Dieciocho noches de indecoro Capítulo veinte
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Capítulo veinte

—No habrá boda —dijo Henry, y su madre dejó la taza.

Su madre era capaz de posar una taza en el platillo de modo que el golpe se oyera hasta en la sala de los criados cuando le convenía, y esta vez no le había convenido.

Estaba sentada frente a él, a la mesa del desayuno de la casa de la ciudad, con la luz gris de febrero que entraba por los altos ventanales a su espalda; juntó las manos sobre la carta que había estado leyendo y esperó.

Lo había ensayado en el carruaje, tres días de camino con las seis cartas de ella sin abrir en el asiento de al lado y una cinta en el bolsillo, hasta que quedó pulido, hasta que fue un discurso con un principio; y entonces entró en la habitación y todo se redujo a cinco palabras antes siquiera de sentarse.

—Te he oído —dijo su madre—. Estoy esperando el motivo.

—No te gustará.

—No he pedido uno que me guste. He pedido uno.

—Volvió a coger la taza, miró dentro y la dejó—.

Has pasado tres semanas en una posada en medio de un páramo.

Abandonaste una cena delante del marqués de Allerdale, de su hija y del resto de los comensales —que a estas alturas ya se lo habrán contado a doscientas personas—, sin decirle una palabra a nadie y sin tu ayuda de cámara, y he tenido a Norris escribiéndome desde Brough acerca de un carruaje sin duque dentro.

Te he escrito seis veces. Le dije a Allerdale que te había retenido el mal tiempo, y así era, y que estabas deseando cerrar el acuerdo, y ahora resulta que no lo estabas.

Creo que se me debe un motivo, Henry, y creo que tú lo sabes.

—No voy a casarme con Georgina.

—Eso no es un motivo. Eso es la cosa misma, dicha dos veces.

Se levantó sin pretenderlo y fue hasta la ventana, lo único de la habitación que no era ella, y se quedó de espaldas a la mesa, mirando hacia la plaza, donde un hombre barría el cruce.

—No la amo —le dijo al cristal.

—Nadie te lo ha pedido.

—Sé que nadie me lo ha pedido. Nunca nadie me ha preguntado nada.

Me he sentado a su lado en cuarenta cenas y no podría decirte una sola cosa que piense, y a los once años me dijeron que estaba acordado, y no se me ocurrió preguntar si acordado era lo mismo que decidido.

—Se dio la vuelta—. Ahora lo pregunto, y la respuesta es no.

Su madre lo examinó con esa mirada que su padre llamaba «pasar inventario», aunque nunca se lo hubiera dicho a ella a la cara.

—Siéntate —dijo.

Se sentó.

—Vas a escucharme hasta el final, porque tú ya has dicho lo tuyo y yo no, y después podrás hacer lo que quieras, puesto que tú eres el duque y yo la duquesa viuda, y no hay nada a lo que pueda obligarte.

Quiero que lo entiendas antes de empezar.

No puedo obligarte. —Separó las manos—. Vamos a ver.

Has pasado tres semanas en un lugar donde nadie sabía quién eras, o lo sabía y le daba igual, y has vuelto con una cara que no te veía desde que tenías nueve años y entraste de las caballerizas con un gatito.

Crees que has descubierto algo. No lo dudo.

Todo el mundo descubre algo en algún momento, por lo general en un sitio donde dan mala comida, y vuelve a casa y lo anuncia en el desayuno como si a nadie se le hubiera ocurrido antes.

Deja que te diga lo que eres, Henry, ya que al parecer en veintinueve años nadie lo ha hecho, y eso es culpa mía, no tuya.

Se lo dijo con las manos planas sobre el mantel y la voz neutra.

Once mil acres en el North Riding y cuatro mil en Northamptonshire.

Tres casas que se tenían en pie y una que no.

Doscientas y pico personas a su sueldo, que comían porque él comía, cuyos hijos iban a una escuela que había construido su abuelo.

Un escaño en los Lores en el que se había sentado dos veces.

Arrendatarios a los que no había visto nunca y que sabían cuándo era su cumpleaños.

Un apellido que abría puertas que él nunca había notado que estuvieran cerradas, porque ella se había pasado treinta años ocupándose de que no lo estuvieran, y él las había cruzado todas sin levantar la vista.

—Para ti Georgina no es una persona —dijo—.

Lo sé. Para mí tampoco es gran cosa como persona, si quieres la verdad en el desayuno.

Es la hija de Allerdale, y las once millas que lindan con las nuestras se las dejó su madre al hijo de Allerdale, y el muchacho es un necio que las venderá en cuanto se suelte de la correa de su padre, y si se venden a alguien que no seamos nosotros, todo lo que tu padre levantó en ese lado vale la mitad.

Eso es Georgina. No la he elegido porque crea que vas a ser feliz.

La he elegido porque no estoy segura de que sepas lo que es ser feliz, y porque once millas son muchísima tierra, y porque hasta que te levantaste de una mesa a mitad del pescado no se me había ocurrido que fueras capaz de que algo te importara.

—Me importa.

—Ya lo veo. —Volvió a dedicarle aquella mirada suya—. ¿Quién es ella?

Se miró las manos.

—Henry. Llevo veintinueve años siendo tu madre y nunca te he visto salir de una habitación hecho una furia, ni custodiar un bolsillo como si en él te fuera la vida, y desde que te has sentado no has quitado la mano de ese. ¿Quién es?

Apartó la mano del abrigo. No sabía que la tenía ahí.

