Diez años de tinieblas Capítulo 6 La sed de los dioses
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Capítulo 6 La sed de los dioses

Allá abajo, atada en la penumbra con los hombros doloridos y las muñecas aprisionadas por la soga, Sara permanecía sentada sobre el suelo de tierra.

La cuerda que la sujetaba estaba unida al firme perno de hierro donde Kevin continuaba colgado, inconsciente y amordazado.

Presa del pánico, el único consuelo de Sara era mantener la respiración contenida para aguzar el oído y escuchar lo que se hablaba justo encima de sus cabezas, al otro lado de los gruesos tablones de pino.

Las pisadas retumbaban sobre la madera y varias voces de hombres discutían con aspereza.

—Helen, nos estamos arriesgando demasiado teniéndolos todavía con vida —decía uno de los aldeanos, con tono áspero—. Deberíamos deshacernos ya de ellos y evitar complicaciones.

—¡En absoluto! —la voz de Helen resonó tajante y categórica—.

Esto puede ser una prueba. ¿No os dais cuenta?

Que hayan llegado precisamente en esta fecha exacta y con un niño pequeño no es una casualidad...

es una señal. Quizá, si son ellos mismos quienes consuman la entrega de forma voluntaria, este sea el fin del ciclo.

El fin de las entregas. Piénsalo. Déjame hablar con ellos.

—No lo sé, Helen... —murmuró otro de los vecinos con escepticismo—. No creo que esa gente vaya a querer cooperar.

—Al menos vamos a intentarlo —insistió Helen, casi suplicante—. Si tenemos razón y esto es una prueba, al consumar ellos el acto se acabaría todo. Ni un sacrificio más. Nunca.

Se hizo un breve silencio en la cocina hasta que la voz grave de Tom zanjó la discusión:

—Está bien. Inténtalo si quieres, pero si no entran en razón, habrá que deshacerse de ellos.

—Voy a hablar con ellos —dijo Helen—. Ojalá lo entiendan.

—No lo creo —sentenció el primer aldeano.

En lugar de ver abrirse la trampilla del suelo, Sara escuchó a Helen dar una última orden arriba:

—Llevemoslos a la ermita. Allí estaremos todos. Ojalá frente al altar puedan comprenderlo.

Pocos segundos después, la trampilla de madera se levantó de golpe con un chasquido seco. Dos hombres bajaron velozmente por la escala. Uno de ellos portaba un cubo lleno de agua helada que, sin miramientos ni previo aviso, le arrojó entero a Kevin a la cara.

El impacto del agua fría le devolvió de golpe la conciencia.

Kevin dio un ahogado jadeo tras la mordaza, abrió los ojos entrecerrados y desorientados, y al ver a su mujer amarrada a su lado empezó a emitir sordos murmullos de impotencia.

Los vecinos desengancharon las cadenas de la pared, soltaron las amarras de Sara y los obligaron a subir a rastras hacia la superficie.

Al salir a la calle de tierra, el sol ya se había escondido y el crepúsculo teñía el cielo de un azul sombrío.

Kevin, profundamente aturdido y apenas capaz de mantenerse en pie, tuvo que ser transportado a la fuerza por tres hombres fornidos que lo llevaban en volandas.

Sara avanzaba escoltada de cerca por otros dos.

Al cruzar el camino, a Sara se le desgarró el corazón. A pocos metros, una mujer de la aldea sostenía en brazos al pequeño Marc. El niño, aterrorizado por la multitud y la oscuridad naciente, lloraba desconsoladamente estirando sus pequeños brazos hacia sus padres mientras gritaba entre hipos:

—¡Mamá! ¡Mamá!

A Sara intentaron taparle la boca para que no gritara, pero las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras la obligaban a avanzar hacia el gran edificio de la aldea.

La ermita se alzaba imponente sobre una sólida base de bloques de piedra milenarios, con altas paredes de madera oscura tallada.

Carecía por completo de cruz, campanario o cualquier otro símbolo que recordase a la cristiandad.

El interior abarcaba una vasta nave de unos 120 metros cuadrados, flanqueada por hileras de largos bancos de madera maciza.

Al fondo, elevándose tras unos peldaños de piedra, presidía la estancia una gigantesca mesa altar de roca maciza, profusamente grabada.

Toda la estructura estaba iluminada por docenas de lámparas de aceite colgadas del techo de vigas, proyectando un resplandor cálido y envuelto en humo de resina.

Tras la mesa del altar, colgaban enormes tapices de tela antigua y descolorida donde se apreciaban tejidas complejas e intrincadas figuras nórdicas: serpientes entrelazadas, guerreros con lanzas y símbolos rúnicos de un tiempo olvidado.

Obligaron a la pareja a sentarse en la primera fila de bancos.

Momentos después, Helen cruzó el portón de la ermita.

Justo a la derecha de la entrada, colgadas de unas perchas de madera, descansaban varias túnicas ceremoniales de lino grueso.

Helen tomó una, se la enfundó sobre la ropa y caminó con paso pausado y solemne hasta situarse detrás de la gran mesa de piedra, frente a los prisioneros.

