Diciembre tenía otros planes CAPÍTULO EXTRA #5
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CAPÍTULO EXTRA #5

—A ver, contadnos cómo ha pasado.

Miré a Hugo. Él me miró. Y empezamos a reírnos.

Porque no sabíamos muy bien por dónde empezar.

Podíamos hablar de la escalera. De las estrellas de papel.

De aquella tarde en el colegio. De mi cuento.

O de su canción. Podíamos contarles la noche que nos besamos por primera vez.

Y cómo terminamos chocando ligeramente la nariz porque estábamos tan nerviosos que parecía que ninguno recordaba cómo funcionaba aquello.

Pero había demasiadas cosas. Demasiados años.

Y una parte de mí seguía teniendo la sensación de que nuestra historia no podía explicarse en cinco minutos.

Finalmente Hugo se acomodó en el sofá. Me cogió la mano. Después miró a nuestras amigas.

—Pues resulta que Vera ha descubierto que soy extraordinariamente atractivo.

Solté una carcajada. Julia también. Martina puso los ojos en blanco. Clara se rio.

—Qué desgracia —murmuré.

Hugo sonrio. Después se volvió hacia mí. Y su expresión cambió.

—La verdad es que no sé exactamente cuándo empezó —reconoció —Pero llevábamos un tiempo mirándonos de una manera diferente. Y el otro día, cuando vino a escuchar una canción que estaba componiendo, terminamos hablando.

Sentí un cosquilleo enorme. Porque recordaba perfectamente aquella noche. El piano. La música. Su expresión cuando me contó que había empezado a escribirla después de la inauguración de mi librería. Y la manera en que los dos terminamos reconociendo que teníamos ganas de besarnos.

—¿Y? —preguntó Julia.

La miré. Sonreí.

—Y nos besamos.

Mi amiga soltó un grito. No demasiado fuerte. Pero sí lo suficiente para que Hugo se llevara una mano al oído. Nos echamos a reír.

—¡Lo sabía! —exclamó Julia —¡Llevaba años diciendo que hacíais una pareja preciosa!

Martina la miró.

—Julia, has dicho eso de prácticamente todos los amigos que hemos tenido.

Mi amiga se encogió de hombros.

—Tengo una gran capacidad para detectar posibilidades.

Hugo sonrio.

—Pues esta te ha salido bien.

Me volví hacia él. Lo observé. Y me entraron unas ganas enormes de besarlo.

No porque necesitara demostrarle nada a nadie.

Sino porque llevaba tantos años sentándome junto a Hugo en aquellas reuniones sin poder imaginar que algún día sentiría algo así que me pareció precioso descubrirlo.

Me acerqué. Le di un beso pequeño. Natural.

Y, cuando me aparté, Julia estaba mirándonos con los ojos brillantes.

—Ay, por favor.

Me eché a reír.

—No llores.

—No estoy llorando.

Martina le tendió una servilleta.

—Todavía.

Clara empezó a reírse. Y yo terminé abrazada a Hugo mientras mis amigas continuaban haciendo bromas.

Aquello era exactamente lo que había imaginado que podía resultar extraño.

Que nuestra relación modificara la forma en que nos comportábamos delante del grupo.

Que tuviéramos que medir cada gesto. Que Hugo dejara de ser simplemente Hugo.

Pero no estaba pasando. Él seguía riéndose de las mismas tonterías.

Julia seguía amenazándolo. Martina continuaba discutiendo con él.

Y Clara lo abrazaba con aquella confianza de años.

Lo único diferente era que ahora, de vez en cuando, yo podía buscar su mano y entrelazar nuestros dedos.

Y nadie parecía considerar que aquello cambiara lo que éramos para los demás.

A las nueve empezamos a recoger. O, mejor dicho, yo anuncié que deberíamos recoger y Hugo fue el único que se levantó inmediatamente.

Una tradición dentro de otra tradición. Julia protestó porque todavía quedaban bombones.

Martina empezó a organizar los platos. Clara llevó las tazas a la cocina.

Y durante unos minutos mi salón se llenó de aquellas conversaciones cruzadas que tanto me gustaban.

Estaba guardando los adornos del amigo invisible cuando encontré algo dentro del cajón del aparador.

Una servilleta doblada. Con varias frases escritas a bolígrafo. La saqué. Y me quedé mirándola. Sonreí. Porque la reconocí inmediatamente. DICIEMbrE SIN DRAMAS SENTIMENTALES. Debajo estaban nuestras cuatro firmas. Solté una pequeña carcajada.

—Chicas.

Nadie me escuchó. O estaban demasiado ocupadas discutiendo sobre quién se llevaba las sobras del roscón. Levanté un poco la voz.

—¡Chicas!

Julia apareció desde la cocina.

—¿Qué?

Le enseñé la servilleta. Se quedó inmóvil. Después abrio mucho los ojos.

—No.

Martina levantó la cabeza. Clara se acercó. Y Hugo apareció detrás de ellas con un paño de cocina en la mano. Lo observó.

—¿Qué pasa?

Extendí la servilleta sobre la mesa. Las cuatro nos quedamos mirándola. Durante unos segundos hubo silencio. Después Julia empezó a reírse.

—¡Por el amor de Dios!

Martina cerró los ojos. Clara se llevó una mano a la boca.

Y yo terminé riéndome también. Porque allí estaba.

Nuestro maravilloso pacto. Firmado el treinta de noviembre.

Cuando todavía creíamos que diciembre sería un mes tranquilo.

Sin complicaciones románticas. Sin hombres capaces de hacernos perder el juicio.

Hugo se inclinó sobre la mesa. Leyó la frase. Después nos observó.

—¿Vosotras hicisteis esto?

Asentí. Mi novio volvió a mirar la servilleta. Después levantó las cejas.

—¿Y lo firmasteis?

Julia empezó a reírse todavía más.

—Con toda la seriedad del mundo.

Hugo miró nuestras firmas. Después a mí.

—Vera, me siento un poco ofendido.

Lo observé.

—¿Por qué?

Señaló el papel.

—Llevamos años celebrando Reyes juntos y no me invitasteis a firmar el tratado.

Solté una carcajada.

—¡Porque era una reunión de chicas!

Hugo asintió lentamente.

—Ah. Una organización clandestina.

Martina se echó a reír. Clara también. Julia cogió la servilleta. La examinó. Después negó con la cabeza.

—Es que es increíble.

Nos miró. Una por una.

—Yo fingí tener novio y terminé enamorándome de él.

Clara sonrio.

—Yo volví con Marcos.

Martina suspiró.

—Yo me enamoré de mi vecino.

Me quedé mirándolas. Después levanté la cabeza hacia Hugo.

—Y yo empecé a besar a mi mejor amigo.

Hubo un silencio muy bonito. Después mi novio señaló la servilleta.

—Pues parece que el pacto funcionó estupendamente.

Nos echamos a reír. Julia volvió a doblarla. Pero antes de guardarla, me la entregó.

—Consérvala, Vera.

Asentí.

—Claro.

Mi amiga sonrio.

—Para que el año que viene recordemos lo idiotas que éramos.

Martina levantó una ceja.

—¿Éramos?

Hugo soltó una carcajada. Clara también.

Y yo guardé la servilleta en el mismo cajón donde había pasado todo diciembre.

Porque aquella cosa pequeña, escrita a bolígrafo durante una noche de amigas, se había convertido en un recuerdo que no quería perder.

Antes de marcharse, Julia anunció que necesitábamos una fotografía.

Hugo levantó el marco que le había regalado. Después sonrio.

—¿Para comparar?

Asentí.

—Exactamente.

Colocamos el móvil sobre una estantería.

Activamos el temporizador. Y nos sentamos juntos en el suelo como en la fotografía antigua.