Diciembre tenía otros planes Epílogo #4
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Epílogo #4

Había correcciones pendientes, decisiones sobre la ilustración y muchas cosas que yo apenas estaba empezando a aprender.

Pero el contrato estaba firmado. Y si todo iba según lo previsto, el cuento llegaría a las librerías durante la primavera siguiente.

Incluida la mía. Aquella era la parte que más me emocionaba.

Imaginar un día cualquiera. Abrir la librería.

Preparar la mesa de novedades. Y colocar entre los libros de otras personas uno que llevara mi nombre.

No porque creyera que iba a cambiar el mundo.

Ni porque esperara vender miles de ejemplares.

Simplemente porque aquella historia que había pasado tanto tiempo escondida dentro de mi ordenador iba a encontrar lectores. Me parecía increíble.

—¿Y por qué no nos lo habías contado? —preguntó Martina cuando conseguimos separarnos.

Sonreí.

—Porque quería esperar a tenerlo todo firmado.

Julia abrió mucho los ojos.

—¡Pero si esto es enorme!

Me eché a reír.

—Ya lo sé.

Clara me abrazó otra vez.

—Estoy muy orgullosa de ti.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Y aquello terminó de desarmarme. Porque me acordé de aquella tarde en la librería.

Del primer fragmento que leí delante de otras personas.

De Abril. La niña que dibujó a Alma. De Hugo sentado en primera fila.

Y de todas las veces que estuve a punto de convencerme de que escribir no era algo que yo pudiera hacer de verdad.

Ahora seguía teniendo miedo. Por supuesto.

Me preocupaba que el libro no gustara. Que no encontrara lectores.

Que la editorial quisiera cambiar demasiadas cosas.

Y que, cuando tuviera un ejemplar entre las manos, descubriera veinte frases que habría escrito de otra manera.

Pero también estaba feliz. Y, por primera vez, conseguía que aquella felicidad pesara más que mis dudas.

—Además —añadí cuando logramos calmarnos —os he traído una cosa.

Hugo sonrió. Yo me levanté. Fui hasta el aparador.

Abrí el cajón. Y saqué una carpeta. Dentro había una de las primeras propuestas de ilustración que habíamos estado trabajando con la editorial.

La coloqué sobre la mesa. Era Alma. Una niña pequeña.

Con el pelo ligeramente despeinado. Sentada junto a una caja llena de objetos y pequeñas notas musicales.

Sobre ella aparecía el título: LA NIÑA QUE GUARDABA SONIDOS.

Debajo Mi nombre. El nombre que, durante años, solamente había utilizado para recomendar libros de otras personas.

Clara se emocionó. Julia empezó a repetir que era precioso.

Martina examinó la composición y dijo que los colores funcionaban estupendamente.

Adrián quiso saber quién estaba haciendo las ilustraciones.

Nico preguntó si podría preparar unas galletas especiales para la presentación.

Y Marcos, que llevaba un rato observando el dibujo, levantó la mirada y dijo algo que me hizo sonreír.

—Te va a tocar acostumbrarte a que la gente quiera que le firmes libros.

Me eché a reír. Después miré a Hugo. Él seguía sentado.

Sonreía. Y tenía una expresión que conocía perfectamente.

La misma que puso aquel diciembre, cuando terminé de leer mi cuento delante de los clientes de la librería.

Orgullo. Cariño. Y una felicidad que no necesitaba robarme protagonismo para existir.

Me acerqué. Le di un beso. Después murmuré:

—Gracias.

Hugo negó suavemente con la cabeza.

—Lo has hecho tú, V.

Sonreí. Porque era verdad. Y porque me encantaba tener a alguien a mi lado que supiera recordármelo.

Después de la noticia, Julia decidió que necesitábamos abrir otra botella de vino.

Martina preguntó si era realmente necesario.

Nico respondió que acabábamos de recibir una noticia que justificaba perfectamente una segunda celebración.

Y Adrián se ofreció a hacer una fotografía de la ilustración para que pudiera guardarla en buena calidad.

Hugo, mientras tanto, había ido a buscar su móvil.

Cuando regresó, se acercó al pequeño altavoz que teníamos junto a la estantería. Lo conectó. Después me miró.

—¿Puedo poner una cosa?

Asentí.

—Claro.

Sonrió. Y empezó a sonar Aquí. Su canción.

La que me había enseñado por primera vez aquel catorce de diciembre, cuando todavía estábamos intentando averiguar qué nos pasaba.

La había terminado de grabar durante el verano.

Con ayuda de un compañero músico, un estudio pequeño y bastantes horas de trabajo.

No se había convertido en un éxito musical.

Tampoco pretendía que lo fuera. Pero había conseguido publicar su primera composición instrumental y tocarla en un par de conciertos locales.

Seguía dando clases en el colegio. Seguía preparando actuaciones con sus alumnos.

Y continuaba teniendo una paciencia extraordinaria para resolver preguntas sobre animales que, según él, no formaban parte del temario de música.

Pero ahora también reservaba algunas tardes para componer.

Solamente para él. Porque había descubierto que no necesitaba convertir todas sus aficiones en una profesión para merecer tiempo.

La melodía empezó suavemente. Reconocí las primeras notas.

Después aquella parte que me había emocionado tanto cuando la escuché por primera vez.

Me quedé inmóvil. Porque, aunque llevaba meses conociéndola, todavía conseguía recordarme aquella noche en su casa.

La cena. Los nervios. La forma en que Hugo me observó antes de reconocer que llevaba tiempo preguntándose cómo sería besarme.

