Capítulo dos
El fuego se había apagado y Henry no sabía cómo hacer que dejara de estarlo, así que siguió tumbado a oscuras bajo una manta que olía al caballo de otro y se puso a pensar en la mujer de la sala principal.
Ella lo había sabido. No por el abrigo, al que cualquiera habría sabido poner precio, ni por la señora Hobbs, que solo lo había dicho al final.
Lo había sabido desde el primer minuto: era un hombre que nunca había hecho nada por sí mismo y, en lugar de quedar impresionada, como solían quedarse las mujeres, le había puesto un leño en la mano y le había indicado dónde poner el pie.
No recordaba la última vez que alguien le había dicho dónde poner nada, y le había gustado.
La cama estaba fría; la habitación, aún más, y por debajo de la puerta se colaba una corriente que un abrigo enrollado habría detenido si se le hubiera ocurrido antes y no ahora, cuando ya le daba demasiada pereza levantarse.
Así que pensó en la cena, porque allí había empezado todo y esa era la razón de que estuviera en Yorkshire sin navaja de afeitar.
Todo había empezado con el pescado. Su madre escogía siempre el plato de pescado para cualquier cosa que quisiera decir delante de la gente, porque todos andaban ocupados con las espinas y nadie podía levantarse de la mesa.
Había recorrido la mesa de punta a punta con la mirada, más allá del marqués, de su esposa, de las dos hijas menores traídas para hacer número, más allá del párroco con su hermana, más allá del viejo Hallam, el amigo sordo de su padre, antes de decir, con la voz que empleaba para anunciar el tiempo:
—El marqués y yo hemos estado hablando. Creo que podemos decir que las familias están en negociaciones.
Nadie había preguntado sobre qué. No hacía falta. Lady Georgina, a la derecha de Henry, había dejado el tenedor y se había vuelto hacia él con la sonrisita satisfecha que le dedicaba desde que ambos tenían once años, y él había visto, entero y de golpe, cómo iba a ser el resto de su vida.
No era que fuese antipática. No lo era. Era bonita como es bonito un jardín bien cuidado.
Jamás había dicho nada inconveniente en toda su vida, aunque contaba largas historias sobre gente que él no conocía, sin ahorrarse un solo nombre, y se reía un instante después que los demás para asegurarse de que no había peligro; de modo que, tras cuarenta cenas sentado a su lado, no recordaba una sola cosa dicha por ella a la que hubiera querido responder.
—Mamá dice que la capilla de los Allerdale servirá para la primavera —había dicho ella, por debajo del ruido de todos fingiendo no haber oído a su madre—.
Aunque yo le dije, le dije: «Mamá, Kirkland tiene su propia capilla», y ella me contestó que eso debía plantearlo contigo, así que te lo estoy planteando.
Caben sesenta. En la nuestra caben ochenta, pero cuarenta de esos ochenta son arrendatarios de Allerdale y no veo por qué habría que invitarlos. ¿Tú sí?
Él había respondido que no veía por qué había que preguntar nada a nadie, y ella se había reído un instante tarde y lo había tomado por un sí.
Cuarenta años de sonrisita satisfecha y de capilla con sesenta asientos.
Había dejado la servilleta sobre la mesa, había dicho «Disculpadme» a nadie en particular y se había ido a la cama.
Al amanecer había mandado al primer mozo de cuadra que encontró que ensillara a Marlow, y estaba en el camino antes de que nadie en la casa se diera cuenta de que se había marchado.
No había cogido abrigo. Norris había salido corriendo con uno y con la cara que ponía Norris cuando Henry estaba a punto de hacer algo que Norris tendría que explicarle a su madre.
Henry se había llevado el abrigo, pero no la cara.
—¿Adónde debo seguirle con el carruaje, Su Excelencia?
—A casa de Carleton.
—Carleton está en Kendal, Su Excelencia. Es enero.
—Soy consciente del mes.
