Capítulo siete
La señora Hobbs estaba en la escalera y Susannah, en el pasillo, y no había ningún sitio donde estar.
Eran las siete. Había dormido hasta pasadas las seis, cosa que nunca hacía, encima de una colcha, con las botas puestas y un libro bajo la mejilla, y se había despertado con la luz gris, la respiración de él y el fuego reducido a cenizas.
Había avivado el fuego, cogido el chal y salido; tenía la mano en el pestillo de la puerta de la señora Dawes cuando oyó los pasos en la escalera, demasiado pesados para ser los de la muchacha, porque no había ninguna muchacha.
Se volvió. No tuvo tiempo de hacer nada más.
La señora Hobbs llegó al descansillo con una jarra de agua caliente en cada mano y se detuvo. Repasó el vestido, el de ayer; el pelo, el de anoche; la puerta ante la que estaba Susannah y la puerta que no era aquella, mientras Susannah la observaba atar cabos y ponerles precio.
—Buenos días, señorita.
—Buenos días.
—Se ha levantado temprano.
—He estado acompañándola. Ha pasado una mala noche.
—¿Ah, sí? —La señora Hobbs no se movió—. Entré a verla a las dos, como le dije. Estaba durmiendo. Usted no estaba en la silla junto a su cama ni en el catre.
Susannah abrió la boca sin tener nada preparado que decir.
La otra puerta se abrió.
—Susannah.
Él apareció en el umbral en camisa, con el pelo en todas direcciones y una media a medio quitar. Al ver a la señora Hobbs, su rostro pasó por tres expresiones distintas en un segundo antes de quedar completamente inexpresivo.
—Señorita Slater —dijo—, le ruego que me disculpe. He oído voces.
Nadie dijo nada. El agua humeaba. La señora Hobbs permanecía en el último escalón, con una jarra en cada mano, mientras Susannah pensaba: «Bueno, pues ya está», y esperaba a ver cuánto iba a costar.
La señora Hobbs dejó las jarras en el descansillo.
—Su Excelencia querrá su agua —dijo—. Y la joven querrá la suya.
Y la señora Dawes querrá el orinal, y yo solo tengo dos manos; así que le agradecería a la joven que se llevara su jarra dentro, y le quedaría aún más agradecida a Su Excelencia si se llevara la suya.
Luego bajaré a ocuparme del pan, y esta mañana no habré visto a nadie en este descansillo, porque llevo en la cocina desde las cinco. —Se enderezó—. Y así ha sido.
Susannah cogió una jarra, y tenía la mano firme, cosa que la complació.
Henry no cogió ninguna. Se quedó en el umbral, con la media a medio quitar, mirando a la señora Hobbs, mientras Susannah lo observaba comprender, pieza a pieza, que era él quien debía hacer algo.
Volvió a entrar en la habitación, salió con el abrigo y, de pie en el descansillo y en mangas de camisa, rebuscó en los bolsillos y tendió lo que había encontrado.
Era una guinea, Susannah la vio brillar, y la tendía como quien ofrece un hueso a un perro, con el brazo estirado por si mordía, y la señora Hobbs no la cogió.
—Por las molestias —dijo.
—¿Para qué es, Su Excelencia?
Él se quedó con la moneda entre el pulgar y el índice, mientras el rubor le subía del cuello a la cara.
—Por el fuego —dijo Susannah—. La ha tenido a usted subiendo y bajando estas escaleras con carbón desde que llegó. Está agradecido. No está acostumbrado a decirlo.
La señora Hobbs cogió la moneda sin mirarla y la guardó en el delantal; después recogió la tercera jarra y se volvió hacia la puerta de la señora Dawes.
—Gracias, Su Excelencia —dijo sin volverse—. El chico le subirá el carbón a las ocho. Hasta entonces está en la bomba. Se ha vuelto a helar.
Entró y cerró la puerta tras de sí, y dejó a Susannah y a Henry en el descansillo, a ambos lados de una jarra de agua caliente, sin mirarse.
—¿He hecho bien? —preguntó él en voz baja.
—No. Has dado diez veces más de la cuenta. Pero ya está hecho, y la próxima vez lo aceptará mejor; y habrá una próxima vez.
—¿La habrá?
—Nos tiene aquí otra semana por lo menos. Le pondrá precio a cada día. —Susannah recogió su jarra—. Ve a ponerte la media. Tú tienes un botón que coser y yo tengo que atender a una mujer de mal genio; y nos ha visto a los dos, diga lo que diga de la cocina.
Entró en la habitación de la señora Dawes mientras la puerta de él se cerraba a su espalda, y se quedó con la jarra en la mano mientras la señora Hobbs se ocupaba del orinal.
∞∞∞
No subió hasta que fue noche cerrada, hasta que la señora Hobbs se retiró a la parte de atrás y la casa dejó de crujir. Se quedó en el pasillo escuchando antes de entrar, y lo encontró en la cama con el libro. Él alzó la vista.
—Llegas tarde —dijo.
—Soy precavida —respondió ella, y cerró la puerta.
El fuego estaba avivado y preparado tal como ella le había enseñado, así que se acercó a comprobarlo.
—Está bien hecho —dijo, vio el efecto que le hacían esas palabras y apartó la mirada.
Se sentó en su lado y se quitó las botas, algo que había decidido en algún momento de la tarde, con las manos metidas en la colada de la señora Dawes; lo hizo entonces sin ceremonia: se las desató, las dejó bajo la cama junto a las de él y se recogió los pies bajo la falda, mientras él la observaba.
—Has cosido el botón.
—Dije que lo haría. Ese ya no volverá a caerse; lo he cosido con doble hilo.
Él cogió el libro.
—Creo que me toca.
—Te toca. Y esta vez haz bien al conde; no es un vicario.
Hizo al conde mal, luego menos mal, hasta que, al final de la página, encontró en su voz algo que ella no había oído antes: un tedio seco y átono que era casi el adecuado. Dijo Montoni cargando el peso en el medio, que no era como ella lo había estado diciendo para sí durante tres volúmenes.
—¿Así se dice?
—Así lo decía mi maestro de italiano, y era de Lucca.
Ella lo repitió a la manera de él, entre dientes, y luego se recostó en la almohada, en su lado de la colcha, y escuchó.
Hacia la segunda página pensó en las gallinas de casa, en si Nan las habría encerrado antes de que oscureciera, con la pierna de su madre como la tenía, porque en diciembre el zorro se había llevado dos.
Había dejado una nota sobre el asunto, aunque Nan no siempre leía las notas.
Entonces él volvió a perder al conde y ella estaba de vuelta.
Él leyó hasta el final del capítulo, dejó el libro sobre la colcha, entre los dos, y se recostó.
—Susannah —dijo él al techo.
—Van tres veces.
—Ya sé que son tres. Dos sin querer y ahora porque quiero. Preferiría que se dijera una vez a propósito que no que se escapara por accidente y quedara ahí. Puedes decirme que no.
Ella no le dijo que no. Se quedó tumbada de lado, mirándole el perfil a la luz del fuego, la línea de la nariz, la mandíbula, la nuca, sopesando lo que le costaría decirlo y lo que le costaría no decirlo.
—Henry —dijo ella.
Él no se movió.
Entonces dejó el libro en el suelo, de su lado, fuera de alcance, y se dio la vuelta para quedar frente a ella.