CAPÍTULO EXTRA #6
Julia a un lado. Clara junto a ella. Martina cruzada de piernas.
Hugo a mi lado. Y yo con la espalda apoyada contra el sofá.
La primera fotografía salió fatal. Julia estaba hablando.
Clara tenía los ojos cerrados. Y Hugo había decidido hacer una mueca. Me eché a reír al verla.
—Horrible.
Martina se acercó. La observó. Después asintió.
—Muchísimo.
Hugo sonrio.
—A mí me parece una obra de arte.
Julia levantó un dedo.
—Otra.
Volvimos a colocarnos. El temporizador comenzó. Diez segundos. Nueve. Ocho. Hugo me cogió suavemente de la mano. Lo miré. Él sonrio. Y cuando estábamos a punto de mirar hacia la cámara, Julia dijo:
—Por cierto, ¿os imagináis cómo estaremos dentro de un año?
Martina levantó la cabeza.
—¡Julia, mira al objetivo!
Clara empezó a reírse. Hugo también. Yo me volví hacia él.
Y la cámara hizo la fotografía. Así. Sin que ninguno estuviera preparado.
Sin que todos miráramos al mismo sitio. Ni sonriéramos perfectamente.
Pero cuando vimos el resultado, nos encantó.
Porque aparecíamos nosotros. Los cinco. Riéndonos.
Con los restos del roscón sobre la mesa, papeles de regalo en el suelo y una corona de cartón que Clara todavía llevaba puesta.
No era una fotografía perfecta. Era mucho mejor.
La envié al grupo, y aquella vez nadie propuso repetirla.
Nos despedimos poco después de las diez.
Julia fue la primera en marcharse. Nos abrazó a todos y prometió organizar una cena antes de que terminara enero, aunque yo sospechaba que su agenda de bodas tenía intenciones bastante diferentes.
Clara se llevó su libreta con una sonrisa enorme y me dio un abrazo largo antes de salir.
Martina recogió su sello, el flexómetro y las sobras del roscón de Nico que Julia había insistido en repartir entre todos. Después nos miró.
—El año que viene no quiero regalos relacionados con renos.
Hugo levantó las cejas.
—No prometo nada.
Martina lo señaló.
—Te estoy vigilando.
Nos echamos a reír. Cuando se marchó la última, Hugo y yo nos quedamos solos. El salón estaba tranquilo. Había algunos platos sobre la mesa y las luces del árbol seguían encendidas. Me senté en el sofá. Solté un suspiro. Hugo apareció con dos vasos de agua. Me ofreció uno Después se sentó a mi lado.
—Bueno.
—Bueno.
Me observó.
—¿Qué tal tu primer Día de Reyes con tu novio?
Me eché a reír.
—Bastante parecido a todos los anteriores.
Hugo levantó las cejas.
—¿Eso es bueno?
—Muchísimo.
Se quedó mirándome. Después sonrio.
—A mí también me ha gustado.
Me acomodé contra él. Hugo me rodeó los hombros.
Y durante un rato nos quedamos observando el salón.
Habíamos celebrado Reyes juntos muchas veces.
En pisos pequeños. En casas prestadas. Entre cajas de mudanza.
Con poco dinero para regalos. Con trabajos nuevos, rupturas recientes y planes que todavía no sabíamos cómo cumplir.
Pero siempre terminábamos reuniéndonos. Y aquel año no había sido diferente.
Aunque nuestras vidas sentimentales hubieran dado tantas vueltas durante diciembre que podríamos haber escrito cuatro novelas.
Sonreí al pensarlo. Cuatro amigas. Cuatro historias de amor.
Y un amigo que llevaba años formando parte de todas. Hugo me besó suavemente el pelo.
—¿En qué piensas?
—En que me alegro muchísimo de que sigamos haciendo esto.
—Yo también.
Me acomodé otra vez contra él. Y, mientras escuchaba el silencio de mi casa después de tantas horas de risas, pensé en algo que me pareció importante.
Durante diciembre todos habíamos encontrado algo que no esperábamos.
Julia había descubierto que podía enamorarse sin fingir ser otra persona.
Clara había aprendido que una segunda oportunidad no tenía por qué exigirle renunciar a sus propios planes.
Martina había comprendido que no todos los cambios inesperados eran una catástrofe.
Y yo había empezado a mirar de otra manera a alguien que llevaba media vida formando parte de la mía.
Pero aquel Día de Reyes me había recordado otra cosa.
Que el amor no siempre llegaba para ocupar un sitio vacío.
A veces aparecía en una vida que ya estaba llena de cosas bonitas.
De amistades. De costumbres. De personas que seguían eligiéndote incluso cuando los años pasaban y todo lo demás cambiaba.
Y no tenía por qué desplazar nada. Podía encontrar su propio lugar.
Hugo me acarició la mano. Levanté la cabeza.
Lo besé. Después sonreí contra sus labios.
—Oye.
—¿Qué?
—El año que viene también traes tú el roscón.
Hugo soltó una carcajada.
—Por supuesto.
Me acomodé otra vez contra él.
—Aunque ahora seas mi novio.
Su sonrisa se volvió más suave. Me besó la frente.
—Aunque ahora sea tu novio.
Cerré los ojos. Y sonreí. Porque todavía no sabía cómo estaríamos dentro de un año.
No sabía cuántas cosas cambiarían, qué proyectos saldrían adelante o qué sorpresas terminaría trayéndonos el siguiente diciembre.
Pero había algo que me apetecía conservar.
Aquella tradición. Aquellas personas. Los cinco vasos sobre la mesa.
Y la costumbre de encontrarnos siempre, por muchos planes que tuviera la vida para nosotros.
Porque antes de ser cuatro historias de amor, habíamos sido cinco amigos. Y eso también merecía un final feliz.