Capítulo 12 Cuentas pendientes
La pantalla del televisor se encendió con el ráfaga azul y blanca del sintonizador de noticias. Una sintonía grave y urgente dio paso a la imagen de la plató principal, donde una presentadora de rostro serio se acomodaba frente a la cámara, sosteniendo unos folios sobre la mesa.
—Buenas tardes. Abrimos este informativo con una última hora desgarradora que nos llega desde el estado de Maine —comenzó a relatar la periodista con voz firme y profesional—.
La policía estatal investiga un brutal suceso ocurrido esta madrugada en las inmediaciones del condado de Washington, en una remota y aislada aldea costera a las afueras de la localidad de Machias.
Detrás de la presentadora, la pantalla mural desplegó un mapa satelital del área rodeada por un círculo rojo, antes de dar paso a las primeras imágenes aéreas tomadas desde un helicóptero.
En ellas se apreciaba la columna de humo gris que aún emanaba de las ruinas carbonizadas de la ermita, los restos siniestros de una furgoneta volcada sobre la orilla empedrada y el cordón policial que precintaba toda la zona de la playa.
—Según las primeras confirmaciones oficiales de las autoridades —continuó la presentadora—, se han hallado los cuerpos sin vida de más de diez personas en distintos puntos del asentamiento.
Aunque la investigación se encuentra bajo un estricto secreto de sumario, las fuerzas de seguridad barajan como principal hipótesis que los hechos respondan a una violenta trifulca o ajuste interno en el seno de una comunidad cerrada de carácter sectario.
La imagen cambió a la fachada de la comisaría local de Machias, atestada de patrullas con las luces de emergencia encendidas y decenas de periodistas agolpados tras las vallas.
—Por el momento, trascendió que una mujer, única superviviente junto a su hijo pequeño, logró huir de la zona de los hechos a bordo de un vehículo de paso y se encuentra a estas horas prestando declaración ante los investigadores y los servicios de inteligencia policial.
Agentes de la policía científica y efectivos judiciales continúan desplegados sobre el terreno peinando la aldea y recopilando evidencias para esclarecer qué ocurrió exactamente durante la pasada noche en Machias.
Les iremos ampliando la información a medida que se conozcan nuevos datos sobre esta masacre.
Un dia después.... Frente a la fachada de piedra del Ayuntamiento, una joven periodista sostenía el micrófono con firmeza, resguardándose del viento con una mano mientras a sus espaldas se apreciaba un trasiego constante de concejales, agentes de policía y curiosos agolpados tras la valla de seguridad.
—Así es, compañeros —comenzó la reportera, mirando fijamente a la cámara con gesto grave—. Las novedades que llegan desde la sede del Ayuntamiento de Machias dan un giro escalofriante a la investigación de la masacre descubierto ayer .
La periodista hizo una breve pausa para reajustarse el auricular antes de continuar con fluidez:
—Según han confirmado fuentes cercanas al caso tras las primeras horas de interrogatorio, la mujer que logró escapar de la aldea no pertenecía a la comunidad, sino que fue secuestrada y retenida contra su voluntad junto a su familia.
El móvil de la tragedia adquiere tintes oscuros: todo apunta a que la secta pretendía someter al hijo menor de la mujer a un macabro ritual de sacrificio humano.
Detrás de ella, las puertas del consistorio se abrieron momentáneamente y varias patrullas salieron a gran velocidad con las sirenas abiertas hacia la zona del juzgado.
—Respecto a los supervivientes de la aldea —prosiguió la reportera señalando hacia el edificio—, las autoridades han confirmado que los pocos miembros restantes de la secta han sido detenidos en bloque por la policía estatal.
En estos precisos momentos se encuentran bajo custodia, prestando declaración a puerta cerrada en las dependencias policiales a la espera de pasar a disposición judicial.
La tensión en Machias es máxima y el pueblo continúa conmocionado ante la magnitud de las revelaciones que van saliendo a la luz. Devuelvo la conexión al plató.
El ensordecedor batir de las palas del helicóptero retumbaba dentro de la cabina, marcando un ritmo pesado y constante sobre el aire frío de Maine.
La periodista, sujetando el micrófono con el brazo tembloroso por la vibración y con los auriculares bien calados para aislar el ruido del motor, pegó el rostro al cristal de la ventanilla.
Abajo, el paisaje parecía sacado de una pesadilla.
Ajustó su voz, intentando mantener la profesionalidad ante la magnitud de lo que sus ojos presenciaban, y comenzó la retransmisión en directo para todo el país:
—Una semana después de la tragedia, nos encontramos sobrevolando en exclusiva el epicentro de la masacre.
Desde la altura, la cámara enfoca el lugar exacto donde solía estar la autocaravana, ahora retirada por las autoridades, dejando al descubierto una zona de excavación tensa e ininterrumpida.
