Capítulo ocho
La bola de nieve le dio en un lado de la cara, y la mayor parte se le había colado por dentro del cuello antes de que alcanzara a levantar la mano.
—Dijiste que querías tomar el aire —dijo él.
—Sí que quería tomar el aire. Ya lo he tomado. Ahora quiero ver qué haces.
Estaba a unos nueve metros, al otro lado del patio, con las faldas recogidas para que no arrastraran por la nieve, las mejillas rojas de frío y otra bola ya en la mano, la del guante que se había quitado para hacerla, atenta a ver si él se daba cuenta.
Se dio cuenta. Se agachó a coger un puñado de nieve, que se le deshizo entre las manos, así que volvió a intentarlo apretándola bien; pero, cuando por fin consiguió darle una forma capaz de volar, ella ya le había acertado dos veces más: una en el pecho y otra, con una precisión en la que pensó mucho tiempo después, en la oreja.
—Ni siquiera lo estás intentando.
—Lo estoy intentando. La última que lancé fue en el colegio y le di a un maestro.
Se rio tanto que tuvo que apoyarse en la bomba, así que él lanzó la suya mientras ella se reía.
Falló por casi un metro y la bola fue a dar contra la pared del establo, lo que la hizo reír todavía más; pero la siguiente la lanzó mejor, y le acertó en el hombro y estalló.
Entonces ella dejó de reírse para sacudirse la nieve de la manga y le puso una cara que él no le había visto nunca, una que habría pagado por volver a ver.
—Muy bien —dijo ella, y fue a por él.
Era el primer día en que la señora Dawes se encontraba mejor.
Se había incorporado, había comido, se había quejado de las almohadas y luego había despachado a Susannah con un gesto de la mano porque quería que la dejaran en paz, cosa que Susannah había contado en el desayuno con cara de recién salida de la cárcel.
Después del desayuno, ella se había quedado junto a la ventana de la sala delantera mirando el patio, donde había dejado de nevar y el sol caía duro y blanco sobre la nieve.
—Llevo cinco días sin salir —había dicho ella.
—Pues sal —había dicho él.
—Ven conmigo —había dicho ella. Y él había ido, sin preguntarse ni una sola vez quién podría verlos.
Ella le dio en el cuello. Él le dio a ella en la espalda, abajo, cuando se giraba, y ella se fue al montón de nieve junto al abrevadero, de golpe, con un chillido que habría llevado a la señora Hobbs a la ventana si la señora Hobbs hubiera estado cerca de alguna, y no se levantó.
Él se acercó. Estaba boca arriba en la nieve, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, el aliento subiendo en nubes, sin haberse hecho daño, tumbada ahí porque le apetecía, mientras él seguía de pie junto a ella, con las manos inútiles a los costados.
—¿Estás muerta?
—Me lo estoy pensando.
—Estás empapada.
—Estoy empapada, me está saliendo un moratón en la cadera, tengo nieve por la espalda hasta la cintura y no era tan feliz desde que tenía nueve años. —Abrió los ojos—. Ayúdame a levantarme.
Él le tendió la mano, ella la cogió y él tiró, de modo que salió del montón con la nieve cayéndole encima, más deprisa de lo que él había calculado, y eso le llevó la otra mano bajo el codo de ella para que no se fuera hacia el otro lado, y los dejó a un palmo el uno del otro en el patio, con la mano de él bajo su brazo y la de ella todavía en la suya, las dos desnudas, y la de ella sin moverse de donde estaba.
Ella alzó la vista hacia él. Tenía nieve en el pelo.
—Deberíamos entrar —dijo ella.
—Sí.
—Tengo frío.
—Sí.
Era consciente de la bomba, de la pared del establo, de la ventana de la sala delantera, de las cien maneras en que alguien podía ver aquello, sin mirar ninguna de ellas.
Le miró la boca, algo que llevaba días evitando, y ella lo vio hacerlo.
Se le quedó la cara quieta, cautelosa; sacó la mano de la de él, dio un paso atrás y dijo:
—Entra tú primero. Yo iré después. Deja pasar cinco minutos.
Él entró primero y se detuvo en el escalón para sacudirse la nieve de las botas.
∞∞∞
Tardó más de cinco minutos. Él se sentó en la sala delantera con el abrigo mojado humeando en la rejilla de la chimenea, contando, y pasaron veinte antes de que la oyera en la escalera.
Había subido a cambiarse y bajó con el otro vestido, el que guardaba para los días buenos de la señora Dawes, con el pelo rehecho, la cara serena y las manos juntas, para sentarse al otro lado del fuego, frente a él, como una mujer que viene de visita.
La señora Hobbs trajo el té y se quedó a contar que el carretero no había conseguido pasar, así que volvería a haber cordero a menos que les apeteciera acabar el jamón, y no le apetecía a nadie.
Se dijo que la señora Dawes dormía. Se dijo que el camino no estaba mejor.
El sol se fue del patio, la luz se volvió gris, luego azul, y entonces la señora Hobbs vino a encender la lámpara y a decir que la cena estaría en media hora.
Cenaron. Susannah subió a sentarse con la señora Dawes y él subió a su cuarto, encendió el fuego, se sentó en la cama y esperó.
Llegó a las once, cerró la puerta y se quedó apoyada en ella, sin ir al fuego ni a su lado de la cama, así que él se levantó.
—Eso no deberíamos haberlo hecho —dijo ella.
—Tirarnos nieve.
—Quedarnos en el patio después. Cualquiera podría habernos visto.
—No nos vio nadie.
—No se trata de quién nos vio, y lo sabes, y no diré de qué se trata porque eso también lo sabes. —No se había movido de la puerta—. He estado pensando en ello toda la tarde. Me senté con ella tres horas con un libro abierto y no pasé una sola página.
—Yo me senté abajo a ver cómo se secaba el abrigo. La señora Hobbs me preguntó dos veces si quería algo y no se me ocurrió qué.
Se rio una vez, se apartó de la puerta y cruzó el cuarto, y él pensó que iba al fuego, pero no. Se detuvo delante de él, con el otro vestido y las manos a los costados.
—Voy a hacer algo —dijo ella—, y luego voy a parar, y tú vas a dejarme parar.
—Sí.
—Dilo.
—Te dejaré parar.
Le apoyó las manos, planas, en el pecho, se puso de puntillas y lo besó.
No fue un beso largo, ni experto. Ella tenía aún la boca fría del patio, y las manos frías a través de la camisa de él; y él se dejó, hasta que dejó de dejarse y le devolvió el beso.
Él subió las manos hasta encontrarle la cintura, el pelo, con la nieve todavía derretida en algún punto, y ella soltó contra su boca un sonido que él oiría en sueños durante un mes.
Le puso la mano plana en el pecho y empujó. No fuerte. Lo justo.
Él se detuvo, con las manos todavía en el aire, donde había estado la cintura de ella, respirando.
—Esto no —dijo. No le salía firme la voz—. No aquí. No con lo que eres.
—¿Qué soy?
Había retrocedido. Con la mano en el poste de la cama, mirándolo desde poco más de un metro, con la boca aún roja de la de él, dijo:
—Eres eso que les pasa a las chicas como yo en los libros. Los he leído todos. Sé cómo acaban.
Apartó la mano del poste de la cama y se sentó en su lado para desatarse las botas.