Capítulo 1 Enero de una nueva década
La luz del atardecer se filtraba entre los árboles del borde de la carretera, proyectando sombras alargadas sobre el salpicadero de la furgoneta.
No era una gran autocaravana de lujo, sino un modelo camper compacto, adaptado como vivienda, con el espacio justo para lo esencial y un aroma permanente a café reciente y salitre.
Al volante, Kevin mantenía una mano firme sobre la dirección mientras con la otra ajustaba el espejo retrovisor.
A sus treinta y dos años, el cuerpo aún le recordaba la persecución de hacía casi doce meses: una caída limpia por un tramo de escaleras tras un sospechoso que acabó con su brazo izquierdo destrozado y un año entero de baja médica.
Había sido un proceso largo y tedioso de rehabilitación, pero ahora, a falta de solo un mes para reincorporarse a su placa de policía, sintió que no había mejor forma de quemar los últimos cartuchos de su recuperación que cumplir un viejo sueño: cargar la furgoneta y recorrer Estados Unidos de punta a punta junto a su familia.
—¿Falta mucho, papi? —preguntó Marc desde el regazo de su madre, dando un pequeño golpecito en el salpicadero con su peluche.
—Un suspiro, campeón —respondió Kevin, mirándolo por el espejo con una sonrisa relajada—. En cuanto pasemos este tramo de la costa buscaremos un buen sitio para aparcar y ver cómo se esconde el sol.
Sara apoyó la barbilla en la cabeza del pequeño, dejando escapar un suspiro de pura tranquilidad mientras el sonido del motor acompañaba el murmullo lejano de las olas romper contra los acantilados.
Se encontraban recorriendo la costa de Maine, recién dejado atrás el tranquilo pueblo de Machias. En el asiento del copiloto, Sara mantenía abierta en el móvil una aplicación de mapas con vista de satélite para ir siguiendo la ruta.
—¿Hacia dónde se supone que vamos exactamente esta noche, Kevin? —preguntó su mujer, levantando la vista de la pantalla.
—La idea era llegar hasta Eastport —respondió él, sin apartar los ojos de la carretera.
Sara echó cuentas rápidamente con la mirada fija en el mapa: aún les quedaban unos 200 kilómetros por delante.
Aunque todavía faltaba algo más de una hora y media para que el sol terminara de ponerse, a la velocidad que avanzaban por aquellas vías secundarias se les haría de noche mucho antes de llegar.
Haciendo un poco de zoom sobre la pantalla, a Sara le llamó la atención una pequeña aldea dibujada junto al mar. Justo al lado de la carretera se veía una playa de piedras y, pegado a ella, un descampado bastante amplio que parecía un sitio ideal para pasar la noche.
—Oye, a unos 50 kilómetros de aquí hay una zona que pinta muy bien —dijo señalando el mapa—. Hay una playa de piedras y una campa grande al lado. El camino no parece privado ni cerrado. ¿Por qué no nos quedamos ahí?
Kevin lo pensó un momento.
—Bueno, pasa por nuestra ruta. Cuando lleguemos al cruce lo miramos y, si lo veo seguro, nos desviamos.
Para Kevin, la seguridad de su familia era lo primero.
No era un hombre especialmente aficionado a las armas, pero dada su profesión de policía y la naturaleza de un viaje tan largo acampando en lugares aislados, había decidido llevar consigo una de sus pistolas por precaución.
Eso sí, lo hizo a espaldas de Sara para no preocuparla innecesariamente.
Recorrieron los kilómetros restantes hasta divisar el desvío. El camino que salía de la carretera principal era de tierra y grava, sin vallas, señales de prohibición ni nada que indicara que fuera propiedad privada. Kevin redujo la marcha y miró a su mujer.
—Tiene muy buena pinta —asintió ella con una sonrisa.
Kevin maniobró con cuidado y giró la furgoneta hacia la pista sin asfaltar.
Tras avanzar unos dos kilómetros a paso lento entre la vegetación, el camino desembocó en el descampado que Sara había visto en el satélite: una pequeña explanada despejada, flanqueada por la vegetación y con vistas directas a la playa de piedras y al mar.
Sin pensárselo dos veces, aparcaron la camper en la campa para preparar la noche.
Aunque las temperaturas eran inusualmente templadas para mediados de enero —rondando unos 8 grados a medida que caía la noche—, la brisa marina soplaba con fuerza desde el Atlántico.
Habrían sacado la mesa plegable al exterior y Kevin habría montado una pequeña hoguera en el suelo, siempre respetando las normas del entorno y asegurándose de dejar todo bien apagado, pero el rasco fresco de la costa no animaba a quedarse fuera a la intemperie.
Así que decidieron cenar al resguardo dentro de la camper.
El espacio era recogido, pero la luz cálida de los fluorescentes portátiles y el olor a los sándwiches calientes creaban un ambiente reconfortante.
Marc comía alegremente en la pequeña mesa abatible mientras sus padres compartían miradas de complicidad, cansados pero satisfechos tras tantas horas de ruta.
Mientras su mujer recogía los platos y guardaba todo, Kevin salió de la furgoneta para dejarle más espacio. No es que siempre recogiese ella, pero como Kevin había conducido durante tantas horas, Sara se estaba encargando de ordenar un poco el interior.
Kevin aprovechó para salir a respirar algo de aire fresco.
La noche era cerrada, pero al alzar la vista descubrió un cielo totalmente despejado.
Se veían miles y miles de estrellas deslumbrantes y varias estrellas fugaces cruzando la negrura.
Aquella estampa era impactante; Kevin nunca había contemplado un firmamento tan estrellado y hermoso.
Impresionado, volvió a entrar un momento a la camper y le dijo a su esposa:
—Sara, sal un segundo fuera. Tienes que ver esto.
Sara salió y se quedó igualmente asombrada al contemplar el espectáculo. Era un cielo irreal mente bonito, profundo y limpio, como si se encontraran flotando en mitad del espacio.
—¡Qué bonito! Es absolutamente precioso —dijo ella con una sonrisa.
—Sí... Por experiencias así merece la pena salir del confort de nuestro hogar —respondió Kevin contemplando el horizonte.
Ambos regresaron al interior de la furgoneta.
Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral, a Kevin le pareció distinguir de reojo, en la lejanía, la figura de un hombre sosteniendo una linterna.
El destello de luz los enfocó apenas durante un breve segundo y, de pronto, el haz desapareció en la oscuridad.
Kevin se quedó mirando fijamente hacia la penumbra por un instante, pero decidió no comentar nada para no alarmar a su mujer.
Entró a la autocaravana, echó el cierre de seguridad desde dentro y dirigió una breve mirada hacia uno de los armarios empotrados del techo, donde había resguardado su arma reglamentaria por protección.
Saber que su familia estaba a salvo en el interior, con la puerta bloqueada y un arma al alcance de la mano, le devolvió la tranquilidad suficiente para encarar la noche.
El susurro constante de las olas rompiendo suavemente contra las piedras de la playa se colaba por los resquicios de la furgoneta, creando un murmullo uniforme que llamaba al sueño.
Sara preparó la cama trasera, arropó al pequeño Marc entre los dos y se acostaron.
En cuestión de minutos, la respiración rítmica del niño y el cansancio acumulado terminaron por rendir a la pareja, dejándolos profundamente dormidos bajo la sombra de la noche en mitad de la nada.