Abajo pueden observar a las figuras vestidas con monos blancos de la policía forense, removiendo la tierra con un cuidado meticuloso, pero con una frecuencia que resulta francamente inquietante.
La periodista hizo una pausa obligada, tragando saliva mientras el cámara encuadraba el objetivo para acercar la imagen a la pantalla de millones de hogares.
—Las imágenes que están viendo en directo desde nuestro helicóptero muestran cómo empiezan a emerger numerosos restos humanos del subsuelo.
Muchos de ellos... son pequeños. Demasiado pequeños.
Se trata de niños. Las autoridades policiales nos confirman a esta hora que se cree que podrían ser víctimas de casos de desaparición sin resolver que databan de hace años, incluso décadas.
El conteo inicial es sencillamente devastador: se sospecha que el número de cuerpos infantiles podría superar los veinte.
El helicóptero ladeó suavemente su trayectoria, trazando un círculo sobre el acantilado y la zona devastada de la aldea. La periodista señaló hacia el campo abierto con una mano helada.
La señal continuó en directo mientras el helicóptero se alejaba lentamente, dejando atrás la imagen de los forenses trabajando entre las sombras de una verdad que, por fin, salía a la luz.
Tres días después del macabro hallazgo en el camposanto, con los forenses todavía trabajando incansablemente sobre el terreno y extrayendo restos del subsuelo, la expectación mediática era máxima.
Las autoridades convocaron una rueda de prensa de urgencia en el salón principal del Ayuntamiento de Machias.
Frente a un estrado abarrotado de micrófonos y bajo el parpadeo incesante de docenas de flashes, comparecieron el jefe de la policía local y la alcaldesa del municipio, ambos con rostros visiblemente marcados por el cansancio y la gravedad de la situación.
Nada más abrir el turno de preguntas, un periodista tomó la palabra con tono incisivo:
—¿Cómo es posible que una secta de estas características haya permanecido afincada a las afueras del pueblo durante no ya años o décadas, sino siglos enteros, sin que las autoridades locales o la policía acudieran nunca a investigar qué ocurría allí?
El jefe de policía alzó una mano en gesto conciliador, tratando de calmar los ánimos del cuerpo de prensa.
—Vamos a ver, entiendo la estupefacción, pero hay que contextualizar la situación —explicó el mando policial—.
Teníamos perfecta constancia de que a las afueras de nuestro municipio existía una pequeña aldea, una suerte de comunidad agrícola y ganadera que se autoabastecía.
Pero no era un enclave incomunicado ni hermético.
Esos vecinos estaban en contacto habitual con nosotros: sus hijos acudían al colegio local, bajaban al pueblo a hacer compras en los comercios y les conocíamos de toda la vida.
Para nosotros solo eran unos vecinos que preferían un estilo de vida más austero y alejado del casco urbano.
No generaban líos, no causaban problemas.
Sin una causa justificada o una denuncia previa, no había motivo legal ni policial para tenerlos bajo vigilancia.
Una periodista del fondo levantó la mano y dirigió su pregunta directamente a la alcaldesa:
—Señora alcaldesa, ¿qué están declarando los acusados? ¿Qué dicen los miembros de la secta que han sido detenidos?
La regidora se acercó al micrófono con ademán sobrio.
—Por el momento, los detenidos se mantienen en un hermetismo absoluto. No están colaborando con la investigación ni respondiendo al interrogatorio de los fiscales. Comprenderán que, estando el caso bajo secreto de sumario, no puedo aportar muchos más detalles al respecto.
El primer periodista volvió a intervenir, mirando de nuevo al mando policial:
—Pero ¿no han dicho absolutamente nada durante su custodia?
El jefe de policía suspiró antes de responder:
—Lo único que repiten una y otra vez, casi de forma compulsiva, es una misma frase: que nos preparemos para una década llena de sombras.
Se están realizando las evaluaciones correspondientes, pero todo indica que se tramitará su ingreso en un centro psiquiátrico de alta seguridad.
Es evidente que esas personas no están bien.
La alcaldesa tomó de nuevo la palabra para matizar la intervención:
—Hay que tener muy en cuenta que no nos enfrentamos a un grupo extremista surgido hace cinco o diez años. Hablamos de una estructura sectaria arraigada a través de ancestros y generaciones, que lleva siglos cometiendo estas barbaridades en la sombra bajo el manto de la tradición.
Desde el lateral de la sala, otro reportero lanzó la cuestión que todo el país se hacía:
—¿Y cuál es el estado de la testigo principal, la mujer que logró huir, y de su hijo?
El jefe de policía se irguió frente a los micrófonos para dar la respuesta oficial: