Capítulo 10 La última entrega
En la oscuridad de la inconsciencia, la mente le regaló un oasis: visiones de su hijo Marc, de los tres juntos viajando en la camper por carreteras infinitas.
Se vio a sí misma caminando por el campo con su marido; ambos llevaban a Marc tomado de las manos, haciéndole un columpio en el aire entre risas cristalinas bajo el sol de la tarde.
Eran ráfagas de una felicidad pura, la estampa de una familia limpia, sana y llena de vida.
De pronto, Sara abrió los ojos de par en par. La realidad irrumpió con un golpe seco.
Al mirarse, la imagen era dantesca e irreal en comparación con sus recuerdos: tenía la cara cruzada por un reguero de sangre seca, la piel y la ropa cubiertas de hollín, barro y cenizas, el pelo enganchado y mugriento, y una pistola en sus manos.
Sacó fuerzas de flaqueza y, entre ahogos, intentó ponerse en pie, pero un chispazo de dolor desgarrador le recorrió la pierna izquierda.
Al caer de la ventana se había fracturado el pie; estaba hinchado y completamente inútil.
A su alrededor, la ermita era un esqueleto de brasas consumidas. Los aldeanos de la secta ya no estaban allí; habían regresado a la orilla. Tenían una intención fija que pensaban cumplir esa misma noche, pero Sara tenía una idea firme grabada a fuego en el alma y no pensaba detenerse.
Avanzó a trancas y barrancas, cojeando y arrastrando la pierna sobre la grava, hacia la zona donde estaba aparcada la furgoneta.
Abrió la puerta del conductor —que milagrosamente estaba sin seguro— y empezó a tantear desesperadamente en busca de las llaves.
En una maniobra de fortuna providencial, rozó con los dedos el borde del parasol superior: allí estaban.
Encajó la llave en el contacto y el motor diésel rugió con violencia.
Como era de transmisión automática, su pie izquierdo fracturado no le impidió conducir. Encajó la palanca en marcha y pisó el acelerador a fondo con la derecha.
Sara no tuvo compasión. La furgoneta embistió sin dudar contra todo lo que encontró a su paso por las callejuelas de la aldea: despedazó bidones, trituró bancos de madera y derribó cercas de piedra sin frenar un solo segundo.
Enfocó los faros directamente hacia el camino que descendía a la costa, rugiendo en dirección a la multitud reunida.
En la playa, la estampa era imponente y aterradora.
Bajo un cielo estrellado e iluminado por una enorme luna llena, los aldeanos formaban un círculo sagrado vestidos con túnicas oscuras.
En el centro, presidiendo la escena, Helen vestía una túnica de un rojo sangriento y ceremonial.
Sobre la pila reposaba el pequeño Marc, recostado cabeza abajo como si fueran a someterlo a un macabro bautismo de sangre.
Helen alzaba un pesado cuchillo de sacrificio mientras la secta entonaba un cántico monótono.
De repente, el cántico se rompió. La marea de aldeanos se giró de golpe al oír un rugido de motor desbocado y ver dos haces de luz cegadora abalanzándose sobre ellos desde la loma.
Sara no levantó el pie del acelerador. La furgoneta entró a toda velocidad en la playa de piedras.
El firme irregular hizo que el vehículo comenzara a dar botes violentos, golpeando los bajos contra las rocas.
Sara dio un volantazo desesperado para enfocar a la multitud; la inercia y la irregularidad del terreno hicieron el resto.
Volcó de lado, arrastrándose sobre el chasis con un estruendo metálico ensordecedor que hizo saltar chispas en todas direcciones.
La mole de hierro se deslizó como un proyectil sin control por el anfiteatro natural, arrollando el círculo de aldeanos y dispersando los en el caos.
La furgoneta se detuvo a escasos metros del altar, dejando tras de sí un reguero de destrozos y un silencio sepulcral roto solo por el crepitar del metal caliente.
El vehículo había quedado ladeado. Sara, magullada y sangrando, trepó por la puerta del copiloto que ahora daba hacia el cielo y salió al exterior.
Uno de los aldeanos que había salido ileso del impacto corrió hacia la furgoneta para interceptarla.
Sara, con los ojos inyectados en sangre, alzó la pistola y le disparó a quemarropa en el pecho sin dudar un segundo.
El hombre cayó inerte. Un segundo sectario se abalanzó sobre ella desde un lateral; Sara giró el torso y le encajó otro balazo a bocajarro, abriéndole un boquete en el torso. Sin piedad. Sin miramientos.
Ante la brutalidad implacable de Sara, el resto de los supervivientes retrocedió aterrorizado, negándose a dar un paso más.
Arrastrando el pie roto, Sara avanzó directamente hacia Helen, quien permanecía junto al altar con el cuchillo alzado.
—Tira ese cuchillo —bramó Sara, apuntándola con la mano temblorosa pero firme.
Helen la miró con una frialdad enfermiza.
—No sabes lo que estás haciendo...
—¡No te lo voy a repetir! ¡Tira el maldito cuchillo!
Helen amagó con bajar la mano lentamente, pero en un acto de desesperación salvaje, alzó el brazo con violencia para clavarle la hoja en el pecho al pequeño Marc.
¡BOOM!
El disparo de Sara fue un reflejo instantáneo y certero. La bala le atravesó la cabeza a Helen antes de que el acero pudiera tocar al niño. La mujer se desplomó de espaldas sobre las piedras, soltando el arma y cayendo con el pequeño entre sus brazos.
Sara corrió como pudo, dando zancadas torpes e hincando la rodilla rota por el dolor.
Se abalanzó sobre el cuerpo de Helen y arrancó a Marc de sus brazos.
El niño estaba aterrorizado y maltrecho, pero con vida.
Al levantarse con su hijo apretado contra el pecho, una sectaria intentó dar un paso hacia ella para cortarle el paso; Sara apretó el gatillo de nuevo y la mujer cayó sobre la orilla.
A Sara no le importaba estar gastando munición; solo le quedaban unas pocas balas, pero la rabia la mantenía en pie.
A sus pies, Helen agonizaba entre borbotones de sangre que le brotaban de la boca. Alzar la vista le costaba la vida, pero usó sus últimas fuerzas para gritar con voz ahogada a los suyos:
—No... no sabés lo que hacés... Nos estás condenando a todos...
—¡Cállate! ¡Callaos todos! —rugió Sara fuera de sí, con lágrimas limpiándole el hollín de las mejillas—. ¡Os juro por Dios que si alguien da un solo paso más hacia mi hijo, le vuelo las entrañas!
Quedaban unos siete aldeanos en pie, petrificados por el terror y la escena. Sara no dejó de apuntarles a la cabeza uno a uno, girando el arma en abanico mientras caminaba de espaldas hacia el camino del bosque, protegiendo a Marc con su cuerpo.
Un par de aldeanos se arrodillaron junto al cuerpo de Helen. Con el último aliento escapándosele del pecho y la mirada fija en el cielo estrellado, Helen susurró con desesperación:
—El niño... por el amor de Dios... Tenéis que traer al niño y matarlo... Vamos...
Con esas últimas palabras rondando en el aire como una maldición, los ojos de Helen se quedaron fijos y sin vida.