Diez años de tinieblas Capítulo 9 Cenizas en la ermita
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Capítulo 9 Cenizas en la ermita

El retumbo de la detonación paralizó a la multitud en la playa. Los cánticos cesaron de golpe y un silencio sepulcral se apoderó de la costa.

—¡Un disparo! —gritó uno de los hombres.

—Proviene de la aldea —exclamó otro.

—Maldición... —masculló Helen con el rostro mudado por el pánico—.

¿Quién de nosotros tiene un arma?

¿Quién demonios tiene un arma en el pueblo?

Nadie respondió. La marea de aldeanos se dio la vuelta y echó a correr en estampida hacia las casas. Helen apretó al pequeño Marc contra su pecho, protegiéndolo entre las sombras de su túnica, y avanzó a paso apresurado varios metros por detrás de la muchedumbre.

El primero en irrumpir entre las viviendas fue Tom. A la luz tenue de la luna, lo primero que cruzó su vista fue una mole inerte tendida sobre la grava.

—No... no, no, no... —gimió en un susurro destrozado.

Avanzó a trompicones hasta arrodillarse junto al cadáver. La sangre empapaba la tierra alrededor de la cabeza reventada del gigante.

—¡Dios mío, Henry, no! ¡Mi hijo! —gritó Tom desconsolado, rompiendo en un llanto desgarrador mientras abrazaba el cuerpo sin vida del coloso.

De entre la penumbra del lateral de la casa emergió Kevin. Con el rostro manchado de hollín y las cadenas colgando de sus muñecas, avanzó con paso firme y le encajó el cañón de la pistola directamente en la sien a Tom. Varios aldeanos, al ver la escena, intentaron abalanzarse sobre él.

—¡Un solo paso más y se junta con su hijo! —bramó Kevin con una frialdad salvaje, hundiendo el metal en la piel de Tom.

La multitud se frenó en seco. Nadie se atrevía a dar un paso.

Sara se colocó junto a su marido, con la mirada desorbitada y la barra de hierro en la mano.

—¿Dónde está Helen? —le exigió a Tom con la voz desencajada—. ¿Dónde está nuestro hijo?

Tom, con los ojos anegados en lágrimas y la barbilla temblando sobre el cuerpo de Henry, alzó la vista apenas unos centímetros.

—Está en la playa... —susurró quebrantado—. Se quedó atrás ...

Kevin notó cómo los hombres del pueblo comenzaban a abrirse en abanico, intentando ganarle los flancos bajo la sombra de las fachadas.

—¡Alejaos! —volvió a rugir Kevin enojado—. ¡Alejaos o le vuelo la cabeza ahora mismo!

Sara evaluó la situación en cuestión de segundos. Estaban vendidos en mitad de la callejuela y eran demasiados. Dirigió la mirada hacia la estructura de madera que se erigía a pocos metros.

—¡Refugiémonos en la ermita! —le dijo Sara a Kevin en un susurro urgente—. ¡A la ermita, rápido!

Kevin atrapó a Tom por el cuello de la túnica y lo arrastró hacia atrás sin soltar el arma, obligando al anciano a caminar de espaldas mientras usaba su cuerpo como escudo. Se introdujeron en el templo.

—¡Que solo entre Helen! —gritó Kevin hacia el exterior—. ¡Ella y nadie más!

Empujaron a Tom por el pasillo central y lo sentaron a la fuerza en uno de los viejos bancos de roble. El hombre se limpió el rostro surcado de lágrimas, alzó la cabeza y los miró con una mezcla de pena y fatiga ancestral.

—No sabéis lo que estáis haciendo... —dijo Tom con la voz rota pero firme—. Solo estáis retrasando lo inevitable. La entrega tiene que hacerse hoy. Esta noche es la señal.

—Sois unos puñeteros locos —interrumpió Sara con desprecio, apuntándole con el dedo—. Queréis matar a una pobre criatura inocente por la gracia de vuestro maldito dios.

Tom soltó una carcajada amarga y seca que resonó bajo las vigas del templo.

—¿Creéis que le tenemos algún afecto a ese dios?

Para él solo somos hormigas en su pequeño hormiguero.

Hace con nosotros lo que quiere, y si no le contentamos, nos esperan diez años de penuria y muertes.

¿Creéis que nos gusta lo que hacemos? Nosotros solo protegemos este mundo, Sara.

Ojalá hubiera otra forma. Pero no honramos a ningún dios ni estamos orgullosos de esto.

Es una maldición... Si tú  dierais la entrega de vuestro hijo, todo esto se terminaría.

Kevin no pudo aguantar más. Lleno de ira, le cruzó la cara a Tom con la empuñadura del arma, mandándolo de lado contra el respaldo del banco.

