Capítulo 7 Los dioses sonríen
Todo aquello rozaba lo irreal, lo pesadillesco.
A pesar del dolor de las cuerdas apretando sus muñecas y la mordaza oprimiendo el rostro, la mente de Sara se negaba a procesar lo que estaba ocurriendo.
¿Cómo era posible que sus vidas se hubieran desmoronado en cuestión de horas?
¿Cómo habían acabado atrapados en aquella pesadilla?
Por un instante de pura desesperación, llegó a plantearse si las palabras de la alcaldesa tendrían un fondo de macabra verdad...
si realmente existían unos dioses que, guiando cada uno de sus pasos, los habían arrastrado a propósito hasta aquel rincón perdido del mundo.
Pero para entender el engranaje de aquella trampa, había que retroceder exactamente veinticuatro horas en el tiempo.
Viajar a la noche anterior, cuando el matrimonio acababa de estacionar la camper en el descampado, ajeno por completo a lo que les rodeaba, y cuando en la aldea aún ignoraban la presencia de los recién llegados.
Ocurrió la víspera de su captura. En aquel momento, la oscuridad invernal cubría por completo la costa de Maine.
Mientras Kevin y Sara cenaban tranquilamente en el calor de la furgoneta junto al pequeño Marc, la comunidad vivía una noche más en aparente soledad, inmersa en la rutina de sus preparativos ancestrales.
De pronto, rompiendo el silencio nocturno del asentamiento, un golpe seco retumbó en la gruesa puerta de para encontrarse en el porche con uno de los vecinos: un hombre de pelo largo de rostro consumido y demacrado por los años.
—Helen, tenemos visita —dijo el hombre con voz agitada—. Estaba revisando la pila en la playa y he visto una camper aparcada en las inmediaciones. Justo bajo el suelo santo.
Helen suspiró con calma, acomodándose el pañuelo sobre los hombros.
—No se preocupe —respondió—. Mañana por la mañana iré a hablar con ellos y les pediremos amablemente que se marchen.
Tom, que escuchaba la conversación desde la penumbra de la habitación principal, se asomó al salón con el rostro ensombrecido.
—¿Qué sucede, Helen?
—Tenemos visita —explicó ella girándose—. Hay una furgoneta aparcada en el suelo santo.
—¡Joder! —maldijo Tom apretando los puños—. Y tiene que ser precisamente en esta época... Siempre te he dicho que deberíamos poner una valla o una traba en el camino de entrada a la aldea.
—Si ponemos un vallado o colocamos cadenas....
Llamaremos aún más la atención de los extraños —le corrigió Helen con firmeza—.
La policía podría adentrarse a investigar qué ocurre.
Nunca hemos puesto barreras y jamás ha pasado nada grave.
Cada vez que ha venido algún ojo curioso a merodear, siempre hemos conseguido convencerle para que se fuera sin armar ruido.
Transcurrió la noche y, a la mañana siguiente, Helen echó a andar temprano junto al hombre del pelo lacio, quien la guiaba por el sendero hacia la posición de la camper. El vecino avanzaba a pasos rápidos y tensos, sin dejar de insistir:
—Helen, tienes que echarles de inmediato. Sabes de sobra que estos días son los más importantes de los últimos diez años. No podemos tener extraños cerca.
—Tranquilícese —replicó Helen manteniendo el paso firme—.
Hablaré con ellos tranquilamente y se irán.
Si podemos ahorrarnos la violencia, siempre es mejor para la armonía de la entrega.
Lo importante es que se vayan sin dar motivo a la policía para buscar nada.
Por cierto... ¿qué tal van los preparativos de los hermanos?
—Se están preparando ya para salir con la furgoneta esta misma tarde —respondió el hombre—. Van a recorrer las poblaciones cercanas para localizar la entrega.
—De acuerdo —asintió ella.
Al aproximarse al descampado, el hombre se detuvo a unos metros de distancia de la camper. Helen avanzó sola hasta la puerta de la furgoneta y llamó con nudillos suaves.
Desde su posición en la lejanía, el aldeano observó cómo un hombre joven —Kevin— abría la puerta para hablar con Helen. Pero segundos después, su rostro demacrado se petrificó: de la sombra del vehículo emergió una mujer llevando en brazos a un niño muy pequeño.
El vecino, incapaz de quedarse quieto, empezó a desplazarse nerviosamente de izquierda a derecha, sin dar crédito a lo que sus ojos veían. Siguió atento cada gesto de la conversación a la distancia.
Pocos minutos después, Helen dio media vuelta y regresó hasta donde se encontraba el aldeano. Tenía los ojos brillantes por una extraña emoción.
—Hay que decir a los hermanos que cancelen el viaje. Los dioses nos están sonriendo.
—ordenó Helen con voz grave pero contundente.
El hombre mayor de pelo lacio se desvió hacia su cabaña, mientras Helen avanzaba a paso firme hacia el corazón de la aldea.
Al fondo, tras las casas de madera, se encontraba Tom trabajando en la pequeña huerta.
Helen se detuvo junto al vallado y Tom, al percatarse de su presencia, se limpió las manos en el pantalón y caminó hacia ella con rostro preocupado.
