Capítulo 3 La invitación de Helen
Ya en el interior de la furgoneta, Kevin y Sara se pusieron manos a la obra para recogerlo todo. Desmontar la cama, plegar los asientos, asegurar los enseres para que nada saliera volando en la carretera y dejar el habitáculo de la camper impecable les llevaría fácilmente casi una hora.
Estaban a punto de terminar y poner rumbo a la carretera cuando Sara vio a través de la ventana a dos figuras que se aproximaban a paso ligero.
—Kevin... la mujer de antes vuelve hacia aquí —avisó Sara.
—Vaya por Dios... —murmuró él.
Helen parecía ir con prisa. Esta vez no venía sola; la acompañaba un hombre de unos cincuenta años, bien vestida y de aspecto afable. Kevin abrió la puerta de la furgoneta justo cuando ambos llegaban a la altura del vehículo.
—Hola, Kevin. Perdona que vuelva a molestaros —dijo la mujer con un tono suave y extremadamente apacible, a años luz de la rigidez de esa mañana.
—No, no se preocupe, Helen. Ya estábamos recogiendo para marcharnos —respondió él desde la puerta.
—¡Oh, no! No, por favor, no os marchéis tan pronto —suplicó ella junta a las manos—. Perdonadme, no os he presentado. Él es Tom, mi marido.
Tom dio un paso al frente con una amplia sonrisa y le estrechó la mano a Kevin con firmeza.
—Perdónala a mi mujer, joven —dijo Tom—. Aquí en el pueblo somos muy celosos con la gente que viene de fuera, a veces demasiado.
—Sí, no se preocupe. Acabamos de ver la pila que tenéis ahí abajo en la playa —comentó Kevin, señalando hacia la costa.
Helen miró de reojo la estructura de piedra y luego volvió a fijar sus ojos en Kevin, manteniendo una leve sonrisa.
—¿Qué os ha parecido? —preguntó.
—Parece ser bastante antigua.
Helen soltó una pequeña risotada, casi cómplice.
—«Antigua» no es la palabra adecuada... —dijo, para luego cambiar a un semblante compungido—.
Mirad, me siento fatal por lo de esta mañana.
Si hubiera sabido desde el primer momento que erais un matrimonio con un niño pequeño no me habría comportado así.
Os aseguro que no soy una persona con malas intenciones.
Me gustaría compensaros e invitaros a enseñaros nuestra aldea.
—No, de verdad, no hace falta que se moleste... —rehusó Kevin educadamente.
—¡Insisto, por favor! —interrumpió Helen, casi suplicante—. Solo será una hora, no os quitaremos más tiempo. Me siento fatal por el malentendido y me gustaría compensarlo. Es más, si queréis, estáis invitados a comer en nuestra casa.
En ese momento, Sara asomó la cabeza por el umbral de la camper, intrigada por la persistencia de la pareja. Helen la vio y le dedicó una inclinación de cabeza.
—Hola, Sara. Por favor, discúlpeme por lo de hace un rato —dijo dirigiéndose a ella—. Como le decía a su marido, me encantaría enseñaros nuestro pueblo. Les aseguro que es un lugar con mucha historia que prácticamente nadie conoce.
—No, lo sentimos, pero tenemos que partir ya —intervino Kevin, buscando una salida airosa—. Estamos haciendo turismo, recorriendo la costa y tenemos una ruta bastante programada que cumplir.
En realidad era una pequeña excusa; viajaban sobre la marcha y según lo que veían en el mapa, pero Kevin mantenía la guardia levantada.
Tom, sin embargo, volvió a tomar la palabra con tono jovial:
—Bueno, si estáis de turismo... ¿qué mejor que conocer lugares auténticos? Si os ha llamado la atención esa pila de la playa, os puedo asegurar que nuestro pueblo os va a parecer muy especial.
Sara miró a Kevin. Luego echó un vistazo de reojo al pequeño Marc, que jugaba tranquilo dentro de la furgoneta. La actitud de la pareja era ahora impecable y la curiosidad por la misteriosa piedra nórdica empezaba a pesar más que la desconfianza inicial.
—Bueno... supongo que podemos quedarnos un ratito más —dijo Sara, buscando la mirada de su marido.
