Diciembre tenía otros planes Epílogo #2
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Epílogo #2

Martina seguía necesitando que las cosas tuvieran sentido, estuvieran bien colocadas y no atentaran contra los principios básicos del diseño de interiores.

Pero habían aprendido a convivir con aquello.

A reírse. A ceder. Y a descubrir que, a veces, el hogar no era el sitio donde todo estaba perfectamente ordenado.

Era aquel donde podías discutir por un reno horrible y terminar preparando la cena juntos.

Julia y Adrián llegaron a las ocho y treinta y dos.

Julia entró hablando por teléfono. Por supuesto.

Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño elegante, unos pendientes dorados y una expresión de mujer que había pasado demasiado tiempo intentando solucionar problemas que no eran suyos.

—No, cariño, el viernes está confirmado. Sí. El fotógrafo también. Te lo he mandado por correo esta mañana.

Adrián apareció detrás con dos botellas de vino. Me saludó con una sonrisa. Después señaló a Julia.

—Lleva así desde que hemos salido de casa.

Me eché a reír. Él se acercó para darme dos besos.

Tenía el pelo oscuro, una barba corta y aquella tranquilidad que siempre me había parecido el complemento perfecto para la capacidad de Julia de convertir cualquier situación en una emergencia.

Durante aquel año se habían convertido en una pareja estupenda.

No porque no discutieran. Discutían. Muchísimo.

Especialmente cuando sus trabajos coincidían.

Pero habían aprendido a encontrar la manera de no llevarse todas las tensiones profesionales a casa.

Aunque aquello les costaba bastante más de lo que reconocían.

Julia terminó la llamada Guardó el móvil. Y soltó un suspiro enorme.

—Como vuelva a sonar, lo tiro por la ventana.

Adrián levantó una ceja.

—Eso dijiste hace veinte minutos.

Mi amiga lo miró.

—Y sigo considerándolo.

Él sonrió. Se acercó. Le dio un beso.

—Pues apágalo.

Julia se quedó quieta. Lo observó. Después miró el móvil. Y, ante nuestra absoluta sorpresa, lo apagó. Hugo levantó las manos.

—Un momento. Quiero que conste que hemos presenciado un acontecimiento histórico.

Solté una carcajada. Nico también. Martina se acercó para abrazar a Julia.

—¿Todo bien?

Mi amiga asintió.

—Sí. Tengo una boda el viernes y una novia que acaba de descubrir que las flores de temporada dependen, efectivamente, de la temporada.

Nos echamos a reír. Julia había tenido un año de muchísimo trabajo.

Su empresa de organización de bodas y eventos había crecido lo suficiente como para contratar a una persona que la ayudara con la coordinación y la administración.

No era una multinacional ni pretendía serlo, pero había conseguido algo que llevaba tiempo deseando: dejar de encargarse absolutamente de todo ella sola.

Aunque todavía estaba aprendiendo a delegar.

Una asignatura complicada para una mujer que era capaz de detectar a tres metros de distancia si un centro de mesa estaba ligeramente descentrado.

Adrián, por su parte, había ampliado su cartera de clientes como fotógrafo.

Seguía trabajando en bodas, pero también había empezado a aceptar proyectos de retrato y pequeñas campañas para comercios.

Algunos los hacían juntos. No todos. Una decisión que habían tomado después de descubrir que pasar veinticuatro horas al día compartiendo reuniones, presupuestos y correos electrónicos no era la mejor manera de conservar una relación sana.

—Por cierto —dijo Adrián mientras dejaba las botellas en la cocina —tengo una sorpresa.

Julia se volvió inmediatamente.

—¿Qué sorpresa?

Él sonrió.

—No es para ti.

Mi amiga abrió la boca. Después me miró.

—¿Has visto qué manera de tratarme?

Me eché a reír. Adrián sacó del bolsillo una pequeña fotografía.

Se la entregó a Hugo. Mi novio la observó.

Después sonrió. Me acerqué para verla. Era una imagen tomada durante un concierto pequeño que Hugo había dado en primavera.

Estaba sentado al piano. Había una luz cálida iluminándole las manos.

Y, detrás, apenas podía distinguirse el público. La fotografía era preciosa.

—Joder, Adrián —murmuró Hugo.

El fotógrafo sonrió.

—La encontré revisando unas carpetas. Pensé que te gustaría tenerla.

Mi novio levantó la mirada.

—Muchísimo.

Lo abrazó. Y yo me quedé observándolos. Porque aquella también era una de las cosas que habían cambiado.

Un año antes, Adrián y Hugo apenas se conocían.

Ahora habían compartido cenas, excursiones, partidos de fútbol improvisados y varias tardes discutiendo sobre cámaras y música.

Incluso habían colaborado en un pequeño vídeo para una actividad benéfica del colegio donde trabajaba Hugo.

Y aquella fotografía me recordó algo que empezaba a gustarme especialmente de nuestras reuniones.

Que nuestros novios no se limitaban a tolerarse porque estaban saliendo con nosotras.

Habían empezado a construir amistades propias.

Algunas más inesperadas que otras. Y, sinceramente, aquella era una de las cosas más bonitas que nos había regalado aquel año.

Clara y Marcos fueron los últimos en llegar.

A las ocho y cuarenta y cinco. Quince minutos tarde.

Una circunstancia que Martina consideró necesario señalar inmediatamente.

—Hemos quedado a las ocho y media.

Clara dejó escapar una carcajada mientras se quitaba la bufanda.

—Buenas noches a ti también.

