Capítulo veintidós
—Me preguntaba cuánto tardaría —dijo la señora Hobbs desde la puerta del Swan, antes de que el carruaje se hubiera detenido.
Había salido con el delantal puesto y los brazos cruzados a un patio que ahora era barro en vez de nieve, con el ventisquero de junto a la bomba reducido a un montón gris del tamaño de un perro, y vio bajar a Norris del pescante y después a Henry, detrás de él, sin dedicar una reverencia a ninguno de los dos.
Luego miró el carruaje, el escudo de la portezuela, y de nuevo a Henry, y por su cara pasó algo que en cualquier otra persona él habría llamado satisfacción.
—Tres semanas —dijo—. Le dije a Hobbs: «Tres semanas». Hobbs dijo que un mes. Su Excelencia querrá la habitación.
—Querré al mozo de cuadras.
—Su Excelencia querrá primero la habitación, porque son las cuatro y el mozo ha subido al alto con el carretero y no volverá hasta que sea de noche.
Así que Su Excelencia puede esperar de pie en mi patio hasta entonces o sentarse junto a mi fuego, que está preparado.
—Descruzó los brazos—. Hay jamón, y el pan es de hoy.
Pasó junto a ella y entró en la sala de delante, que durante dieciocho días había sido el mundo entero: ahora, un cuarto bajo de techo ennegrecido por el humo y con un mantel en la mesa.
Se quedó plantado en mitad de la sala, con el sombrero en la mano, sin saber en qué silla sentarse, porque nunca había habido más que una, con ella en la otra.
∞∞∞
El mozo llegó al anochecer con el carretero, y la señora Hobbs lo hizo pasar a la sala de delante, lo plantó delante de Henry como un plato y, en vez de irse, se quedó otra vez junto a la puerta con los brazos cruzados.
Tendría dieciséis años a lo sumo, la cara encendida por el frío y la gorra en las dos manos. Como ya le había pagado una vez una joven a oscuras, mantuvo la boca cerrada y se puso a estudiar el suelo.
—Enganchaste los caballos —dijo Henry—. El jueves en que se abrió el camino. A las seis de la mañana.
—Sí, Su Excelencia.
—Ella te pagó.
—Sí, Su Excelencia.
—Para que no dijeras nada.
El muchacho dio una vuelta a la gorra entre las manos y vio que la señora Hobbs estudiaba el techo.
—Me pagó para que no dijera nada —contestó el muchacho—, a nadie de la casa aquella mañana, hasta que se hubieran marchado. Llevan tres semanas fuera, Su Excelencia.
Henry se sacó la bolsa del abrigo y dejó una moneda sobre la mesa, entre los dos.
—¿Qué camino?
—La carretera de peaje, Su Excelencia. Después, el Gran Camino del Norte, hacia el sur.
—¿Adónde?
—No dijo adónde. —El muchacho miró la moneda—. Me preguntó si había una posada decente en Stamford donde la anciana pudiera pasar la segunda noche, y le dije que el George, y ella dijo que el George serviría, y me preguntó si la diligencia de Londres cambiaba allí los caballos, y le dije que sí.
—Stamford.
—Sí, Su Excelencia.
—Y desde allí habría seguido. Hacia el sur.
—No sabría decirlo, Su Excelencia. Pagó la vuelta del par de caballos desde la carretera de peaje. Después serían caballos de posta y yo ya no sé nada.
Stamford, entonces. Un lugar real, con nombre; dos días hacia el sur, por un camino que había recorrido en coche una docena de veces sin asomarse una sola vez a la ventanilla.
—Hay una cosa más —dijo la señora Hobbs desde la puerta.
»Le dije a Su Excelencia que aquella mañana no estaba levantada.
Sí lo estaba. Él no pudo verlo, porque andaba con los caballos.
Ella volvió a entrar del patio y se quedó en aquel rellano, entre las dos puertas, a oscuras, el tiempo que se tarda en rezar un padrenuestro entero.
Lo sé porque yo estaba en la escalera de la cocina con la vela y lo recé.
No miró ni una vez la puerta de Su Excelencia.
Se quedó allí de espaldas a ella. —Descruzó los brazos—.
Esto no se lo cuento por la moneda. Guarde la bolsa, Su Excelencia.
Henry guardó la bolsa. El Gran Camino del Norte hacia el sur, hasta Northamptonshire, a casa del conde de Draycott: las dos cosas se las había dicho ella misma en los tres primeros días. Y las dos las había tenido ya en Londres, con la pluma secándose sobre dos carillas de papel.
∞∞∞
—Su Excelencia —dijo Norris— podría escribir al conde.
Estaban en la habitación, la de la ventana que se atascaba arriba, donde Norris tenía la bolsa abierta sobre la cama y se había detenido, con una camisa en las manos, para decirlo.
—Podría.
—Una carta a Draycott, de parte de Kirkland, en la que se pregunte por la hija de su administrador y se la nombre. Su señoría contestaría a vuelta de correo. Sería cuestión de una semana.
—Lo sería.
—Y Su Excelencia no lo hará.
—No.
Norris dejó la camisa en el asiento de la silla, y Henry lo vio hacerlo.
—¿Puedo preguntarle por qué?
—Puedes. —Había ido hasta la ventana sin querer y se quedó con la mano en el marco que se atascaba, mirando el patio donde una silla de posta había dado la vuelta a las seis de la mañana tres semanas antes—.
Porque una carta de Kirkland cae en la mesa del desayuno del conde, y el conde le dice a su administrador: «Slater, ¿por qué pregunta el duque de Kirkland por tu hija?
