Diez años de tinieblas Capítulo 12 Cuentas pendientes #3
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Capítulo 12 Cuentas pendientes #3

El epidemiólogo esbozó una sonrisa conciliadora, acomodándose en el sillón con absoluta templanza.

—Para nada, Jack. No hay motivo para la alarma —respondió el doctor Harris con tono pausado y reconfortante—.

Lo que estamos viendo en China responde a un despliegue de medidas preventivas extraordinarias y muy contundentes por parte de sus autoridades gubernamentales, pero la población occidental puede estar completamente tranquila.

No hay un trasfondo de gravedad que amenace nuestro estilo de vida.

La gente puede seguir viajando y haciendo su vida normal con total seguridad; contamos con protocolos sanitarios internacionales muy estrictos y con un equipo de profesionales extraordinario que sabe perfectamente cómo atajar estas situaciones de raíz para que no vayan a más.

31 de marzo de 2020:

La penumbra del salón solo estaba rota por el parpadeo azulado de la televisión.

Sara permanecía sentada en el sofá de aquel apartamento refugio, un lugar sobrio y ajeno donde el programa de protección de testigos los había reubicado tras la pesadilla de Machias.

Tenía la pierna izquierda estirada y apoyada en un cojín, descansando del peso del escayolado.

En el suelo, sobre una alfombra mullida, el pequeño Marc jugaba en silencio con un par de coches de juguete, ajeno al peso del mundo que su madre llevaba a las espaldas.

Sara miraba la pantalla con la vista perdida, sosteniendo una taza de té entre las manos, cuando la emisión del informativo se interrumpió de golpe para dar paso a una conexión de última hora desde la Casa Blanca.

La gravedad institucional se apoderó de la pantalla.

En el atril de la sala de prensa comparecía el presidente Donald Trump.

Flanqueándolo, el equipo de respuesta contra la pandemia —con la doctora Deborah Birx y el doctor Anthony Fauci a la cabeza — permanecía de pie con rostros sombríos, los brazos cruzados y las miradas fijas en el suelo, transmitiendo un silencio funeral.

---Quiero que cada estadounidense esté preparado para los días tan difíciles que se nos avecinan —comenzó diciendo el presidente con un timbre de voz plano, desprovisto de su habitual arrogancia—. Vamos a atravesar semanas muy, muy dolorosas.

Detrás de él, en los paneles auxiliares, se proyectaron unos gráficos oscuros que dibujaban las curvas de mortalidad más negras jamás estimadas por el gobierno. El presidente señaló con el dedo la parte superior de la gráfica, la que preveía la catástrofe sin medidas de contención:

—las estimaciones científicas oficiales prevén que este virus se cobrará más de dos millones doscientas mil vidas solo en suelo estadounidense. Más de dos millones de muertos.

Las palabras cayeron como una losa de hormigón en la sala y al otro lado de las pantallas de millones de hogares.

En la alfombra, Marc hizo rodar uno de sus coches imitando el sonido de un motor, ajeno por completo al televisor. Pero en el sofá, a Sara se le congeló la sangre. Al escuchar esa cifra abrumadora —dos millones doscientos mil muertos—, el salón del apartamento pareció desvanecerse.

El crujido de las olas rompiendo contra las rocas de la playa de Machias volvió a retumbar en sus oídos. La imagen de Helen, agonizando en el suelo bajo la fría luz de la luna, emergió de su memoria mientras sus últimas palabras resonaban en su cabeza con un eco helado y profético:

«No sabéis lo que hacéis... Nos estás condenando a todos a diez años de sombras...»

Sara bajó la mirada hacia su hijo, dejó la taza sobre la mesa con la mano temblando y se descolgó del sofá para sentarse en el suelo junto a él. Abrazó a Marc contra su pecho y cerró los ojos con fuerza.

Había logrado salvar a su hijo de las garras de la secta, pero mientras el mundo se preparaba para encerrarse a oscuras, una duda terrible quedó sembrada para siempre en su alma: la pesadilla no había terminado en la aldea. Las sombras acababan de empezar para toda la humanidad.

El plató de Late Night America  con luces brillantes y aplausos ya era solo un recuerdo lejano....

La pantalla mostraba ahora una imagen diferente, casera y claustrofóbica.

Jack Miller, el carismático presentador de Late Night America, ya no vestía su impecable traje ni estaba sentado tras su elegante mesa de madera.

Aparecía en el encuadre retransmitiendo desde el salón de su propia casa, grabado con la webcam de su portátil.

