Dieciocho noches de indecoro Capítulo quince
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Capítulo quince

—Cuando se vaya la nieve, me iré yo también.

Lo dijo en la cama, a oscuras, después, con la cabeza en su hombro y la mano de él subiéndole y bajándole por el brazo, hasta que notó que se detenía.

—Ya sé que te irás.

—No creo que lo sepas. No como yo lo digo.

—No levantó la cabeza—. Quiero decir que el jueves me subiré a un coche de posta con la señora Dawes y me iré al sur, y tú montarás en tu caballo o subirás a tu carruaje cuando dé contigo, y te irás adondequiera que vayas, y ahí se acaba.

No se acaba hasta la primavera. Se acaba.

La mano de él volvió a moverse por su brazo, más despacio.

—Sigue.

—He pensado en esto más que en nada en toda mi vida.

He tenido quince días para pensarlo y no he hecho otra cosa.

Y a lo que siempre llego es a esto. —Se obligó a decirlo con voz plana—.

Tú eres un duque. Serás un duque el jueves y seguirás siendo un duque cuando tengas setenta años, y hay una muchacha que ha elegido tu madre, y por mucho que me dijeras hace tres mañanas, y sé que lo decías en serio, volverás a todo eso, porque ahí está tu casa.

Y yo soy la hija de un administrador que estuvo en tu cama, en una posada.

Eso es lo que seré. Para ti, quizá no. Para todos los demás, sí.

—Nadie lo sabe.

—La señora Hobbs lo sabe. La mujer del coadjutor lo adivinó.

La señora Dawes lo sabrá el día que me mire bien a la cara, y todavía no lo ha hecho porque ha estado enferma; cuando se recupere, me mirará.

No importa que no lo sepa nadie. Yo lo sé.

Y dentro de diez años, cuando estés sentado a tu propia mesa con una mujer que haya elegido tu madre, o que hayas elegido tú, y esté dando la vuelta el oporto y alguien diga la palabra Stainmore, quiero que pienses en mí y te alegres, no que te avergüences.

Y solo te alegrarás si esto terminó aquí.

La única manera de estar segura de que termina aquí es marcharme el jueves y que no me encuentren.

Se había quedado inmóvil debajo de ella.

—Así que te diré lo que quiero —dijo ella—.

Quiero que, cuando se vaya la nieve, esto se quede aquí.

Todo. Pasó en esta habitación y se queda en esta habitación, y ninguno de los dos se lo cuenta a nadie, jamás, y ninguno escribe, y ninguno va a buscar al otro, y dentro de un año será algo que les pasó a otras dos personas.

Es lo más bondadoso que podemos hacer el uno por el otro.

Calló, con la mejilla en su hombro, esperando a ver qué hacía él, y él no hizo nada durante tanto rato que ella creyó que al final se había dormido, hasta que se incorporó, y ella resbaló del hombro a la almohada, con él encima en la oscuridad, una silueta contra los últimos rescoldos del fuego.

—No —dijo él.

—Henry.

—No. He oído cada palabra y no voy a fingir que no las he oído, y no.

—No tienes ningún motivo.

—Sí que lo tengo. Hace tres mañanas estaba aquí tumbado y te dije que había elegido algo por primera vez en mi vida, y tú dijiste que ya lo sabías, y ya lo tenías decidido, ¿verdad? Lo tenías decidido antes de que yo abriera la boca.

—Lo tenía decidido una semana antes.

—Entonces, ¿por qué dejaste que lo dijera?

—Porque necesitabas decirlo. Y yo quería oírlo. —Alzó la mano en la oscuridad y le encontró la cara—. No me arrepiento de haberlo oído. No me arrepentiré nunca. Pero eso no cambia las cuentas.

—Deja de decir eso. —Él le cogió la mano y se la sostuvo contra la mandíbula—. Has echado cuentas de todo desde la primera noche, y has acertado siempre, y estoy cansado de eso. Déjame discutir.

—Pues discute.

Y discutió. Dijo que no se avergonzaría. Ella dijo que eso no podía saberlo, y cuando él respondió que sí lo sabía, ella replicó que eso lo decía todo el mundo.

—Y tampoco está decidido —dijo él—. Ni ella ni la capilla.

Mi madre habló de negociaciones, en una cena, y eso es todo lo que ha dicho nadie.

Las negociaciones son lo que hay antes de que haya algo que firmar.

Nada queda zanjado hasta que los abogados redactan unas capitulaciones, y el que firma soy yo.

—Entonces no las firmes.

—No las firmaré. Se lo diré a mi madre.

Ella se rio.

—¿Y cuando te pregunte por qué?

Él no tenía respuesta, y ella oyó cómo no la tenía.

—Ya ves —dijo ella.

—No veo. No veo nada. Veo a una mujer que ha decidido cómo acaba una historia antes de leerla.

—La he leído. Ya te lo dije. Las he leído todas.

—Pues lee otra distinta.

—No hay otra distinta. No para la hija de un administrador y un duque.

Está la que acaba con ella deshonrada, y la que acaba con ella mantenida, y la que acaba con ella muriéndose de algo en el último capítulo para que todos puedan compadecerla, y no las quiero, Henry, no las quiero.

Prefiero tener esto y conservarlo que tener lo demás y verlo echarse a perder.

Él se quedó encima de ella en la oscuridad, con la mano de ella contra la cara, y ella sintió el aliento entrar y salir contra la palma mientras esperaba la pregunta que llevaba rato temiendo. Dónde vives. La que no sabría cómo esquivar, porque nunca le había mentido y no podía empezar por ahí.

No preguntó. Volvió a tumbarse a su lado y la atrajo hacia sí, con la cara hundida en el pelo de ella.

Estuvo a punto de decírselo. Kettering, la finca de Draycott, la casa del administrador junto a la granja principal, con el tejo al lado de la verja.

No lo dijo. Siguió apoyada en su brazo, con la cara contra su pecho, dejando que él no preguntara, y pensó en cambio, porque era más fácil, en las gallinas de casa, que con aquel frío habrían dejado de poner.

¿Se acordaría su padre de romperles el hielo del agua por las mañanas, o se lo dejaría a la muchacha, que se olvidaba?

Se dijo que un hombre que no preguntaba no quería saber.

—Está bien —dijo él por fin, contra su pelo—. Está bien. Como quieras. Esto se queda aquí.

—Sí.

—Pero no diré que me alegro.

—No tienes por qué. Yo tampoco. —Alzó la cara en la oscuridad—. Un día más.

—Dos, si hiela.

Él tenía los pies fríos contra sus espinillas y ella los dejó donde estaban, porque del fuego ya no quedaba nada.