Diez años de tinieblas Prólogo
5%
Diez años de tinieblas

Diez años de tinieblas

Por David B. G.

© inepub.com

Prólogo

El plató de Late Night America olía a una mezcla rancia de laca para el pelo, café recalentado y el tabaco que los colaboradores fumaban a escondidas detrás de las cámaras.

Los focos de dos mil vatios abrasaban el escenario, reflejándose en la mesa de caoba falsa donde Jack Miller, el presentador de sonrisa perfecta y traje gris cruzado, daba golpes rítmicos con su bolígrafo plateado.

—Y bien, damas y caballeros, antes de despedir la emisión de esta noche, vamos a cerrar con una de esas historias que te hacen mirar dos veces debajo de la cama antes de apagar la luz —dijo Miller hacia la cámara principal, modulando esa voz grave y teatral que le había dado diez años de audiencia ininterrumpida—.

Esta noche nos acompañan dos personas con perspectivas muy distintas sobre un mismo misterio.

Por un lado, tenemos a Thomas Vance, antiguo detective de la policía de Chicago con más de veinte años de servicio a sus espaldas.

Vance, un hombre de hombros anchos, mandíbula cuadrada y una chaqueta de pana que había visto tiempos mejores, se limitó a hacer un breve gesto con la cabeza. Tenía los brazos cruzados y la mirada escéptica de quien ha visto demasiado barro como para creer en cuentos de fantasmas.

—Y a su lado —continuó el presentador, suavizando el tono—, el señor Arthur Pendelton.

El hombre sentado en el extremo del sofá parecía a punto de ser consumido por su propio traje.

Era un anciano enjuto, de tez pálida y manos temblorosas que no dejaban de acariciar una carpeta de cartón gastada.

Los años le habían encorvado la espalda, pero sus ojos, hundidos tras unas gafas de gruesa montura, conservaban una lucidez febril.

—El señor Pendelton ha venido a compartir con nosotros algo que lleva más de cuatro décadas investigando. Arthur... si no me equivoco, todo esto comenzó para usted en 1980.

—El 14 de enero de 1980 —puntualizó el anciano. Su voz era fina, como el crujido de hojas secas—. Ese día mi hijo, Billy, salió al jardín trasero a buscar una pelota. Tenía cuatro años. Nunca volvió a cruzar la puerta.

El plató quedó en un silencio denso. Miller puso cara de circunstancia, la misma que ponía cuando entrevistaba a viudas o a víctimas de estafas, y se inclinó hacia adelante.

—Lamento profundamente su pérdida, Arthur. Sé que desde entonces no ha dejado de buscar respuestas. Y usted afirma haber encontrado algo... un patrón.

—No es una afirmación, es un hecho —dijo el viejo Pendelton.

Con dedos torpes, abrió la carpeta y sacó un taco de hojas manuscritas, llenas de nombres, fechas y recortes de prensa amarilleados.

Extendió el primer folio sobre la mesa—.

Al principio pensé que era una maldición personal.

Pero pasé años hablando con otras familias, rastreando archivos de periódicos por todo el país.

Y la pauta está ahí, impecable, para todo el que quiera verla.

El anciano señaló con un dedo nudoso la parte superior de la lista.

—Principios de enero de 2010: desaparece el pequeño Timmy Drake en Ohio, 3 años.

Principios de enero de 2000: desaparece Clara Vance en Oregón, 4 años.

Principios de enero de 1990: Leo Miller en Texas, 4 años.

Principios de enero de 1980: mi hijo Billy, 4 años...

Siempre es lo mismo. Las desapariciones ocurren invariablemente a principios del mes de enero, al arrancar cada nueva década, con una precisión matemática.

Un niño menor de cinco años se esfuma sin dejar el menor rastro.

Ni una prenda, ni una huella, ni una petición de rescate. Se los traga la tierra.

Miller alzó una ceja, olfateando el espectáculo, y miró de reojo al expolicía.

—Thomas, usted tiene bastante experiencia en desapariciones. ¿Qué opina de esta teoría?

Vance suspiró, se reacomodó en el sofá y miró a Pendelton no con burla, sino con la piedad cansada de quien ha tratado con demasiados padres rotos por el dolor.

—Con todo el respeto para el señor Pendelton...

esto es buscar formas en las nubes —dijo el ex detective sacudiendo la cabeza—.

Las estadísticas no funcionan así. Hay miles de niños que desaparecen en este país cada año.

En 1987 hubo varios casos mediáticos, en 1992 igual, en 2005 tres en el mismo estado...

La gente desaparece todos los días por miles de razones: secuestros parentales, accidentes, pederastas... La geografía y el tiempo son caóticos.

—¡Esos casos no tienen nada que ver! —interrumpió Pendelton, alzando la voz por primera vez y dando un golpe débil sobre la mesa—.

Los niños de los que usted habla suceden en cualquier momento y muchos aparecieron, vivos o muertos.

Se encontró un culpable, un cuerpo, un rastro.

Pero los de mi lista... ocurren únicamente a primeros de enero de cada diez años y ¡ninguno de los niños ha vuelto jamás! Ni uno solo. Se van para siempre.

Vance alargó el brazo y tomó uno de los folios marcados por el anciano. Lo examinó con ojo clínico durante unos segundos, deslizando el índice por la columna de fechas.

—A ver, Arthur... Aquí veo un hueco enorme —señaló el expolicía, mostrando la hoja a la cámara—. Principios de enero de 1940. Según sus propios apuntes, en enero de 1940 no hay ningún niño registrado en su "patrón". Si fuera tan matemático como dice, tendría a alguien ahí.

El anciano se agitó en su asiento, ajustándose las gafas con nerviosismo.