Llevaba una mascarilla quirúrgica ajustada al rostro, de la que solo sobresalían unos ojos cansados y una mirada grave cargada de incertidumbre.

Se acomodó frente a la pantalla, se ajustó ligeramente la mascarilla y habló directamente a los millones de espectadores que lo veían aislados desde sus hogares:

—Buenas noches a todos... desde casa —comenzó Miller con una sonrisa triste que apenas se intuía bajo la tela—.

Como ya sabrán, la situación se ha vuelto insostenible.

Los estudios han cerrado y, sinceramente, no sé cuándo volveremos a vernos por aquí ni cuándo podremos recuperar las vidas que teníamos hace tan solo unas semanas.

El presentador guardó un silencio pesado, dejando que el murmullo estático del micrófono llenase el vacío del salón.

—Las cifras que nos llegan hoy de cada rincón del planeta son sobrecogedoras.

Este virus, el COVID-19, se ha cobrado ya casi tres millones de vidas en todo el mundo en este trágico 2020.

Tres millones de familias rotas en cuestión de meses...

Un número que sigue creciendo día tras día a la sombra de un confinamiento global.

Los modelos epidemiológicos más rigurosos proyectan ya una cifra que da escalofríos: estiman que el impacto global de esta pandemia podría llegar a superar siete millones de víctimas mortales en todo el mundo.

Jack Miller se inclinó ligeramente hacia la cámara del portátil, clavando la mirada en el objetivo. Con voz pausada y profunda, pronunció sus últimas palabras antes de que la pantalla se fuera a negro:

--Quédense en casa, cuiden a quienes aman... y que Dios nos proteja a todos.

FIN

Hay décadas que parecen discurrir con la pesadez de una condena, periodos en los que la tierra se quiebra y la historia se tiñe de una sombra persistente.

El decenio comprendido entre los años 2020 y 2030 ha quedado grabado en la memoria del mundo no solo por el silencio opresivo de una pandemia global, sino por un goteo incesante de fuego, hierro y catástrofes que devolvieron a la humanidad a sus miedos más primordiales.

Quien observe los registros del planeta durante estos años descubrirá una arquitectura de tragedia difícil de asimilar.En los confines del Cuerno de África, entre 2020 y 2022, la Guerra de Tigray discurrió en el más letal de los silencios.

Allí, la combinación implacable de los combates con el bloqueo humanitario y el hambre se cobró la vida de entre trescientas mil y seiscientas mil almas, borrando a generaciones enteras en apenas veinticuatro meses.

Poco después, la violencia volvió a sacudir el corazón del continente europeo.

En febrero de 2022, la invasión a gran escala de Ucrania inauguró la mayor conflagración en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, dejando tras de sí un rastro sangriento de cientos de miles de víctimas entre combatientes y civiles atrapados en la línea del frente.

El horror no daría tregua. En la madrugada del 6 de febrero de 2023, la tierra misma pareció rugir con furia en el sur de Turquía y el norte de Siria.

Un devastador seísmo de magnitud 7,8 redujo ciudades milenarias a ruinas en cuestión de segundos, sepultando para siempre a más de cincuenta y nueve mil personas bajo toneladas de hormigón.

Apenas unos meses más tarde, en abril de 2023, el estallido de la Guerra Civil en Sudán sumió al país en un caos absoluto, dejando decenas de miles de fallecidos y abriendo una brecha de desolación y hambruna.

En septiembre de ese mismo año, las aguas reclamaron su tributo en Libia: el colapso de dos presas en la ciudad de Derna tras el paso de la tormenta Daniel arrastró barrios enteros hacia la profundidad del mar, arrebatando la vida a más de quince mil personas en una sola noche de espanto.

Y antes de que el año tocara a su fin, en octubre de 2023, el estallido del conflicto en Gaza y la posterior escalada en Oriente Medio transformaron la Franja en un escenario de devastación absoluta, superando las cuarenta mil víctimas mortales —en su mayoría mujeres y niños— y desplazando a casi dos millones de seres humanos de sus hogares.Todo ello sin olvidar la desgarradora crisis de Yemen, cuyo balance acumulado en estos años rebasó las trescientas setenta y siete mil muertes por el impacto combinado del fuego, las epidemias y la miseria.

Guerras, seísmos y desolación. Una sucesión de acontecimientos que, vistos en conjunto, obligan a preguntarse si la historia no es más que una trágica casualidad de la condición humana... o si responde a las exigencias de un orden mucho más antiguo y oscuro.