Epílogo #3
—Eso es tener previsión.
Adrián se acomodó en la silla.
—Y yo tengo una cámara, cuatro camisetas y un cargador en la suya.
Hugo levantó su vaso.
—Pues ya está. Dos mudanzas simultáneas.
Nos echamos a reír. Julia terminó reconociendo que estaban buscando un piso. Sin prisas. Algo que les permitiera tener espacio para vivir y también trabajar de vez en cuando sin terminar colocando equipos fotográficos en mitad del dormitorio.
—Pero no pienso mudarme hasta encontrar algo que nos guste de verdad —advirtió.
Adrián asintió.
—Y que podamos pagar.
Aquello provocó varios comentarios sobre los precios de la vivienda en Valencia.
Una conversación bastante menos romántica que nuestros primeros besos.
Pero, sinceramente, mucho más parecida a la vida que estábamos construyendo.
Clara y Marcos hablaron de Madrid cuando llegamos al segundo plato.
No porque alguno les preguntara inmediatamente.
Sino porque Julia había empezado a organizar un pequeño viaje de amigas para primavera y quería saber qué fines de semana podían reservarse.
—Yo, de momento, no tengo ningún curso fuera —respondió Clara.
Martina levantó las cejas.
—¿Cómo que de momento?
Nuestra amiga se echó a reír.
—Que no tengo ninguno previsto. Después de cuatro meses en Madrid, necesito pasar una temporada sin vivir con una maleta.
La observé. Sonreí. Porque aquella era otra de las cosas que habían cambiado.
Clara había terminado su formación especializada en rehabilitación neurológica en junio.
Cuatro meses fuera de Valencia. Cuatro meses trabajando muchísimo.
Conociendo profesionales. Aprendiendo nuevas técnicas.
Y descubriendo que era capaz de desenvolverse en otra ciudad sin necesitar que alguien le organizara la vida.
No había sido sencillo. Había días en los que echaba muchísimo de menos su casa.
A sus amigas. Su trabajo. Y a Marcos. Sobre todo a Marcos.
Pero aquella vez las cosas fueron diferentes.
No porque la distancia dejara de importar.
Sino porque los dos habían aprendido a no convertirla en una prueba constante de cuánto se querían.
Marcos viajaba a Madrid algunos fines de semana.
Clara regresaba a Valencia cuando podía.
Y había semanas en las que ninguno conseguía encontrar demasiado tiempo para hablar porque ambos tenían otras obligaciones.
Al principio les costó. Bastante. Pero consiguieron hacerlo funcionar.
Y cuando Clara regresó en junio, no tuvo la sensación de que hubiera tenido que sacrificar una parte de su vida para conservar la otra.
Me gustó especialmente recordar aquello.
Porque sabía cuánto había sufrido cuando Marcos se marchó a Bruselas años atrás.
Y cuánto miedo le daba repetir la misma historia.
—Además —continuó Clara —estoy muy contenta con el proyecto nuevo del centro.
Julia levantó la mirada.
—¿El de rehabilitación neurológica?
Asintió.
—Sí. Nos han aprobado ampliar las sesiones especializadas y voy a participar en la coordinación de algunos talleres de autonomía para pacientes y familias.
Martina sonrió.
—¡Eso es estupendo!
Clara asintió. Tenía los ojos brillantes.
—Estoy muy ilusionada. Todavía queda muchísimo trabajo, pero me gusta la dirección que está tomando todo.
Marcos la observó. Y sonrió. Con aquel orgullo tranquilo que yo había aprendido a reconocer durante los últimos meses.
—Se ha pasado medio otoño preparando la propuesta— explicó.
Clara se rio.
—Tampoco tanto.
—Clara, un domingo me desperté y estabas escribiendo objetivos para un taller.
Ella levantó las cejas.
—¿Y?
Marcos soltó una carcajada.
—Que eran las ocho de la mañana.
Julia se echó a reír.
—Eso no es un horario legal un domingo.
Clara le dio un pequeño golpe a Marcos en el brazo.
Él sonrió. Después le cogió la mano por debajo de la mesa.
Y yo me quedé observándolos. Porque la manera en que se querían había cambiado.
No necesitaban estar siempre de acuerdo.
Ni vigilar constantemente que el otro no se alejara.
Habían aprendido a hablar de sus decisiones antes de tomarlas.
Y, sobre todo, habían descubierto que podían alegrarse por los proyectos del otro incluso cuando implicaban reorganizar algunos planes.
—Por cierto —intervino Hugo —¿y el viaje que queríais hacer?
Clara sonrió. Miró a Marcos. Él asintió.
—Lo hemos reservado —anunció ella.
Julia abrió mucho los ojos.
—¿Adónde?
—A Lisboa. Unos días en febrero.
Sonreí. Porque me pareció una idea preciosa.
Después de pasar meses organizando visitas, trenes y horarios, iban a hacer un viaje simplemente porque les apetecía.
Sin que ninguno tuviera que marcharse a vivir a otra ciudad.
Sin que una decisión profesional lo complicara todo. Solo unos días juntos. Para disfrutar.
—Y hemos elegido el destino entre los dos —añadió Marcos.
Clara soltó una carcajada.
—Un detalle importante.
Él se inclinó para besarla. Yo sonreí. Y pensé que, en ocasiones, las segundas oportunidades no consistían en recuperar lo que habíamos perdido.
Consistían en aprender a hacer las cosas de una manera diferente.
La conversación terminó llegando al trabajo de Martina.