—Eso... eso fue una excepción. El 40 fue un año complicado, la guerra europea, los registros locales en muchas zonas rurales eran un desastre...

Pero si sigue mirando hacia atrás, lo verá.

Principios de enero de 1930, el niño de la familia Hayes en Kansas.

Principios de enero de 1920, la pequeña Eleanor en Vermont...

¡La pauta está ahí! ¡Enero marca el inicio de cada década y ahí es cuando atacan!

—Ya, pero si bajo hasta enero de 1910 tampoco tiene nada —replicó Vance, dejando la hoja de nuevo en la mesa con un chasquido sordo—.

Entiendo su dolor, de verdad que sí. Pero los vacíos en su propia lista demuestran que es una coincidencia.

Su cerebro está intentando conectar puntos inconexos para darle un sentido a la tragedia de su hijo. Es algo humano, pero no es ciencia.

—He ido a decenas de emisoras de radio, a periódicos locales, a cadenas de televisión...

—murmuró Pendelton, ignorando las palabras del policía y mirando fijamente a la cámara, como si hablara directamente con alguien al otro lado de la pantalla—.

Nadie quiere escuchar. Piensan que soy un viejo loco.

Pero el tiempo se agota. Estamos a principios de década de nuevo... apenas acaba de empezar enero.

Jack Miller miró el reloj de pared del plató. La luz roja del apuntador empezó a parpadear desesperadamente desde detrás de las cámaras: se habían quedado sin tiempo de emisión y los anuncios debían entrar ya.

—Bueno, damas y caballeros —dijo Miller, tomando el control con su profesionalidad habitual y poniéndose de pie para desear las buenas noches—.

Desafortunadamente, el tiempo en televisión es implacable y tenemos que dejarlo aquí.

Un debate fascinante. Muchas gracias al detective Vance por aportar su visión técnica, y por supuesto a usted, señor Pendelton, por compartir su testimonio con nosotros...

De pronto, el anciano se puso en pie de golpe. La silla arrastró contra el suelo con un chillido seco.

—¡No! ¡No, por favor! ¡No lo entendéis! —gritó Pendelton, estrechando la carpeta contra su pecho con nudillos blancos mientras el cuerpo le temblaba de pura agitación.

—Señor Pendelton, por favor, estamos fuera de tiempo... —interrumpió el presentador, manteniendo una sonrisa congelada frente a la cámara e intentando tapar la interrupción.

—¡No terminéis el programa todavía! ¡Tenéis que escucharme! —el hombre alzó la voz por encima de la música de cabecera que comenzaba a entrar por los altavoces—. ¡Estamos a primeros de enero y la fecha ha llegado! ¡Por favor, proteged a vuestros hijos! ¡Tened mucho cuidado, por favor!

—¡No! ¡No, por favor! ¡No lo entendéis! —gritó el señor Pendelton poniéndose en pie de golpe, mientras la silla chirriaba contra el suelo. Estrechaba la carpeta contra su pecho con nudillos blancos y el cuerpo le temblaba de pura agitación.

—Señor Pendelton, por favor, estamos fuera de tiempo... —interrumpió el presentador, intentando mantener la sonrisa frente a la cámara.

—¡No terminéis el programa todavía! ¡Tenéis que escucharme! —el anciano alzó la voz por encima de la música de cabecera que empezaba a sonar—. ¡Hoy nos encontramos a primeros de enero! ¡Estamos arrancando la década y la desaparición de un niño va a ser inminente!

—Agradecemos de nuevo a nuestros invitados de esta noche... —siguió Miller, haciendo señas disimuladas al equipo técnico mientras el público aplaudía por inercia.

Pero Pendelton avanzó directamente hacia la cámara principal, completamente fuera de sí.

—¡Se lo suplico a todos los padres! ¡Tengan mucho cuidado con sus hijos menores de cinco años!

¡Por favor, no se despeguen de ellos! Al ser el primer mes de enero de esta nueva década, estoy absolutamente convencido, por mi patrón, de que un niño va a desaparecer de forma inminente...

¡y no va a aparecer nunca! ¡Protegerlos, por favor, ya va a tocar otra vez!

La cámara recortó la figura del anciano gesticulando desesperado justo antes de que la pantalla parpadeara con una ráfaga de nieve electrónica y diera paso a la publicidad.

—Agradecemos de nuevo a nuestros invitados de esta noche... —siguió Miller, alzando la voz con soltura profesional y haciendo señas disimuladas al equipo técnico mientras el público del plató comenzaba a aplaudir por instinto.

Pero el anciano ya no miraba al presentador. Dio un paso hacia la cámara principal, descompuesto, elevando el tono por encima de los aplausos que amortiguaban sus palabras.

—¡Por favor! —suplicó el anciano, alzando las manos temblorosas hacia la cámara principal mientras la música del programa intentaba tapar su voz—. Si cualquiera tiene un niño menor de cinco años, ¡protegedle! ¡No le dejéis solo, por favor!

El presentador intentó interponerse con una sonrisa nerviosa, pero Pendelton avanzó un paso más, fuera de sí, mirando fijamente al objetivo.

—Esto solo va a ocurrir en Estados Unidos. Sucede ahora, en los primeros días de enero de esta nueva década. Si tenéis un hijo menor de cinco años y vivís en Estados Unidos, o si estáis aquí de paso... ¡no os despeguéis de él! ¡No le dejéis solo ni un segundo, por favor!

—¡Por favor! ¡Es principios de enero y ya va a tocar! ¡Ya va a tocar otra vez!

La cámara principal recortó la figura del anciano gesticulando desesperado justo antes de que la pantalla parpadeara con una ráfaga de nieve electrónica. En un segundo, la imagen dio paso a un anuncio luminoso de detergente para la ropa y, acto seguido, la pantalla se fundió a negro.