Capítulo 2 Ruinas en la playa
Al día siguiente amaneció temprano. A Kevin y a Sara les había costado conciliar el sueño; al encontrarse en un lugar desconocido, el instinto les hacía mantener el oído alerta ante cualquier ruido de la noche, y no lograron quedarse dormidos hasta pasadas unas cuantas horas.
Cuando los primeros rayos del sol iluminaron el paisaje, eran apenas las siete de la mañana. De pronto, unos golpes secos resonaron en la chapa de la camper.
Kevin se levantó de un sobresalto, al igual que Sara.
—¡Un momento! —gritó Kevin.
Agarró una sudadera que tenía a mano y un pantalón corto, dándose prisa y pegando algún que otro pequeño bote dentro de la furgoneta para ponérselo, entorpecido por lo estrecho del habitáculo.
La puerta volvió a sonar con insistencia: toc, toc, toc.
—¡Un segundo, voy! —repitió Kevin. La persona al otro lado parecía bastante ansiosa.
Kevin abrió la puerta y salió fuera de la furgoneta para hablar con la visita.
La camper tenía un escalón bastante alto, y Kevin sabía muy bien, por sus clases de psicología en la academia de policía, que hablar desde una posición elevada podía hacer sentir a la otra persona en inferioridad de condiciones y crispaba el ambiente.
Quería estar a su misma altura y transmitir tranquilidad.
Al bajar, se encontró cara a cara con una mujer de unos cincuenta años pegada a la furgoneta.
Tenía un aspecto aseado, pero vestía de un modo atípico, con una ropa que parecía sacada de la década de los 80.
A unos diez metros de distancia, en la playa de piedras, había un hombre de unos sesenta años observando la escena.
Llevaba el pelo largo y deslucido, tenía un aspecto consumido y no paraba de mover la cabeza de izquierda a derecha.
Desde lejos, a Kevin le dio la impresión de que aquel hombre no estaba muy bien de la cabeza, pero se limitaba a permanecer en la lejanía como acompañante.
La mujer, que mostraba mejor salud, no esperó un segundo.
—Tienen que marcharse de aquí. Lo siento —dijo tajante.
—Buenos días... ¿Qué desea? —preguntó Kevin.
—Esto es propiedad privada —insistió ella.
Kevin, que conocía bien las leyes, la miró con serenidad:
—Perdone, señora, pero el camino por el que hemos entrado no estaba vallado ni tenía ninguna señalización.
—Ya se debe de haber caído la valla esta temporada —respondió la mujer, sin dudarlo.
Sin embargo, Kevin recordó perfectamente el trayecto. Al desviar la furgoneta se había fijado en el suelo por si había alguna cadena rota o restos de una cerca —no era la primera vez en ese viaje que acampaban en un sitio dudoso— y estaba seguro de que allí no había nada.
—Señora, le aseguro que no he visto ningún cartel de propiedad privada —replicó Kevin—. De todas formas, si prefiere llamar a la policía y ellos consideran que debemos marcharnos, no tendré ningún inconveniente en recoger e irme.
Dentro de la furgoneta, Sara intentaba seguir el hilo de la conversación. Como la puerta había quedado entornada tras salir Kevin, apenas lograba oír nada.
—Kevin, ¿pasa algo? —preguntó desde dentro.
—No, tranquila —respondió él hacia la puerta.
La señora no parecía agresiva ni violenta, pero sí extremadamente pesada y exigente con que abandonaran el lugar. En un movimiento rápido, la mujer decidió aproximarse de más y asomarse directamente al umbral de la puerta abierta de la camper.
Pero en cuanto echó un vistazo al interior y vio a Sara y al niño, la mujer se quedó completamente muda.
Desde que había llegado no había parado de hablar de forma insistente, pero al descubrir la escena familiar en el interior se congeló durante unos segundos, asombrada.
—Ay... perdone —dijo la mujer, cambiando radicalmente el tono de voz—. No sabía que venían con un niño pequeño.
—Sí —respondió Kevin desde el escalón—. Es mi mujer, Sara, y mi hijo, Marc.
La mujer dio un paso atrás y esbozó una sonrisa amable que contrastaba con su rigidez anterior.
—Perdóneme que no me haya presentado antes.
Mi nombre es Helen. Soy... bueno, se podría decir que soy la alcaldesa de este pequeño pueblo.
Normalmente suelen venir por aquí jóvenes a hacer botellón y no nos gusta tener a mucha gente de fuera.
Esta es una zona muy tranquila y, sobre todo, con mucha historia.
—Le entiendo, no se preocupe —dijo Kevin, más relajado—. Seguramente nos iremos hoy al mediodía, después de comer.
Helen asintió con la cabeza, mucho más calmada y cordial.
—De acuerdo. Que tengan un buen día —se despidió antes de dar media vuelta y caminar hacia la playa.
Kevin la observó alejarse. Cuando Helen llegó a la altura del hombre del pelo largo que la esperaba entre las piedras, se inclinó ligeramente hacia él y le murmuró al oído con voz firme:
—Hay que decir a los hermanos que cancelen el viaje. Los dioses nos están sonriendo.
Aquella pareja, Helen y el hombre extraño que se había mantenido en silencio todo el tiempo, comenzaron a alejarse caminando por la orilla hacia la aldea que se perfilaba al fondo.
Kevin se quedó observándolos un instante mientras se alejaban por las piedras.
Fue justo al girar la vista cuando sus ojos se topaban con algo en lo que no se había fijado al desembarcar ni durante la noche: a unas decenas de metros, en plena playa, se alzaba una imponente estructura.
Se trataba de una pila bautismal de piedra, pero de unas dimensiones descomunales; medía al menos un metro sesenta de altura.
La piedra aparecía profusamente labrada, llena de relieves detallados y grabados que recordaban a la iconografía nórdica.
No cabía duda de que era una pieza de una antigüedad formidable.
La pila tenía una cavidad superior pensada para verter agua y, en su base, un pequeño desagüe conectado a un canal de bloques de piedra encajados con absoluta precisión.
El canal avanzaba serpenteando por la tierra hasta morir directamente en el mar.
Impactado por el hallazgo, Kevin caminó hacia la camper para avisar a su familia.
—Sara, tienes que ver esto. No te vas a creer lo que he encontrado.
Sara bajó de la furgoneta cogiendo a Marc de la mano y siguió a su marido hasta la orilla. Al llegar frente a la gigantesca estructura, se quedó fascinada observando los detalles tallados en los bloques.
—Dios mío... esto debe ser antiquísimo —dijo Sara, rozando con los dedos los bordes del grabado—. Parece nórdico... o de algún lugar del norte de Europa.
—Con razón a esta gente no le gusta que vengan extraños a rondar por aquí —comentó Kevin, mirando alrededor de la explanada—. Esto tiene que ser incluso anterior a la llegada de los españoles y los ingleses a este continente.
—Sin duda —asintió ella, desviando la mirada hacia el canal que llevaba al agua—. Pero... ¿qué hace una joya histórica así, tirada aquí en medio de la nada?
Kevin negó con la cabeza, rascándose la nuca mientras la sospecha y el instinto policial empezaban a rondarle la mente.
—No lo sé, pero todo esto es muy raro —dijo, mirando de reojo hacia la dirección por la que se habían ido los dos lugareños—. Es mejor que nos vayamos ya. No quiero buscarme problemas con esta gente y esto no me huele nada bien.
—Tienes razón —acordó Sara, sujetando con más firmeza la mano del pequeño Marc—. preparemos todo y sigamos con nuestro viaje.