Principalmente porque Adrián acababa de enseñarnos varias fotografías del nuevo escaparate de La Espiga.
—Las hice la semana pasada —explicó —Nico quería actualizar las imágenes para la campaña navideña.
Martina cogió el móvil. Las examinó. Después asintió con una expresión satisfecha.
—Han quedado muy bien.
Adrián sonrió.
—Gracias.
Nico levantó su vaso.
—Y la que diseñó el escaparate también hizo un trabajo estupendo.
Nuestra amiga intentó disimular una sonrisa.
Lo consiguió durante aproximadamente dos segundos.
Había sido un año importante para ella. El proyecto de La Espiga le había abierto las puertas a otros encargos comerciales.
Una cafetería, una pequeña tienda y un estudio de belleza habían confiado en su trabajo durante los últimos meses.
Seguía diseñando viviendas. Seguía disfrutando de organizar espacios, elegir materiales y discutir sobre iluminación con personas que, según decía ella, consideraban que todas las paredes blancas eran exactamente iguales.
Pero había descubierto que también le gustaba muchísimo trabajar con pequeños negocios.
Entender lo que necesitaban. Conseguir que sus locales fueran bonitos sin dejar de ser funcionales.
Y ver cómo los proyectos que había imaginado sobre el papel empezaban a formar parte de la vida de otras personas.
—Estoy pensando en contratar a alguien unas horas —reconoció.
Julia levantó inmediatamente la cabeza.
—Hazlo.
Martina la miró.
—Todavía estoy haciendo números.
—Pues haz números, pero hazlo. Te lo digo por experiencia.
Nuestra amiga se quedó pensando. Después asintió.
—Ya. Creo que tienes razón.
Hugo soltó una pequeña risa. Martina lo observó.
—¿Qué?
Mi novio sonrió.
—Nada. Que hace un año no habría imaginado escucharte decir que alguien tiene razón sin abrir antes una hoja de cálculo.
Nos echamos a reír. Martina levantó una ceja.
—La hoja de cálculo está hecha.
Nico empezó a reírse. Yo también. Porque algunas cosas no cambiaban.
Y menos mal. Cuando Nico sacó la tarta, comprendimos que había estado guardándose lo mejor para el final.
Eran ocho pequeñas porciones decoradas individualmente.
Cada una tenía un detalle diferente. Una cámara de fotos.
Un pequeño piano. Un libro. Unas estrellas.
Una casita. Un corazón. Y varios adornos que parecían representar cosas relacionadas con nosotros. Julia se acercó inmediatamente.
—¡Pero qué monada!
Nico sonrió. Estaba encantado. Y Martina lo miraba con aquella mezcla de orgullo y resignación que utilizaba cuando su novio se pasaba varias horas haciendo algo que probablemente podría haber resuelto en veinte minutos.
—¿Cuánto has tardado? —preguntó Adrián.
Nico se encogió de hombros.
—Un rato.
Martina soltó una carcajada.
—Tres horas.
Lo miramos todos. Él levantó las manos.
—Había que dejar enfriar algunas cosas.
Julia se echó a reír.
—Eso no cuenta como trabajar.
—Pregúntaselo a un pastelero.
Mi novio cogió la porción que tenía un pequeño piano. La observó. Después sonrió.
—Es preciosa.
Nico asintió.
—Esa es para ti.
Yo cogí la del libro. Era diminuto. Verde oscuro.
Con pequeñas estrellas doradas en la cubierta.
Me quedé mirándolo. Y sentí una emoción inesperada.
Porque aquel detalle me recordó inmediatamente a algo que todavía no había contado a todos.
Hugo siguió mi mirada. Después sonrió. Lo sabía.
Por supuesto que lo sabía. Llevaba semanas escuchándome hablar de aquello.
Me había visto llorar. Reír. Dudar. Y releer un mismo correo electrónico tantas veces que terminó preguntándome si esperaba que las palabras cambiaran de sitio.
Me acerqué a la mesa. Dejé la pequeña porción sobre mi plato. Después respiré hondo.
—Bueno —anuncié —Ya que estamos hablando de trabajos, tengo una cosa que contaros.
Julia levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Qué pasa?
Martina dejó el tenedor. Clara me observó. Y Hugo, sentado a mi lado, me cogió suavemente la mano. Sonreí. Porque había una parte de mí que seguía poniéndose nerviosa cuando tenía que hablar de mis propios proyectos. Incluso delante de aquellas personas Pero ya no sentía ganas de esconderlos.
—El cuento —empecé.
Clara abrió mucho los ojos.
—Vera...
Me mordí el labio. Y sonreí.
—Me lo van a publicar.
Durante un segundo hubo silencio. Después Julia gritó. Por supuesto. Clara se llevó ambas manos a la boca. Martina se levantó de la silla. Y Hugo empezó a reírse porque llevaba semanas esperando aquel momento.
—¡NO ME LO PUEDO CREER! —exclamó Julia.
Me eché a reír. Mi amiga rodeó la mesa. Me abrazó.
Después llegó Clara. Y Martina. Y durante unos segundos terminé rodeada de tres mujeres que parecían estar bastante más emocionadas que yo.
Aunque aquello era difícil. Porque todavía tenía días en los que me despertaba y necesitaba recordar que era verdad.
Que después de varios rechazos, correos sin respuesta y semanas preguntándome si debería seguir intentándolo, una pequeña editorial especializada en literatura infantil había decidido apostar por La niña que guardaba sonidos.
No se publicaría inmediatamente. Todavía quedaba trabajo.