», y ahí se acaba ella en esa casa, vaya yo a buscarla o no.
Me la encontraría en una semana, y todos los criados de esa casa sabrían por qué antes que él.
—Entonces, un agente. Un hombre de la ciudad que no pregunte más que por una dirección y sin dar nombre de nadie. O una carta para el señor Slater, lacrada, dejada en la casa del guarda.
—Un agente lleva un libro, y su escribiente lee el libro, y el escribiente bebe con alguien.
Una carta que se deja en la casa del guarda sube a la casa grande antes que a ninguna otra parte, porque para eso están las casas del guarda.
Y tú, Norris, preguntando en una cocina por la hija del administrador, no eres más que el criado de un caballero que pregunta por la hija del administrador, y no hay caballero en Inglaterra cuyo criado pregunte eso sin un motivo.
—Apartó la mano del marco—. Cada una de esas cosas pone su nombre en manos ajenas o en boca ajena, y no lo haré.
Norris levantó la camisa y la sacudió.
—Así que no escribiré. La finca está en Kettering, tengo tierras a treinta kilómetros de allí, y me plantaré a su puerta como cualquiera que vaya a un asunto, y si esa puerta no admite a un hombre sin nombre, iré a donde ella pueda estar y me plantaré en la sala, y si no está, iré a la siguiente.
Ese es todo el plan que hay. Es malo y lo voy a hacer de todas formas.
—¿En todas las salas, Su Excelencia?
—En todos los salones de baile que haya en treinta kilómetros a la redonda de esa puerta. En todas las carreras de caballos. La hija de un administrador va al baile, o su padre la obliga, o el distrito se da cuenta de que no va, y yo estaré allí, en la puerta.
—Su Excelencia… —dijo Norris con esa voz que era una pregunta.
—Sí.
—Nada, Su Excelencia. —Volvió al equipaje—.
Tendré que mandar a alguien a la ciudad a por la ropa de noche.
Su Excelencia tiene dos camisas y un abrigo con una mancha, y Su Excelencia no puede plantarse en una puerta de Stamford con un abrigo manchado a preguntar por señoritas. Detendrían a Su Excelencia.
∞∞∞
La primera sala fue la de Stamford, el jueves siguiente, en las salas de encima del George, adonde el condado entero entró a resguardarse de la lluvia para quedarse de pie bajo las lámparas de araña fingiendo que no se había mojado, mientras Henry pasaba dos horas apoyado en una pared, con una copa de algo que no se bebió, dejando que lo miraran.
Toda la vida lo habían mirado sin que él se diera cuenta, y ahora estaba de espaldas a la pared, con un abrigo que Norris había hecho traer de la ciudad, y sentía que todos los ojos de la sala lo recorrían, tasándolo.
Un duque en Stamford, en el baile de invierno, solo, sin acompañantes y sin bailar.
A esas alturas no había madre en la sala que no hubiera oído hablar de Allerdale, ni hija a la que no le hubieran dicho que se pusiera derecha. Podía ver cómo se lo decían.
Había localizado a una mujer de sesenta años, vestida de morado, con una lente con mango que se llevaba al ojo cada vez que alguien entraba por la puerta.
Alguien se la había presentado como la señora Carew, y ella lo había mirado a través de la lente durante bastante más tiempo del que dictaba la cortesía.
Una mujer que miraba una puerta con tanta atención sabía quién entraba por ella. Henry atravesó la sala.
—Señora Carew.
—Su Excelencia. —La lente subió—. No está bailando.
—No. Estoy buscando a alguien. A una tal señorita Slater. Tengo entendido que quizá esté aquí esta noche. Me preguntaba si la conoce.
La lente bajó. La señora Carew lo miró sin ella.
—La señorita Slater —dijo—. Vaya. Por supuesto que la conozco. Todo el mundo la conoce.
Se quedó inmóvil, con los violines sonando a su alrededor y los abrigos mojados humeando junto al fuego.
—Preséntemela.
—Presentársela. —La señora Carew volvió a alzar la lente, hacia él, y se tomó su tiempo—. Su Excelencia, estaría encantada. Es mi sobrina.
Se volvió y tendió la mano hacia una muchacha de blanco que estaba a tres metros, muy erguida desde hacía una hora, y la atrajo hacia sí, de modo que la joven se acercó, diecisiete años, rubia, con la cara de su madre, le hizo una reverencia con los ojos clavados en el suelo y dijo:
—Su Excelencia.
—La señorita Slater —dijo la señora Carew—. La hija de mi hermana. Su Excelencia preguntaba expresamente por usted.
Henry miró a la muchacha, que no era nadie, que nunca había estado en una sala con él hasta esa noche y a la que ahora le entregaban a él delante de doscientas personas porque había pronunciado un nombre en voz alta en un lugar donde los nombres eran moneda de cambio.
A la mañana siguiente, en todas las casas de la ciudad se sabría que Kirkland había preguntado expresamente por la señorita Slater.
—Señorita Slater —dijo, hizo una inclinación y le pidió un baile.
Lo bailó correctamente y después no habría sabido repetir una sola palabra de las que ella dijo.
Al terminar, la devolvió a su tía, le dio las gracias y salió a lo alto de la escalera, donde se quedó con la mano en la barandilla mientras el ruido seguía a su espalda, hasta que Norris subió con el abrigo al brazo, le echó un vistazo y no preguntó nada.
—No era ella —dijo Henry.
—Sí, Su Excelencia.
—¿Dónde es la siguiente?
—Peterborough, Su Excelencia. El martes.
Tomó el abrigo de manos de Norris, se lo puso y bajaron la escalera del George, a la lluvia.