Dieciocho noches de indecoro Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Las dos señoritas Pratt cruzaron la calle para evitarla, de modo que Susannah dio los buenos días al pañero con una voz que se oyó hasta la otra acera.

—Buenos días, señor Bell.

—Señorita Slater.

Llevaba un rollo de algo bajo el brazo, y miró el rollo.

—Buenos días.

—Querré la lana gris, cuando tenga un momento. Seis yardas. El abrigo de mi padre se está abriendo por los codos y no hay quien se lo diga.

Allí estaba, en el escalón de la tienda, con su única capa buena y la cesta en el brazo, y su padre al lado con el sombrero bien derecho, en la primera semana de mayo, al sol, con toda la calle fingiendo que no miraba, y descubrió que podía hacerlo.

—Nan vendrá a recogerla el jueves.

—El jueves.

El señor Bell entró sin haberla mirado ni una sola vez, cosa que no había logrado en diez años vendiéndole hilo, y la puerta se cerró a su espalda con la campanilla tintineando.

Su padre le puso la mano bajo el codo, y ella dijo:

—No.

—No estoy haciendo nada.

—Me estás sujetando a la vista de toda la calle.

No necesito que nadie me sujete. Necesito comprar lana, y ya la he comprado, y ahora vamos a caminar hasta el final de la calle y volver al paso de siempre, y vas a dar los buenos días a la señora Ansty, porque ahí viene, y la estoy viendo decidir si nos ha visto o no.

La mujer del párroco aún no se había decidido cuando llegaron a su altura. Estaba delante de la botica, con la boca entreabierta y la mano en el bolso, y el señor Slater se descubrió ante ella, de modo que no le quedó más remedio que decir algo.

—Señor Slater.

—Señora Ansty.

—Y señorita Slater. Espero que se encuentre bien.

—Muy bien, gracias —dijo Susannah—. ¿Y usted? ¿Y el resfriado del párroco?

—Del todo curado.

—Me alegro.

Caminaron hasta el final de la calle al paso de siempre, por delante de la guarnicionería, por delante del Crown, por delante del muro del cementerio, donde había dos muchachos sentados que dejaron de hablar cuando ella pasó y volvieron a empezar en cuanto los hubo dejado atrás, mientras su padre llevaba el sombrero derecho y la vista al frente, mientras ella mantenía una mano donde la tenía, en el asa de la cesta, y la otra abierta contra el vientre, bajo la capa, donde nadie podía verla, donde estaba aquello a lo que ninguno de ellos podía llegar.

Lo había descubierto la primera semana, cuando la comarca empezó a enterarse.

El lunes había salido a la calle con el corazón redoblando como un tambor, esperando no sabía qué, pedradas, para encontrarse con que lo peor que podían hacer era cruzar la calle.

En enero no se lo habría creído. Una mujer en su situación se querría morir, habría dicho ella, que había leído sobre bastantes de ellas.

—Estás muy tranquila —dijo su padre al final de la calle.

—No tengo motivo para estar de otra manera.

—No nos querrán en la junta parroquial.

—Entonces tendrás libre la tarde del martes.

Estuvo a punto de reírse, y ella vio cómo la risa le subía a la cara y se le quedaba ahí parada, en plena calle, donde no se la podía dejar salir, así que lo cogió del brazo, lo hizo dar la vuelta y lo llevó de regreso por donde habían venido, por delante de los mismos muchachos, por delante de las mismas ventanas, hasta el carro.

∞∞∞

El párroco vino el miércoles, y le indicaron la puerta.

Estaba en la mesa de la cocina con el libro de cuentas cuando él llamó; le faltaban dos peniques en las cuentas del mes y había repasado dos veces el azúcar y el jabón sin dar con ellos.

Vino por la tarde, con su buen traje negro, con la cara que reservaba para los lechos de muerte, y Nan lo hizo pasar al salón porque no había manera de no hacerlo, y luego se quedó en el pasillo con los brazos cruzados, escuchando, algo que en marzo no habría hecho.

—Señorita Slater. He venido como amigo.

—Entonces siéntese, señor Ansty, y le prepararé un té.

—No me sentaré. Diré lo que he venido a decir y me iré.

Se quedó de pie sobre la alfombra de la chimenea, con el sombrero contra el pecho, y dijo lo que había ido preparando por el camino: de la comarca, del ejemplo, de las jóvenes de la parroquia que se guiaban por la casa del administrador, de la posición de su padre con su señoría, en lo cual, suponía él, ella no había pensado, y luego de un sitio que conocía en Leicester donde una joven podía pasar unos meses, discretamente, antes de volver, después de lo cual nadie tendría ya nada más que decir.

Ella lo dejó llegar hasta el final.

—¿Y el niño?

—Hay disposiciones tomadas. Gente decente. No le faltaría de nada.

—Ahora no le falta de nada. Tiene madre, abuelo y un techo, y tendrá las tres cosas en octubre, y no iré a Leicester, señor Ansty, ni volveré de Leicester sin nada que decir. Tengo mucho que decir. Llevo toda la semana diciéndolo por la calle.

—Señorita Slater, he de hablar claro. No puede suponer que su señoría conserve a un administrador cuya hija…

—¿Cuya hija qué?

Él miró el sombrero en vez de terminar la frase.

—Dígalo —dijo Susannah—. Ha venido aquí a decir cosas. Diga esa.

—Cuya hija está en su estado y se pasea por el pueblo como si estuviera orgullosa de ello.

—Lo estoy.

Oyó que Nan, en el pasillo, dejaba de respirar.

