? Hablamos de una reliquia antiquísima.

—Según los análisis preliminares que han realizado los compañeros del equipo de forenses y patrimonio que están sobre el terreno —explicó el arqueólogo—, esa estructura de piedra tiene una antigüedad aproximada de 900 años.

En circunstancias normales, un hallazgo de semejante calibre histórico y arqueológico iría directo a la sala principal de un museo nacional.

Sin embargo, dada la macabra y trágica historia que arrastra, así como el horror del que ha sido testigo, el destino va a ser muy distinto.

Por ley de protección de patrimonio histórico, una pieza de casi un milenio no puede ser destruida.

De modo que el protocolo establece que será cuidadosamente desmontada, numerada y embalada.

Se guardará bajo llave en un depósito oficial de alta seguridad y no volverá a ver la luz del sol.

Dos semanas después de la tragedia, el plató del afamado programa Late Night America lucía un ambiente atípico. Las habituales luces festivas y las risas del público habían sido sustituidas por una iluminación tenue y un respetuoso silencio.

El presentador, Jack Miller, permanecía sentado tras su mesa con el rostro desencajado por la gravedad del asunto. Miró fijamente a la cámara central antes de dirigirse a su audiencia:

—Buenas noches. Estados unidos y el mundo entero continúan conmocionados por las horribles revelaciones que siguen llegando desde Machias, Maine —comenzó Miller con tono pausado y grave—.

La cifra de cuerpos infantiles desenterrados en ese maldito camposanto ha superado ya la aterradora barrera de los 50 niños.

De hecho, las autoridades policiales y el FBI han tomado la decisión oficial de dejar de actualizar el recuento público.

Los gabinetes de psicología del Departamento de Salud alertaron a las fuerzas de seguridad de que seguir haciendo públicas esas cifras podía desencadenar un cuadro severo de trauma vicario masivo y trastorno de estrés postraumático colectivo en la población.

La mente humana sencillamente no está diseñada para asimilar semejante volumen de crueldad.

Jack Miller hizo una breve pausa, tomó aire y dirigió la mirada hacia el sillón de invitados.

—Esta noche nos acompaña de nuevo Arthur Pendleton —dijo el presentador extendiéndole la mano con afecto—.

Arthur, estuviste sentado en ese mismo sillón hace apenas tres semanas hablándonos de la desesperada búsqueda de tu hijo y de aquellos oscuros documentos que recopilaste.

Aquellos papeles que indicaban que, puntualmente, cada diez años —a primeros de década y en el mes de enero— un niño menor de cinco años desaparecía sin dejar rastro en el estado.

Hoy sabemos que la policía ha identificado el cuerpo de tu pequeño entre los restos hallados en la playa.

Arthur Pendleton, visiblemente con dolor y con lágrimas surcando sus mejillas, estrechó la mano del presentador. Tragó saliva antes de romper a hablar con la voz quebrada:

—Por fin... por fin voy a poder darle a mi hijo el descanso digno que le arrebataron —susurró Arthur apoyando los codos sobre las rodillas—.

El dolor no desaparece, Jack, pero al menos hay respuesta.

Me alegro de que este infierno haya llegado a su fin.

Y desde aquí solo quiero decirle a esa mujer, a Sara...

que le debo la vida de mi memoria. Le doy las gracias con el alma por haber luchado, por haber sobrevivido y por haber destapado esta locura.

Espero y rezo para que jamás, en ningún lugar del mundo, vuelva a repetirse algo semejante.

—El mundo entero comparte tu deseo, Arthur —concluyó Jack Miller con un nudo en la garganta—. Muchas gracias por tu valentía.

El público dedicó un aplauso sobrio y contenido mientras Arthur abandonaba el plató. Jack Miller se reajustó la chaqueta, miró a su tarjeta de notas y cambió el tono para dar paso a la siguiente sección del programa:

—Cambiamos radicalmente de asunto. Esta noche de 15 de febrero de 2020 también nos acompaña el doctor Harris, epidemiólogo y especialista en salud pública, para analizarnos la última hora sobre la misteriosa neumonía y el brote de COVID-19 que está asolando a la población en China y que ha puesto en alerta a la Organización Mundial de la Salud...

El presentador se inclinó sobre la mesa, buscando la mirada del experto con gesto inquisitivo.

—Doctor Harris —preguntó Jack Miller—, ¿usted cree que esta epidemia en China nos debe preocupar tanto como parece que indican las imágenes que nos llegan de allí?