Epílogo
Lo que vino después
30 de noviembre de 2027. Valencia.
La primera señal de que nuestras vidas habían cambiado fue que no tenía suficientes sillas.
La segunda, que Hugo llevaba veinte minutos intentando convencerme de que podíamos solucionar aquel problema utilizando el pequeño taburete que teníamos en la cocina.
Y la tercera, probablemente la más preocupante de todas, fue descubrir que mi mejor amigo de toda la vida, ahora también mi novio, llevaba razón.
—Vera, es una silla.
Lo observé desde el otro lado del salón.
—Es un taburete.
—Tiene cuatro patas y sirve para sentarse.
—También una mesa tiene cuatro patas, Hugo. Y no vamos a sentar a nadie encima de una.
Mi novio soltó una carcajada. Después levantó el taburete, lo colocó junto a la mesa y se sentó para demostrarme que aquella solución era perfectamente viable. Lo miré. Él sonrió.
—¿Ves? Funciona.
—Pareces un niño castigado.
—Pero un niño castigado que tiene dónde sentarse.
Me eché a reír. Y terminé aceptando el taburete.
Porque había algo que había aprendido durante aquel último año: convivir con las ideas de Hugo no siempre significaba comprenderlas, pero la mayoría de las veces resultaba bastante más sencillo probarlas que discutir durante veinte minutos sobre ellas.
Aunque todavía había algunas excepciones.
Como aquella vez que propuso colgar una guitarra en la pared del dormitorio.
O cuando decidió que un pequeño teclado podía guardarse perfectamente debajo de la mesa del comedor.
O el día que apareció con una caja de cables, tres pedales de efectos y una expresión de felicidad absoluta para anunciarme que había encontrado una oferta imposible de rechazar.
Yo lo rechacé. Principalmente porque no entendía por qué necesitábamos tantos cables para una sola persona.
Pero después se puso a tocar. Y se me pasó un poco el enfado. Solamente un poco.
—¿Cuántos vasos has puesto? —preguntó Hugo mientras regresaba a la cocina.
Miré la mesa.
—Ocho.
—¿Y platos?
—Ocho.
—¿Servilletas?
Me volví hacia él.
—Hugo.
Levantó las manos.
—Solo estoy comprobando.
Negué con la cabeza. Después sonreí. Porque aquel pequeño intercambio de tonterías era exactamente el tipo de conversación que llevábamos manteniendo desde hacía quince años.
Con una diferencia importante. Ahora compartíamos casa.
Bueno. Llevábamos compartiéndola oficialmente cuatro meses.
Lo cual significaba que todavía estábamos descubriendo algunas costumbres del otro que, sorprendentemente, habían conseguido permanecer ocultas durante toda nuestra amistad.
Por ejemplo, yo no sabía que Hugo necesitaba poner tres alarmas para levantarse por la mañana.
Él no sabía que yo tenía una tendencia preocupante a dejar libros empezados en todas las habitaciones.
Y ninguno de los dos había imaginado que ponerse de acuerdo sobre la temperatura del dormitorio pudiera convertirse en una negociación tan larga.
Pero, en general, vivir juntos estaba resultando mucho más fácil de lo que habíamos temido.
No porque estuviéramos siempre de acuerdo.
Ni porque pasáramos los días besándonos delante de las ventanas mientras sonaba música romántica.
Había mañanas en las que yo estaba de mal humor.
Noches en las que Hugo llegaba agotado del colegio.
Semanas en las que apenas coincidíamos porque la librería estaba hasta arriba de trabajo y él tenía actividades que preparar.
Y alguna discusión. Por supuesto. Pero también había desayunos compartidos, conversaciones antes de dormir y domingos en los que nos quedábamos en pijama hasta una hora absolutamente indecente.
Habíamos aprendido a hacer sitio para el otro.
Y, sobre todo, habíamos descubierto que una relación no consistía en estar siempre felices.
Sino en poder tener un mal día sin sentir que aquello ponía en peligro todo lo demás.
—V.
Levanté la cabeza. Hugo estaba junto al árbol de Navidad.
Nuestro árbol. El mismo que habíamos decorado el treinta de noviembre del año anterior.
El que tenía una rama ligeramente torcida y una estrella que siempre terminaba inclinándose hacia la izquierda.
Lo había conservado porque me gustaba. Porque llevaba años formando parte de mis Navidades.
Y porque no pensaba permitir que Hugo consiguiera convencerme de comprar uno nuevo solamente porque aquel parecía haber sufrido alguna experiencia traumática durante su fabricación.
—¿Qué?— pregunté.
Mi novio levantó una pequeña caja.
—¿Dónde ponemos esto?
Me acerqué. Dentro había varias bolas, una guirnalda dorada y un adorno de madera con forma de libro.
Lo cogí. Sonreí. Nos lo habían regalado mis amigas el año anterior.
En la parte delantera alguien había escrito: Para todas las historias que todavía están por llegar.
Pasé los dedos sobre las letras. Después miré a Hugo.
—Arriba.
Se acercó al árbol. Colocó el adorno entre dos ramas. Quedó ligeramente torcido. Hugo levantó las cejas.
—¿Lo arreglo?
Negué con la cabeza.
—Déjalo.
Me miró. Después sonrió.
—Te estás volviendo peligrosamente flexible.
Le di un pequeño golpe en el brazo. Se rio.
Y me besó. Un beso tranquilo. De esos que nos dábamos mientras preparábamos la cena, antes de salir de casa o cuando uno pasaba junto al otro por el pasillo y encontraba una excusa para detenerse.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra su pecho.
