Diez años de tinieblas Capítulo 11 Hasta el último aliento
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Capítulo 11 Hasta el último aliento

El esfuerzo físico y mental que soportaba Sara era sencillamente titánico.

Resultaba inhumano. Avanzaba a paso torpe con el pie roto, aguantando un dolor punzante que le subía por toda la pierna, cargando a su hijo Marc entre sus brazos y apretando la pistola con la otra mano.

Se alejaba por aquel camino de piedras, en pendiente ascendente hacia la carretera principal.

Sabía que por delante le quedaban dos kilómetros de agonía.

A sus espaldas, la sombra del peligro persistía.

Un grupo de unos siete aldeanos la seguían a una distancia prudencial.

Se miraban entre ellos, dudando. Todas las mentes compartían la misma pregunta implícita: ¿cuántas balas quedaban en el cargador?

Sara calculaba que apenas le restarían cuatro.

Los sectarios, haciendo la cuenta mental de las detonaciones en la playa, estimaban entre cuatro y cinco.

Pero eran siete. Para arrebatarle al niño a esa madre desquiciada de dolor, alguno de ellos tendría que servir de escudo humano.

Sara no pensaba soltar a su hijo ni por un segundo, ni tampoco la pistola.

Viendo la indecisión de los hombres, una de las mujeres de la secta les dirigió una mirada llena de desprecio.

—¡Sois unos cobardes! —escupió.

Sin dudarlo un instante, echó a correr hacia Sara gritando desencajada:

—¡Me entregas al niño!

Sara giró sobre sí misma y apretó el gatillo. El estallido perforó la noche y la bala le dio de lleno en el pecho. La mujer se desplomó sobre las rocas. Los aldeanos se frenaron en seco. Tres  de los hombres se arrodillaron a su lado intentando taponar la hemorragia a desesperadamente.

—¡Os juro por Dios que voy a matar a cada uno de vosotros si os volvéis a acercar a mí ! —bramó Sara mientras continuaba retrocediendo, cojeando e hincando los dientes por el dolor.

Mientras dos hombres se quedaban rezagados intentando auxiliar a la herida, los otros tres continuaron el acoso. Uno de ellos se agachó y cogió una piedra de buen tamaño.

—Ni se te ocurra —le advirtió Sara apuntándole a la cabeza.

El hombre amagó con armar el brazo para arrojarla. Sara no esperó: disparó de nuevo. El proyectil lo abatió en el acto, dejándolo tendido e inerte sobre el barro.

Ya solo quedaban dos sectarios tras ella: una pareja. Sara los miró, extenuada, con un hilo de voz que suplicaba dentro de la barbarie:

—Por favor... no lo quiero hacer. Pero os aseguro que mi hijo no va a morir hoy aquí.

El hombre y la mujer se miraron. Comenzaron a cuchichear entre ellos a baja voz.

Sara no alcanzaba a oír lo que decían, pero el pánico le oprimía el pecho al prever lo peor.

De pronto, la pareja se fundió en un abrazo apretado y desesperado.

Sara comprendió la terrible realidad: era una despedida.

Estaban dispuestos a sacrificarse los dos.

Tras romper el abrazo, los dos corrieron simultáneamente hacia ella desde ángulos distintos.

Atrapada y sin margen para corregir la puntería, Sara sabía que solo tenía tiempo para abatir a uno. Instintivamente apuntó al hombre y disparó. El cuerpo de él cayó desplomado, pero la mujer, lejos de frenarse al ver morir a su pareja, impulsó su cuerpo en un salto salvaje y se le abalanzó encima.

El impacto mandó a Sara de espaldas contra el suelo. En la caída, el brazo se le dobló y la pistola salió despedida, rodando a un metro de distancia sobre la gravilla. Marc cayó a un lado, rompiendo a llorar aterrorizado entre los matorrales.

La mujer sectaria se posicionó sobre el pecho de Sara, inmovilizándola. Agarró una piedra afilada del camino y, con la cara bañada en lágrimas y rabia, le gritó a centímetros de la cara:

—¡Cabrona! ¡Has matado a muchos de los nuestros! ¡Nos estás condenando a todos!