Y nuestro primer beso. Torpe. Nervioso. Con una pequeña colisión de narices que ninguno había conseguido olvidar.

Sonreí. Mi novio se acercó. Me rodeó la cintura. Y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

—¿Te acuerdas? —murmuró.

Asentí.

—Muchísimo.

Sonrió. Después escuchamos juntos. La canción continuó creciendo. Y, cerca del final, apareció algo nuevo. El sonido lejano de unas campanas. Un tranvía. La ciudad. Y, durante apenas unos segundos, una carcajada. Nuestra carcajada.

La de aquella primera cita en el Jardín del Turia, cuando salimos a grabar sonidos y acabamos registrando una conversación que ninguno tenía intención de conservar. La escuché. Me eché a reír. Hugo también. Julia levantó la cabeza.

—¿Eso sois vosotros?

Asentí. Mi amiga sonrió.

—Por favor, qué bonito.

Martina estaba observándonos con una expresión enternecida que seguramente negaría si alguno se la mencionaba.

Clara sonreía. Y yo sentí que aquella canción, que había empezado mucho antes de que Hugo y yo nos besáramos por primera vez, también había conseguido encontrar una manera de continuar.

Como nosotros. Más tarde, cuando los chicos empezaron a recoger los platos, nos quedamos las cuatro en la cocina.

No lo habíamos planeado. Simplemente ocurrió.

Julia estaba guardando unas copas. Clara secaba una bandeja.

Martina examinaba un recipiente que yo había colocado en un armario donde, según ella, no tenía ningún sentido guardarlo.

Y yo estaba apoyada contra la encimera, observándolas.

Durante unos segundos nadie habló. Después Julia soltó una pequeña carcajada.

—¿Os acordáis de lo que estábamos haciendo hace exactamente un año?

Clara sonrió.

—Firmando un pacto.

Martina cerró los ojos.

—No me lo recuerdes.

Me eché a reír. Porque aquella noche parecía haber ocurrido hacía muchísimo más tiempo.

Y, al mismo tiempo, podía recordarla perfectamente.

Las cuatro sentadas en mi salón. El árbol que todavía no habíamos terminado de decorar.

Las copas. Las bromas. Y aquella convicción absurda de que podríamos decidir cómo iban a comportarse nuestras vidas sentimentales durante todo diciembre.

—Estábamos convencidas de que nos iba a salir bien —recordó Clara.

Julia asintió.

—Yo estaba convencidísima.

Martina levantó una ceja.

—Tú estabas a punto de inventarte un novio.

Mi amiga soltó una carcajada.

—Una estrategia que terminó funcionando estupendamente.

Negué con la cabeza. Después miré a Clara.

—Y tú estabas convencida de que Marcos era un capítulo cerrado.

Ella sonrió.

—Lo estaba.

Se quedó pensando. Después añadió:

—Pero supongo que necesitábamos escribir otro. Uno distinto.

Martina apoyó las manos sobre la encimera.

—Y yo solamente quería que mi vecino dejara de poner villancicos de madrugada.

Julia empezó a reírse.

—Ahora duermes con él.

—Y sigue poniendo villancicos.

Soltamos una carcajada. Martina también. Después las tres me miraron.

—¿Qué?

Julia sonrió,

—Y tú decías que no tenías ningún problema sentimental.

Me eché a reír.

—¡Porque no lo tenía!

Clara levantó las cejas.

—Hasta que descubriste a Hugo.

Asentí.

—Hasta que descubrí a Hugo.

Había pasado un año y seguíamos siendo nosotras.

Julia continuaba hablando demasiado cuando estaba nerviosa.

Clara seguía siendo capaz de escuchar una conversación entera antes de ofrecer una opinión que conseguía poner las cosas en su sitio.

Martina seguía intentando organizar el mundo utilizando una lógica que el mundo se empeñaba en ignorar.

Y yo todavía encontraba más sencillo expresar determinadas cosas escribiéndolas que diciéndolas en voz alta.

Pero también habíamos cambiado. Habíamos aprendido a pedir ayuda.

A equivocarnos. A decir que no. A reconocer que teníamos miedo.

Y a permitir que otras personas formaran parte de nuestras vidas sin dejar de ser quienes éramos.

—¿Sabéis qué? —preguntó Julia.

La miramos. Mi amiga se apoyó contra la encimera. Sonrió.

—Me gusta mucho cómo estamos.

Clara asintió.

—A mí también.

Martina se quedó pensando. Después añadió:

—Aunque echo de menos algunas cosas.

Aquello me sorprendió.

—¿Como qué?

Nuestra amiga sonrió.

—Como quedar solamente nosotras. Sin tener que cuadrar ocho agendas para organizar una cena.

Julia soltó una carcajada.

—Eso también.

La observé. Y tuve que reconocer que llevaba razón.

Durante aquel año habíamos seguido viéndonos.

Por supuesto. Habíamos organizado cafés, cenas y tardes en mi librería.

Pero nuestros horarios se habían complicado.

Los trabajos. Las parejas. Las familias.

Los proyectos. Había semanas en las que conseguir reunirnos las cuatro resultaba casi tan difícil como organizar una boda.

Y aquella parte de nuestra vida también merecía un sitio.

—Pues hagámoslo —propuse.

Martina levantó la cabeza.

—¿El qué?

Sonreí.

—Volvamos a reservar una noche al mes solamente para nosotras.

Julia abrió mucho los ojos.

—Me encanta.

Clara asintió.

—A mí también.

Martina cogió el móvil.

—Voy a mirar fechas.