Diez años de tinieblas Capítulo 4 Sin señal
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Capítulo 4 Sin señal

No había mucho más que ver en aquella pequeña aldea de madera y piedra, así que Sara miró su reloj y luego a Kevin.

—Bueno, creo que se nos está haciendo tarde. Es hora de irnos.

—¿Seguro que no queréis quedaros a comer? —insistió Helen con voz servicial—. Tengo caldo fresco y carne preparándose en casa.

—No, no, por favor, no queremos molestar —respondió Kevin declinando amablemente—. Ya nos ha dedicado bastante tiempo.

—Está bien, como queráis —asintió Helen—. ¿Queréis que os acompañemos de vuelta a la furgoneta?

—No, tranquilos, podemos ir solos. Muchísimas gracias por toda su hospitalidad.

—No hay de qué —dijo Helen sonriendo—. La verdad es que me sentía muy avergonzada por lo de esta mañana. Pero, como ya les dije, solemos tener visitas inesperadas, sobre todo de gente joven... Como ya ven, tenemos una rica cultura que proteger y nos gustaría que siguiera siendo así.

—No se preocupe —bromeó Sara con una guiño simpático—. Guardaremos el secreto. Es un sitio maravilloso y, si esto se hiciera público, ya sabe cómo son los turistas... al final lo terminan rompiendo todo.

—Exacto —asintió Helen mirando hacia la cima del santuario de madera—. Exacto, así es.

El matrimonio regresó a pie hacia la playa, subió a la camper y acomodaron al pequeño Marc en su asiento. Se pusieron los cinturones de seguridad y Kevin introdujo la llave en el contacto para arrancar.

El motor hizo un amago de girar, emitiendo un sonido ahogado, pero no llegó a encender.

—Qué raro... —murmuró Kevin extrañado.

—¿Qué sucede? —preguntó Sara de abrochándose el cinturón.

—No arranca.

—¿Será la batería?

—No creo —respondió Kevin sacudiendo la cabeza.

Recordaba perfectamente que, apenas unos días antes de iniciar el viaje, había llevado la furgoneta a su taller de confianza.

El mecánico le advirtió que la batería antigua estaba en las últimas, así que Kevin pagó por una nueva y dejó el vehículo completamente revisado para no tener imprevistos en medio de la nada.

Volvió a girar la llave. El motor tosió de nuevo, pero la furgoneta se negó a arrancar.

—Dios mío... —suspiró Kevin contrariado.

—Llamemos a la grúa de la asistencia en viaje —sugirió Sara sacando el teléfono del bolso. Miró la pantalla—. Qué extraño, no entra la llamada... no da señal.

Había un par de rayas en el icono del teléfono, pero la red parecía completamente bloqueada o sin intensidad.

—Quedaos aquí tú y el niño —dijo Kevin abriendo la puerta—. Voy a caminar por la pista de tierra hasta la carretera principal a ver si, saliendo de este desnivel, consigo cobertura.

Kevin echó a andar por el camino de grava por el que habían entrado el día anterior, sujetando el móvil en alto y observando fijamente la pantalla mientras probaba a realizar llamadas.

Mientras tanto, Sara se quedó esperando dentro de la furgoneta junto al pequeño Marc.

Pasados unos diez minutos, vio a través del retrovisor cómo la furgoneta moderna que habían visto antes aparcada en el pueblo avanzaba a paso lento por la pista de piedras, dirigiéndose exactamente hacia la carretera principal por la que Kevin había ido caminando.

El vehículo desapareció tras los matorrales. El tiempo siguió pasando en un silencio denso y pesado. Kevin no regresaba y el teléfono de Sara seguía sin recibir una sola raya de señal.

Pasó casi una hora entera sin noticias de Kevin. El silencio de la playa empezaba a volverse sofocante para Sara, que no dejaba de mirar una y otra vez la pantalla de su teléfono sin conseguir ni una sola barra de cobertura.

De pronto, el sonido de un motor rompió la calma. La misma furgoneta moderna que había visto marchar hacia la carretera principal regresaba a paso lento por la pista de piedras. El vehículo avanzó un poco más y terminó estacionando a escasos metros de la camper.

Del asiento del conductor bajó un hombre de unos treinta años, vestido con ropa cómoda de trabajo. Caminó hacia la camper y dio un par de golpecitos suaves en la puerta. Sara abrió de inmediato, impaciente.

—Hola, disculpa las molestias —dijo el joven con aire amable—.

Nos cruzamos esta mañana en la aldea. Verás, me dirigía al pueblo más cercano a hacer unas compras y me encontré a tu marido caminando por la carretera buscando cobertura.

Me pidió a ver si podía ayudarle a contactar con algún mecánico de la zona.

La verdad es que a Sara no le sonaba haber visto a ese hombre cuando visitaron la aldea esa misma mañana.

Aun así, tampoco le dio demasiadas vueltas; al fin y al cabo había bastantes vecinos por allí y lo más probable era que él hubiera estado dentro de alguna de las casas.

Lo único que de verdad le importaba en ese momento era saber que Kevin estaba a salvo en el pueblo y que muy pronto regresaría con la ayuda que necesitaban.

Sara dejó escapar un suspiro de alivio, apretando el marco de la puerta.

—Por suerte, en el pueblo al que iba hay un taller —continuó el muchacho—. Así que le he llevado conmigo hasta allí. Tu marido me ha dicho que no te preocupes, que ya está hablando con el mecánico y que en un rato vendrán para acá con la grúa para revisar y reparar la furgoneta.

—¡Madre mía, qué alivio! Vale, muchas gracias de verdad por el favor —respondió Sara sonriendo por primera vez en toda la mañana.

—No hay de qué darlas —dijo el hombre inclinando levemente la cabeza con simpatía—. Para eso estamos. Que tengáis buen día.

El joven regresó a su furgoneta y se alejó en dirección al asentamiento, dejando a Sara algo más tranquila dentro de la camper a la espera de que Kevin regresara con la grúa.

Con el sol empezando a declinar e inclinándose hacia el horizonte, las seis de la tarde cayeron sobre la costa con una luz cada vez más tenue.

Pasar horas esperando en el silencio helado de la camper, sumado a la idea de haber acampado en aquel descampado aislado, la estaba consumiendo por dentro.

El instinto le gritaba que algo no encajaba.

Y, aunque no había probado bocado en todo el día, no sentía el menor apetito; tenía el estómago encogido en un nudo de pura angustia.

Sin pensarlo más, Sara cogió en brazos al pequeño Marc, bien abrigado, y cerró la furgoneta.

Al dar unos pasos y mirar de reojo hacia atrás, creyó divisar en lo alto de una pequeña colina a una figura inmóvil que la observaba desde la distancia.

Sara prefirió no prestarle atención, apuró el paso y se dirigió resuelta hacia la aldea con la esperanza de que alguien la llevara en coche hasta el taller mecánico donde supuestamente estaba Kevin.