Y aquella había sido la última conversación que había mantenido con alguien que supiera qué hacer con él. A medianoche estaba boca arriba en una posada sin fuego, y la única persona bajo aquel techo que le había dedicado una segunda mirada era una mujer que lo tomaba por un necio.
No estaba seguro de que se equivocara. Se levantó, buscó el abrigo a oscuras, lo enrolló contra la puerta y volvió a meterse en la cama, donde no notó ninguna diferencia; y aun así se sintió satisfecho más tiempo del que merecía un abrigo enrollado.
∞∞∞
En la sala principal había una sola mesa, y ella la ocupaba.
Se quedó en la puerta con la camisa del día anterior y la corbata del día anterior, con la que había dormido porque no había conseguido quitársela, el pelo haciendo lo que le daba la gana, pensando si volver arriba.
Habría tenido que explicárselo a la señora Hobbs, que acababa de decirle que el desayuno estaba servido abajo. Entró.
Ella levantó la vista del plato, se fijó en la corbata y volvió al plato.
—Buenos días —dijo él.
—No lo son, particularmente. Siéntate, no hay otro sitio. La señora Hobbs dice que el camino está cerrado en los dos sentidos y el hombre que debería saberlo dice que una semana. —Empujó la tetera hacia él—. Eso es té. Está malísimo. Sírvetelo tú mismo; yo ya me he servido.
Se sentó y se sirvió el té.
—¿Cómo está tu acompañante?
—Peor. Y mañana estará peor todavía. A las seis de la mañana me ha dicho que no había estado enferma un solo día de su vida y acto seguido ha vomitado en una palangana.
La señora Hobbs dice que medio pueblo lo tiene y que el chico del transportista cayó el martes, así que tampoco hay transportista. —Cortó el pan—. Has dormido mal.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes la cara de un hombre que ha dormido mal. Y la camisa. Y has bajado sin abrigo, y por debajo de esa puerta entra una corriente capaz de apagar una vela, así que o has dejado el abrigo arriba adrede o no tienes ninguno, y yo he visto el abrigo.
—Lo he puesto contra la puerta.
Ella dejó de cortar.
—Para cortar la corriente —dijo él—. Se me ocurrió por la noche. En aquel momento me pareció ingenioso.
—Es ingenioso. Es lo que hace todo el mundo. —Volvió al pan—. Es lo que hace todo el mundo después de que se apague el fuego, cuando deberían haberlo cubierto de ceniza antes de dormirse, y apostaría dinero a que tú no lo hiciste.
—No sé qué es cubrirlo de ceniza.
—No —dijo ella—. Supongo que no.
Se bebió el té de todos modos, porque ella lo estaba mirando y porque habría bebido algo peor con tal de retenerla en la mesa.
—El fuego de mi habitación está apagado —dijo él—.
Estaba apagado cuando me desperté y sigue apagado ahora, y no hay nadie que lo encienda.
Se lo he pedido a la señora Hobbs y me ha dicho que mandaría a la muchacha cuando la muchacha estuviera libre y, por lo que alcanzo a entender, la muchacha es también la cocinera, y la cocinera es también ella.
Así que tengo una habitación en la que no puedo sentarme, una camisa que no puedo cambiarme y una corbata con la que he dormido, y me estoy quejando de todo eso ante una mujer que ha pasado la noche cuidando a alguien. Sé perfectamente cómo suena.
—¿Lo sabes?
—Empiezo a saberlo.
Ella dejó el cuchillo sobre la mesa.
—¿Has preparado alguna vez un fuego?
—No.
—¿Lo has prendido alguna vez? ¿Le has acercado una pajuela?
—Siempre ha habido alguien que lo hiciera.
—¿Has hecho alguna vez algo por ti mismo, con tus propias manos, que podrías haber pagado a otro para que lo hiciera?
