Capítulo 6 La sed de los dioses #2
Sara tomó una bocanada de aire helado, con los labios temblorosos y los ojos inyectados en sangre por la rabia.
—¿Qué quiere decir exactamente con «entregar»? —escupió Sara con la voz rasgada.
Helen cerró los ojos un instante, respiró hondo y los volvió a abrir con una calma abrumadora.
—Sacrificar, Sara. Para que las fuerzas primordiales mantengan su equilibrio, hay que sacrificar a esa alma pura.
Sara soltó una carcajada amarga, estridente, al borde de la histeria.
—¡Estáis locos! ¡Sois una panda de dementes y de fanáticos chiflados!
Helen no se inmutó. Encajó la acusación inclinando levemente la cabeza, como quien compadece a un incomprendido.
—Lo sé. Y lo comprendo perfectamente —dijo Helen con voz pausada—.
Nosotros mismos hemos tenido nuestras dudas a lo largo de las generaciones.
Creemos que la razón puede más que la fe...
hasta que los hechos nos devuelven a la cruda realidad.
En la década de 1910, según consta en las crónicas de los diarios del pueblo, nuestros abuelos se negaron a realizar la entrega.
Consideraron que era una salvajada e intentaron romper el ritual.
¿Y qué ocurrió? El mundo quedó sumido en la devastadora Gripe Española.
Durante esos diez años de desobediencia, entre 1910 y 1920, murieron entre veinte y cincuenta millones de personas en todo el planeta.
Helen caminó despacio hacia el frente del altar, señalando los tapices antiguos.
—Años más tarde, en 1940, nuestros padres volvieron a dudar.
Fueron incapaces de encontrar a ningún niño a tiempo para la fecha señalada.
¿El resultado? Estalló la Segunda Guerra Mundial.
Fueron casi diez años de puro horror, masacres e incendios que asolaron la humanidad entera.
En nuestros libros sagrados está meticulosamente catalogado: cada vez que este pueblo ha decidido no actuar, los diez años siguientes han sido una catástrofe sangrienta para el mundo.
—Compréndelo, Sara. No somos asesinos ni disfrutamos quitando la vida a nadie —continuó Helen con los ojos húmedos, aunque su tono no perdió ni un ápice de firmeza—.
Todo lo que hacemos es únicamente para proteger al resto del mundo.
A ninguno de nosotros le gustaría seguir atado a este deber.
Ojalá pudiéramos marcharnos de aquí, abandonar esta costa y hacer nuestras vidas como personas normales en cualquier otra parte.
Pero nuestros ancestros asumieron esta responsabilidad para mantener el equilibrio, y nuestra misión es continuarla.
Helen bajó los escalones del altar y se acercó despacio a la primera fila de bancos, extendiendo las manos hacia ella en un gesto de súplica.
—Pero usted... usted tiene en sus manos el poder de romper esta cadena.
Si comprende la verdadera dimensión de la situación y accede, no por la fuerza, sino de buena fe y por amor a la humanidad, estoy convencida de que acabaríamos con estos ciclos de una vez por todas.
La sed de los dioses antiguos quedaría colmada para siempre.
Hay que intentarlo, Sara. Hágalo por el bien del mundo, por el bien de los millones de personas que habitan en este planeta.
Sara, con la voz rasgada y la mirada ardiendo en rabia, le espetó con desprecio:
—Y si de verdad creen tanto en esta locura... ¿por qué no sacrifican a sus propios hijos?
Helen la miró fijamente a los ojos. En su rostro no hubo enfado ni vacilación, solo una tristeza infinita y antigua que parecía pesarle en cada rasgo.
—Porque nuestros hijos, Sara... están condenados a un destino peor que la muerte —respondió Helen con un susurro grave que resonó en el silencio de la ermita—.
Mientras son pequeños, los mantenemos al margen.
Se les oculta el oscuro secreto que arrastra este pueblo, la aplastante carga que llevamos sobre los hombros para que ellos puedan tener una infancia normal.
Helen hizo una breve pausa, acariciando con la yema de los dedos el borde desgastado del altar.
—Pero cuando crecen, al alcanzar la adolescencia —entre los doce y los quince años—, la inocencia se les arrebata de golpe.
Es el momento de revelarles la verdad. Se les prepara, se les enseña el deber que heredan y lo que tendrán que hacer en el futuro.
Y llegado el día, se les conduce hasta aquí para que presencien la entrega por primera vez en sus vidas.
La alcaldesa bajó levemente la mirada, como si estuviera reviviendo un recuerdo doloroso grabado a fuego en su memoria.
—Igual que hicieron conmigo cuando era solo una niña...
Es un instante desgarrador, un punto de no retorno que te cambia la vida para siempre.
Es el momento preciso en el que abres los ojos y te haces consciente de la crueldad de tu verdadero destino.
—Helen hizo una mueca amarga y giró levemente la cabeza hacia la penumbra de los bancos—.
Pero no todos los niños lo resisten. La mente de algunos se quiebra para siempre al comprender en lo que están destinados a convertirse.
Helen giró la cabeza hacia la penumbra de los bancos traseros y señaló con la mano temblorosa a la figura del joven gigante.
—Mire a mi hijo Henry —pidió Helen con la voz quebrada por una angustia sincera—.
Hace diez años, cuando presenció una entrega con sus propios ojos por primera vez, la mente se le rompió en mil pedazos.
Enmudeció al instante, la piel se le volvió de cera y, desde aquel día, quedó atrapado en su propia realidad, negándose por completo a asimilar el horror del mundo que le rodea.
—¿Cree que esto es fácil para nosotros? —continuó Helen con un hilo de voz quebrado por la angustia—.
Sabe lo complicado y doloroso que resulta divulgar esta verdad a nuestros propios hijos...
saber que crecerán para convertirse en verdugos, cargando con el peso de vidas humanas exactamente igual que lo hacemos nosotros.
La mujer volvió a encarar a Sara, uniendo sus manos en un gesto de desesperada súplica.
—Por eso le pido que lo entienda. Si existe una mínima, una tan sola y remota posibilidad de que, al ofrecer ustedes la entrega de buena fe y de corazón, este martirio termine para siempre...
nos liberaría a todos. Liberaría a este pueblo de su condena y salvaría al mundo de futuros sacrificios.
Se lo ruego, Sara... usted o su marido tienen en sus manos la clave para ayudarnos.
Sé perfectamente que lo que les estoy pidiendo es inimaginable, pero las evidencias están ahí.
Helen se giró hacia el altar y señaló el antiguo tapiz de lino, donde se apreciaban las trazas desgastadas de los navegantes nórdicos junto a la pila de piedra de la playa.
—Los registros de nuestros ancestros lo dejan claro: cuando la entrega se efectúa sobre esa piedra tallada, la sangre fluye por el pequeño canal hasta fundirse con las olas del mar, garantizando exactamente diez años de absoluta paz.
Diez años que solo se consiguen si la vida entregada pertenece a un alma pura, a un niño menor de cinco años que aún no ha sido contaminado por la miseria de este mundo.
Entre la tenue luz de las lámparas de aceite, Kevin comenzó a mover la cabeza a sacudidas violentas, emitiendo ruidos ahogados tras la mordaza. Tom se acercó por detrás y se la retiró con brusquedad.