Capítulo 8 La sombra del gigante
A Kevin lo aseguraron con pesadas cadenas y a Sara con tajantes nudos de cuerda, conduciéndolos de nuevo al sótano.
Allí, en la penumbra del recinto de piedra, volvieron a inmovilizarlos: a Kevin lo ataron con la cadena tensada hacia arriba, enganchada a un grillete fijado en la pared, dejándolo sentado en el suelo pero con los brazos elevados y tirantes; a Sara la sujetaron firmemente con la cuerda a una arandela metálica empotrada en el frío muro de mampostería.
Cuando los hombres terminaron de fijar los amarres y retrocedieron, Helen dio un paso al frente y los miró con una mueca de pesar.
—Siento mucho por lo que os estamos haciendo pasar —dijo Helen con voz pausada—. Creedme que lo siento de corazón.
Sara, con la mirada encendida en rabia y lágrimas, la interrumpió con aspereza:
—Estás loca. E incluso si os entregásemos a nuestro hijo en sacrificio, terminaríais matándonos igual.
Helen asintió despacio con la cabeza, sin inmutarse.
—Es cruel, pero recuerda que es por un bien mayor. Si vosotros, con el niño, estáis hoy aquí en estas fechas tan señaladas, es porque los dioses así lo han querido. Pero no veis la señal como la veo yo y como la vemos todos.
Sara la miró con rabia y una profunda incredulidad antes de soltar con impotencia:
—¡Estáis todos como una cabra! ¿De verdad cómo podéis pensar que sacrificando a un niño inocente el mundo va a estar a salvo? ¡El mundo no se va a destruir, no se va a acabar por esto!
Helen, a quien se le notaba cada vez más tensa, malhumorada y con el rostro endurecido por la impaciencia, dio un paso hacia ella y respondió con una frialdad tajante:
—No has entendido nada. El mundo no se va a acabar...
pero sí que nos esperarían diez años de penumbras y de sombras.
Morirían millones de personas en todo el planeta, pero el mundo continuaría.
Y esas muertes, esa penumbra, son las que nosotros podemos evitar hoy aquí.
Si no lo hacemos, el planeta entero estará condenado a diez años de catástrofes y devastación.
Sin añadir una palabra más, Helen les puso la mordaza en la boca de nuevo se giró y subió los peldaños de madera hacia la primera planta. Arriba la esperaba su marido, Tom, con el rostro desencajado por la incertidumbre.
—¿Qué vamos a hacer ya con ellos? —le preguntó Tom en voz baja—. No van a cooperar, y lo sabes.
—Sí, lo sé —admitió Helen suspirando—. Pero podemos coger a la madre, que es la más débil, y obligarla entre todos a que entregue a su hijo aunque no quiera, aunque no sea de forma voluntaria. Quizás con eso podamos apaciguar a los dioses para siempre.
Tom la miró con extrañeza.
—¿Sin que ella lo haga por su propia voluntad?
—Sí, no tenemos nada que perder —respondió ella con pragmatismo helado—. Da lo mismo que el sacrificio lo haga yo, lo hagas tú o lo haga la madre obligada. Pero si lo hace ella, todavía tenemos esa pequeña posibilidad de romper la maldición que arrastramos.
—¿Y qué hacemos con el padre? —inquirió Tom.
—Le sacaremos de ahí y acabaremos con él, pero esperaremos a que termine el sacrificio.
Ahora tenemos que prepararnos para ir al altar.
El niño no deja de llorar y tengo miedo de que le dé algún ataque o un paro cardíaco con tanto llanto...
No sabemos si el crío puede tener alguna enfermedad .
Es mejor acabar con el ritual ahora que todavía está consciente y bien. No podemos retrasarlo mucho más.
—De acuerdo. Nos prepararemos entonces —asintió Tom.
Abajo, en el frío del sótano, cada palabra de la conversación se filtraba con nitidez por las rendijas del techo de madera.
Kevin y Sara escucharon el macabro plan de principio a fin, plenamente conscientes de que la hora de su ejecución estaba encima.
Segundos después, oyeron el crujir de los pasos del matrimonio alejándose y el golpe sordo de la puerta principal al cerrarse.
Se habían quedado solos.
Sara, con el corazón latiendo a mil por hora, comenzó a retorcer rabiosamente sus muñecas contra las cuerdas.
A diferencia de las cadenas inaccesibles de su marido, el cáñamo de sus amarras permitía cierta fricción.
Empezó a forzar los giros de sus manos, buscando aflojar el nudo milímetro a milímetro para abrir hueco.
Kevin percibió el movimiento de su esposa. Amordazado, no podía articular palabra, pero la fijó con la mirada, infundiendo ánimos con los ojos de par en par.
Tras unos segundos agónicos de piel desgarrada y esfuerzo, Sara logró deslizar la primera mano fuera de la lazada. Acto seguido liberó la otra, se arrancó la mordaza de la boca de un tirón y se precipitó hacia su marido para quitársela a él también.
