Capítulo 8 La sombra del gigante #2
Sara apretó los nudillos alrededor de la pistola.
La única vez que había empuñado un arma había sido ocho años atrás, cuando conoció a Kevin y él la llevó a una galería de tiro.
Aunque sus conocimientos eran mínimos, recordaba las pautas básicas.
En la penumbra sofocante del cajón, deslizó la corredera hacia atrás para cargar la pistola, haciendo el menor ruido posible, y apuntó directamente hacia arriba, hacia la tapa de madera.
Sabía con helada certeza que, si ese hombre levantaba el arcón y la descubría, su única salida para salvar a su familia sería apretar el gatillo.
La tensión en el interior del habitáculo se podía cortar con un cuchillo.
El hombre avanzó por el pasillo de la camper, inspeccionando cada rincón con el haz de luz. Llegó junto a la cama y estiró la mano, dispuesto a levantar el somier del arcón donde Sara se escondía contenida por el terror.
De pronto, varias voces lejanas resonaron desde la playa, llamándolo a gritos. La ceremonia estaba a punto de comenzar y requerían su presencia en el altar.
El aldeano se detuvo en seco, bajó la mano y dio media vuelta. Sara oyó el sonido de la puerta al cerrarse y los pasos del hombre alejándose por la grava.
Esperó unos segundos agónicos hasta asegurarse. Miró con extrema cautela por la ventana para confirmar que el sujeto se dirigía hacia la orilla y, al ver que la vía estaba despejada, salió del baúl de un salto y abandonó la furgoneta.
Comenzó a correr en dirección a la franja boscosa, pero la prisa le jugó una mala pasada. En mitad de la carrera, pisó a ciegas una rama seca que partió con un crack seco y sonoro en medio del silencio de la noche.
El aldeano de la túnica se giró de golpe al escuchar el chasquido, apuntando con la linterna hacia la linde de los árboles.
Por fortuna, la densa penumbra de la noche y la rapidez de Sara jugaron a su favor: logró internarse como un fantasma entre la vegetación antes de que el haz de luz pudiera alcanzar a iluminarla, perdiéndose en las sombras del bosque de regreso al sótano.
Sara se adentró de nuevo en la franja boscosa, con el pulso desbocado y la espalda empapada en sudor frío.
Avanzó a tientas entre la densa arboleda que bordeaba la orilla, rodeando por completo el anfiteatro natural de la playa.
A lo lejos, las llamas de las antorchas danzaban en la penumbra y los cánticos de la secta comenzaban a filtrarse entre el rumor del oleaje.
Cada segundo que pasaba era un puñal en el pecho, pero la mujer apretó los dientes, aferrando contra su cuerpo la pesada barra de hierro y la empuñadura helada de la pistola.
Llegó por fin al perímetro posterior de la aldea.
Las casas de madera descansaban sumidas en una sombra sepulcral.
Justo antes de cruzar el umbral trasero de la vivienda, Sara se agazapó junto al muro y echó una ojeada furtiva hacia el extremo de la callejuela.
Allí, sentado en un tosco banco de madera bajo el voladizo de un tejado, se encontraba Henry.
La colosal silueta del aldeano permanecía inmóvil, con la cabeza ligeramente vencida hacia adelante y los párpados pesados, sumido en un sopor somnoliento.
Aprovechando la ceguera de la noche, Sara se deslizó como un fantasma hacia el interior de la casa. Cerró la puerta sin emitir el menor crujido y se precipitó hacia el sótano.
Abajo, en la helada oscuridad del recinto de piedra, Kevin la esperaba con la respiración contenida y la mirada clavada en la trampilla. En cuanto vio aparecer la figura de su esposa, un alivio desesperado le cruzó el rostro.
Sin perder un instante, Sara encajó el extremo plano de la barra de hierro entre la pared de piedra y la viga de madera donde estaba encastrado el grillete de la cadena.
Apoyó todo el peso de su cuerpo y forzó la palanca con rabia.
La madera vieja crujió en la penumbra hasta que, con un chasquido metálico seco, el anclaje cedió reventando el soporte.
Las pesadas argollas cayeron contra el suelo.
Kevin estaba libre del muro, aunque las cadenas continuaban rodeándole las muñecas, dejándole una holgura de apenas veinte centímetros entre ambas manos.
—¿Traes el arma? —susurró Kevin con voz urgente.
—Sí, aquí está —respondió Sara enseñándole la pistola.
—Guárdala tú por ahora —le indicó él, mirando hacia la trampilla—. Dámela en cuanto lleguemos arriba. Necesito las dos manos para apoyarme y poder subir estas escaleras con las cadenas.
Sara guardó el arma en su cazadora mientras Kevin comenzaba a ascender los estrechos peldaños de madera, arrastrando el metal. Justo cuando asomó el torso por el hueco de la primera planta, una sombra emergió violentamente de la penumbra del salón.
Era el anciano de rostro consumido y pelo largo y lacio.
Sin darle tiempo a reaccionar, el hombre se abalanzó sobre Kevin con una furia salvaje.
El impacto hizo que la trampilla de madera se cerrara de golpe tras de sí, dejando a Sara atrapada abajo en la oscuridad.