—Escúchenme bien —comenzó Helen, alzando la voz con una serenidad pausada mientras sus manos descansaban sobre el altar—.

Como ya les conté esta mañana, el pueblo nórdico recorrió el mundo entero descubriendo nuevos mares y costas.

Pero no lo hacían por pura ambición de conquista o por encontrar simples asentamientos.

El mundo medieval estaba sumido en la más absoluta oscuridad.

La muerte reinaba por doquier; millones de personas perecían cada año por guerras, pestes y hambrunas.

Helen hizo una pausa, mirando fijamente a los ojos a Sara y a Kevin.

—El ser humano comprendió desde el alba de los tiempos que, para que las fuerzas primordiales que gobiernan el universo permanezcan tranquilas, es necesario ofrecer algo a cambio.

Los antiguos no eran bárbaros, Sara... buscaban desesperadamente calmar el hambre de lo desconocido.

Los nórdicos comprendieron que no hacía falta masacrar a miles en altares de sangre; lo que buscaban era un lugar muy concreto.

Un punto de convergencia geográfica conectado directamente con la energía que nos rodea, donde un único sacrificio periódico pudiera saciar la sed de los dioses antiguos y mantener el equilibrio del mundo.

Helen acarició la superficie tallada de la piedra con la yema de los dedos.

—Nuestros antepasados viajaron por todo el planeta buscando esos lugares sagrados. Y no fueron los únicos que entendieron la verdadera naturaleza del mundo. A lo largo de la historia, las grandes civilizaciones descubrieron este mismo secreto, aunque muchas lo corrompieron.

Los sumerios y los babilonios, en el cuna de la civilización, realizaban libaciones y sacrificios en lo alto de sus zigurats para evitar que los demonios del caos destruyeran sus cosechas.

En el Antiguo Egipto, durante el Reino Medio, los sacerdotes de Amón realizaban ritos sangrientos ocultos en los templos para garantizar que el sol volviera a salir cada mañana y que la crecida del Nilo no se detuviera.

Y cruce usted el océano, Sara... Los mayas y los aztecas levantaron pirámides descomunales dedicadas a Huitzilopochtli.

Ellos sabían que el cosmos exige sangre para mantenerse vivo, pero al no comprender la geometría de la tierra, derramaban la vida de miles de cautivos cada año en un intento ciego de alimentar al sol.

Los celtas quemaban sus ofrendas en hombres de mimbre, y los propios incas llevaban a sus niños más puros a las cumbres heladas de los Andes, en el ritual del Capacocha, ofreciéndolos a los Inti para evitar catástrofes y terremotos.

Helen se inclinó levemente hacia adelante, clavando una mirada incisiva en la pareja.

—Todos ellos buscaban lo mismo, pero cometieron el error de la desmesura.

Los navegantes nórdicos que llegaron a esta costa en el año 900 encontraron por fin lo que los demás buscaron a ciegas: este punto exacto.

Un santuario natural donde la tierra toca el cosmos.

Aquí no hacen falta masacres ni ríos de sangre...

basta con una sola entrega, hecha en el momento preciso cada diez años, para mantener la paz, la prosperidad y la protección sobre todos nosotros.

Helen abrió los brazos con gesto sereno.

—Por eso están aquí. Entiendan la grandeza de lo que tienen delante. Si aceptan su destino y consuman esta entrega con fe, el ciclo se cerrará para siempre. Podría ser el último sacrificio que este lugar exija jamás.

Helen hizo una pausa para dejar que el peso de sus palabras se asentara en el silencio sepulcral de la ermita. Sus manos, apoyadas en el borde de la mesa de piedra, se mantenían firmes mientras continuaba su relato con una frialdad casi mística.

—Pero los dioses no se conformaban con cualquier cosa —añadió Helen, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave—.

Cuanto más pura es el alma que se entrega, más duradera es la paz que nos conceden.

Al principio, cuando nuestros antepasados desembarcaron en esta costa en el año 900, entregaban a ancianos y a enfermos de la aldea.

Pero pronto descubrieron que el tributo era insuficiente; la protección penas duraba unos meses y debían repetir la entrega prácticamente cada año.

Un murmullo de asentimiento recorrió los bancos donde los vecinos escuchaban en penumbra.

—Fue entonces cuando comprendieron la gran verdad —continuó Helen—.

Si la entrega correspondía a un alma intacta, a un niño pequeño menor de cinco años, la tierra se aplacaba por completo durante toda una década.

Diez años de absoluta serenidad para el mundo.

Pero que vosotros estéis hoy aquí, Sara...

es una señal divina. En más de mil años jamás ha ocurrido que unos padres entregasen a su propio hijo por voluntad propia.

Si sois vosotros, sangre de su sangre, quienes realizan la entrega a los dioses, estoy convencida de que el ciclo se romperá.

Será la última vez que tengamos que entregar a alguien.

Helen hizo una señal a Tom. Este se acercó a Sara por detrás y, con un movimiento rápido, le soltó el nudo de la mordaza para dejarle hablar.