—¡Cállate ya! ¡Estáis todos enfermos!

De pronto, los llantos del pequeño Marc que se escuchaban a lo lejos, a las afueras del templo.

La puerta de la ermita se abrió poco a poco, chirriando sobre sus bisagras. Helen entró sola. Caminaba despacio, con las palmas de las manos extendidas hacia abajo en un gesto de absoluta calma. Sus ojos, fijos en la pareja, albergaban un dolor helado.

—Habéis matado a mi hijo... —dijo Helen con un hilo de voz.

—Sí, claro —le espetó Sara sin dar un paso atrás—. Como si tú no quisieras matar al de los demás.

Helen cerró los ojos un segundo y negó despacio con la cabeza, asumiendo la incomprensión.

—Comprendo que no sepáis la gravedad de la situación... lo complicada que es la deuda.

Helen dio un paso más hacia Sara y la miró con absoluta fijeza.

—Usted es cristiana, ¿verdad?

—Sí, ¿y qué tiene que ver eso ahora? —respondió Sara a la defensiva.

—¿No dio acaso Cristo la vida por este mundo? ¿No se sacrificó por la salvación de todos?

—Ni mi hijo es Jesús, ni yo soy la Virgen María —sentenció Sara con la mirada envenenada—. Marc no va a morir aquí esta noche. Se lo garantizo.

Sara se giró hacia Tom, que permanecía erguido en el banco. Se agachó a la altura de su oreja y le susurró con frialdad:

—Lo siento, Tom.

El asintió levemente con la cabeza, cerrando los ojos en señal de que comprendía con resignación lo que estaba a punto de suceder.

Helen los observó a ambos y soltó un suspiro pausado.

—Si así lo quieren los dioses, así será.

Kevin, desorientado por la frialdad de la mujer, encajó de nuevo la pistola hacia Tom.

—¡Entrégame a mi hijo o le mato aquí mismo!

Helen esbozó una sonrisa triste y amarga mientras comenzaba a caminar de espaldas hacia la salida.

—Siento mucho que las cosas hayan tenido que salir así...

En cuanto cruzó el umbral, los ventanales de cristal de la ermita saltaron en mil pedazos.

Decenas de antorchas encendidas llovieron hacia el interior del templo, seguidas por candiles de aceite que se estrellaron contra el suelo de madera.

El fuego, sediento, prendió al instante en la resina de las vigas secas.

Una de las llamas alcanzó directamente la túnica de Tom, que comenzó a arder en cuestión de segundos sin que emitiera un solo grito, entregándose al fuego.

El incendio se propagó con una velocidad voraz. La estructura crujía y los tapices antiquísimos que colgaban tras el altar mayor comenzaron a consumirse entre columnas de humo negro. A la aldea no le importaba quemar su historia; su propósito era implacable.

Sin embargo, a medida que las telas sagradas se convertían en ceniza, la pared posterior reveló una pequeña ventana alta, olvidada tras los tapices.

—¡Kevin, la ventana! —gritó Sara entre la humareda.

Corrieron hacia la parte trasera del altar. La abertura estaba a más de dos metros y medio de altura. Kevin unió sus manos encadenadas, haciendo punto de apoyo, y aupó a Sara con todas las fuerzas que le quedaban. La mujer logró engancharse al alféizar de piedra y encaramarse al hueco.

Una vez arriba, Sara se giró rápidamente y le extendió la mano hacia abajo.

—¡Kevin, coge mi mano! ¡Sube!

El fuego devoraba ya el altar a una temperatura insoportable. Varias vigas del techo comenzaron a colapsar, cayendo en una lluvia de brasas entre ambos. Kevin, atrapado por el humo y sabiendo que las cadenas le impedirían escalar, la miró a los ojos con absoluta serenidad.

Extendió el brazo, no para agarrarla, sino para ponerle la pistola en la mano.

—Salva a nuestro hijo, Sara... Sálva le.

—¡No! ¡Kevin, no! ¡Kevin! —chilló ella fuera de sí.

El fuego envolvió por completo la figura de su marido. Una ráfaga de humo denso e intolerable obligó a Sara a soltarse del alféizar. Cayó hacia el exterior, impactando bruscamente contra los muros de piedra de la base posterior de la ermita.

Tirada sobre la tierra helada, entre sollozos desgarradores y con la pistola apretada contra el pecho, Sara vio cómo las llamas coronaban el tejado del templo.

Tras el impacto contra los muros de piedra tras la ventana, el mundo de Sara se apagó. Sentada entre el polvo y la masa informe de escombros tras la ermita en llamas, el humo asfixiante y el dolor insufrible le nublaron la vista hasta que todo se volvió blanco.

Cayo desplomada y perdió el sentido, aferrando la pistola de Kevin con las dos manos.