Kevin suspiró, cedió con una leve sonrisa y miró a Tom y a Helen.
—De acuerdo. Echamos un vistazo rápido.
Kevin tomó a Marc en brazos y, junto a Sara, comenzó a caminar por el sendero empedrado siguiendo los pasos del matrimonio.
Mientras avanzaban con la brisa marina a las espaldas, la curiosidad de Sara terminó por vencer a la prudencia.
—Helen, perdone que insista, pero me he quedado pensando en la pila de la playa... ¿De qué época es exactamente? —preguntó Sara entusiasmada.
—Según los estudios que se han realizado en la zona, data aproximadamente del año 900 después de Cristo —respondió Helen con una sonrisa serena.
—¡¿Del año 900?! —exclamó Sara, abriendo mucho los ojos—. ¡Qué barbaridad! No tenía constancia de que en esa época hubiera asentamientos de este tipo aquí. Pensaba que por entonces solo habitaban nativos americanos y que los primeros europeos llegaron muchísimos siglos después.
Helen dejó escapar una leve risotada, bastante simpática.
—Es una pila nórdica —explicó la mujer—. Fue tallada en esta misma costa por un grupo de navegantes que cruzó el océano desde lo que hoy es Noruega. Ocurrió hace más de mil años.
—Iba a decir vikingos, ¿verdad? —intervino Tom con una mueca divertida.
—La verdad es que sí —admitió Sara, sonriendo un poco avergonzada—. Es lo primero que se le viene a cualquiera a la cabeza.
—No se preocupe —dijo Tom, acomodándose la chaqueta—.
Es una falsa creencia popular. Todo el mundo piensa en bárbaros con cascos de cuernos, pero el pueblo nórdico era, ante todo, una cultura de exploradores y comerciantes excepcionales.
Navegaron por infinidad de mares y llegaron a lugares impensables.
De algunos viajes quedaron registros escritos; de otros, no tanto.
Pero uno de los sitios donde desembarcaron y llegaron a afincarse fue precisamente esta costa.
Y nos dejaron un legado incalculable... una verdadera descendencia de todo lo que construyeron aquí.
Tras dejar atrás el último tramo de matorrales y acantilado, el sendero desembocó finalmente en la entrada de la aldea.
El aspecto del lugar dejó a Kevin y a Sara sin palabras.
No parecía en absoluto un pueblo típico de la costa de Maine; parecía haber sido sacado de otro continente y de otra época.
Las viviendas eran modestas estructuras de madera erigidas sobre robustas bases de piedra superpuesta, encajadas con una técnica milimétrica.
Sobre esos cimientos se levantaban gruesos tablones de madera oscura, esculpidos con cenefas e intrincados grabados.
En el centro del asentamiento destacaba una construcción enorme: una suerte de gran ermita o santuario de madera que eclipsaba al resto de las edificaciones, con un tejado a dos aguas muy pronunciado y rematado por ornamentos de clara estética nórdica que desafiaban al cielo.
Incluso en la plaza principal se alzaba un pozo de piedra para el agua, cubierto de runas y entrelazados labrados en la roca.
A medida que se adentraban por el camino central, las puertas de las casas comenzaron a abrirse.
Varios vecinos salían a los porches o se asomaban a las ventanas, fijando sus miradas sobre la joven familia.
Sus rostros eran serios, inexpresivos, acompañando con los ojos cada paso que daban Kevin, Sara y el pequeño Marc.
—No se asusten —dijo Tom en voz baja, al notar la rigidez en la postura de Kevin—. No solemos recibir visitas por aquí, así que la gente no está acostumbrada a ver rostros nuevos.
Kevin apretó instintivamente a su hijo contra el pecho. Estaba claro que aquel rincón del mapa guardaba secretos demasiado antiguos, y el ambiente, pese a la cortesía de sus guías, empezaba a sentirse denso e inquietante.
Para tranquilidad de Kevin y Sara, al momento salieron varios niños del pueblo, de entre unos ocho, diez y doce años, corriendo alegremente y jugando alrededor del grupo. Ver esa imagen tan cotidiana rompió de golpe la ligera tensión que se había formado en el ambiente.
Sara no pudo evitar sonreír al verlos y miró a Helen.
—¿Y los niños van al colegio por aquí?
