Capítulo 6 La sed de los dioses #3
Kevin cogió una profunda bocanada de aire, tosiendo con la garganta seca. Con la mirada hundida por el agotamiento y la cara marcada por la sangre seca, fijó los ojos en la alcaldesa.
—¿Cuándo... cuándo tiene que ser esa entrega? —preguntó con voz rasgada—. Ese sacrificio.
Helen lo contempló con una mezcla de lástima y devoción.
—Tiene que ser a primeros de año —respondió con tono grave—. Estamos a mediados de enero y la alineación casi se ha completado. Debe ser esta misma noche; no podemos perder más tiempo. Cuanto más tardemos, peores serán las consecuencias.
Kevin, reteniendo el temple y utilizando la agudeza analítica de sus años en el cuerpo de policía, volvió a encararla:
—¿Y cómo lo hacéis cada década? ¿Ponéis un anuncio en internet y esperáis a que alguien os entregue voluntariamente a su hijo?
Helen cerró los ojos y negó despacio con la cabeza. La ironía de Kevin le confirmó que la razón y la lógica de los padres se resistían a aceptar la magnitud de su misión.
—No, Kevin... ojalá fuera tan sencillo —suspiró Helen—.
Sintiéndolo mucho, no es así. No nos queda más remedio que coger la furgoneta y recorrer el país, buscando en alguna población o área de descanso un objetivo vulnerable.
Capturar a un niño pequeño es un proceso angustioso, sumamente complicado y que nos pone siempre en un riesgo enorme.
Pero, gracias a los dioses, hasta hoy siempre hemos tenido la fortuna de encontrar a alguien.
Es más... , los muchachos se disponían a salir en ruta para iniciar la búsqueda.
Pero que aparecierais vosotros aquí, en nuestra propia puerta, ha sido una señal inequívoca de los dioses.
Nos indicaban que este año la ofrenda venía a nosotros.
Helen avanzó un paso más hacia ellos, con la voz temblando por la emoción.
—Es una prueba, no me cabe duda. Desconozco el propósito exacto de los antiguos, pero estoy convencida de que nos han traído a vuestra familia para ver si somos capaces de convenceros. Para que seáis vosotros mismos quienes realicéis la entrega.
La mujer se dejó caer de rodillas sobre las frías losas de piedra, justo frente a la pareja atada, y juntó las manos en actitud de súplica.
—Por favor... tenéis que ayudarnos. Escuchadme bien: con vuestra ayuda o sin ella, el pequeño Marc va a ser entregado esta noche ante los dioses.
La decisión no cambia su destino. Marc morirá en el altar antes del amanecer, ya sea ejecutado por nuestras manos como un sacrificio más, o entregado por las vuestras.
Esa es la cruda realidad. Pero si lo hacéis vosotros...
si como padres ofrecéis a vuestro propio hijo de corazón y de buena fe, el ciclo se romperá.
Nadie más volverá a morir jamás. Liberaréis a nuestro pueblo de su condena y el mundo entero vivirá en una paz eterna.
Un silencio denso se apoderó de la nave de madera. Sara ahogó un sollozo desgarrador, incapaz de articular palabra ante la monstruosa certeza de las palabras de Helen.
Kevin trago saliva, apretando los dientes con furia contenida.
—¿Y qué pasa si nos negamos? —preguntó Kevin con la mirada fija en ella—. ¿Qué pasa si esta noche no hay ningún sacrificio? ¿Si nadie muere en esa piedra?
Helen se levantó lentamente del suelo, erguida como una figura bíblica bajo el resplandor anaranjado del aceite.
—Entonces el mundo entero quedará sumido en la penumbra y en las sombras durante los próximos diez años —sentenció Helen con una frialdad glacial—. Millones de personas inocentes morirán. El planeta entero quedará ennegrecido.
—Si no se realiza la entrega, los dioses se enfadarán y el mundo quedará sumido en la sombra absoluta durante diez años —corrigió Helen con una firmeza helada—.
Y nada de lo que hagamos podrá cambiar ese enfado ni aplacar su ira hacia la tierra.
Tendremos que resignarnos y ver el mundo arder durante diez largos años, hasta que por fin se les pase el enfado y nos den la oportunidad de abrir un nuevo ciclo para un nuevo sacrificio... y lograr, al menos, otra década en paz.
La mujer los miró a ambos a los ojos por última vez antes de dar la espalda al altar.
—Pensadlo: una sola vida para salvar a millones.
Diez años de paz. Y si son ustedes los que entregan a su hijo a los dioses, puede que esto se acabe y la paz llegue al mundo para siempre...
que las sombras se desvanezcan. Que el dios quede saciado de una vez por todas; que, como quien ha comido hasta quedar completamente lleno, no vuelva a sentir hambre jamás.
Hay que intentarlo. Ustedes tienen en sus manos la llave para que este sea, por fin, un mundo de paz eterna.
—¡Iros todos al infierno! —les gritó Sara con todas las fuerzas que le quedaban en los pulmones, con la cara empapada en lágrimas de rabia y desesperación.
Helen no se inmutó. Tan solo asintió despacio con la cabeza, aceptando la respuesta con una resignación helada.
—Llevadlos otra vez al sótano y empezad con los preparativos —ordenó Helen a los hombres, mientras le volvían a colocar brutalmente la mordaza a Sara y a Kevin—. Una vez que entreguemos al niño, nos ocuparemos de los padres.