—Nadie que conozcas.

—Eso ya lo había deducido.

—Nadie a quien vayas a conocer, tal como están las cosas.

Se ha marchado y no sé adónde, y se encargó de que fuera así antes de irse.

Así que no es por ella, si eso es lo que preguntas.

—Se obligó a mirar a su madre en vez de a sus manos—.

No me casaré con Georgina porque no quiero, y resulta que ese es un motivo que me gustaría empezar a usar.

No te gusta, y ya te dije que no te gustaría.

Su madre cogió la taza, descubrió que estaba fría y volvió a dejarla.

—La cocinera ha presentado su renuncia, por cierto. La presenta todos los febreros y la retira en marzo, así que he dejado de contestarle. —Dobló la carta que había estado leyendo—. Allerdale viene a las cuatro. Se lo dirás tú mismo. Yo no lo haré por ti y no estaré en la habitación.

—Lo sé.

—No lo sabes. Nunca has hecho nada semejante. Verás que es peor de lo que crees, y luego se habrá acabado, y verás que no era más que eso. —Se puso de pie—. Once millas, Henry. Quiero que recuerdes que te lo he dicho.

∞∞∞

El marqués de Allerdale llegó a las cuatro con el sombrero en la mano y se marchó a las cuatro y veinte con él puesto y, entretanto, Henry hizo lo peor que había hecho en su vida, de pie, en el pequeño salón, con el fuego encendido y sin nadie que lo hiciera por él.

Henry lo dijo, el marqués dijo «¿Cómo dice?» y él volvió a decirlo. Entonces el marqués se sentó sin que nadie lo invitara y lo miró como si hubiera hablado un mueble.

—Su madre me había dado a entender...

—Mi madre se equivocó. Lo siento. La culpa es mía, no suya ni de lady Georgina.

—Georgina lleva seis semanas oyéndole decir a su madre que el asunto estaba decidido.

—Entonces lo siento también por eso.

—Lo siente. —El marqués hizo girar el sombrero entre las manos—. Sabe lo que se dirá. Un hombre de su rango desaparece tres semanas, vuelve y se echa atrás. Dirán que hay una mujer.

—Que lo digan.

—¿La hay?

—No hay ninguna mujer cuyo nombre pueda darle —dijo él, y el marqués se puso de un rojo apagado bajo las patillas.

—Entonces le desearé buenas tardes, Kirkland, se lo comunicaré a mi hija y le agradeceré que no se presente en Allerdale House ni esta temporada ni la próxima.

—Es justo.

—No es justo. Mi hija lleva un mes aguantando que la gente le dé la enhorabuena. —Se levantó y se puso el sombrero allí, en el salón—. Su padre no habría hecho esto.

—No —dijo Henry—. No lo habría hecho.

El marqués se marchó. Henry se quedó en el pequeño salón, escuchando la puerta principal y luego el carruaje, hasta que no quedó nada más que escuchar. Entonces se sentó en la silla que el marqués había dejado aún caliente, con la cara entre las manos.

∞∞∞

A las siete llegó una nota, traída por un lacayo con la librea de Allerdale, que no quiso esperar respuesta. Eran tres líneas, escritas con una letra pequeña y redonda que él había visto en cuarenta tarjetas de mesa y nunca en una carta.

Kirkland. Papá me lo ha contado. Yo tampoco lo quería, y nadie me preguntó, y descubro que no lo lamento; solo lamento que haya tenido que decirlo un duque cuando podría haberlo dicho yo.

Me iré a Bath con mi tía y no te recibiré, cosa que me perdonarás, puesto que es la primera decisión que he tomado en mi vida. G.

La leyó, la guardó en el cajón del escritorio, cogió luego una hoja de papel, escribió Susannah en la parte superior y se quedó mirando el nombre lo que tarda en consumirse una vela.

Escribió que el compromiso se había roto, que lo había hecho él mismo, en una habitación, de pie, y que se había sostenido.

Escribió que se había equivocado aquella última mañana, porque había creído que primero hacías lo que quería tu madre y después tenías lo que querías tú, mientras que a las cuatro de la tarde había descubierto que no hay después, solo lo que haces.

Por último, que ella tenía razón en lo de las cuentas y se equivocaba en la suma.

Escribió dos caras y dio la vuelta a la hoja para poner la dirección, pero se detuvo, con la pluma a dos centímetros del papel, porque no había ninguna.

Señorita Slater. Northamptonshire.

Se quedó sentado con la pluma secándose.

Una carta con aquello escrito iría a parar a la estafeta de algún pueblo del que jamás había oído hablar, y la abriría un empleado que se echaría a reír.

Northamptonshire tenía cien parroquias; cada parroquia tenía un administrador; la mitad de los administradores tenían hijas, y ella lo sabía igual de bien la última noche, apoyada en su brazo, dejando que él no preguntara.

Dobló la carta sin dirección y la guardó en el cajón del escritorio, encima de Los misterios de Udolfo, que había terminado durante el viaje.

Se echó hacia atrás en la silla y dijo en voz alta, dirigiéndose al fuego:

—Entonces tendré que ir a buscarla.

—¿Buscar a quién, Su Excelencia?

Norris estaba en la puerta, con el abrigo que venía a colgar sobre el brazo, y llevaba allí, por su aspecto, un buen rato.

—Cierra la puerta —dijo Henry— y siéntate.

Norris cerró la puerta y se quedó de pie justo dentro, con el abrigo sobre el brazo, mientras Henry se lo contaba.