—No del estado. De cómo llegué a él. No se lo voy a explicar, y no lo entendería si lo hiciera, así que ahí lo dejamos. Nan lo acompañará a la salida.

—Señorita Slater.

—Buenas tardes, señor Ansty. Dígale a la señora Ansty que me alegró saber lo del resfriado.

Nan lo acompañó a la salida, cerró la puerta de la calle tras él con más brío del que esta pedía y volvió a apostarse en el umbral del salón.

—Bueno… —dijo Nan.

—No empieces.

—No estoy diciendo nada, señorita. Solo estoy aquí de pie. —Se secó las manos secas en el delantal—. Yo tampoco iré a Leicester, si alguien pregunta. Que quede dicho.

—Nadie te lo ha preguntado.

—Sí que me lo han preguntado. La chica de la señora Ansty le preguntó a mi prima si yo me quedaba aquí, y el domingo tengo que darle la respuesta a mi prima, así que primero se lo digo a usted.

—Se volvió para marcharse, pero luego se giró de nuevo—.

Se cuenta una cosa en el pueblo, señorita.

No pensaba decírselo. La señora Bell se enteró por su hermana, la de Stamford; la chica de la señora Ansty, por la señora Bell, y mi prima, por ella, así que ya ha pasado por tres cocinas y a estas alturas no será nada, pero pensé que preferiría oírlo de mi boca antes que en la calle.

Susannah esperó, y Nan se miró el delantal.

—Ha habido un duque en los bailes. Stamford, luego Peterborough y después Oundle.

Lleva tres meses así. Se queda apoyado en la pared y no baila, y pregunta por una señorita Slater.

La de Stamford, dicen. Una señorita Slater de allí, sobrina de un caballero, con la que bailó una vez y a la que no ha vuelto a buscar, así que los de Stamford dicen que la está cortejando y los de Peterborough dicen que está loco.

La señora Bell le dijo a mi prima: «Fíjate, ahí tienes una señorita Slater», y se rio a gusto.

Eso es todo. Pensé que debía saber que se estaban riendo, para que supiera de qué se trataba si lo oía.

Nan salió a la cocina. Susannah se sentó en el sillón de su padre, porque era el que tenía más cerca, apoyó las dos manos en los brazos y se aferró a ellos.

Tres meses así, apoyado en una pared, sin bailar, a treinta kilómetros, en abril, mientras ella iba y venía por una calle diciéndose que ya había tenido lo que iba a tener y que era suficiente.

La estaba buscando.

Había construido el resto de su vida sobre la idea de que él no la buscaría, sobre un hombre que no sabía que hay que preguntar dónde se guardan las cosas; y resulta que lo había aprendido, en alguna parte, de alguien, y ahora se plantaba en umbrales a treinta kilómetros pronunciando su nombre ante desconocidos.

Podía acabar con aquello en una tarde. Una nota de dos líneas al George de Stamford, para que la guardaran a nombre del duque de Kirkland, que dijera: «Kettering, la casa del administrador, junto a la granja principal». Y el sábado lo tendría en el camino.

Se quedó sentada, con las manos en los brazos del sillón, sin levantarse, porque ya le había dado todas las vueltas meses atrás, a oscuras, con la cara pegada a su hombro, y desde entonces la cuenta no había hecho más que empeorar.

Si venía ahora, vendría al niño. Entraría en el salón, la vería a ella y luego vería lo demás, de modo que todo lo que hubiera pensado decir en el umbral de un salón de baile se convertiría, en el tiempo que tardara en bajar la mirada, en lo que hace un caballero por decencia, y ella no sabría jamás, en toda su vida, cuál de los dos había cruzado la puerta.

Si era el primero, peor aún. Entonces se casaría con la hija del administrador de Kettering, de la que se había hablado en todas las cocinas del condado, con la cintura del vestido ensanchada, delante de su madre, de la Cámara de los Lores y de todas las mesas a las que se había sentado, y se reirían de él cuarenta años en lugar de tres meses en Stamford.

Ella le habría hecho eso por un invierno.

Siempre había oído decir que los hombres que salen a buscar algo que han perdido lo dejan correr antes del verano, en cuanto descubren que no está donde lo dejaron, así que las risas se acabarían si ella lo permitía. Casada con ella, no se acabarían nunca.

Así que lo dejaría de pie en los umbrales, aguantando las burlas: lo más cruel que había hecho nunca a nadie.

Y siguió sentada en el sillón de su padre, haciéndolo, hasta que Nan la llamó desde la cocina para decir que el agua ya había hervido y que los dos peniques eran del jabón, apuntado dos veces en el libro.

∞∞∞

—He recibido una carta del hombre de su señoría —dijo su padre en la cena.

Mantuvo el cuchillo en la mano y la vista fija en el plato, y Susannah dejó el tenedor.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Mientras estaba aquí el párroco. Yo estaba en la oficina. —Cortó un trozo de cordero y no se lo comió—. Viene el viernes de la semana que viene. El agente de su señoría, el de Londres, no el de la finca. Quiere revisar los libros.

—Revisa los libros todos los junios.

—Estamos en mayo.

Se quedó con el tenedor junto al plato, mirando a su padre —treinta años en el puesto, y el agente de Londres nunca en mayo—, que cortaba el cordero en trozos cada vez más pequeños sin levantar los ojos del plato. El señor Ansty ya lo sabía cuando vino.

—Cómete la cena —dijo su padre—. Es el viernes de la semana que viene. No nos moriremos de hambre antes del viernes de la semana que viene.

Cogió el tenedor y se comió el cordero, y su padre la observó hacerlo antes de comerse el suyo.