Arriba, los dos hombres se enzarzaron en un forcejeo brutal.
Kevin, lastrado por el peso de las cadenas, logró plantar cara y empujó con todas sus fuerzas al anciano contra la bancada de la cocina.
El choque fue tan violento que hizo vibrar el mueble; varios utensilios cayeron de golpe y un pesado cuchillo de trinchero rodó sobre la encimera.
El anciano, al sentir el metal en su mano, lo empuñó al instante con la mirada desencajada y se arrojó de nuevo sobre Kevin.
En la penumbra del sótano, Sara escuchó los golpes secos y el sonido metálico de la lucha.
Empujó la trampilla con el hombro y emergió de un salto en el salón justo a tiempo para presenciar la escena: el hombre de pelo lacio estaba encima de Kevin, intentando clavarle la hoja del cuchillo a pocos centímetros del cuello, mientras el frenaba la estocada como podía, cruzando sus tirantes cadenas de hierro para bloquear el avance del filo.
A pocos pasos de ellos, sobre una mesa auxiliar, reposaba la pesada bola de cristal con nieve que Helen le había mostrado horas antes. Sara no lo pensó. Agarró la esfera de vidrio con ambas manos, dio dos pasos agigantados y se la estampó con salvajismo al anciano en la parte trasera de la cabeza.
El cristal se reventó en mil pedazos, esparciendo agua y nieve artificial por el suelo mientras el anciano se desplomaba inerte sobre las maderas.
—¡Puta secta de locos! —escupió Sara entre jadeos, con el corazón en la garganta.
Kevin se quitó de encima el cuerpo del hombre, recuperando el aliento mientras se ponía en pie.
Sara le entregó de inmediato su arma reglamentaria y la barra de hierro.
Ambos se dirigieron a la puerta principal con la prisa devorando les las entrañas, ansiosos por llegar a la playa antes de que la ceremonia comenzara.
Sin embargo, en su desesperada carrera, no se molestaron en comprobar el exterior por las ventanas.
En cuanto Kevin empujó la puerta de madera hacia afuera, la figura monumental de Henry el gigante se erigió justo frente a ellos.
En un movimiento ridículamente veloz para su tamaño, la enorme criatura atrapó a Kevin por el cuello con sus dos manos descomunales y lo levantó en el aire sin el menor esfuerzo, como si no pesara más que un muñeco de trapo.
—¡Suéltale! —gritó Sara fuera de sí, abalanzándose sobre la espalda del coloso y descargando una lluvia de puñetazos rabiosos contra sus omóplatos.
Henry ni se inmutó ante los golpes. Con un simple giro de torso y un gruñido gutural, proyectó el cuerpo de Kevin contra el pavimento de tierra y piedra de la aldea. El golpe fue brutal; Kevin rodó por el suelo perdiendo el aire de los pulmones. El arma se le desprendió .
Agachado y con la respiración entrecortada, Kevin vio cómo el gigante caminaba a pasos agigantados hacia un lateral de la casa adyacente, donde esa misma mañana el anciano había estado trabajando la madera.
De un madero trinchado, Henry extrajo una pesada hacha de hendir.
Con el rostro encendido de ira, el coloso caminó hacia Kevin y descargó un hachazo descendente con la intención de partirlo en dos.
Kevin rodó sobre sí mismo en el último milisegundo. La hoja del hacha se clavó con un impacto sordo en la tierra dura, levantando astillas y piedras.
Lleno de una furia desmedida, Henry arrancó el hacha del suelo con un tirón seco y volvió a arremeter contra él.
Kevin volvió a esquivar el embate por los pelos, impulsándose con los brazos para ponerse en pie y tomar distancia.
A un par de metros, tirado junto al vallado, divisó un grueso tablón de pino.
Kevin lo agarró con sus manos encadenadas y, aprovechando la inercia de su propio cuerpo, se lo reventó a Henry en pleno rostro.
El golpe fue tremendo. La madera se astilló al colisionar contra la mandíbula del gigante. Henry ladeó la cabeza ligeramente por el impacto, se limpió un hilo de sangre de la comisura con el dorso de la mano y miró a Kevin esbozando una sonrisa espeluznante y burlona.
Sin perder un segundo, el coloso alzó el hacha sobre su cabeza, dispuesto a propinarle la estocada mortal a un Kevin exhausto que ya no tenía margen de maniobra.
¡BOOM!
Un disparo seco y ensordecedor desgarró la noche.
El cráneo de Henry se sacudió hacia adelante al tiempo que una detonación a bocajarro le reventaba la cabeza por detrás. La mirada del gigante se volvió de cristal y su enorme cuerpo se desplomó cuan largo era sobre la grava, inerte como una mole de piedra.
A unos metros, sosteniendo la pistola con las dos manos y los brazos temblando por el retroceso, Sara mantenía el arma apuntada al cadáver.
El eco del disparo resonó por todo el valle y retumbó entre los acantilados de la costa.
El silencio de la noche había quedado roto para siempre. Kevin y Sara se miraron con el horror dibujado en el rostro: el sonido había delatado su posición y toda la aldea sabía ya que la muerte rondaba entre las casas.