Me abrazó. Y durante unos segundos nos quedamos observando el árbol.
Un año. Había pasado exactamente un año desde que Julia, Clara, Martina y yo nos sentamos en aquel mismo salón para hacer algo que entonces nos pareció una idea estupenda.
Firmar un pacto. Uno muy serio. Muy razonable.
Y absolutamente inútil. DICIEMbrE SIN DRAMAS SENTIMENTALES.
Sonreí al recordarlo Porque, si alguien me hubiera dicho aquella noche que doce meses después estaría preparando una cena para ocho personas, viviendo con Hugo y esperando la publicación de mi primer cuento,
probablemente le habría preguntado si había empezado a beber antes de que llegáramos las demás.
Y, sin embargo, allí estaba. Con ocho platos.
Ocho vasos. Un taburete que no me gustaba nada.
Y unas ganas enormes de que llegaran nuestros amigos.
El timbre sonó a las ocho y cuarto. Hugo levantó la cabeza.
—¿Quién crees que es?
Me quedé pensando.
—Martina.
Mi novio sonrió.
—¿Por?
—Porque hemos quedado a las ocho y media.
Se echó a reír. Fui a abrir. Y, efectivamente, Martina estaba en el rellano. Llevaba un abrigo largo color camel, el pelo castaño suelto y una bolsa enorme que parecía pesar más de lo recomendable. A su lado estaba Nico sonriendo. Con una caja de pastelería entre los brazos.
—Buenas noches —saludó Martina.
La observé. Después miré el reloj.
—Has llegado quince minutos antes.
Nuestra amiga levantó una ceja.
—Y tú todavía no has terminado de preparar la mesa.
Solté una carcajada. La abracé. Después saludé a Nico. Él se acercó con cuidado de no aplastar la caja.
—He traído el postre.
Levanté las cejas.
—¿Qué has hecho?
Sonrió.
—Una cosa.
Martina cerró los ojos.
—No es una cosa.
Lo miré. Después volví a mirar a Nico. Él estaba sonriendo de una manera que no me tranquilizó absolutamente nada.
—¿Qué has traído? —pregunté.
Mi amiga soltó un suspiro.
—Una tarta.
Asentí.
—Vale.
—Con ocho porciones individuales.
Sonreí.
—Qué detalle.
Martina señaló a su novio.
—Cada una decorada de una manera diferente.
Me eché a reír. Porque conocía a Nico. Y sabía perfectamente que una de las cosas que más disfrutaba era encontrar cualquier excusa para convertir un postre en una pequeña obra de repostería.
Durante aquel año, La Espiga había cambiado muchísimo.
No de una manera espectacular. No habían abierto quince establecimientos ni aparecido en un programa de televisión.
Seguía siendo la panadería de su familia.
La de siempre. Pero las cajas especiales que Nico empezó a preparar durante aquellas Navidades habían funcionado tan bien que decidieron mantener una pequeña línea de repostería artesanal para ocasiones especiales.
Cumpleaños. Aniversarios. Regalos de empresa.
Celebraciones pequeñas. Y, por supuesto, Navidad.
Martina había diseñado el nuevo packaging, el escaparate y parte de la imagen de aquella sección.
También había conseguido convencer a Nico de que no todos los productos necesitaban llevar un dibujo de un reno.
Una victoria parcial. Porque Benito seguía existiendo. Y tenía unas luces nuevas.
—Os advierto que este año el balcón está todavía peor —anunció Martina mientras dejábamos los abrigos.
Hugo apareció desde el salón.
—Buenas noches.
Nico lo saludó con un abrazo. Después le dio una pequeña palmada en la espalda.
—¿Qué tal, músico?
—Bien. ¿Y tú? ¿Sigues horneando mientras la gente duerme?
Nico sonrió.
—Alguien tiene que alimentar a esta ciudad.
Martina resopló.
—Pues podría hacerlo sin poner villancicos a las cuatro de la mañana.
Mi novio soltó una carcajada. Yo también.
Porque nuestra amiga llevaba un año saliendo con un hombre que trabajaba a horas imposibles y continuaba quejándose exactamente de lo mismo que el primer día.
Aunque ahora había una diferencia importante.
Ya no vivían en pisos separados. Desde septiembre compartían el de Nico.
Y, según Martina, todavía estaban intentando negociar un acuerdo razonable sobre la decoración navideña.
—¿Habéis llegado a alguna solución? —pregunté mientras entrábamos en el salón.
Martina se quitó el abrigo.
—Sí.
Me sorprendí.
—¿En serio?
Asintió.
—Él puede decorar el balcón.
Nico sonrió.
—Y ella el interior.
Lo observé. Aquello parecía bastante sensato. Hasta que Martina añadió:
—Pero el balcón tiene un límite de luces.
Nico soltó una carcajada.
—Que he respetado escrupulosamente.
Mi amiga lo miró.
—Las has contado como tres guirnaldas, no como ciento ochenta bombillas.
Hugo empezó a reírse. Yo me tapé la boca. Y Nico levantó ambas manos.
—No hemos especificado la unidad de medida.
Martina cerró los ojos.
—Os juro que un día voy a matarlo.
Su novio se acercó. Le dio un beso en la mejilla.
—Pero con cariño.
Ella intentó mantener la expresión seria.
No lo consiguió. Y yo pensé que había algo maravilloso en verlos así.
Un año después, Nico seguía siendo un hombre incapaz de comprender que no todo necesitaba luces de colores.