Llevaba el pelo rubio suelto y un abrigo color crema que le había visto pocas veces. Tenía las mejillas sonrojadas por el frío y una sonrisa tranquila que, durante los últimos meses, se había convertido en algo habitual. Me acerqué para abrazarla.

—¿Todo bien?

Asintió.

—Sí. Hemos tenido que volver a casa porque Marcos se había dejado una cosa.

Su novio cerró los ojos.

—Clara.

Ella sonrió.

—¿Qué?

—No hace falta contarlo.

Julia levantó inmediatamente la cabeza.

—Ahora tienes que contarlo.

Nos echamos a reír. Marcos se quitó el abrigo con resignación.

Después sacó del bolsillo una pequeña bolsa.

La abrió. Y dejó sobre la mesa un adorno de madera.

Un reno. Uno especialmente feo. Con los ojos demasiado separados, una expresión de absoluta desesperación y unas astas que parecían haber sido colocadas por alguien que no había visto un animal de aquella especie en toda su vida. Me llevé una mano a la boca.

—¡Federico!

Clara empezó a reírse. Marcos levantó el reno.

—He pensado que necesitabais conocerlo.

Martina se acercó. Lo observó. Después levantó la mirada.

—¿Esto qué es?

—Un reno —respondió Marcos.

Nuestra amiga volvió a mirarlo.

—¿Estás seguro?

Hugo soltó una carcajada. Nico se acercó inmediatamente, interesado. Examinó el adorno. Después asintió con absoluta seriedad.

—Tiene personalidad.

Martina lo miró.

—Tú no hables.

Mi novio estaba doblado de la risa. Julia también.

Y yo terminé teniendo que apoyarme contra la mesa.

Porque aquel reno horroroso acababa de provocar algo que no habría imaginado un año antes.

Una conversación bastante intensa entre Nico y Marcos sobre cuál de los dos tenía el adorno navideño más feo.

Nico sacó el móvil. Buscó una fotografía.

Y enseñó el Benito luminoso del balcón. Marcos observó la pantalla. Después miró a Federico.

—El tuyo gana.

Nico levantó las cejas.

—¿En belleza o en fealdad?

—En ambas.

Soltamos otra carcajada. Martina negó con la cabeza.

—No puedo creer que estemos teniendo esta conversación.

Julia le dio unas palmadas en el hombro.

—Cariño, estás saliendo con un hombre que pintó un reno al que le salían las patas de la cabeza.

Nico abrió mucho los ojos.

—Era una interpretación artística.

—Era una atrocidad —respondió Martina.

Clara empezó a reírse. Y yo recordé aquella taza.

La que Nico pintó durante el taller de cerámica al que habían ido juntos.

La que Martina había asegurado que no pensaba conservar bajo ningún concepto.

Y que ahora, según me había confesado semanas atrás, utilizaba para guardar los bolígrafos de su mesa de trabajo.

No se lo dije a nadie. Había cosas que una amiga debía proteger.

Al menos durante cinco minutos. Cuando por fin conseguimos sentarnos a cenar, descubrimos que el taburete tenía una utilidad inesperada.

Servía para castigar al último en llegar.

Marcos aceptó ocuparlo con una dignidad admirable.

Aunque Martina insistió en que estaba desnivelado.

Hugo le aseguró que era completamente estable.

Nico lo comprobó empujándolo ligeramente con el pie.

Y Julia anunció que, como alguno terminara en el suelo, pensaba llamar a Adrián para que documentara el accidente. Mi novio la observó.

—Es fotógrafo, Julia. No perito judicial.

—Todo es empezar.

Nos reímos. La mesa estaba llena de comida, vasos y conversaciones cruzadas.

Habíamos preparado una lasaña enorme, una ensalada y varias cosas para picar.

Nico había traído una tarta de ocho porciones individuales que, después de verla, decidimos reservar para el postre.

Hugo había puesto música de fondo. No demasiado alta.

Solo lo suficiente para acompañar la cena sin obligarnos a levantar la voz.

Aunque, con Julia y Martina sentadas una frente a la otra, aquello habría sido complicado de cualquier manera.

Durante un rato hablamos de nuestras familias, de las próximas fiestas y de la manera en que cada uno pensaba organizarse durante diciembre.

Julia y Adrián pasarían la Nochebuena en Valencia.

El día veinticinco viajarían a Zaragoza para comer con Miguel, Teresa e Irene, la familia de Adrián.

—Esta vez vamos juntos a Zaragoza —explicó Julia.

Se quedaron observándose un instante. Y Julia terminó sonriendo también.

Todos conocíamos la historia de su primer beso.

La cena familiar. El balcón. Aquel veinticuatro de diciembre en el que dejaron de fingir que eran una pareja.

Yo la había escuchado tantas veces que probablemente podría escribirla sin necesidad de preguntarles nada.

Pero me gustó ver que, incluso después de un año, seguían recordándola de aquella manera.

Con una complicidad que no necesitaba explicaciones.

—¿Y qué tal la convivencia? —preguntó Nico.

Julia dejó el tenedor sobre el plato.

—Todavía no convivimos.

Adrián sonrió.

—Oficialmente.

Mi amiga lo fulminó con la mirada.

—No empieces.

Él se rio.

—Julia tiene un cepillo de dientes, tres neceseres, dos abrigos y una cantidad preocupante de horquillas en mi casa.

Solté una carcajada. Martina levantó las cejas.

—Eso ya es una mudanza.

Julia negó con la cabeza.