Alzó el brazo lista para aplastarle el cráneo. En un acto de pura supervivencia maternal, Sara sacó fuerzas de donde no tenía, arqueó la espalda y logró quitársela de encima con un empujón brutal, lanzándola de lado.

Al caer, la sectaria vio la pistola tirada a pocos centímetros. La agarró con rapidez, se incorporó sobre sus rodillas y apuntó directamente al rostro de Sara.

—Tu hijo va a morir hoy —sentenció con la mirada ida.

Apretó el gatillo.

Click.

Un escalofrío recorrió a la sectaria. Desconcertada, miró el arma y volvió a apretar el gatillo enfebrecida.

Click. Click.

Mecanismo seco. La recámara estaba vacía. No quedaban más balas.

Sara no le dio tiempo a asimilarlo. Agarró la misma piedra con la que la mujer había intentado matarla, se arrojó sobre ella y le propinó un golpe seco en el lateral de la cabeza. La sectaria cayó hacia un lado, inconsciente, tendida sobre la tierra sin capacidad de reacción.

Sara quedó boca arriba durante unos segundos, extenuada, sin aire en los pulmones y con las fuerzas al límite absoluto. De entre las sombras, la figura del pequeño Marc se acercó a ella gateando.

—Mami... me quiero marchar. Vámonos de aquí, mami —suplicó el niño entre sollozos.

Sara extendió una mano débil y le acarició la mejilla con ternura. Con la ayuda de su hijo y apoyándose en un árbol cercano, logró ponerse en pie. Agarró al pequeño en brazos como pudo y reanudó la marcha hacia el final del camino.

A pocos metros de alcanzar la carretera asfaltada, miró hacia atrás: tres hombres de la aldea venían corriendo a lo lejos tras sus pasos.

En ese preciso instante, los haces de luz de un vehículo iluminaron la calzada de la carretera. Sara salió a la vía agitándose violentamente y haciendo señas desesperadas con el brazo libre.

El coche, un turismo antiguo, dio un frenazo y se detuvo metros más adelante. Los tres aldeanos apretaban el paso, a punto de salir del camino de tierra. Sara recorrió los últimos metros sacando fuerzas del abismo, abrió la puerta trasera y se introdujo de golpe en el habitáculo con su hijo.

Al volante se encontraba un hombre mayor, que al ver entrar a aquella mujer ensangrentada y fuera de sí, dio un brinco en el asiento, aterrorizado.

—¡Acelere! ¡Por el amor de Dios, acelere ya! —le gritó Sara desorbitada.

Los tres sectarios irrumpieron en el asfalto y se abalanzaron hacia las manillas de las puertas, pero el conductor, llevado por el pánico, pisó el acelerador a fondo. Las ruedas chirriaron y el vehículo salió impulsado hacia adelante.

—¡¿Pero qué pasa?! ¡¿Qué demonios sucede?! —exclamó el anciano con las manos temblando sobre el volante.

—Lléveme a la comisaría más cercana, por favor... —suplicó Sara mirando por la luneta trasera cómo las figuras de los tres hombres se empequeñecían en la oscuridad de la carretera hasta desaparecer—. Lléveme a la policía...

El conductor miró por el retrovisor interior. Tras él veía a una mujer cubierta de hollín, barro y sangre seca, abrazando con celo a un niño aterrado. El hombre tragó saliva con dificultad.

—¿Se... se encuentra bien? —preguntó con hilo de voz.

Sara dejó escapar una leve risa amarga y exhausta.

—No. No estoy bien.

El hombre, desencajado y sin saber muy bien qué decir para procesar la estampa, aventuró:

—¿La... la intentaban violar?

Sara no respondió a la pregunta. Se limitó a estrechar a Marc contra su pecho, cerró los ojos por primera vez en horas y repitió con serenidad absoluta:

—Lléveme a la policía.

El conductor asintió rápido, atemorizado pero compasivo.

—Sí... sí, no se preocupe.

El vehículo continuó devorando kilómetros por la calzada oscura, alejándose definitivamente de la aldea y dejando atrás, entre las Sombras de la noche, aquel infierno de fanatismo y dolor.