—Sí —respondió él—. Monto yo mismo mi caballo, y desde los seis años. Durante dos años me até mis propias moscas en el colegio, hasta que el tutor de mi residencia se enteró y escribió a mi madre.
Hizo girar la taza en el platillo.
—Nunca he preparado un fuego, si eso es lo que preguntas. Ni le he dado betún a una bota. Nunca me he llenado la bañera.
—¿Atabas moscas?
—De oreja de liebre, sobre todo, con una vuelta de hilo de oro.
—No sé qué es eso.
—El pelo de la oreja de una liebre, enrollado en un anzuelo para que parezca algo que ha caído al agua. Las truchas la pican cuando no quieren picar nada más. Se las vendía a los otros chicos a un penique cada una, que era lo que le molestaba al tutor.
Ella se rio, con los codos apoyados en la mesa.
—Sabes quién soy —dijo él.
—Sé qué eres. Lo dijo anoche la señora Hobbs, con la rodilla casi en el suelo. No sé cuál de ellos eres.
—Soy Kirkland —dijo con su voz de salón; oyó cómo sonaba aquello en un cuarto con una sola mesa y volvió a intentarlo—. El duque de Kirkland. Me llamo Henry Gerald, aunque nadie me llama así desde que murió mi padre. Preferiría que no me hicieras una reverencia.
—No pensaba hacerla.
—Se notaba.
La señora Hobbs entró con una segunda tetera, la dejó entre los dos y empezó otra vez a doblar la rodilla; luego, como Susannah no lo había hecho, pareció pensárselo mejor a medio camino y se incorporó con cara de que le hubiera fallado la espalda. Salió. Susannah la vio marcharse.
—Lo va a hacer cada vez —dijo.
—Lo sé.
—Va a ser una semana muy larga para sus rodillas.
—¿Le dirías que no lo hiciera? A ti te haría caso.
—No lo haría. Se lo tomaría como señal de que se me han subido los humos.
Giró la tetera de modo que el asa quedara hacia él.
—Sirve esa también, ya que le has cogido el tranquillo.
Él la sirvió.
—Susannah Slater.
No le tendió la mano, y él se alegró, porque habría tenido que pensar qué hacer con ella.
—Mi padre es administrador de una finca en Northamptonshire, una propiedad de la que no habrás oído hablar y de la que no hace falta que oigas.
Vuelvo a casa con él desde la casa de mi tía, con una señora de compañía que pagó mi tía para que yo tuviera a alguien respetable en el carruaje, y la persona respetable está arriba vomitando en una jofaina.
Así que no hace falta que te preocupes por estar atrapado aquí con la hija de nadie. No soy hija de nadie que tú conozcas.
—No estaba preocupado.
—Un poco sí.
Lo había dicho antes de que a él se le ocurriera pensarlo, y había vuelto a su pan.
—Señorita Slater —dijo él.
—¿Sí?
—El fuego.
—Tu fuego.
—Sí.
—Te gustaría que me ocupara de él.
—Me gustaría que alguien se ocupara de él, y no hay nadie; tú pareces saber cómo, y estaría en deuda contigo.
Sé que no estás aquí para eso. Sé que tienes a una mujer enferma arriba, un carruaje en el que preferirías estar y mil cosas mejores que hacer que evitar que un duque muera de frío dentro de sus propias botas.
Botas que, por cierto, ya sé quitarme yo solo. Pero te lo agradecería.
—No —dijo ella.
—¿No?
—No lo haré por ti. Te enseñaré.
Se limpió los dedos, se puso en pie y cogió el último trozo de pan para llevárselo.
—Será mejor que aprendas, Su Excelencia. La señora Hobbs solo tiene un par de manos y yo tengo a una mujer enferma arriba; si sabes servir el té, sabes preparar un fuego. Trae el té. Nos hará falta.
Él llevó el té. En lo alto de la escalera ella le quitó la tetera, la dejó sobre las tablas, delante de la puerta de su habitación, y entró antes que él.