Epílogo #5
Solté una carcajada.
—¡Martina!
Me observó.
—¿Qué?
—Estamos hablando de una idea. No hace falta organizarla ahora.
Nuestra amiga levantó una ceja.
—Precisamente por eso no llegamos nunca a hacer las cosas.
Julia empezó a reírse. Clara también. Y terminamos las cuatro abrazadas en mitad de mi cocina.
Un abrazo bastante desorganizado. Con Julia intentando rodearnos a todas.
Clara riéndose contra mi hombro. Y Martina protestando porque alguien le estaba pisando el pie.
Me emocioné. Había algo importante en aquel momento.
Los chicos formaban parte de nuestras vidas.
Y nos encantaba. Pero antes de enamorarnos de Adrián, Marcos, Nico y Hugo, nos habíamos elegido entre nosotras.
Como amigas. Como compañeras de tantas versiones diferentes de nuestra vida.
Y me gustó saber que seguíamos encontrando maneras de cuidar aquello sin que tuviera que competir con nada.
Cuando regresamos al salón, descubrimos que los chicos habían tomado una decisión sin consultarnos.
Una decisión peligrosa. Principalmente porque Nico estaba subido al taburete.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Martina.
Su novio giró la cabeza. Llevaba una pequeña estrella entre los dedos.
—Decorar.
Mi amiga cerró los ojos.
—Por supuesto.
Adrián estaba junto al árbol con la cámara en la mano. Marcos sujetaba una caja de adornos. Y Hugo observaba la escena con una expresión de absoluta satisfacción. Me acerqué.
—¿Qué habéis tramado?
Mi novio sonrió.
—Hemos pensado que el árbol necesitaba algo más.
Levanté las cejas.
—¿Qué?
Hugo señaló una de las ramas. Me acerqué. Y lo vi. Una pequeña estrella de madera. Muy sencilla. Con ocho nombres escritos alrededor. Julia. Adrián. Clara. Marcos. Martina. Nico. Vera. Hugo. Me quedé inmóvil. La observé. Después miré a los cuatro. Adrián sonrió.
—La idea fue de Hugo.
Mi novio negó con la cabeza.
—La estrella la hizo Nico.
Nico levantó una mano desde el taburete.
—Y Marcos se ha encargado de que estuvieran bien escritos los nombres.
Marcos sonrió.
—Alguien tenía que revisar la ortografía.
Martina se llevó una mano a la boca. Clara se acercó.
Julia también. Y durante unos segundos nos quedamos todos mirando aquel adorno.
Ocho nombres. En un árbol que un año antes habíamos decorado solamente las cuatro amigas.
Sonreí. Porque me pareció bonito. No necesitaba que aquel adorno significara que todo iba a salir siempre bien.
No era una garantía de que nuestras relaciones fueran eternas.
Ni una promesa de que nunca cambiaríamos.
Pero sí era una manera preciosa de recordar quiénes éramos aquella noche.
Ocho personas que, de una forma u otra, habían terminado formando parte de la misma historia.
—Me encanta —murmuré.
Hugo se acercó. Me rodeó suavemente los hombros.
—¿Sí?
—Muchísimo.
Martina levantó la mirada. Después señaló a Nico.
—Baja de ahí antes de romperte algo.
Su novio sonrió.
—Ya está.
Se bajó del taburete. Después le dio un beso. Ella intentó protestar. No llegó a hacerlo. Julia soltó una carcajada.
—Qué asco dais todos.
Adrián la observó.
—¿Perdona?
Mi amiga se volvió. Él abrió los brazos.
Y Julia se acercó inmediatamente para besarlo.
Hugo empezó a reírse. Yo también. Porque, al final, algunas cosas eran inevitables.
Especialmente cuando se trataba de Julia y sus contradicciones.
Antes de marcharse, decidimos hacer una fotografía.
No porque Adrián fuera fotógrafo. Aunque aquello ayudaba bastante.
Sino porque recordé la que habíamos hecho el Día de Reyes anterior.
Los cinco. Sentados en el suelo. Riéndonos.
Con los restos del roscón sobre la mesa y una corona de cartón que Clara se había empeñado en conservar hasta el final de la noche.
Aquella fotografía seguía enmarcada en una de las estanterías de mi salón junto a otra más antigua.
Una donde aparecíamos con varios años menos, unos peinados cuestionables y una cantidad de inocencia que todavía me hacía sonreír.
Ahora quería una nueva. De los ocho. Adrián colocó la cámara sobre un pequeño trípode.
Activó el temporizador. Después vino a sentarse con nosotros.
Julia se acomodó a su lado. Clara terminó junto a Marcos.
Martina se sentó en el suelo, con Nico detrás.
Y Hugo me rodeó los hombros mientras yo intentaba encontrar una postura que no pareciera la de una mujer a la que acababan de detener.
—Vera —murmuró.
Lo miré.
—¿Qué?
—Relájate.
—Estoy relajada.
—Tienes los hombros prácticamente en las orejas.
Le di un pequeño golpe. El temporizador empezó a descontar los segundos. Diez. Nueve. Ocho. Julia levantó una mano.
—¡Esperad!
Martina cerró los ojos.
—¿Ahora qué?
Mi amiga señaló el árbol.
—¡Que se vea la estrella nueva!
Adrián miró hacia la cámara. Después el encuadre.
—Se ve perfectamente.
Julia asintió.
—Vale.
Cinco segundos. Cuatro. Tres. Y entonces Nico dijo:
—Por cierto, el año que viene podríamos hacer el amigo invisible de Reyes entre los ocho.
Hugo abrió mucho los ojos.
—¡Ni hablar!
Martina se echó a reír. Clara también. Julia empezó a protestar porque aquello sería una idea estupenda.
Y yo me volví hacia Hugo, que seguía defendiendo con absoluta seriedad que el amigo invisible del Día de Reyes pertenecía a los cinco de siempre.
La cámara hizo clic. Nos quedamos quietos.
Después nos echamos a reír todavía más. Adrián se levantó para comprobar la fotografía.
La observó. Sonrió. Y nos enseñó la pantalla.
Allí estábamos. Los ocho. Nadie miraba exactamente donde debía.
Julia tenía la boca abierta. Martina estaba riéndose de algo que acababa de decir Nico.
Clara se apoyaba sobre Marcos. Y yo tenía la cabeza vuelta hacia Hugo, que me observaba con aquella sonrisa que llevaba años conociendo.
Detrás aparecía nuestro árbol con sus ramas ligeramente torcidas, sus adornos de siempre y una estrella pequeña donde estaban escritos nuestros ocho nombres.
La fotografía era preciosa. No porque estuviéramos perfectamente colocados.
Sino porque estábamos felices. De una manera que reconocí inmediatamente.
La misma felicidad de aquella fotografía que hicimos el Día de Reyes anterior.