—¿Qué sucede, Helen? —preguntó ansioso—. ¿Se han marchado ya?
Helen lo miró fijamente con los ojos brillantes por la conmoción.
—No te lo vas a creer, Tom... Vienen con un niño pequeño. Calculo que tendrá unos tres años.
Tom se congeló a mitad de paso, palideciendo.
—Dios mío... No puede ser.
—Sí —asintió Helen con la voz temblorosa—. Me he quedado de piedra al verlo. Es una señal de los dioses, no me cabe la menor duda.
—¿Y qué vamos a hacer entonces? —preguntó Tom, pasando de la sorpresa al nerviosismo.
—Vayamos a hablar con ellos —determinó ella con frialdad analítica—.
Vamos a atraerlos a la aldea. He mandado a Warren a avisar a uno de los hermanos para que vaya de inmediato a vigilar la autocaravana.
Hay que evitar a toda costa que se vayan.
Les invitaremos a dar un paseo por aquí y, en cuanto estén entretenidos en el pueblo, manipularán el vehículo para que no pueda arrancar.
Luego ya veremos cómo seguimos avanzando, pero lo crucial ahora es asegurarnos de que no escapen.
Tom miró a su mujer a los ojos, buscando una respuesta definitiva.
—Helen... ¿qué piensas de todo esto?
—Que los dioses nos están poniendo a prueba —respondió ella acercándose al vallado—. Si la entrega la hacen los propios padres, por su propia voluntad y de buen grado, esto podría terminar de una vez por todas, Tom. Podríamos ser libres al fin.
Tom guardó silencio durante unos segundos, asimilando el peso de sus palabras, hasta que dejó escapar un largo suspiro.
—Bueno... No tenemos nada que perder.
Ambos se encaminaron hacia el descampado de la costa.
Mientras tanto, uno de los llamados «hermanos» —dos vecinos del pueblo que se llevaban apenas un año de diferencia y que durante décadas habían sido los encargados de recorrer el país para capturar a los niños en otras regiones— ya se encontraba agazapado en la espesura.
Helen y Tom llegaron a la camper con una actitud afable, charlando con la pareja e invitándolos cordialmente a visitar la aldea y conocer su historia antes de retomar su viaje.
En cuanto Kevin, Sara y el pequeño Marc se alejaron junto a ellos caminando hacia el pueblo, el hermano salió de entre los matorrales.
Portaba unas gruesas tenazas de corte. Habiendo estudiado mecánica años atrás en un instituto técnico cercano a la comarca, conocía al detalle la arquitectura del motor.
Se descolgó con agilidad bajo el chasis de la furgoneta y, sin dudarlo, cortó los cables eléctricos clave del sistema de encendido, dejando el vehículo totalmente inmovilizado.
Helen y Tom no tardaron en regresar a la aldea acompañando al matrimonio y al pequeño Marc.
A medida que avanzaban entre las casas de madera, los vecinos comenzaron a salir de sus porches.
Miraban a la pareja con una mezcla de intensa curiosidad y una devoción contenida; les resultaba casi inverosímil que unos padres hubieran llegado por su propio pie, trayendo consigo a un niño tan pequeño, en una fecha tan señalada y decisiva.
La noche más sagrada de la década se aproximaba violentamente —posiblemente esa misma noche tendría que ejecutarse la entrega— y la presencia de aquellos forasteros cargaba el aire de una tensión sofocante.
Tras un rato de paseo en el que Helen les mostró algunas de las tradiciones y rincones de la aldea, Sara y Kevin decidieron regresar a su furgoneta.
En cuanto se alejaron, Helen se giró hacia los hermanos y les dio instrucciones heladas: que no les quitasen los ojos de encima y que, si intentaban huir, utilizasen la fuerza bruta para apresarlos.
Los dos hermanos, de 34 y 35 años, no eran novatos.
Una década atrás ya se habían encargado personalmente de la captura del niño anterior.
En la aldea, las responsabilidades del ritual y del día a día estaban meticulosamente repartidas por familias tras siglos de aislamiento: una familia se especializaba en la localización y secuestro; otra se encargaba del mantenimiento, los preparativos del altar y la madera; otra gestionaba los cultivos y el alimento.
Más que una comunidad libre, eran una red de familias presas de su propia historia, de sus dogmas y de un deber ancestral que los consumía.
Poco después de regresar a la camper, Kevin descubrió con frustración que el motor no respondía.
Viendo que el vehículo no arrancaba, salió al exterior sujetando el teléfono móvil.
Desde la maleza, los hermanos observaron cómo alzaba el brazo buscando señal y comenzaba a alejarse a pie en dirección a la pista que conectaba con la carretera principal.
Sabían que era el momento exacto para golpear.
Subieron a su furgoneta de trabajo y avanzaron a velocidad constante por la pista sin asfaltar y empedrada, pasando por delante de la camper bajo la mirada distante de Sara, que los vio alejarse sin sospechar nada.
A un kilómetro del descampado, divisaron la figura de Kevin caminando por el arcén. Los hermanos frenaron en seco a su lado.