Capítulo 5 El juego de la nieve
A los pocos segundos, Helen salió al porche arreglándose el pañuelo.
—Sara, ¿sucede algo? —preguntó con semblante preocupado—. ¿Ya llegó tu marido? Me dijo George —el muchacho que fue a buscarle— que le había dejado en el pueblo con el mecánico.
—No, aún no ha vuelto —respondió Sara, intentando mantener la compostura mientras apretaba a Marc—. Teme que se nos tire la noche encima. Por favor... ¿podría alguien llevarme en furgoneta hasta el taller con mi marido?
—¡Por supuesto, querida! Faltaría más —respondió Helen con amabilidad inmediata—. Ven, entra un momento mientras aviso a Tom para que prepare el vehículo. No os quedéis ahí fuera con el aire fresco.
Sara accedió y cruzó el umbral.
Por dentro, la vivienda era un reflejo perfecto de una austeridad casi anacrónica.
Aunque sus habitantes vestían ropa y calzado del siglo XXI, el interior de la casa renunciaba por completo a la modernidad.
No había rastro de instalación eléctrica, ni enchufes, ni bombillas; en su lugar, pequeñas lámparas de aceite de latón reposaban en repisas de madera, proyectando sombras alargadas y una luz anaranjada y parpadeante sobre las paredes.
El espacio principal combinaba la cocina y el comedor en un único habitáculo rústico.
En una esquina destacaba una pesada cocina de hierro fundido alimentada por leña, de la que emanaba un calor seco y el olor penetrante del roble quemado.
En el centro, una sobria mesa de roble macizo, flanqueada por sillas de madera toscamente talladas a mano, ocupaba casi todo el espacio.
Del techo de vigas al descubierto colgaban manojos de hierbas secas y tiras de cecina.
El resto de la planta baja se dividía mediante dos tupidas cortinas de tela gruesa que hacían las veces de puertas: una daba acceso a la estancia de Tom y Helen, y la otra, al dormitorio de su hijo Henry.
Sin embargo, lo que verdaderamente atrajo la atención de Sara mientras se sentaba en una de las sillas de la mesa fue el suelo.
Compuesto por anchos tablones de pino desgastado, en mitad de la estancia destacaba una pesada trampilla de madera con un aro de hierro forjado a modo de tirador.
La trampilla estaba ligeramente entreabierta, dejando ver una pequeña rendija de oscuridad.
De ese bajo suelo no subía el olor rústico de la leña, sino un aire singularmente frío, húmedo y denso, saturado de un penetrante aroma a salobre, tierra profunda y un matiz metálico indescifrable que hizo que a Sara se le eriza la piel del cuello.
Sara se quedó sola en la penumbra de la estancia. Helen había salido con el pretexto de avisar a su marido o a cualquier otro vecino que pudiera conducirla hasta el taller. O al menos, eso era lo que Sara quería creer.
Cada segundo que pasaba aumentaba su incomodidad y su angustia. El aire denso de la cabaña la asfixiaba. Quería salir de allí de inmediato.
Al cabo de unos minutos, la puerta de madera se abrió y Helen volvió a entrar. Sara la miró con fijeza, con el rostro visiblemente demudado por la preocupación.
—Han ido a buscar a mi marido —dijo Helen con una serenidad pausada—. En cuanto llegue la acercará al pueblo. Si quiere, el pequeño Mark puede ir afuera a jugar un rato con los otros niños mientras esperamos.
—No —respondió Sara rotunda, estrechando a su hijo en el regazo—. Prefiero que se quede aquí conmigo. No quiero perderlo de vista.
—Como desee —asintió Helen sin inmutarse.
La mujer caminó con parsimonia hacia una de las alacenas de madera de la cocina. De su interior extrajo un objeto y lo colocó sobre la mesa: era una bola de cristal con agua y nieve artificial que custodiaba en su interior una pequeña réplica en miniatura de una casa de madera.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó Helen, sosteniéndola entre las manos cerca del niño, como intentando llamar su atención para que Marc bajara del regazo de su madre.
Sara no aflojó el brazo con el que sujetaba al pequeño, pero para disimular su tensión señaló el objeto:
—Mira, Marc, ¿ves la casita?
El niño la miró curioso y extendió un dedito para tocar el cristal, pero permaneció sentado sobre las piernas de Sara.
Viendo que el niño no se movía, Helen se sentó en la silla del otro lado de la mesa. Tomó la bola y la agitó con parsimonia. En el interior, los copos blancos comenzaron a girar en un torbellino frenético alrededor de la diminuta vivienda.
—Me encantan estas bolas de cristal —susurró Helen con la vista clavada en la escena—.
Son tan bonitas... Tan llenas de movimiento cuando la nieve está agitada.
Pero en cuanto dejas de moverla, la nieve cae al fondo y la escena se queda muerta.
Sin vida. Para que haya vida, Sara... hay que agitar la nieve.
Aquellas palabras heladas terminaron de romper la paciencia de Sara. Se le erizó la piel. El tono metálico e inquietante de Helen le confirmó que estaban en un peligro inminente.
—Mejor esperamos fuera, en nuestra camper —dijo Sara levantándose de golpe de la silla, apretando a Marc contra su pecho.
Se dirigió a toda prisa hacia la puerta principal para salir. Pero al abrirla, la salida estaba bloqueada.
Frente a ella se encontraban Tom, George —el joven que conducía la otra furgoneta— y varios vecinos más con rostros impasibles.
Sin mediar palabra, el grupo avanzó hacia delante, empujando a Sara violentamente hacia el interior de la cabaña mientras la multitud abarrotaba el reducido espacio de la cocina.
—¡¿Qué sucede?! ¡¿Qué queréis de nosotros?! —gritó Sara aterrorizada, retrocediendo hacia la mesa.
—Por favor, no te resistas —dijo Helen con una calma aterradora desde una esquina—. No somos malas personas.
Entre Tom y George agarraron con fuerza a Sara por los brazos. Ella se revolvió y luchó con todas sus fuerzas, pero la rebasaban en número y fuerza. Le arrancaron al pequeño Marc de los brazos, que rompió a llorar desconsoladamente mientras Helen lo tomaba en el aire.
Un vecino le cubrió la boca a Sara con un pañuelo grueso para ahogar sus gritos. Mientras tanto, Tom tiró del aro de hierro del suelo y levantó la pesada trampilla de madera.
Dos hombres obligaron a Sara a bajar a rastras por unas empinadas y resbaladizas escaleras de mano hacia el sótano.
Abajo, la humedad era sofocante y el olor a tierra y salitre resultaba casi insoportable.
Encendieron una lámpara de aceite y la colgaron de una de las vigas del techo, proyectando sombras temblorosas sobre las paredes de roca.
A un lado del habitáculo se apilaban sacos de semillas y hortalizas, pero los ojos de Sara se desencajaron de puro terror al mirar hacia el fondo.
Allí, encadenado por las muñecas a un perno de hierro empotrado en la pared de piedra, estaba Kevin. Tenía la cabeza caída, la cara ensangrentada y parecía completamente inconsciente.
Sin perder un segundo, los hombres empujaron a Sara contra la pared junto a su marido. Al no tener más cadenas a mano, la amarraron fuertemente con una soga gruesa por el torso y las muñecas, dejándola inmovilizada al lado de Kevin.
Los pasos resonaron de vuelta hacia arriba, la trampilla de madera se cerró de golpe y la oscuridad del sótano quedó interrumpida únicamente por la débil llama de la lámpara de aceite.