Tom soltó una carcajada sincera antes de responder:
—¡Por supuesto que van al colegio! Cada mañana les llevamos en nuestra furgoneta por el camino empedrado hasta la carretera principal, a un par de kilómetros de aquí. Allí hay una parada y pasa el autobús escolar para recogerlos y llevarlos a la escuela. ¡Oiga, que tampoco somos amish!
Helen sonrió y señaló una furgoneta moderna aparcada a un lado de la calle de tierra, junto a uno de los porches.
—El pueblo más cercano lo tenemos a solo diez kilómetros.
Solemos ir con la furgoneta a hacer la compra, sobre todo a por latas y víveres para cuando aprieta el invierno.
Aquí tenemos nuestros propios animales, huertos y granjas, y la verdad es que nos apañamos bastante bien por nuestra cuenta, pero aun así salimos habitualmente a la ciudad...
¡para comprar medicinas y lo que haga falta! No vivimos aislados del mundo.
Aquella aclaración terminó de relajar a Kevin, que sonrió al ver que, a pesar de sus peculiares tradiciones y vestimentas, eran vecinos completamente integrados en la vida moderna.
A mitad de la calle principal, Tom se detuvo frente a una de las viviendas y se agachó ligeramente para dar unas palmaditas sobre los pesados bloques que formaban el cimiento.
—Mirad esto —dijo indicando los muros inferiores—.
Aunque las vigas y las maderas de la estructura se suelen cambiar cada veinte años más o menos para que no se pudran con la humedad del mar, esta base de piedra es intacta.
Es exactamente la misma estructura que levantó el primer asentamiento nórdico cuando desembarcó en esta costa y decidió afincarse aquí.
Se ha conservado en pie durante más de mil años.
Mientras observaba los detalles de la aldea, la mirada de Kevin se posó de nuevo en el hombre del pelo lacio y deslucido que habían visto esa misma mañana en la playa.
Estaba sentado en un banco junto a uno de los porches, concentrado con un cincel y un martillo en la mano, esculpiendo meticulosamente complejos grabados nórdicos sobre unos tablones de madera nueva.
Al sentir la presencia del grupo, el hombre apenas levantó la vista y los miró fijamente de reojo, sin pausar el golpeo rítmico de sus herramientas.
Al otro lado de la calle principal, cerca de la zona de huertos, otra figura llamó poderosamente la atención de Kevin.
Era un joven de unos veinticinco años que caminaba en su dirección cargando sobre el hombro un enorme canasto repleto de lechugas recién cosechadas.
Kevin se quedó asombrado por su envergadura: aquel muchacho superaba fácilmente los dos metros de altura y lucía una complexión imponente, con hombros anchos y una musculatura propia del trabajo duro.
Cuando el joven llegó a su altura, Tom, que también era un hombre de complexión robusta, se giró para presentarlo con orgullo:
—Este de aquí es nuestro hijo, Henry.
—¿Cómo estás, guapo? —dijo Helen, acercándose a él con una sonrisa tierna y dándole una cariñosa palmadita en la mejilla—. ¿Cómo está el niño más bonito de la aldea?
A pesar de que Henry era un gigante de veinticinco años, Helen lo trataba con la devoción y el tono que una madre reserva para un niño pequeño.
Kevin, queriendo ser cortés, le extendió la mano al muchacho para saludarlo.
—Encantado, Henry.
El joven se detuvo un segundo. Miró la mano extendida de Kevin con los ojos entrecerrados y una expresión completamente inexpresiva, dio media vuelta sin articular una sola palabra y continuó su camino hacia una de las casas.
—Ay, discúlpeme, por favor —se apresuró a decir Helen con tono exculpatorio—. El pobre Henry no puede hablar ni oír, así que vive un poco en su propio mundo. Eso sí, es un trabajador nato y una ayuda tremenda para la familia, exactamente igual que lo era su padre a su edad.
Tom dejó escapar una carcajada amplia mientras se sobaba la zona lumbar.
—¡Y que lo digas! ¡Ay, Dios mío, si mi espalda no me hubiera dado tanta guerra todos estos años...! Pero bueno, a cierta edad a uno no le queda otra que empezar a cuidarse la salud y dejar el peso a las nuevas generaciones.