Diez años de tinieblas Capítulo 7 Los dioses sonríen #2
58%

Capítulo 7 Los dioses sonríen #2

—¿A dónde vas tan deprisa? —preguntó uno de ellos asomándose por la ventanilla.

—Voy hacia la carretera principal a buscar cobertura —respondió Kevin, deteniéndose—. Necesito llamar a la asistencia en carretera para que envíen una grúa.

—Nosotros vamos justo hacia el pueblo —le ofrecieron con voz tranquila—. Si quieres, te acercamos en un momento.

El instinto policial de Kevin se encendió de inmediato.

Tanta cortesía y tanta presencia constante por parte de los lugareños le resultaba cada vez más insólita y sospechosa.

Solo quería marcharse de allí con su familia y poner espacio de por medio, aunque mantenía todas esas dudas en silencio para no alarmar a Sara.

—No hace falta, gracias. Prefiero ir caminando —replicó Kevin con firmeza, dando un paso atrás.

Los dos hombres no esperaron más. Apagaron el motor y se bajaron de la furgoneta. El más alto se plantó directamente frente a él.

—Súbase, hombre. Que no nos cuesta nada llevarle.

Kevin negó con la cabeza, dispuesto a dar media vuelta, pero en ese preciso instante el segundo hermano emergió por su espalda con agilidad. Antes de que el ex-agente pudiera reaccionar, un trapo empapado en cloroformo le cubrió la nariz y la boca por completo.

El agarre era de una fuerza brutal. Kevin reaccionó por puro instinto de supervivencia: alzó las manos desesperadamente para arrancar los brazos del hombre que lo asfixiaba desde atrás.

Sin embargo, el hermano que estaba frente a él intervino de inmediato, tomándole los puños con violencia, neutralizando su defensa y derribándolo brutalmente contra el suelo de grava.

Kevin luchó con todas sus fuerzas en el suelo, retorciéndose y tratando de tomar aire fresco, pero el químico no tardó en hacer efecto. Tras varios minutos de un forcejeo agónico en mitad del camino, sus músculos cedieron, sus ojos se emblanquecieron y el conocimiento se desvaneció por completo.

Les llevó más de veinte minutos completar la maniobra con seguridad: inmovilizaron a Kevin tendido en la pista, asegurando sus muñecas y tobillos con nudos apretados de cuerda gruesa, antes de cargarlo a peso muerto e introducirlo en la parte trasera de la furgoneta.

Uno de los hermanos se encaramó atrás para custodiar al hombre maniatado e inconsciente. El otro se puso al volante, dio media vuelta sobre el camino de tierra y aceleró de regreso hacia la aldea.

Casi había pasado una hora desde que Sara vio desaparecer aquella furgoneta por el camino empedrado. Dentro de la camper, los minutos se arrastraban lentos mientras cuidaba de Marc, empezando a sentir los primeros pellizcos de inquietud por la tardanza de Kevin.

Fue entonces cuando escuchó de nuevo el crujir de las ruedas sobre la grava. La misma furgoneta moderna que había visto marchar hacia la carretera principal regresaba a paso lento por la pista de piedras. El vehículo avanzó un poco más y terminó estacionando a escasos metros de la camper.

En el interior de la furgoneta, la tensión era máxima.

En la parte trasera, en penumbra, uno de los hermanos vigilaba estrechamente a Kevin.

Lo mantenía firmemente maniatado y se aseguraba de que no recobrara el conocimiento ni pudiera emitir el más mínimo ruido, cubriéndole la boca con una mordaza bien apretada.

Mientras tanto, el otro hermano se mantenía al volante, respirando despacio para fingir absoluta serenidad.

El hermano que conducía, un hombre de unos treinta años vestido con ropa cómoda de trabajo, apagó el motor y bajó del asiento. Caminó hacia la camper y dio un par de golpecitos suaves en la puerta. Sara abrió de inmediato, impaciente.

—Hola, disculpa las molestias —dijo el joven con aire amable—.

Nos cruzamos esta mañana en la aldea. Verás, me dirigía al pueblo más cercano a hacer unas compras y me encontré a tu marido caminando por la carretera buscando cobertura.

Me pidió a ver si podía ayudarle a contactar con algún mecánico de la zona.

La verdad es que a Sara no le sonaba haber visto a ese hombre cuando visitaron la aldea esa misma mañana.

Aun así, tampoco le dio demasiadas vueltas; al fin y al cabo había bastantes vecinos por allí y lo más probable era que él hubiera estado dentro de alguna de las casas.

Lo único que de verdad le importaba en ese momento era saber que Kevin estaba a salvo y que muy pronto regresaría con la ayuda que necesitaban.

Sara dejó escapar un suspiro de alivio, apretando el marco de la puerta.

—Por suerte, en el pueblo al que iba hay un taller —continuó el muchacho con pasmosa naturalidad—.

Así que le he llevado conmigo hasta allí.

Tu marido me ha dicho que no te preocupes, que ya está hablando con el mecánico y que en un rato vendrán para acá con la grúa para revisar y reparar la furgoneta.

—¡Madre mía, qué alivio! Vale, muchas gracias de verdad por el favor —respondió Sara, sonriendo por primera vez en toda la mañana.

—No hay de qué darlas —dijo el hombre inclinando levemente la cabeza con simpatía—. Para eso estamos. Que tengáis buen día.

El joven regresó a su furgoneta, donde su hermano continuaba sujetando al ex-policía inconsciente y amordazado en el suelo de la parte trasera.

Arrancó el motor y se alejó en dirección al asentamiento, dejando a Sara algo más tranquila dentro de la camper, totalmente ajena al engaño y a la espera de que Kevin regresara con la grúa.