—¡Dios mío, Kevin! —exclamó Sara con la voz entrecortada.
Nada más sentir la boca libre, antes de cualquier otra cosa, Kevin la había mirado fijamente a los ojos con urgencia y le había preguntado:
—Sara... la llave de la autocaravana, ¿todavía la tienes en el bolsillo?
—Sí, la tengo —había respondido ella sin dudar.
—Bien. Tienes que ir a la camper... —le había ordenado él sin perder un segundo. Allí, donde guardo las herramientas, hay una barra de hierro; con ella podremos romper estas cadenas que me sujetan.
Sara asintió con la cabeza, conteniendo el aliento, mientras Kevin continuaba explicándole sin perder un solo segundo:
—En el armario superior, justo donde se accede a la zona del conductor, tengo mi arma dentro de una caja.
Me la tienes que traer, Sara. Es la única forma de poder salvar a nuestro hijo.
Si salimos de aquí armados solo con un palo o con cualquier herramienta, no lo lograremos.
He calculado que son unas treinta personas en la aldea...
¡treinta! Pero con el arma tendremos alguna posibilidad real de salvar a nuestro hijo. No nos queda mucho tiempo, Sara.
Sara subió los escalones del sótano en absoluto silencio, midiendo cada pisada en la madera para no delatar su presencia. Al llegar arriba, apoyó las manos temblorosas en la trampilla y la levantó un par de centímetros con extrema cautela.
Echó un vistazo a través de la rendija y comprobó que la casa estaba envuelta en penumbras. No se oía una sola respiración, ni el más mínimo movimiento; la vivienda había quedado completamente desierta.
Empujó la tapa de madera un poco más, se encaramó al primer piso y salió con el corazón desbocado.
Con el cuerpo pegado a las paredes para no proyectar sombras, avanzó agazapada hacia la ventana principal.
Se asomó con suma delicadeza por un lateral del cristal y contuvo el aliento: a la luz tenue de la noche, los últimos aldeanos que quedaban en la aldea se cubrían con sus oscuras túnicas rituales, abandonando las casas en fila para tomar el camino de tierra en dirección a la playa.
Una vez asegurada de que la aldea había quedado desierta, Sara no perdió un solo segundo. Escapó de la casa como una exhalación y se internó en la arboleda, bordeando toda la zona de la playa por la parte superior para no ser detectada.
Sara llegó finalmente a la altura del vehículo. Allí se topó con un problema evidente: el lateral por donde se accedía al interior daba de lleno hacia la playa. Si abría de golpe, la silueta de la puerta enmarcada por la luz del mar la expondría al instante ante cualquiera que mirase hacia arriba.
Con la mano temblando de adrenalina, sacó el juego de llaves del pantalón.
Se agazapó junto a la chapa del vehículo, utilizando la propia carrocería como parapeto.
Con movimientos milimétricos, introdujo la llave en la cerradura intentando no hacer el menor ruido mecánico, giró el cilindro y entornó la puerta apenas unos centímetros.
Se coló al interior como una sombra y la volvió a encajar suavemente a sus espaldas, conteniendo el aliento.
A través de los cristales oscurecidos de las ventanas, la escena en la orilla era desgarradora.
Desde allí se veía la procesión organizando los preparativos alrededor de la gigantesca pila de piedra y se escuchaba con dolorosa claridad el llanto aterrorizado del pequeño Mark.
Sara sintió una punzada salvaje en el pecho, un impulso visceral de salir corriendo hacia la playa para arrancar a su hijo de aquellas manos.
Pero apretó los dientes y se obligó a guardar la calma: primero debía cumplir el plan.
Necesitaba el arma y la barra de hierro para liberar a Kevin; solo así tendrían una oportunidad real.
Avanzó en la penumbra del habitáculo hacia el cajón superior, lo abrió con sigilo y sujetó la empuñadura de la pistola de Kevin. Acto seguido, se agachó hacia el arcón inferior de las herramientas para extraer la palanca de hierro.
Justo cuando tenía ambas cosas en su poder y se disponía a salir, un destello de luz la congeló por completo.
A través del cristal lateral, vio la silueta de uno de los aldeanos cubierto con la túnica ritual que se aproximaba con paso firme hacia la camper, sosteniendo una linterna en la mano.
Sin tiempo para dudar, Sara buscó desesperadamente un escondite.
En la parte posterior del vehículo había un compartimento bajo la estructura del arcón de la cama, un arcón-baúl profundo donde guardaban el equipaje.
Se introdujo como pudo en el reducido espacio, encogiéndose sobre sí misma y dejando la tapa del arcón bajada por completo sobre ella.
El chasquido del cerrojo resonó en la camper. El aldeano entró.
Dentro del baúl, sumida en una oscuridad casi absoluta, Sara contuvo la respiración.
Podía oír los pasos pesados del hombre sobre el suelo de la furgoneta y el haz de la linterna filtrándose por las rendijas de la madera.
El individuo empezó a registrar con insistencia, abriendo cajones y armarios, buscando dios sabe qué.